Del otro lado del miedo

porMario Guerra

20 minutos

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¿Qué es el miedo? En términos simples y directos podemos decir que el miedo es una emoción y, sin embargo, es mucho más que eso, pero vamos por partes. Hay diferentes teorías y modelos acerca de las emociones; unos dicen que son cuatro, otros cinco, están los que dicen que son ocho y más. Se habla también de emociones primarias y secundarias, pero para nuestro tema no conviene entrar en el debate sobre cuál es el modelo más válido; lo importante es saber que hay cuatro emociones, sin importar la teoría o modelo que tomemos como referencia, ya que están presentes en todos y cada uno de ellos. Estas emociones son: la alegría, el enojo, la tristeza y, por supuesto, el miedo.

La etimología de la palabra emoción refiere al “impulso que mueve a la acción.” Una emoción es algo que nos saca de nuestro estado habitual o base y nos mueve hacia estados más adecuados para hacer frente a lo que surge y que incluso puede sacarnos de balance. Desde el punto de vista neurológico, podemos decir que las emociones son respuestas automáticas (no dependen de nuestra voluntad) que se producen en el cerebro y generan reacciones bioquímicas en el cuerpo que alteran su estado físico. Algo sucede, interno o externo, real o imaginario, y entonces se dispara una emoción; sentimos algo y actuamos en consecuencia de formas que nos pongan a salvo y, de ser posible, resuelvan aquello que se ha desatado. El fin es volver a estar en paz o recobrar el equilibrio a pesar de lo que pueda surgir en el camino de la vida. Estar en paz, por cierto, no implica estar libre de sobresaltos y eventos desagradables, sino que, a pesar de ellos, podamos recuperar un estado base de relativa tranquilidad y felicidad, como quiera que cada uno la conciba.

Las emociones, como el miedo, son muy antiguas en términos de la evolución humana; originalmente ayudaron a nuestra especie a sobrevivir produciendo reacciones rápidas ante amenazas, recompensas y otros agentes del entorno que, a través de ellas, eran evaluados como peligrosos o deseables. Las emociones están codificadas en nuestros genes, así que no tenemos que aprenderlas y, aunque varían ligeramente en cada persona y dependen de las circunstancias, generalmente son similares en todos los seres humanos, incluso en otras especies. Su expresión puede ser influida por la cultura, pero no su sentir. Son como un sistema de alarma interno que nos dice calma, alerta, huye, pelea o escóndete. Todo esto, como ya dije, para protegernos y ayudarnos a adaptarnos al entorno físico y social.

Para cumplir con su función de alertarnos y movernos a la acción, deben hacer, al menos, dos cosas. Dirigir y focalizar nuestra atención hacia aquello que las estimula, y hacerse notar. Por ejemplo, si el miedo lo sintiéramos como una minúscula comezón detrás de la oreja quizá no sería lo suficientemente notorio para ponernos a salvo en caso de peligro. Lo mismo pasa con el enojo o la tristeza, que si no fuera tan incómoda su presencia, reaccionaríamos de manera poco adaptativa y pro social sin reconciliarnos con quien nos ha lastimado o poner límites a quien insista en hacerlo. Ésta es la razón por la que las emociones son tan notorias; deben sentirse y también hacerse ver. Sentirse, como ya dije, para ayudarnos a afrontar lo que surja de la manera más adecuada. Mostrarse, para que otros se den cuenta de nuestro estado y con ello puedan, a su vez, ser alertados, como con el miedo o el enojo; o invitados a acercarse, como con la alegría o, incluso, la tristeza.

¿Qué tan negativas son las llamadas “emociones negativas”? El miedo entra en la lista de las llamadas “emociones negativas”, de modo que conviene aclarar por qué se les llama así, pues ya con el puro nombre cualquiera podría pensar que las positivas hacen bien, las negativas mal y las neutras, pues como que salen sobrando.

A grandes rasgos podemos decir que las emociones positivas son emociones que normalmente encontramos placenteras y nos mueven a acercarnos o buscar aquello que las evoca; son respuestas agradables a nuestro mundo interior o exterior. ¿Quién que esté sano no quisiera estar cerca de alguien que le ofrece amor incondicional, interés genuino o estados de alegría? Sin embargo, las emociones positivas no sólo nos llevan a buscar estas “fuentes” o circunstancias de placer, también hacen que propiciemos y procuremos, a partir de ellas, entornos placenteros. Organizamos fiestas, visitamos a alguien enfermo o perdonamos a alguien para reconciliarnos. Yo preferiría llamar a las emociones “positivas”, emociones placenteras o agradables.

