La musa de las pesadillas

porLaini

20 minutos

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COMO JOYAS, COMO UN DESAFÍO

Aunque Kora y Nova nunca habían visto un mesarthim, sabían todo sobre ellos. Todos lo sabían. Sabían sobre su piel: “Azul como los zafiros”, decía Nova, aunque tampoco habían visto nunca un zafiro. “Azul como los témpanos de hielo”, decía Kora. Ésos los veían todo el tiempo. Sabían que “mesarthim” quería decir “sirvientes”, aunque no se trataba de sirvientes ordinarios. Eran los soldados-magos del imperio. Podían volar, o exhalar fuego, o leer mentes, o convertirse en sombras y de nuevo en carne. Iban y venían a través de hendiduras en el cielo. Podían curar, cambiar de forma y desaparecer. Tenían dones bélicos y fuerza imposible y podían decirle a alguien cómo moriría. Por supuesto, no tenían todas estas cosas a la vez: cada uno tenía un don, sólo uno, y no los elegían. Los dones estaban en ellos, como estaban en todos, esperando —como las brasas esperan el aire— en caso de que uno fuera tan afortunado, tan bendecido como para ser elegido.

Así había sido elegida la madre de Kora y Nova el día en que los mesarthim llegaron por última vez a Rieva, dieciséis años atrás.

En aquel entonces las muchachas eran bebés, por lo que no recordaban a los Sirvientes de piel azul en su nave celeste de metal, ni recordaban a su madre, pues los Sirvientes se la llevaron y la hicieron una de ellos, y nunca volvió.

Solía enviarles cartas desde Aqa, la ciudad imperial donde, según escribía, la gente no era sólo blanca o azul, sino de todos los colores, y el palacio de metal divino flotaba en el aire y se movía de un lugar a otro. Queridas, decía la última carta, que había llegado hacía ocho años. Me embarco hacia el Exterior. No sé cuándo volveré, pero sin duda serán mujeres adultas para entonces. Cuídense una a la otra por mí, y siempre recuerden, sin importar lo que les diga cualquiera: las habría elegido a ustedes, si ellos me hubieran permitido elegir.

Las habría elegido a ustedes.

En invierno, en Rieva, calentaban piedras planas al fuego para ponerlas entre sus mantas por la noche, aunque se enfriaban rápido y se sentían duras en las costillas al despertar. Pues bien, esas cinco palabras eran como piedras que nunca perdían su calor ni lastimaban la carne, y Kora y Nova las llevaban a todas partes. O quizá las usaban, como joyas. Como un desafío. Alguien nos ama, decían sus rostros cuando le sostenían la mirada a Skoyë o se negaban a subordinarse ante su padre. No era gran cosa tener cartas en vez de una madre —y ahora sólo tenían el recuerdo de las cartas, pues Skoyë las había echado al fuego “por accidente”—, pero también se tenían una a la otra. Kora y Nova: compañeras, aliadas. Hermanas. Eran indivisibles, como los versos de un dístico que, fuera de contexto, perderían el sentido. Sus nombres bien podrían haber sido uno solo —Koraynova— de tan raras veces que se pronunciaban por separado, y cuando así era, sonaban incompletos, como la mitad de una concha de mejillón, abierta y partida en dos. Cada una era la persona de la otra, el lugar de la otra. No necesitaban magia para leer sus pensamientos, sólo miradas, y sus esperanzas eran mellizas aunque ellas no lo fueran. Estaban de pie lado a lado, preparándose juntas contra el futuro. Sin importar lo que la vida les impusiera o cómo les fallara, sabían que se tenían una a la otra.

Y entonces los mesarthim volvieron.

Nova fue la primera en verlos. Estaba en la playa, y acababa de incorporarse para quitarse el cabello de los ojos. Tuvo que usar el antebrazo, pues llevaba el arpón en una mano y el cuchillo para desollar en la otra. Sus dedos estaban crispados como garras en torno de los instrumentos y estaba ensangrentada hasta los codos. Sintió el jalón pegajoso de la sangre medio seca y se frotó la frente con el brazo. Entonces algo destelló en el cielo, y Nova levantó la mirada para ver qué era.

—Kora —dijo.

