Elevación

porStephen King

10 minutos

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Scott Carey tocó a la puerta de los Ellis, y el doctor Bob

(que era como los residentes de Highland Acres seguían

llamando a Bob Ellis a pesar de que llevaba cinco años retirado)

le invitó a entrar.

—Bueno, Scott, pues aquí estás. A las diez en punto.

Dime, ¿en qué puedo ayudarte?


Scott era un hombre corpulento, de metro noventa y tres descalzo, que había empezado a echar barriga.

—No estoy seguro. A lo mejor no es nada, pero… Tengo un problema. Espero que no sea grave, pero pudiera ser.

—Y no quieres hablarlo con tu médico de cabecera,

¿no? —Ellis tenía setenta y cuatro años, cabellos plateados que raleaban y una leve cojera que no le entorpecía en la pista de tenis. Que era donde él y Scott se habían conocido y donde se habían hecho amigos. Quizá no íntimos, pero amigos al fin y al cabo.

—Bueno, ya fui a verlo —replicó Scott— y me hizo un chequeo que llevaba un tiempo postergando. Análisis de sangre, de orina, de próstata…, el paquete completo, vamos.

Todo bien. Tengo un poco alto el colesterol, pero dentro del límite normal. Era la diabetes lo que me preocupaba. El portal médico online WebMD sugería que era lo más probable. Hasta que descubrió lo que sucedía con la ropa, claro.

Lo de la ropa no aparecía en ninguna web, ni médica ni de ningún otro tipo. Desde luego, no tenía nada que ver con la diabetes.

Ellis lo guio a la sala de estar, donde un gran ventanal dominaba el green del hoyo catorce de la comunidad privada de Castle Rock en la que su mujer y él vivían ahora. El doctor Bob hacía el circuito de vez en cuando, pero prefería sobre todo el tenis. La mujer de Ellis, por el contrario, disfrutaba jugando al golf, y Scott sospechaba que ese era el motivo por el que residían allí, cuando no pasaban los inviernos en una urbanización similar de Florida, de aquellas dotadas de instalaciones deportivas.

—Si buscas a Myra —dijo Ellis—, está en una reunión del grupo de Mujeres Metodistas. O eso creo, porque podría ser uno de los comités municipales de los que forma parte. Y mañana viaja a Portland a una conferencia de la Sociedad Micológica de Nueva Inglaterra. Esa mujer para menos que un pollo en una parrilla caliente. En fin, quítate el abrigo, siéntate y cuéntame qué te ronda por la cabeza.


Aunque estaban a principios de octubre y el tiempo no era particularmente frío, Scott llevaba una parka North Face. Al despojarse de ella y dejarla a su lado en el sofá, los bolsillos tintinearon.


—¿Quieres un café? ¿O un té? Me parece que ha sobrado

algún bollo del desayuno, si…

—Estoy perdiendo peso —lo interrumpió Scott de sopetón—.

Eso es lo que me preocupa. ¿Sabes lo gracioso? Que antes ni me acercaba a la báscula del baño, porque en los últimos diez años o así las noticias que me daba no es que me entusiasmaran demasiado. Y ahora todas las mañanas me subo a ella nada más levantarme.


Ellis asintió con la cabeza.

—Entiendo.

Para él sí que no había ninguna razón para evitar la báscula, pensó Scott; el doctor era lo que su abuela habría llamado «una ristra de huesos». Si no se veía sorprendido por algún acontecimiento imprevisto, contaba con muchas bazas para vivir otros veinte años. Quizá incluso rebasara el siglo.


—Comprendo perfectamente esa fobia a la báscula, es un síndrome que veía a diario cuando ejercía. También vi lo contrario: personas con bulimia o anorexia que se pesaban de forma compulsiva. Pero tú no das el tipo. —Se inclinó hacia delante, con las manos entrelazadas entre unos muslos flacuchos—.

Entiendes que ya estoy jubilado, ¿no? Conque puedo aconsejarte, pero no extender recetas. Y lo más probable es que te aconseje que vuelvas a la consulta de tu médico y le expongas todo.

Scott esbozó una sonrisa.


¡Gracias por leer a Stephen King!

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