Juicio Final

porJohn Katzenbach

20 minutos

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La mañana en que recibió aquella carta, Matthew Cowart se despertó en un atípico ambiente invernal.

La noche anterior se había levantado un viento del norte que no dejaba de soplar y parecía desplazar la noche, tiñendo el amanecer de un gris oscuro que desvirtuaba la imagen de la ciudad. Al salir de su apartamento, vio cómo la brisa sacudía una palmera y hacía que sus hojas sonaran como un montón de espadas.

Se encorvó y lamentó no haberse puesto un jersey bajo la gabardina. Cada año se daban unas cuantas mañanas como ésa, que prometía cielos grises y vientos borrascosos. La naturaleza gastaba una broma pesada y hacía rezongar a los turistas de Miami Beach que caminaban por la arena. En Little Havana, las ancianas cubanas llevaban gruesos abrigos de lana y maldecían el viento, sin pensar que en verano llevaban sombrilla y maldecían el calor. En las barracas de Liberty City, el frío silbaba y los yonquis, temblorosos, lo combatían con sus cachimbas. Pero en poco tiempo la ciudad recuperaría su sofocante y bochornosa normalidad.

«No será más que un día —pensó mientras caminaba con brío—, puede que dos. Entonces el aire cálido del sur soplará con más fuerza y nos olvidaremos del frío.»

Matthew Cowart iba por la vida ligero de equipaje.

Las circunstancias y la mala suerte lo habían privado de muchos ingredientes de la inminente madurez; un simple divorcio lo había separado de su mujer e hija y la injusta muerte le había arrebatado a sus padres; sus amigos habían seguido caminos diferentes marcados por carreras prometedoras, cuadrillas de hijos, letras del coche e hipotecas. Durante un tiempo habían intentado que se sumase a las fiestas y excursiones que organizaban, pero, como su soledad fue creciendo y a él no parecía molestarle, las invitaciones fueron a menos y acabaron interrumpiéndose. Su vida social se distinguía por esporádicas fiestas de oficina y conversaciones de trabajo. No tenía amante y no acertaba a comprender muy bien por qué. Vivía en un modesto apartamento de los años cincuenta, en lo alto de una empinada colina con vistas a la bahía. Lo había llenado de muebles viejos, estanterías con novelas de misterio y obras policíacas basadas en hechos reales, una batería de cocina desportillada pero práctica, y unos cuantos grabados enmarcados que colgaban discretamente de la pared.

A veces pensaba que cuando su esposa logró la custodia de su hija, la vida había perdido todo el color. Satisfacía sus propias necesidades con el deporte (los diez kilómetros al día de rigor en un parque del centro, algún partido de baloncesto improvisado en la YMCA) y el trabajo en el periódico. Se sentía poseedor de una considerable libertad, aunque le preocupaba tener tan pocos compromisos.

El viento, que seguía soplando fuerte, agitaba las tres banderas de la entrada principal del Miami Journal. Se detuvo un momento para contemplar el impasible edificio amarillo. En la fachada figuraba el nombre del periódico estampado en enormes letras rojas de neón. Era un lugar famoso, conocido por su dinamismo y su poder. Por el otro lado, el periódico dominaba la bahía. Desde allí podía ver cómo las aguas embravecidas rompían contra el muelle donde se descargaban enormes rollos de papel de prensa. En cierta ocasión, mientras estaba en la cafetería comiendo un sándwich, había divisado una familia de manatíes que retozaban en el agua, a no más de diez metros del muelle de carga. Sus lomos marrones emergían en la superficie y luego desaparecían bajo las olas. Buscó a alguien a quien comentárselo, pero no encontró a nadie; durante los días siguientes, pasó la hora de comer observando la cambiante superficie turquesa en busca de los animales. Eso era lo que le gustaba de Florida: parecía sacada de una selva, que siempre amenazaba con apoderarse de la civilización para devolverlo todo a un estado primigenio. El periódico no dejaba de publicar historias sobre caimanes de tres metros y medio que se quedaban atrapados en las vías de acceso a la interestatal e interrumpían el tráfico. Aquellas historias le encantaban: una bestia primitiva contra una bestia moderna.

