Una Educación

porTara Westover

20 minutos

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1

Escoger lo bueno

Mi recuerdo más vivo no es un recuerdo. Es algo que imaginé y que luego llegué a evocar como si hubiera sucedido. Se formó cuando tenía cinco años, poco antes de que cumpliera los seis, a partir de una historia que mi padre contó con tanto detalle que cada uno de mis hermanos y yo fraguamos nuestra propia versión cinematográfica, con tiros y gritos. En la mía había grillos. Es lo que oigo cuando mi familia se acurruca en la cocina, con las luces apagadas, para esconderse de los federales que rodean la casa. Una mujer alcanza un vaso de agua y su silueta queda iluminada por la luna. Resuena un disparo como un trallazo y la mujer se desploma. En mi recuerdo es mi madre quien cae, y lleva un bebé en brazos.

Lo del bebé no cuadra —soy la menor de los siete hijos de mi madre—, pero, como he dicho, nada de eso ocurrió.

Una noche, un año después de que mi padre nos contara esa historia, nos reunimos para escucharle leer a Isaías, la profecía sobre Emmanuel. Estaba sentado en nuestro sofá color mostaza, con una Biblia enorme abierta sobre el regazo y mi madre al lado.

Los demás nos habíamos desperdigado sobre la mullida moqueta marrón.

—«Comerá mantequilla y miel —salmodiaba papá con voz débil y monótona, agotado tras una larga jornada acarreando chatarra—, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.»

Siguió una pausa densa. Permanecimos en silencio.

Pese a no ser alto, mi padre era capaz de imponerse en una habitación. Poseía prestancia, la solemnidad de un oráculo. Sus manos, recias y curtidas —las manos de un hombre que había trabajado mucho toda su vida—, agarraban con firmeza la Biblia.

Leyó el fragmento en voz alta una segunda vez; luego, una tercera y una cuarta. Con cada repetición su tono se volvía más agudo. Sus ojos, hinchados de cansancio poco antes, estaban muy abiertos y alertas. La frase contenía una doctrina divina, afirmó.

Consultaría al Señor.

A la mañana siguiente sacó del frigorífico la leche, el yogur y el queso, y al atardecer regresó a casa con doscientos litros de miel en el camión.

—Isaías no dice qué es lo malo, si la mantequilla o la miel—comentó con una sonrisa de oreja a oreja mientras mis hermanos arrastraban las cubas blancas hasta el sótano—. Pero si le preguntáis, el Señor sí os lo dirá.

Leyó el versículo a su madre, que se le rio en la cara.

—Tengo unos peniques en el monedero —le dijo ella—. Más vale que te los quedes. Con tu sesera no conseguirás nada más.

La abuela tenía la cara delgada y angulosa y un surtido ilimitado de falsas joyas indias, todas de plata y turquesa, que le colgaban en racimos largos y finos de los dedos y el cuello. Como vivía más abajo que nosotros, cerca de la carretera, la llamábamos abuela de colina abajo». Así la distinguíamos de la abuela materna, a la que llamábamos «abuela de la ciudad» porque vivía veinticinco kilómetros al sur, en la única ciudad del condado, que tenía un solo semáforo y un supermercado.

Papá y su madre se llevaban como dos gatos con las colas atadas entre sí. Podían pasarse una semana entera hablando sin ponerse de acuerdo en nada, pero les unía su veneración por la montaña. Mi familia paterna llevaba un siglo viviendo en la falda de Buck’s Peak. Mientras que las hermanas de papá se marcharon al casarse, él se quedó, construyó una casucha amarilla, que no llegó a terminar, más arriba de la vivienda de su madre y plantificó un desguace —uno de varios— en la base de la montaña, al lado del cuidado césped de la abuela.

Discutían a diario. Porfiaban sobre la suciedad del desguace y más a menudo sobre nosotros, los críos. La abuela opinaba que debíamos estar en la escuela en lugar de «vagar por la montaña como unos salvajes», según sus propias palabras. Mi padre afirmaba que la escuela pública era una artimaña del Gobierno para alejar de Dios a los niños. «Para el caso daría igual entregar a mis hijos al mismísimo diablo —decía— que enviarlos a la escuela.»


¡Gracias por leer a Tara Westover!

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