Kora no la oyó. Su rostro, también manchado de sangre, estaba pálido, con expresión insensible y serena. Su cuchillo se movía hacia atrás y hacia delante, pero sus ojos estaban en blanco, como si resguardara su mente en un lugar más agradable, al no necesitarla para ese atroz trabajo. Un cadáver de uul se alzaba entre ellas, a medio desollar. La playa estaba regada con docenas de cadáveres y más figuras encorvadas como ellas. Sangre y grasa aglutinaban la arena. Los cyrs chirriaban, peleando por las entrañas, y las aguas someras eran un hervidero de peces espinosos y de tiburones picudos atraídos por el hedor dulce y salado. Era la Matanza, la peor época del año en Rieva… para las mujeres y las niñas, en todo caso. Los hombres y los niños la disfrutaban. Ellos no blandían arpones y cuchillos, sino lanzas. Mataban y cortaban los colmillos para tallar trofeos con ellos, y dejaban el resto. La carnicería era trabajo de mujeres, sin importar que requiriera más músculo y más resistencia que matar. “Nuestras mujeres son fuertes”, se jactaban los hombres desde el cabo, lejos del hedor y las moscas. Y sí que eran fuertes, y estaban cansadas y sombrías, trémulas de agotamiento y manchadas de todos los viles fluidos que exudan las cosas muertas, cuando el destello llamó la atención de Nova.

—Kora —dijo de nuevo, y esta vez su hermana levantó la vista y siguió su mirada hacia el cielo.

Fue como si, a pesar de haber visto lo que había ahí, Nova no pudiera procesarlo hasta que Kora lo procesara también. En cuanto los ojos de su hermana se fijaron en el objeto, ambas sintieron la sacudida.

Era una nave celeste.

Una nave celeste quería decir que eran los mesarthim.

Y los mesarthim significaban…

Escape. Un escape de Rieva y del hielo y de los uuls y de la monotonía. De la tiranía de Skoyë y de la apatía de su padre, y por último —y sobre todo—, de los hombres. A lo largo del último año los hombres de la aldea habían empezado a detenerse cuando ellas pasaban; su mirada iba de Kora a Nova y de Nova a Kora como si estuvieran eligiendo un pollo para el matadero. Kora tenía diecisiete años y Nova dieciséis. Su padre podía casarlas cuando quisiera. La única razón por la que aún no lo había hecho era porque Skoyë, la madrastra de las muchachas, no quería perder a su par de esclavas. Ellas hacían la mayor parte del trabajo y además cuidaban a su bandada de medios hermanos menores. Sin embargo, Skoyë no podía retenerlas para siempre. Las muchachas eran regalos que debían darse, no guardarse; o, más bien, eran como ganado que debía venderse, como bien sabía todo padre de una hija deseable en Rieva. Kora y Nova eran muy bellas, con su cabello rubio y sus brillantes ojos cafés. Tenían delicadas muñecas que ocultaban su fuerza, y aunque su figura era secreta bajo las capas de lana y piel de uul, al menos sus caderas eran difíciles de esconder. Tenían suficientes curvas para mantener tibias las mantas, y además era bien sabido que eran trabajadoras. No pasaría mucho tiempo. Seguramente para el Invierno Profundo, cuando llegara el mes oscuro, estarían casadas, viviendo con quien le hiciera la mejor oferta a su padre, y ya no una con la otra.

Y no era sólo la idea de estar separadas, o que no tuvieran deseos de ser esposas. Lo peor de todo era la pérdida de la mentira.

¿Cuál mentira?

Esta no es nuestra vida.

Desde que tenían memoria eso era lo que se decían una a la otra, con palabras y sin ellas. Tenían una manera de mirarse, cierta intensidad fija, que era igual que decirlo en voz alta. Cuando peor iban las cosas —en medio de la Matanza, cuando se apilaba cadáver sobre cadáver, o cuando Skoyë las abofeteaba, o cuando se les acababa la comida antes de que se acabara el invierno—, mantenían la mentira ardiendo entre ellas. Esta no es nuestra vida. Recuérdalo. No pertenecemos aquí. Los mesarthim volverán y nos escogerán. Esta no es nuestra verdadera vida. Sin importar qué tan mal se pusieran las cosas, tenían eso para seguir adelante. Si hubieran sido una sola muchacha en vez de dos aquello se habría apagado mucho tiempo atrás, como una vela encendida con sólo una mano para resguardarla. Pero eran dos, y entre ellas mantenían viva la llama, la veían reflejada una en la otra y se prestaban la fe, nunca solas y nunca derrotadas.

Por las noches hablaban en susurros sobre los dones que tendrían. Serían poderosas como su madre, estaban seguras. Estaban hechas para ser magas-soldado, no esposas-criadas ni hijas-esclavas, y serían transportadas a Aqa con el propósito de entrenar para la batalla y llevar metal divino sobre la piel, y cuando llegara el momento también ellas se embarcarían hacia el Exterior: subirían y saldrían por una hendidura en el cielo para ser heroínas del imperio, azules como zafiros y témpanos, hermosas como estrellas.

Sin embargo pasaban los años y no llegaban los mesarthim, y la mentira empezó a agotarse, de modo que cuando se miraban una a la otra en busca de la fe que mantenían juntas, comenzaron a encontrar miedo en su lugar. ¿Y si, después de todo, esta es nuestra vida?

