Morir de Pie

porPedro J. Fernández

10 minutos

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Querido lector:

A cien años de su muerte y ciento cuarenta de su nacimiento, este “Año de Zapata” debemos reconocer el legado revolucionario e ideológico del caudillo en la construcción del México moderno y la lucha agraria. Su Plan de Ayala fue uno de los pilares de la lucha armada y de la Constitución de 1917, y sus exigencias permanecen vigentes en este México herido.

Quise dar voz a uno de nuestros héroes nacionales para ir más allá de la acartonada figura que suele ilustrarse en los eventos oficiales, y retratar al hombre más allá del mito, al hijo, al padre y al mexicano que defendió sus ideales hasta la muerte, que amó desmesuradamente la tierra y que enfrentó batallas con gran habilidad sin saber cuál sería el resultado. Creo que dejar de idealizar a nuestras figuras históricas nos ayudará a comprender su verdadera grandeza.

Espero, lector, que la siguiente historia te lleve a una reflexión sobre qué fue aquella lucha armada que marcó los primeros años del México del siglo xx, y de los hombres y las mujeres que nos dieron patria.

Debo advertirte que esta novela no está escrita de forma cronológica, por lo que he decidido acompañar el libro con una breve cronología con la historia de Emiliano Zapata y la Revolución mexicana.

Así, pues, a un siglo de la lamentable desaparición de uno de los personajes más significativos de la historia de América Latina, sólo puedo decir: ¡Zapata vive!

Ciudad de México, 6 de febrero de 2019

Pedro J. Fernández


CE 1919

I

Decía mi mamá que el mundo está lleno de umbrales, aunque no siempre podamos verlos; en los espejos, en las nubes, en los templos y hasta en el propio cuerpo.

Al cruzar el primero del mundo, dejas de estar en el más allá y de trancazo existes, conoces el frío. La luz te ciega y te arrancan del seno materno para que conozcas la vida. Por eso la primera reacción de todo hombre al nacer es el llanto.

A mí me pasó en Anenecuilco, según dicen, un 8 de agosto de 1879.

No hubo signos maravillosos que predijeran mi llegada a este mundo, ni viejas matronas que soñaran con mi nacimiento; tampoco apareció en oráculos ni en escritos proféticos. Como el noveno hijo de la familia, mis padres, Gabriel Zapata y Cleofas Salazar, esperaban que mi parto fuera igual a los otros. Imagino que en cuanto empezaron los dolores mis hermanos encendieron velas al Señor de Anenecuilco y fueron a buscar a las parteras; mientras mi madre se ponía de cuclillas para pujar, como era costumbre en el pueblo.

Así, en medio del dolor, traspasé el umbral.

Después de horas de intensa agonía y tras el sano alumbramiento los rezos que habían llenado el silencio se convirtieron en cantos a la vida y a la Virgen, y se abrieron muchas botellas de aguardiente para celebrar mi nacimiento.

Ellos no sabían que mi destino estaba sellado desde aquel día, pues mi alma venía hecha de tierra y agua, pero, sobre todo, de pólvora que encontraría el fuego necesario para hacer arder a México.

También crucé un umbral cuando fui bautizado en la iglesia del pueblo, y años después, para tomar el cuerpo y la sangre de Cristo por primera vez, aunque los misticismos mejor se los dejo a las viudas supersticiosas y, sobre todo, a los curitas caprichosos que bastante han ayudado a que el jodido no se levante del polvo.

Bienaventurado el paraíso de los ignorantes, porque son esclavos de la tiranía… No, mi religión es otra. Como siempre he dicho: si no hay justicia para el pueblo que no haya paz para el gobierno.

Fueron ellos, los del gobierno, los que empezaron este borlote... Yo, quien decidió que era tiempo de mandar todo al carajo.


¡Gracias por leer a Pedro J. Fernández !

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