Enredos de amor en Miami

porVanessa Cohen

10 minutos

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—¡RENUNCIOOOO, CABRÓN! ¡RENUNCIOOOOOOOOO! ¡Renunciooooooo! Así como lo oyes, no me interesa no poder pagar la renta del próximo mes, tener que comer fast food un año entero y, aunque no me creas, no comprar un par de zapatos caros durante los próximos tres meses por haberme gastado hasta el último centavo que tengo en abogados. Todo con tal de no dejarte ganar con tus estúpidos chantajes y ridículas amenazas de demandas, pero principalmente por gozar el placer de no volverte a ver la cara ni una sola vez más en mi vida. Tú, que eres tan perspicaz, adivina por dónde te puedes meter tu preciosísimo contrato.

Me volteé con el último gramo de dignidad que me quedaba, si es que quedaba algo, y me dirigí a la salida, cuando sentí su brazo, por desgracia muy bien conocido, detenerme en la puerta.

—Para tu suerte, te conozco demasiado bien, y estoy familiarizado con tus desequilibrios hormonales. Por eso voy a regalarte veinticuatro horas de amnesia y voy a hacer como si esta escena de niña berrinchuda y caprichosa no hubiera sucedido. Tienes hasta mañana a las nueve de la mañana para presentarte en esta oficina con una disculpa en la boca y el contrato firmado en la mano. Que tengas buen día, Vanessa.

Salí de la oficina con las rodillas temblando, la vena yugular a punto de explotar y un instinto asesino que no sabía que tenía hasta ese momento. Me fui a mi departamento con la única persona que tenía la capacidad de calmarme en las situaciones más críticas, aunque en este caso parecía tarea imposible.

Por suerte, cuando llegué, Irina seguía ahí: estaba acabando uno de sus diseños, acomodada en el piso y embobada en su trabajo, como si no existiera nada más en el mundo. Verla transmitía tranquilidad, y no solo a mí, era un don que tenía, nadie cerca de ella podía mantenerse enojado por más de cinco minutos. Estar a su lado era como tomar dos whiskys y un Tafil juntos; Irina era mi prima y mi mejor amiga, yo era la afortunada que vivía con mi antidepresivo y mi generador de alegría incluido en la misma persona.

—Te lo dije, Irina, te lo dije —entré gritando, como si algo se quemara—. Te dije que salir con esa bestia y trabajar para su familia era una pésima idea, ¡pero se acabó!, ni un solo día más. Lo odio, esa es la palabra, odio, y no sé qué vamos a hacer porque a partir de hace cuarenta y seis minutos, para ser exactos, soy una desempleada viviendo en Miami.

Creo que mi último comentario causó cierto efecto en Irina, porque logré que quitara los ojos del espectacular vestido que estaba por terminar y se dirigió a la cocina por un té y un arsenal de comida, mientras decía:

—Para ser completamente honestas, corazón, si no mal recuerdo, tú no paraste de explicar por qué esto no iba a ser un problema, y que cualquier cosa valía por esos besos.

De antemano les aviso, para que no se emocionen, que definitivamente no lo valía; claro que cuando dije eso no sabía que estaba tratando con un psicópata bipolar, que solamente era capaz de estar relajado bajo anestesia general. Irina tenía razón, pero no era fácil aceptar que había pasado por un lapso de brutalidad crónica que me llevó hasta el desastre en el que ahora estaba metida. No es lo mismo tener una relación con el hijo del jefe que con una bestia egoísta y controladora, que maneja tu sueldo y tu vida. Claro que quién pensó en eso al momento en que el idiota me dio el discurso de: “Tienes un don para la gente, no dejes pasar una oportunidad de trabajo por una noche sin importancia”. Definitivamente yo no.

¿Qué clase de comentario es ese? “Un don para la gente”… de verdad que cuando uno está enamorado mata la mitad de sus neuronas. ¿Desde cuándo hablar con las personas es un don? Porque, hasta donde yo tenía entendido, es la capacidad de los seres humanos para comunicarse con otros; claro que, si para ese entonces yo hubiera sabido que, en efecto, él no entraba en esta especie, hubiera entendido con claridad por qué le sorprendía tanto que yo sí pudiera comunicarme. Comprenderán que trabajar organizando eventos en un bar no era precisamente mi vocación, pero como la mayoría, entre sueldo y vocación, ¿adivinen qué escogí?

Antes de tomar la tan inapropiada decisión de aceptar la propuesta de trabajo que me tiene donde estoy, trabajaba en lo que más me gusta: era maestra de kínder. Y la verdad es que no podía disfrutarlo más, tenía un grupo de alumnos de cuatro años que amaba y una jefa que hasta la fecha es una de mis mejores amigas. El problema era que mi sueldo no alcanzaba ni para pagar la cuarta parte del departamento en el que ahora vivo y, como tanta gente, tuve que cambiar lo que más me gusta por lo que más deja.

Seamos realistas, ¿quién se hace millonaria siguiendo su vocación? ¿Te gusta la jardinería? Tienes de dos: o te dedicas a eso y llenas tu minúsculo departamento de 4 × 4 de macetas que se desbordan por la ventana, o estudias finanzas, trabajas en una oficina ocho horas diarias y te mandas a hacer un jardín espectacular con lo más extravagante que se te ocurra. ¿Te gusta cantar? Estudia negocios y cómprate un karaoke. ¿Te gusta la pintura? Cómprate un cuaderno de colorear y trabaja duro para adquirir arte. Así me puedo seguir, no es la teoría más positiva, de acuerdo, pero es bajo la cual vivimos la mayoría.

Pero bueno, les platico cómo llegué hasta el punto de desempleo en el que me encontraba. Todo empezó hace un año, en un momento de desesperación por mi precario sueldo como maestra. Estaba a la mitad de mi día de trabajo, enseñando a los niños por quinceava vez que el cero era el gordito, el uno era el palito y el dos el patito, cuando me marcó Irina para decirme que ahora sí no teníamos ni tres ni dos ni un dólar ahorrado y que nos quedaban cinco días para pagar la renta del departamento. La consecuencia más grave de esto no era salirse a dormir a la calle, mucho peor, era tener que hablarle a mis papás para decirles que, efectivamente, su hija era una mimada y su plan de mudarse a Miami era un berrinche que les iba a costar a ellos. Por tanto, cuando colgué con mi prima cualquier cosa parecía mejor que tener que hacer esa llamada, básicamente podía considerar cualquier trabajo, desde bailarina exótica hasta contadora, con tal de mejorar mi sueldo. Lástima que en ese momento nadie me ofrecía ninguno de los dos.

Dejé a los niños aventándose crayolas en la clase y me salí al patio trasero a fumar un cigarro a escondidas y considerar mis opciones, que variaban entre aventarme a las vías del tren o asaltar un banco. Estaba en mi momento autista cuando salió de la dirección el hombre más divino que había visto en la vida. Cuando se acercó tuve la muy avispada idea de meterme el cigarro prendido en la bolsa de los jeans, así, ni más ni menos que en la bolsa de los jeans, todo por la maldita costumbre de esconder a las prisas mi cigarro cuando alguien salía de esa oficina.

—¿Estás tratando de hacer magia o ahí acostumbras a guardar tus cigarros prendidos?

Era el maldito colmo, la primer


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