Cada año, en la víspera del Invierno Profundo, Kora y Nova subían por la senda montañosa, resbalosa por el hielo, para contemplar la breve aparición del sol, pues sabían que sería la última vez que lo verían en un mes. Pues bien, perder su mentira se sentía como perder el sol, no por un mes sino para siempre.

Así pues, contemplar esa nave celeste… fue como el retorno de la luz.

Nova soltó un chillido. Kora rio, una risa de alegría y liberación y… acusación.

—¿Hoy? —le preguntó a la nave en el cielo. El sonido frenético y vibrante de su risa resonó por toda la playa—. ¿En serio?

—¿No podrían haber venido la semana pasada? —exclamó Nova echando la cabeza hacia atrás, con la misma alegría y liberación en su voz, y el mismo dejo de aspereza. Ambas estaban empapadas en sudor, impregnadas de sangre, y tenían los ojos enrojecidos por las tripas y los gases, ¿y los mesarthim venían ahora? A lo largo de la playa, entre los cadáveres húmedos y huecos de bestias a medio destazar y las nubes de moscas, las demás mujeres también miraron al cielo. Los cuchillos quedaron inmóviles. En medio de la indiferencia e insensibilidad de la masacre surgió el asombro conforme la nave se acercaba. Estaba hecha de metal divino, de un azul intenso y tan brillante como un espejo que reflejaba el sol y dejaba manchas en la vista de las mujeres.

Las naves celestes de los mesarthim tenían la forma que les daba la mente de su capitán, y ésta tenía el aspecto de una avispa. Sus alas eran tan finas como la hoja de un cuchillo, y su cabeza era un óvalo agudo con dos grandes esferas a manera de ojos. Su cuerpo de insecto estaba formado por un tórax y un abdomen conectados por un pellizco de cintura. Incluso tenía aguijón. Volaba sobre sus cabezas en dirección al cabo, y se perdió de vista tras la barrera de roca que protegía del viento a la aldea.

A Kora y a Nova les palpitaba el corazón. Se sentían mareadas y temblaban de emoción, nerviosismo, reverencia, esperanza y reivindicación. Clavaron sus arpones y cuchillos en el uul; mientras retiraban los dedos de las gastadas empuñaduras de sus herramientas, ambas sabían que nunca regresarían a recogerlas.

Esta no es nuestra vida.

—¿Qué creen que están haciendo? —preguntó Skoyë mientras las hermanas iban tropezando hacia la orilla.

La ignoraron y se arrodillaron en las heladas aguas someras para mojarse las cabezas. Aunque la espuma del mar era rosada, y trozos de grasa y cartílago se mecían entre las ondas, aun así el agua estaba más limpia que ellas. Se restregaron la piel y el cabello, con cuidado de no entrar a las aguas profundas donde se revolcaban los tiburones y los peces espinosos.

—Vuelvan a trabajar, ustedes dos —las reprendió Skoyë—. No es momento de renunciar.

La miraron con incredulidad.

—Los mesarthim han llegado —dijo Kora, con un tono cálido de asombro en su voz—. Nos pondrán a prueba.

—No hasta que terminen con ese uul.

—Termínalo tú —dijo Nova—. No necesitan verte a ti.

La expresión de Skoyë se enfrió. No estaba acostumbrada a que le respondieran, y no fue sólo por la respuesta. Percibió el filo del tono de Nova. Skoyë había estado a prueba dieciséis años atrás, y las muchachas sabían cuál había sido su don. Todos en Rieva estuvieron a prueba, excepto los bebés, y sólo una persona resultó elegida: Nyoka, la madre de Kora y Nova. Nyoka tenía un don bélico de poder impactante, literalmente impactante: podía emitir ondas de choque hacia la tierra y el aire. Cuando su poder despertó, sacudió la aldea y provocó una avalancha que hizo desaparecer el sendero hacia las minas clausuradas. El don de Skoyë también era, técnicamente, un don bélico, aunque de magnitud tan baja que era un chiste. Podía transmitir la sensación de ser pinchado con agujas; al menos pudo hacerlo durante el breve tiempo que duró su prueba. Sólo los Elegidos podían conservar sus dones, y sólo en estricto servicio al imperio. Todos los demás tenían que volver a la normalidad: indignos. Indefensos. Pálidos.

Furiosa, Skoyë alzó la mano para abofetear a Nova, pero Kora le sujetó la muñeca. No dijo nada. Sólo negó con la cabeza. Skoyë retiró la mano, tan atónita como encolerizada. Las muchachas siempre habían sido capaces de enfurecerla, no por su desobediencia sino por la manera que tenían de ser intocables, de estar por encima, mirando a todos los demás desde un lugar en las alturas al cual ellos no tenían acceso.

—¿Creen que van a elegirlas a ustedes sólo porque la eligieron a ella? —preguntó.


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