Reino de cenizas

porSarah J. Maas

20 minutos

Comparte el capítulo en

EL PRÍNCIPE

La había estado buscando desde el instante en que se la llevaron.

Su pareja.

Apenas recordaba su propio nombre. Y tan sólo lo recordaba porque sus tres compañeros lo mencionaban mientras la buscaban entre mares violentos y oscuros, en los antiguos bosques dormidos, en las cimas de montañas azotadas por tormentas y sepultadas bajo la nieve.

Él se detenía apenas el tiempo necesario para alimentar su cuerpo y concederles unas cuantas horas de sueño a sus compañeros. De no ser por ellos, ya se habría ido volando alto y lejos.

Pero iba a necesitar la fuerza de sus espadas y magia, iba a necesitar su astucia y sabiduría antes de que todo esto terminara.

Antes de enfrentar a la reina oscura que le había arrancado lo más preciado de sí mismo, que le había robado a su pareja mucho antes de encerrarla en un féretro de hierro. Y cuando terminara con ella, después de eso, se enfrentaría a los mismísimos dioses desalmados, decididos a destruir lo que quedara de su pareja.

Así que permaneció con sus compañeros mientras pasaban los días. Luego las semanas.

Luego los meses.

Siguió buscando. Siguió buscándola por todos los caminos polvorientos y olvidados.

Y, a veces, hablaba a lo largo de ese vínculo que los unía, enviaba su alma por el viento hacia el sitio donde la mantenían cautiva, en su tumba.

Te voy a encontrar.

LA PRINCESA

El hierro la ahogaba. Había apagado el fuego en sus venas como si hubieran lanzado agua a sus flamas.

Podía escuchar el agua, incluso dentro de la caja de hierro, incluso con la máscara de hierro y las cadenas que la envolvían como listones de seda. El rugido, el interminable sonido del agua que corría sobre la piedra, inundaba los silencios entre sus gritos.

Una franja de isla en el corazón de un río envuelto en bruma, apenas un poco más que una roca plana entre rápidos y cascadas. Ahí la habían dejado. Ahí la habían almacenado. En un templo de roca construido para algún dios olvidado.

Y probablemente ella sería olvidada. Eso sería preferible a la otra opción: que la recordaran por su absoluto fracaso. Si todavía hubiera alguien que la recordara. Si quedara alguien siquiera.

No lo permitiría. Ese fracaso.

No les diría lo que deseaban saber.

No importaba cuántas veces el sonido de sus gritos ahogara el rugido del río. No importaba cuántas veces el crujir de sus huesos desgajara el bramido atronador de los rápidos.

Había intentado llevar un registro de los días.

Pero no sabía cuánto tiempo la habían mantenido en esa caja de hierro. Cuánto tiempo la habían obligado a dormir, cuánto había pasado en el aletargamiento que le provocaba el humo dulce que habían vertido en la caja cuando la transportaron ahí. A esta isla, a este templo del dolor.

No sabía cuánto tiempo habían durado los intervalos entre sus gritos y su vigilia. Entre el final del dolor y el momento en que iniciaba de nuevo.

Días, meses, años, todo se fundía en lo mismo, como su propia sangre, que con frecuencia se deslizaba al piso de piedra y se disolvía en el río.

Una princesa que debería vivir mil años. Más.

Ése había sido su don. Ahora era su maldición.

Otra maldición que soportar, tan pesada como la que le habían impuesto mucho antes de nacer. Sacrificarse para subsanar un error antiguo. Para pagar a los dioses que habían fundado su mundo, que se habían quedado atrapados en él, la deuda de alguien más. El mundo que esos dioses luego gobernaron.

Ella no sentía la mano cálida de la diosa que la había bendecido y maldecido con su terrible poder. Se preguntaba si a esa diosa de luz y flama siquiera le importaba que ahora estuviera atrapada dentro de la caja de hierro, o si el ser inmortal ya había transferido su atención a otra persona. Al rey que podría ofrecerse en su lugar y, al ofrecer su vida, salvar su mundo.

A los dioses no les importaba quién pagara la deuda. Por eso sabía que no vendrían por ella a salvarla. Así que ni se molestó en rezarles.

Pero seguía contándose la historia a sí misma, seguía imaginando a veces que el río le cantaba. Que la oscuridad que vivía dentro del ataúd sellado también le cantaba.

Había una vez, en una tierra que hace mucho tiempo quedó reducida a cenizas, una joven princesa que amaba su reino…

Entonces empezaba a descender profundamente en esa oscuridad, en el mar de flamas. Se sumergía tan profundo que cuando restallaba el látigo, cuando se desgajaba el hueso, a veces no lo sentía.

La mayoría de las veces sí.

Durante esas horas infinitas fijaba su mirada en su compañero. No en el cazador de la reina, quien podía modular el dolor como un músico extrae la melodía de su instrumento, sino en el  enorme lobo blanco, amarrado con cadenas invisibles. Forzado a ser testigo de todo esto.


¡Gracias por leer a Sarah J. Maas!

Leíste 20 minutos

¡La Meta Es Leer! Gana un Kit Maratonista Penguin

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad