Peregrinos

porSofía Segovia

20 minutos

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La gente necesita ver y oír los detalles de lo que sucede, pues su imaginación es incapaz de dar dimensión correcta a hechos generales. Cuando un desastre consume cinco millones de víctimas, esto no tiene significado: el número está vacío. Sin embargo, si te muestro a un único individuo en su perfección,su fe, sus esperanzas, en sus dificultades, si te muestro cómo muere, entonces recordarás su historia para siempre. Erich Maria Remarque

El hecho más impactante sobre la guerra es que sus víctimas y sus instrumentos son seres humanos individuales, y que estos seres individuales son condenados por las monstruosas convenciones de la política para asesinar o ser asesinados en riñas que no son las suyas. Aldous Huxley

ILSE

Del 26 de enero de 1936 al 25 de marzo de 1938

1. La niña

En el primer soplo, la vida duele.

¿Cómo no llorar la primera vez que la luz lastima los ojos o la primera vez que se siente el roce seco del aire en la piel? ¿Cómo no llorar cuando los pulmones se llenan de oxígeno frío y desconocido, cuando los ruidos suaves que antes llegaban a los oídos inundados, llegan duros, sin filtros? ¿Cómo no protestar con energía cuando el mundo se torna infinito y no ayuda para contener el cuerpo, hasta ese día tan ajustado, tan sostenido, tan abrazado en la oscura suavidad del interior de la madre?

La niña empezaba a acostumbrarse a ello, y quizá hasta a disfrutar de la vida en brazos de su madre, cuando la llevaron a la iglesia a darle nombre.

Ese día en que todo estaba por venir, el agua bendita de su bautizo mojó con bendiciones su frente y regó el suelo de Prusia Oriental, cuando todavía existían ésta y su gente sin saber que tenía los días contados, sin saber que le esperaba un propio bautizo de fuego que borraría el nombre de esa tierra para siempre. Ese día y desde 1918, la orgullosa Prusia existía separada de su Alemania, no por voluntad propia, sino por castigo impuesto por el mundo. Y sus habitantes —incluida esa niña, nueva bautizada— se habían quedado en el ostracismo, como una astilla que se separa de su palo: eres, pero no; perteneces, pero casi te olvido. Existían lejos, pero en eterna añoranza de sus hermanos germanos al oeste; separados por mar, pero más por tierra. Lejanos, pero nunca relegando al olvido la patria, y con el profundo deseo de transitar con libertad por sus otrora tierras convertidas en frontera que los separaban, tierras que antes también eran Prusia y que ahora el mundo se empeñaba en llamar Corredor Polaco.

Ese día del bautizo de agua de la niña faltaba mucho para el de fuego, pero durante décadas por venir, el mundo dedicaría un gran esfuerzo para entender el orden de los sucesos, la importancia de las variables; exigiría a las grandes mentes y gastaría grandes recursos para analizar el origen de la culpa y la crueldad del culpable, de los culpables. También dedicaría selectos silencios para hacer olvidar lo intolerable del propio delito. Y prometería que todo lo acontecido nunca más volvería a suceder. Poco se hablaría de que ésa era una promesa fallida que ya se había hecho una ocasión anterior tras castigar al agresor, al perdedor.

A la niña para siempre le gustaría el nombre que le habían escogido, pero ese día, el pastor se lo derramó repentino, abundante, frío —porque desde siempre había sido imposible mantener tibia el agua de esa pila bautismal. Lo dejó caer sobre su frente tibia sin miramientos. El apelativo se adhirió a ella para siempre, gracias a esa agua y a miles de bendiciones, pero el golpe helado fue brutal y le arrancó a Ilse un grito que se convirtió en un llanto que no cesó sino hasta concluida la ceremonia.

Sus padres celebraron de manera sencilla como no pudieron hacerlo por el bautizo de su hija mayor sólo cuatro años antes. Cuánta diferencia hacen cuatro años, pensaron mientras ponían la mesa para seis invitados y mientras emanaba el delicioso aroma del ganso al horno. Qué lejana el hambre de su infancia y juventud. Qué bien escogido su canciller que había salvado a Alemania de la escasez.

Ese mismo día, muy lejos de ahí, Madame Titayna, periodista francesa, hacía al taciturno líder una rara entrevista para una revista de su país: «No hay un solo alemán que quiera la guerra. La última nos costó dos millones de muertos y siete millones y medio de heridos. Aunque hubiéramos sido los victoriosos, ninguna victoria hubiera valido la pena por ese precio», declaró él, y ella se regresó convencida a su país de que ni ese hombre ni ese pueblo representaban una amenaza para la paz.


¡Gracias por leer a Sofía Segovia!

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