Tu cabello es la frontera

por J. Jesús Jesús Esquivel

20 minutos

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UNO

El médico que asistió su nacimiento le dijo a su madre al colocársela sobre los brazos: “Esta niña va a ser muy traviesa. Tiene unos ojos vivarachos. Le dará muchos dolores de cabeza, señora”. Sus padres le pusieron por nombre Carolina.

Don Alberto Campos Rojas nació en el estado de Zacatecas, fue hijo único; sus padres eran dueños de varios ranchos. El papá de don Beto fue un ganadero de abolengo, muy rico, quien procreó otros hijos con las mujeres de sus peones o con las sirvientas de la Casa Grande, donde vivía con Luisa, su esposa y heredera de vastos terrenos en el estado.

Un día, al regresar de la escuela, Beto —que entonces tendría catorce años más o menos— encontró llorando a su madre. Las lágrimas corrían por las mejillas de Luisa y Beto quiso saber qué pasaba. El rostro de su madre indicaba que algo grave la afligía.

—Nada, hijo, nada. No tengo nada, son achaques de vieja. Beto no le compró el cuento; la conocía bien y sabía que ese llanto debía ser el resultado de algo serio.

Cuando iba rumbo a la cocina a preguntar a una de las mujeres que ayudaban con el quehacer qué había ocurrido en su casa durante su ausencia, escuchó el disparo. El tronido retumbó en el cuarto de su mamá. Llegó como rayo al recinto y la encontró en el suelo, al pie de la cama. Su madre se había dado un tiro en la sien con la pistola del marido. Al levantar el cuerpo inerte, Beto reparó en la nota: “Eres un puerco, un hombre asqueroso sin límites, te miré cuando te revolcabas en la caballeriza con la hija de Margarita. ¿Acaso no sabes que esa muchacha es también hija tuya? Maldito desgraciado; prefiero el infierno antes que seguir viviendo contigo”.

Beto sintió un dolor agudo en el vientre mientras apretaba con rabia infinita la nota que había dejado escrita su madre antes de suicidarse. Al alzar la vista, miró a su padre recargado en el marco de la puerta. Su rostro tenía una mueca de incredulidad y coraje.

—¿Qué hizo la bruta de tu madre? ¡Se mató con mi pistola! Beto no dijo nada, guardó el pedazo de papel en el bolsillo del pantalón y levantó en brazos el cuerpo sin vida de su progenitora. El velorio y el entierro de Luisa fueron lo último que vivió Beto en Zacatecas. El mismo día de las exequias y sin volver a intercambiar palabra con su padre, se fue de la Casa Grande con cien pesos en la bolsa y la ropa de luto que se había puesto para despedirse de su madre en el panteón. Al llegar a la terminal camionera se subió al primer autobús que se topó de frente, sin leer ni poner atención al letrero del destino final. Fue así como en 1954 Alberto Campos Rojas llegó a Ciudad Juárez, Chihuahua.

Maura Robles Hinojosa, Maurita, sabía que sus papás eran de Durango. Toda su familia estaba regada por ciudades de la frontera norte de México. Tenía primos en Tamaulipas, Sonora, Nuevo León y, por supuesto, Chihuahua.

A Maurita sus padres la llevaron a vivir a Ciudad Juárez cuando tenía cinco años. Ella se consideraba una juarense cien por ciento. Allí, en esa siempre extraña pero amada ciudad, pasó su niñez y estaba en plena adolescencia cuando conoció a Beto. Se encontró con él un día de marzo en el mercado municipal. Ella acababa de cumplir diecisiete años cuando se miró por primera vez en esos ojos verdes que no dejaban de observarla desde que estaba comprando el recaudo en uno de los puestos. A partir de ese momento se sintió una mujer completa, que deseaba ser amada por ese hombre que la miraba con embeleso y ternura.

Desde pequeña, Maurita sabía leer lo que decían las miradas de las personas. “Esta niña tiene un don, adivina las cosas”, le dijeron a su madre varias de sus comadres cuando se enteraron de que ella supo un día antes que su tío Martín moriría atravesado por las navajas de los bandidos que le robaron la cartera al salir del trabajo. Se lo advirtió a su mamá y a su tío, pero la tomaron por loca y no le creyeron.

—Cállate, Maura, no seas ave de mal agüero —le gritó su padre, que escuchó la premonición.

Ese día en el mercado Beto le dijo que le permitiera ayudarla con la canasta. Maura aceptó al instante. El galán —porque Beto era galán: blanco, fornido, ojo verde, y olía muy bien, a colonia fina— le contó que trabajaba como ayudante en un taller mecánico y que estaba ahorrando para comprarse un carro. Maurita supo en ese mismo instante que había encontrado marido; que Beto era trabajador, honrado y bueno; que con ese hombre tendría siete hijos y una vida larga de matrimonio. El calor seco de Juárez no hizo mella en el porte de Maurita mientras caminaba del brazo de Beto a sólo minutos de haberlo conocido. Tenía una figura envidiable y, aunque siempre vestía muy recatada —faldas abajo de la rodilla y blusas cerraditas hasta el cuello—, su caminar era un oleaje prometedor. Beto ni siquiera se fijó en ello. De Maurita le atrajo su rostro y su cabello. Tenía ojos negros, nariz respingada y unos labios que daban ganas de mordisquearlos. Su cabello era una enredadera azabache de la que quedó prendado apenas la hubo rozado levemente con los dedos. A los tres meses de aquel encuentro en el mercado, Maurita y Beto se casaron por la iglesia y el civil. A los cuarenta años de don Beto y a los treinta y nueve de doña Maurita, nació Carolina, en un hospital particular.



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