100 Dioses del Olimpio

porAlberto Lati

20 minutos

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EL OLIMPO SE MERECE
En vez de esperar a que un Oráculo de Delfos predijera sus hazañas, ellos se apegaron a la más férrea determinación para triunfar.
Si en la antigua Grecia no había escapatoria a lo que se profetizara en ese santuario, en los Olímpicos modernos la gloria no escaparía a su obstinado afán. Sueños transformados en destino a golpe de perseverancia, los 100 dioses de este libro tienen en común que, habiendo logrado lo máximo, bien pudieron ser muy poco o casi nada. El éxito sólo garantizado con trabajo y voluntad de acero.
Del hiperactivo Michael Phelps que odiaba meter el rostro a la piscina, al hípercompetitivo Usain Bolt que prefería no correr por miedo a perder. Del Carl Lewis frustrado porque no crecía (lo apodaban Shorty, chaparrito), a la Yelena Isinbáyeva asustada porque crecer demasiado la imposibilitaba para la gimnasia. Del Greg Louganis con la niñez más trágica, a la Simone Biles que por intervención de su abuelo dejó de criarse en un orfanato. De la Ágnes Keleti que compró una identidad para subsistir al nazismo, al Viktor Chukarin que dominó los Olímpicos tras pasar por campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial. De la Gail Devers expuesta a una amputación, a la Wilma Rudolph que no iba a caminar. De una leyenda de la halterofilia cruzando a escondidas a Grecia, a otra pidiendo asilo para huir de donde le habían exigido hasta cambiar de nombre. De Eliud Kipchoge en una aldea montañosa en Kenia, a Nadia Com neci peleando porque no le permitían jugar futbol, a Mo Farah discriminado en la Gran Bretaña de la que sería sir, a María del Rosario Espinoza barriendo donde lanzaría patadas, a Johnny Weissmüller tomando el acta de nacimiento de su hermano antes de inmortalizarse como Tarzán.
Si cerramos 100 genios del balón aseverando que nadie llega a crack sin esfuerzo, que esos futbolistas tuvieron la suerte que merecieron, concluimos estos 100 dioses del Olimpo incluso más convencidos: ningún oráculo, ni siquiera el de Delfos, hubiese bastado para colocar en la cima a estas 100 deidades atléticas. Al Olimpo sólo se sube con extenuación y resolución, se necesita realizar muchísimo más que los demás (más kilómetros y a más velocidad, más repeticiones en el gimnasio, más brazadas, más sacrificio, más disciplina, más dolor, más ampollas, más todo) para consumar esa escalada.
Los invito a que viajemos juntos a la infancia de estos 100 grandes, al contexto cultural y las carambolas históricas que los forjaron, a sus privaciones y motivaciones. A asumir que no eran sobrenaturales, que no nacieron superhéroes, que su súper poder esencial fue la entrega. Los invito a que nos inspiremos y reflejemos en ellos, a que soñemos con ellos.
La segunda parada de esta colección nos instala en la cumbre del más emblemático monte griego. Desde esas alturas, al lado de estos 100 dioses, afirmamos: ¿El oráculo decidiendo sus alcances? Para oráculo ese tesón capaz de vencer todo límite y destino, de aplastar toda excusa y victimismo. Si los dioses de antaño triunfaban por consigna, los actuales triunfaron porque quisieron. Precisamente, el mensaje que más disfruto compartir con mis hijos. Precisamente, el mensaje que espero que llegue a tantos niños que en el último año me privilegiaron al dormir abrazados a 100 genios del balón.  Alberto Lati, diciembre 2019.


HUBERT VAN INNIS
EL APOLO FLAMENCO
Nació el 24 de febrero de 1866 ? Murió el 25 de noviembre de 1961
Llovía tanto en la localidad de Elewijt, 20 kilómetros al norte de Bruselas, que cada invierno la granja de los Van Innis se transformaba en un pantano.
 Época favorita del año para su noveno hijo, llamado Hubert, porque tomaba como pretexto los aguaceros para desentenderse de las numerosas ocupaciones que recibía de su padre en el campo.
Entonces podía pasarse incontables horas practicando el tiro con arco, hasta que la primavera se acercaba y, a regañadientes, era mandado a repartir leche por los pueblos en la periferia de la capital belga. Eso cambió cuando fue capaz de educar al perro que lo acompañaba, para que por sí solo arrastrara el carrito de lácteos de vuelta a casa: con astucia propia del mejor arquero se había ganado tiempo para continuar con su pasión y, con 14 años, ya vencía a los mayores en su primer gran torneo.
Tremenda sorpresa se llevó su padre cuando, cierta noche, vio regresar el carrito sin quien estaba encargado de conducirlo. Debió imaginarlo, Hubert se escapaba para afinar su puntería. Anunciados los Olímpicos de París 1900 logró ahorrar para efectuar el viaje. Ahí comenzó la saga del arquero más laureado de la historia moderna, aunque la lejanía de los siguientes Juegos lo privó de asistir. Transcurrieron los años, se convirtió en el estrafalario dueño de una taberna que se enorgullecía de trapear los pisos con champaña y tuvo como admirador al rey Leopoldo, quien se arrepintió de pedirle una demostración de su talento luego de que el ya veterano Hubert lo sentara a observar hasta 42 tiros.
Concluida la Primera Guerra Mundial, la noticia tardó en llegar a la granja de Van Innis: que en 1920 los Olímpicos reanudarían en Amberes, a no más de 30 kilómetros de su hogar.
Para cuando los Juegos se celebraron ya tenía 54 años y pesaba casi 100 kilogramos, pero su desempeño fue todavía mejor que dos décadas antes. Ese pintoresco personaje flamenco perdería la movilidad en el brazo derecho y sería campeón mundial a los 67 años disparando con el izquierdo. Dominio y maestría dignos del arco de oro que se atribuye a Apolo, el dios griego de la arquería.
¿Qué hizo con sus nueve medallas olímpicas? Lo mismo que con sus restantes 350 trofeos: regalarlos por doquier, recordando que en sus inicios, cuando secretamente enviaba al perro de vuelta con el carro de la leche, su padre no podía enterarse de lo que realizaba jornada a jornada. Apolo flamenco de arco oculto necesitaba esconder las victorias.
2 oros y 1 plata en París 1900, 4 oros y 2 platas en Amberes 1920
Su último título mundial fue a los 67 años


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