Cowart apuró el paso para franquear la puerta giratoria de entrada a la redacción del Journal, y saludó a la recepcionista, que quedaba medio escondida tras la consola del teléfono. Cerca de la entrada había una pared reservada para placas, menciones y premios: una exposición de Pulitzers, Kennedys, Cabots, Pyles y otros nombres de menor categoría. Hizo un alto ante una hilera de buzones para recoger el correo de la mañana, echó un rápido vistazo a las habituales notas y docenas de comunicados de prensa, proclamas políticas y propuestas que llegaban cada día de la delegación del Congreso, la alcaldía, la administración del condado y diversas comisarías de policía; todos ellos le avisaban de algún suceso que creían merecedor de la atención periodística. Suspiró, preguntándose cuánto dinero se iba en esos inútiles esfuerzos. Sin embargo, un sobre captó su atención y lo separó del resto.

Blanco y delgado, llevaba su nombre y dirección escritos en mayúscula y con trazo fuerte. En la esquina había un remite: un apartado de correos de Starke, en el norte de Florida. «La prisión estatal», pensó.

La colocó encima de las otras cartas y se dirigió a su despacho, maniobrando entre las mesas, saludando con la cabeza a los pocos periodistas que habían llegado temprano y que ya hacían trabajar los teléfonos. Saludó con la mano al redactor jefe, que leía la última edición con los pies apoyados en su mesa del centro de la sala. Luego traspuso unas puertas que había al fondo de la sala de redacción, en las que se leía EDITORIAL. Se hallaba a medio camino de su cubículo cuando oyó una voz cercana.

—Ah, nuestra estrella llega temprano. ¿Qué te trae ante la multitud? ¿Nervioso por los conflictos de Beirut? ¿Desvelado por el programa de reactivación económica del presidente?

Cowart asomó la cabeza por un tabique.

—Buenos días, Will. Sólo quería usar la línea de larga distancia para llamar a mi hija. Las preocupaciones profundas e inútiles te las dejo a ti. Will Martin soltó una risita y se apartó de la cara un mechón de pelo cano, con un movimiento más propio de un niño que de un adulto.

—Menuda cara tienes. Cuando acabes, echa un vistazo al artículo de la sección local; parece que uno de nuestros togados llegó a cierto acuerdo para poner en libertad a un viejo amigo acusado de conducir bebido. Podría ser el momento de emprender una de tus archiconocidas cruzadas de crimen y castigo.

—Le echaré ese vistazo —prometió Cowart.

—Menudo frío esta mañana —se quejó Martin—.

¿De qué sirve vivir aquí si tienes que llegar al trabajo tiritando? Podría ser Alaska.

¿Por qué no sacamos un editorial contra el mal tiempo? Después de todo, siempre estamos intentando influir en el cielo. Tal vez nos oigan esta vez.

—Tienes razón. —Sonrió Martin.

—Y tú eres el hombre indicado para hacerlo —dijo Cowart.

—Cierto. No vivo en pecado, como tú; tengo mejor relación con el Todopoderoso. Eso ayuda en este oficio.

—Porque estás más cerca de unirte a Él que yo. Su vecino refunfuñó.

—¿Qué tienes contra los veteranos? —protestó agitando el dedo—.

Y puede que también seas un sexista, un racista, un pacifista... y todos los demás «istas».

Cowart soltó una risita, se fue a su mesa y puso la pila de correo en el centro; aquel sobre quedó encima. Fue a cogerlo mientras con la otra mano marcaba el número de su ex mujer. «Con un poco de suerte, estarán desayunando», pensó.

Sujetó el auricular entre el hombro y el oído, liberando así la mano mientras se establecía la conexión. Cuando el teléfono empezó a sonar abrió el sobre y sacó un único folio amarillo de papel pautado.

