El Psicoanalista

porJohn Katzenbach

20 minutos

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El año en que esperaba morir se pasó la mayor parte de su quincuagésimo tercer cumpleaños como la mayoría de los demás días, oyendo a la gente quejarse de su madre. Madres desconsideradas, madres crueles, madres sexualmente provocativas. Madres fallecidas que seguían vivas en la mente de sus hijos. Madres vivas a las que sus hijos querían matar. El señor Bishop, en particular, junto con la señorita Levy y el realmente desafortunado Roger Zimmerman, que compartía su piso del Upper West Side y al parecer su vida cotidiana y sus vívidos sueños con una mujer de mal genio, manipuladora e hipocondríaca que parecía empeñada en arruinar hasta el menor intento de independizarse de su hijo, dedicaron sus sesiones a echar pestes contra las mujeres que los habían traído al mundo. Escuchó en silencio terribles impulsos de odio asesino, para agregar sólo de vez en cuando algún breve comentario benévolo, evitando interrumpir la cólera que fluía a borbotones del diván. Ojalá alguno de sus pacientes inspirara hondo, se olvidara por un instante de la furia que sentía y comprendiera lo que en realidad era furia hacia sí mismo.

Sabía por experiencia y formación que, con el tiempo, tras años de hablar con amargura en el ambiente peculiarmente distante de la consulta del analista, todos ellos, hasta el pobre, desesperado e incapacitado Roger Zimmerman, llegarían a esa conclusión por sí solos. Aun así, el motivo de su cumpleaños, que le recordaba de un modo muy directo su mortalidad, lo hizo preguntarse si le quedaría tiempo suficiente para ver a alguno de ellos llegar a ese momento de aceptación que constituye el eureka del analista. Su propio padre había muerto poco después de haber cumplido cincuenta y tres años, con el corazón debilitado por el estrés y años de fumar sin parar, algo que le rondaba sutil y malévolamente bajo la conciencia. Así, mienras el antipático Roger Zimmerman gimoteaba en los últimos minu-tos de la última sesión del día, él estaba algo distraído y no le prestabatoda la atención que debería. De pronto oyó el tenue triple zumbidodel timbre de la sala de espera.Era la señal establecida de que había llegado un posible paciente.Antes de su primera sesión, se informaba a cada cliente nuevo de que,al entrar, debía hacer dos llamadas cortas, una tras otra, seguidas deuna tercera, más larga. Eso era para diferenciarlo de cualquier vende-dor, lector de contador, vecino o repartidor que pudiera llegar a supuerta.Sin cambiar de postura, echó un vistazo a su agenda, junto al relojque tenía en la mesita situada tras la cabeza del paciente, fuera de lavista de éste. A las seis de la tarde no había ninguna anotación. El relojmarcaba las seis menos doce minutos, y Roger Zimmerman parecióponerse tenso en el diván.—Creía que todos los días yo era el último.No contestó.—Nunca ha venido nadie después de mí, por lo menos que yo re-cuerde —añadió Zimmerman—. Jamás. ¿Ha cambiado las horas sindecírmelo?Siguió sin responder.—No me gusta la idea de que venga alguien después de mí —espe-tó Zimmerman—. Quiero ser el último.—¿Por qué cree que lo prefiere así? —le preguntó por fin.—A su manera, el último es igual que el primero —contestó Zim-merman con una dureza que implicaba que cualquier idiota se daríacuenta de eso.Asintió. Zimmerman acababa de hacer una observación fasci-nante y acertada. Pero, como era propio del pobre hombre, la habíahecho en el último momento de la sesión. No al principio, cuandopodrían haber mantenido un diálogo fructífero los cincuenta minu-tos restantes.—Intente recordar eso mañana —sugirió—. Podríamos empezarpor ahí. Me temo que hoy se nos ha acabado el tiempo.—¿Mañana? —Zimmerman vaciló antes de levantarse—. Corríja-me si me equivoco, pero mañana es el último día antes de que ustedempiece esas malditas vacaciones de agosto que toma cada año. ¿Dequé me servirá eso?Una vez más permaneció callado y dejó que la pregunta flotarapor encima de la cabeza del paciente. Zimmerman resopló con fuerza.

—Lo más probable es que quienquiera que esté ahí fuera sea más interesante que yo, ¿verdad? —soltó con amargura. Luego, se incorporó en el diván y miró al analista—. No me gusta cuando algo es distinto.

No me gusta nada —dijo con dureza. Le lanzó una mirada rápida y penetrante mientras se levantaba. Sacudió los hombros y dejó que una expresión de contrariedad le cruzara el semblante—. Se supone que siempre será igual —prosiguió—. Vengo, me tumbo, empiezo a hablar. El último paciente todos los días. Es como se supone que será. A nadie le gusta cambiar. —Suspiró, pero esta vez más con una nota de cólera que de resignación—. Muy bien. Hasta mañana, pues. La última sesión antes de que se marche a París, a Cape Cod, a Marte, o adondequiera que vaya y me deje solo. Zimmerman se volvió con brusquedad y cruzó furibundo la pequeña consulta para salir por una puerta sin mirar atrás. Permaneció un instante en el sillón escuchando el tenue sonido de los pasos del hombre enfadado que se alejaban por el pasillo exterior.

Después se levantó, resintiéndose un poco de la edad, que le había anquilosado las articulaciones y tensado los músculos durante la larga y sedentaria tarde tras el diván, y se dirigió a la entrada, una segunda puerta que daba a su modesta sala de espera. En ciertos aspectos, esa habitación con su diseño improbable y curioso, donde había montado su consulta hacía décadas, era singular, y había sido la única razón por la que había alquilado el piso al año siguiente de haber terminado el período de residencia y el motivo de haber seguido en él más de un cuarto de siglo.


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