El niño que fuimos

porAlma Delia Murillo

20 minutos

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I

Lunes 11 de septiembre de 1989, México, Distrito Federal.
Esas eran las coordenadas de la identidad. Un día, un mes, un año, una ciudad como pocas. El manchón blanco en la pizarra dejaba ya un fondo brumoso bajo las letras.

Todos los profesores del internado seguían el mismo protocolo con el pizarrón. Cada mañana borraban el día para escribir encima el nuevo dato hasta que se hacía necesario cambiar también el mes y, entonces sí, limpiaban la línea completa con un lienzo húmedo y lo escribían todo con letras nuevas. Pero mientras el mes fuera el mismo, se mantenía una marca blancuzca en la pizarra de tanto reescribir sobre la misma superficie.

Sólo Román reparaba en esos detalles; le gustaban los objetos, su estética, su orden natural o artificial, le gustaba la limpieza en el entorno y adoraba la simetría en la disposición de las cosas porque le hacía sentirse tranquilo. Concentrado en apreciar la caligrafía de la maestra de Español, sintió un piquetazo en el costado derecho. María le pasó un papelito arrugado con un mensaje de Óscar.

“En la noche vamos a la biblioteca.”

Román sonrió. Eso sólo podía significar que su amigo estaba de mejor ánimo, que volverían los tres a las aventuras de antes, a leer alguna historia fascinante para luego escapar del internado unos minutos; podrían respirar la noche parados en la banqueta y saludar a Trapo, el perro callejero que a veces los seguía, y jugar un rato con él. Desobedecer las reglas juntos y compartir un secreto sólo entre ellos era algo que lo excitaba casi hasta el paroxismo.

Ahí estaban los tres de nuevo, al pie de la sección de Literatura Clásica. Faltaba poco para que diera la medianoche, el clima era ideal, sin frío ni amenaza de lluvia. Andaban en pijama, ni siquiera había hecho falta ponerse el suéter.
Óscar se veía alterado, trémulo.
—Hoy quiero subir al puente de División del Norte —un estremecimiento de su cuerpo acompañó la frase.
—¿El que está junto al metro? —preguntó María.
—Ese, ¿me acompañan?
Los dos respondieron sí y acumularon un par de enciclopedias —aunque se necesitaban cada vez menos tomos— para que María trepara hasta la ventana de la salida que los otros alcanzaban sin necesidad de subirse a los libros.
A punto de salir, Óscar se detuvo.
—¿Me van a seguir en todo lo que haga? —experimentó un dolor nuevo, un malestar que no era en la panza ni en la garganta pero por ahí. Se sentía como si se hubiera comido un animal muy grande.


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