El día que no fue

porSandra Lorenzano

7 minutos

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Durante meses respiré miedo. Podría elegir otro comienzo, pero éste es el único honesto. ¿Debería disfrazarlo? ¿Disimularlo? ¿Esconderlo?

Durante meses respiré miedo.

Un miedo turbio, vago, impreciso, pero no por eso menos punzante, que me esperaba a la vuelta de cada esquina, en las escaleras del edificio, en la mirada —demasiado directa, demasiado inquisitiva— del muchacho que me preparaba el café.

¿Alguna vez han sentido miedo? ¿Miedo de verdad? ¿Miedo a ser atacados una noche cualquiera? ¿Miedo a que se vuelvan realidad las peores pesadillas que nos acosan desde niños? ¿Alguna vez le han temido a cada ruido que puebla las noches? ¿A cada silencio?

Durante meses respiré miedo.

Yo que iba a hablar de mujeres, de violencias, de amores y desamores, me convertí casi en mi propio personaje. Como para recordarme que no vale la pura bibliografía de apoyo cuando una va a escribir una historia. Tiene que pasar por la propia piel. Entre las primeras líneas de lo que sería la nueva novela, y esta página que ahora escribo, el mundo se derrumbó. Agazapada e incrédula miré su caída. Primero intenté descifrar lo que sucedía. Después, el terror me envolvió.

Durante meses respiré miedo.

Después nació esta historia.

Dice el diccionario de la Academia:

miedo

Del lat. metus ‘temor’. 1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.

2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

“Algo contrario a lo que desea.” ¿Qué deseo? No el picahielos, ni las converse que podrían aparecer una noche cualquiera en la escalera, ni el cuadro de Bacon: la carne. Un picahielos entrando en la carne. ¿Real o imaginario? Miedo. Pavor. Terror. El miedo se te instala bajo la piel, como hormigas que te van horadando. El pavor, el terror, son repentinos; aparecen y desaparecen. Como el pánico. El miedo, en cambio, se queda. Está. Es tu compañero cotidiano.

Pero las cosas pueden ser mucho más sencillas, o más arcaicas: “El mecanismo que desata el miedo se encuentra, tanto en personas como en animales, en el cerebro, concretamente en el cerebro reptiliano”. Paul MacLean propuso en su  teoría evolutiva del cerebro triúnico que el cerebro humano es en realidad tres cerebros en uno: el reptiliano, el límbico y la neocorteza. No me pidan mucho más. Sólo quiero decir que me conmueve esta explicación del cerebro reptiliano: “MacLean ilustra esta función al sugerir que organiza los procesos involucrados en el regreso de las tortugas marinas al mismo lugar en el que han nacido”.

Las tortugas. Ulises. Yo misma. El cerebro de reptil da origen a la nostalgia porque ya no hay hogar al cual regresar. No leo más. La lagartija que hay en mí lagrimea al sol.

El lagarto está llorando.

La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer su anillo de desposados.

¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos! Mi madre me recitaba los poemas de Lorca. La nostalgia y el miedo se mezclan: soy una tortuga que no puede regresar.


Aquí están los amores, las complicidades, la memoria… pero también los fantasmas. De pronto el miedo y el desasosiego me recorren el espinazo. ¿Cuál es la historia que quiero contar? ¿La mía? ¿La nuestra? ¿La del amor y el desamor convertida en una herida que no deja de doler? Entiendo la furia, entiendo el enojo, incluso la tristeza. No entiendo la sordera ni el escarnio público. No entiendo la letra escarlata pintada con mi propia sangre. ¿Moriré en la hoguera, como las brujas? ¿Me arrancarán los ojos y la lengua? ¿Estará esperándome alguien cualquier noche en la puerta del departamento? Un picahielos es suficiente; preciso, certero, agudo. Por ¿quinientos pesos?, ¿mil? Ese informe no pasará. Nadie dirá que un hombre común y corriente subió al segundo piso, que me esperó unos cuarenta minutos, que apenas hizo ruido. Que bajó después las escaleras. Tenía unas converse negras, casi nuevas. La estupidez de recordar detalles inútiles. ¿Y la cara? ¿La vi? ¿La veré? Un peso por lo que piensas. Una vez en acción el mecanismo del miedo no hay nada que lo detenga. Respiro hondo. Me quedo con la imagen de las converse. Negras. 

Casi nuevas. ¿Compradas para la ocasión? Pienso esa tontería en lugar de mirarlo a los ojos. Diez y veintidós de la noche. ¿Cómo sé la hora exacta? Aparece frente a mí. Como las converse. Y una loción que detesto: vetiver.


¡Gracias por leer a Sandra Lorenzano !

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