Simpatía por el Diablo

porF.G Haghenbeck

10 minutos

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La Diosa Madre

No esperéis el Juicio Final: tiene lugar todos los días.

ALBERT CAMUS

Hoy

El fin del mundo sucedió anteayer y para colmo cayó en lunes.

Ésta era la máxima que se decía Elvis Infante cuando pensaba en lo grotesca que era su vida. No se lo decía para soportarla, ya que no la podía cambiar. Lo jodido jodido se quedaba. Lo hacía para comprender que el mundo no tenía salvación y se había terminado tiempo atrás, sólo se jugaba el tiempo de descuento que el árbitro había concedido. Para su mala suerte, el partido había sido tan malo que no valía la pena verlo ni siquiera en sus últimos minutos. Estaba viviendo uno de esos momentos en que pensaba que su vida apestaba y la culpa del embrollo era de Tijuana.

No vayas a Tijuana si crees que es como en las postales, con sonrientes burros disfrazados de cebra, pensó el diablero. Mejor dicho, si no estás muy ocupado y los compromisos te lo permiten, ni pongas un pie en Tijuana. No era por la ciudad, que podría ser tan terrible como Los Ángeles, Casablanca o el fantástico mundo de Oz, sino por lo que implicaba: se trataba de La Frontera. Y no sólo la que hay entre México y Estados Unidos, sino también entre la realidad y el infierno. Uno de esos lugares en el mundo donde las paredes entre lo mundano y lo infernal se volvían delgadas. Casi tan virulenta como Nasiriya, Irak, pero no tan terrible como Salem, Massachusetts.

Elvis Infante tenía razones de peso para hablar mal de Tijuana: su opinión estaba muy influenciada por la situación en la que se encontraba. No es lo mismo decir que un lugar es bello estando recostado en una tumbona que expresar lo mismo mientras te golpea en un callejón un rubio de dos metros con músculos de stripper. Desde luego que se puede llegar a ser imparcial en esas circunstancias, pero un puñetazo en la quijada cambia cualquier perspectiva.

Para Elvis no era nada personal, inclusive no le molestaba el lugar. Tenía esa opinión ya que pensaba que el resto del mundo era como él: personas que evitaban los días tortuosos disfrutando en Starbucks de un café con sobreprecio. Si opinaban algo así, entonces Tijuana no era para ellos. Terminarían desilusionados, pues había un exceso de alcohol, drogas y ángeles. En especial de lo último.

A los diablos los soportaba, eran su trabajo: diablero profesional, y de los mejores. Se dedicaba a cazarlos para ponerlos en venta al mejor postor. Eran seres inútiles en el mundo del siglo XXI, donde ya no había a quien tentar con su maldad ante la poca misericordia humana. Los percibía como simples simios provenientes del infierno con impulsos arcaicos, tan ciegos y obtusos que daban lástima. Pero los ángeles eran otra cosa, una completa molestia.


¡Gracias por leer a F.G Haghenbeck!

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