Estimado señor Cowart:

Actualmente, espero el día de mi ejecución en el corredor de la muerte por un crimen que YO NO COMETÍ.

—¿Diga? Dejó la carta encima de la mesa.

—Hola, Sandy. Soy Matt. Sólo quería hablar con Becky un minuto. Espero no interrumpir nada...

—Hola, Matt. —Cowart notó que titubeaba—. No, es sólo que estábamos a punto de salir. Tom tiene que estar en el juzgado a primera hora, así que la llevará al colegio, y... —Hizo una pausa—. No, no pasa nada. De todas maneras, hay unas cuantas cosas sobre las que necesito hablar contigo. Pero ellos tienen que irse, así que sé breve.

Cowart cerró los ojos y pensó en lo doloroso que le resultaba no formar parte de la vida cotidiana de su hija. Se la imaginaba derramando la leche del desayuno y leyéndole libros de noche, sosteniendo su mano cuando se pusiera enferma, admirando las fotografías que se hacía en el colegio. Contuvo la desilusión.

—Claro. Sólo quería decirle hola.

—Ahora se pone.

El auricular resonó contra la mesa y, en el silencio subsiguiente, Matthew Cowart releyó las palabras finales: YO NO COMETÍ.

Recordó a su esposa el día en que se conocieron, en la redacción del periódico de la Universidad de Michigan. Era bajita, pero su fuerza parecía contrarrestar su talla. Estudiaba diseño gráfico y trabajaba a media jornada maquetando, preparando titulares y revisando pruebas de imprenta, apartándose de la cara el ondulado cabello oscuro, tan concentrada que rara vez oía sonar el teléfono o reaccionaba a los chistes verdes que inundaban la desenfrenada atmósfera de la redacción. Era una mujer de orden y precisión, con un enfoque de la vida propio de un delineante. Hija del jefe de bomberos local, fallecido en acto de servicio, y de una maestra de primaria, su mayor deseo era acumular bienes y disfrutar de todas las comodidades. Él la consideraba guapa, y lo asustaba lo mucho que la deseaba; se sorprendió de que accediera a salir con él, pero aún más de que, después de una docena de citas, ya se hubieran acostado.

Por aquel entonces Cowart era redactor jefe de deportes, y eso a ella le parecía una pérdida de tiempo; de hecho, solía mofarse de esos hombres supermusculados con extravagantes atuendos que corren detrás de balones de formas diversas. Él había procurado instruirla en las distintas modalidades deportivas, pero ella se mostró intransigente. Al cabo de un tiempo, con la relación ya consolidada, Cowart empezó a cubrir auténticas noticias y a salir a la calle en busca de material para sus artículos. Disfrutaba con las interminables horas de trabajo, la persecución de la noticia y la tentación de escribir. Ella pensaba que llegaría a ser famoso, o al menos importante. Lo acompañó cuando él consiguió la primera oferta de trabajo en un pequeño diario del centro del país. Seis años más tarde seguían juntos. El día que Sandy le anunció su embarazo, Cowart recibió una oferta del Journal. Él iba a cubrir los tribunales penales; ella iba a tener a Becky.

—¿Papi?

—Hola, cariño.

—Hola, papi. Mamá dice que sólo puedo hablar un minuto. Tengo que ir al colegio.

—¿También hace frío ahí, cielo? Deberías ponerte un abrigo.

—Vale. Tom me compró uno con un pirata que es todo naranja, como los Bucs. Voy a ponerme ése. También conocí a algunos jugadores. Fueron a una merendola con la que ayudábamos a reunir dinero para los pobres.

—Estupendo —respondió Matthew. «Maldita sea», pensó.

—Papi, ¿los jugadores son importantes?

Cowart soltó una risita.

—Más o menos.

—Papi, ¿te pasa algo?

—No, cariño, ¿por qué?

—Es que nunca me llamas por la mañana.

—Es sólo que al levantarme te he echado de menos y quería oír tu voz.

—Yo también te echo de menos. ¿Volverás a llevarme a Disney World?