Por otro lado, las “emociones negativas” son aquellas que normalmente no resultan placenteras; se sienten tan desagradables, que nos hacen evitar o alejarnos de aquello que las produce. ¡Y qué bueno que lo hagamos!, porque no es conveniente sentir culpa, miedo, tristeza o asco y quedarse ahí, estoicamente, soportándolos sin hacer nada. Aunque no son agradables de experimentar, las emociones negativas son indispensables para la vida porque nos llevan a movernos fuera de situaciones que podrían ser física o socialmente peligrosas. Aumentan nuestras posibilidades de supervivencia y nos ayudan a crecer, pertenecer y desarrollarnos en un entorno social. Por ejemplo, cuando se está bajo los efectos del alcohol perdemos temporalmente, entre otras cosas, el miedo que normalmente nos hace protegernos y hacemos o decimos cosas que nos ponen en situaciones de riesgo. Es por ello que a las emociones “negativas” prefería llamarlas emociones displacenteras o desagradables.

Ya sean positivas y negativas, todas las emociones cumplen un propósito evolutivo, de otra manera, no las experimentaríamos. Sabemos que al cerebro no le gusta gastar energía de forma innecesaria. La diferencia fundamental es que las emociones positivas nos acercan a lo placentero y las negativas nos alejan de ello. Quizás si las hubieran nombrado como emociones de “acercamiento” y “alejamiento”, se podrían entender de distinta manera. 

La mala reputación del miedo Sabemos ya que el miedo es la experiencia que tienes cuando te sientes amenazado por algo o alguien. Cada quien puede sentirse amenazado de muchas maneras diferentes por distintas cosas; algunas son más comunes e instintivas y otras, ya hablaremos de ello, más personales y aprendidas. Dicho esto, el propósito del miedo es alertarnos y movernos a realizar acciones y tomar decisiones que nos pongan a salvo ante una amenaza percibida. Digamos que es una emoción de supervivencia. El miedo es como el dolor; ambos existen para protegernos de daños potenciales o mayores.

El miedo es la alarma que activa a nuestros sistemas de respuesta a actuar. Por ejemplo, si alguien tiene miedo a que su casa se incendie por la noche, tomará todas las precauciones necesarias para evitarlo. Además de asegurarse que todo esté en su lugar y que no haya ninguna fuente potencial de peligro, pondrá sensores de calor y de humo, colocará extinguidores en lugares estratégicos y hasta sistemas de extinción de incendios automatizados. Eso tiene sentido, ¿no es así? ¿Quién, que tema al fuego, desconectaría todos los sistemas de seguridad contra incendios para que las alarmas “no lo espanten”? Eso sería el equivalente a buscar no tener miedo. Por supuesto hay a quien “le suena la alarma” todo el tiempo sin tener un peligro real, pero de la ansiedad ya hablaré más adelante.

No obstante, muchas personas ven al miedo como algo indeseable que habría que arrancar de raíz, como si fuera una enfermedad o propio de débiles o cobardes. A más de uno le han enseñado no sólo que hay que evitarlo, sino negarlo, ocultarlo y declarar abiertamente que no se tiene miedo a nada para hacerlo más “valiente y respetable” a los ojos de los demás. “No tengas miedo”, nos dicen nuestros padres cuando de niños nos impulsan a hacer algo nuevo como nadar o andar en bicicleta, lo que, desde mi punto de vista, es un abordaje un tanto impreciso, por no decir erróneo. Recuerdo que un paciente me contó que su padre para obligarlo a enfrentar lo que le asustaba cuando era niño le decía: “No seas marica. No tengas miedo.” No le podemos decir a alguien que no sienta algo que no está en su voluntad sentir y mucho menos callar sólo por el mero deseo de hacerlo; recordemos que el miedo también es una reacción bioquímica involuntaria que sirve para protegernos de lo que se considera una amenaza. Si la supuesta amenaza es objetivamente real o no, ése es otro tema del que hablaremos después; la cuestión es que la respuesta de miedo se da frente a una amenaza o peligro percibido. Entonces, ayudaría más reemplazar el: “No tengas miedo”, por: “Aquí no hay nada que temer.” Lamentablemente, ya desde la infancia tener miedo puede ser objeto de burla y hasta de vergüenza.

También, hemos aprendido que para “vencer” al miedo hay que ser valientes o, al menos, mostrar valor. Pero, ¿de verdad, es eso lo que se necesita? ¿Un arrebato de valor para cerrar los ojos, entrar a la cueva y transitarla sin importar lo que pase? Muchas veces a lo que llamamos valor no es más que un puro acto de inconsciencia e impulso tan irracional como el miedo mismo. ¿Es tomar una sola bocanada de aire lo que te hace cruzar a nado la alberca o saber que puedes salir a respirar de vez en vez siempre que lo necesites? ¿Es saber que la alberca tiene una profundidad de 1.40 m lo que te da seguridad o saber que, así tuviera tres metros, puedes tocar el fondo e impulsarte hacia afuera? ¿Es tener fe en que nunca te van a traicionar lo que te hace confiar en otros o saber que, así ocurriera lo que temes, podrías hacerte cargo de ti y tus heridas emocionales aprendiendo de la experiencia? No, no creo que sea valor lo que se necesita, sino confianza en nosotros que nos permita relevar al miedo de su función. En esto, especialmente, voy a abundar más adelante. 



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