—Esta primavera. Te lo prometo.

—Vale. Ahora tengo que irme. Tom me está haciendo señas. ¡Ah!, ¿sabes qué? Los de segundo tenemos un club especial que se llama el Club de los Cien Libros. Hay un premio por leer cien libros y ¡me lo han dado a mí!

—¡Fantástico! ¿Y qué es?

—Una placa especial y una fiesta de final de curso.

—Genial. ¿Y cuál es tu libro preferido?

—El que tú me enviaste: El dragón chiflado.—Rió—. Me recuerda a ti. Él compartió su risa.

—Tengo que irme —repitió la niña.

—Vale. Te quiero y te echo muchísimo de menos.

—Yo también. Adiós.

—Adiós —dijo, pero ella ya había dejado el teléfono.

Se hizo otro silencio hasta que su ex esposa cogió el auricular. Él habló primero.

—¿Una merendola con futbolistas?

Siempre había querido odiar al hombre que lo había suplantado, odiarle por su profesión de abogado especializado en derecho de sociedades, por su aspecto, bajo y fornido, con la constitución de quien a la hora de comer levanta pesas en un gimnasio de los caros; quería imaginar que era cruel, un amante desconsiderado, un pésimo padre adoptivo, un inepto cabeza de familia; pero no era nada de eso. Poco después de que su ex esposa le anunciara su inminente boda, Tom voló a Miami (sin decírselo a ella) para encontrarse con él. Tomaron unas copas y comieron juntos. El propósito era turbio, pero, al acabar la segunda botella de vino, el abogado le dijo con franqueza que no estaba intentando ocupar su lugar de padre y que, como tenía que vivir con su hija, haría todo lo posible por que ella correspondiera a su padre con cariño. Cowart le creyó, sintió una extraña especie de alivio y satisfacción, luego pidió otra botella de vino y se convenció de que su sucesor le caía más o menos bien.

—Es por el bufete de abogados. Son copatrocinadores del United Way de Tampa; por eso vinieron los jugadores. Becky se quedó bastante impresionada, claro que Tom no le dijo cuántos partidos ganaron los Bucs el año pasado.

—Ahora lo entiendo.

—Ya. La verdad es que son los hombres más grandes que he visto en mi vida —dijo Sandy, riendo.

Se produjo una pausa.

—¿Y tú cómo estás? ¿Qué tal Miami? —preguntó ella al cabo.

—Hace frío, y eso vuelve loco a todo el mundo. Ya sabes cómo es, nadie tiene un abrigo de invierno ni calefacción en casa. Todos tiritan y enloquecen hasta que vuelve el calor. Yo estoy bien, encajo bien aquí.

—¿Sigues teniendo aquellas pesadillas?

—No tanto. Alguna de vez en cuando. Pero está todo bajo control.

Era una verdad a medias, algo que sabía que ella no creería pero aceptaría sin hacerle demasiadas preguntas. Se encogió de hombros, pensando en lo mucho que odiaba la noche.

—Podrías pedir ayuda. El periódico correría con los gastos.

—Sería una pérdida de tiempo. Hace meses que no tengo pesadillas —mintió de manera más flagrante. La oyó suspirar—. ¿Qué ocurre? —le preguntó

. —Bueno —contestó—, supongo que debería decírtelo.

—¿Decirme el qué?

—Tom y yo vamos a tener un bebé. Becky ya no estará sola.

Cowart se mareó un poco, y a su mente acudieron un millar de ideas y sentimientos.

—Vaya, vaya. Enhorabuena.

—Gracias. Pero tú no lo entiendes.

—¿El qué?

—Que Becky va a formar parte de una familia. Aún más que antes.

—¿Ah sí?

—¿Es que no ves lo que ocurrirá? Que tú te quedarás al margen. Al menos eso es lo que me asusta. Ya bastante duro es para ella que tú estés en la otra punta del estado.

Para él fue como una bofetada en la cara.

—No soy yo el que está en la otra punta del estado. Eres tú. Tú eres la que se fue.


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