Un nuevo viaje (La razón de estar contigo 2)

porW. Bruce Cameron

7 minutos

Comparte el capítulo en

Allí sentado en el muelle de madera que se adentraba en el lago, supe con certeza que me llamaba Chico y era un buen perro.

El pelo de mis patas era tan negro como en el resto de mi cuerpo, pero, con el tiempo, se me había vuelto un poco blanco en los extremos. Había tenido una vida larga y plena al lado de un chico llamado Ethan; había pasado muchas tardes perezosas en ese mismo muelle, aquí en la granja, disfrutando de un baño o ladrando a los patos.

Este era el segundo verano sin Ethan. Cuando murió, el dolor fue tan fuerte como nunca antes en mi vida. Ahora había disminuido, se había convertido en una especie de malestar en la barriga, pero continuaba sintiéndolo todo el tiempo. Solamente el sueño conseguía calmarlo: en mis sueños, Ethan siempre corría a mi lado.

Yo era un perro viejo y sabía que algún día, pronto, me embargaría un sueño mucho más profundo, tal como me había sucedido siempre antes. Ese sueño profundo me sobrevino cuando me llamaba Toby, en esa estúpida primera vida durante la cual mi único propósito había sido jugar con otros perros. También cuando me llamaba Bailey, la primera vez que conocí a mi chico y cuando el amor que sentía por él fue mi razón para vivir. Me embargó otra vez mientras era Ellie y mi trabajo consistía en buscar y salvar personas. Así que cuando el sueño profundo viniera a buscarme la próxima vez, al final de esta vida como Chico, estaba seguro de que ya no volvería a vivir otra vez, de que había cumplido mi propósito y de que no había motivo para que volviera a ser un perro nunca más. No me importaba si eso sucedía ese mismo veranooel siguiente. Ethan, amar a Ethan, era mi propósito definitivo, y lo había hecho tan bien como había podido. Yo era un buen perro.

Y, a pesar de todo… 

A pesar de todo, mientras estaba allí sentado, miraba a una de las niñas de la familia de Ethan que se acercaba con paso inseguro al final del muelle. Era una cría pequeña y no hacía mucho tiempo que había empezado a andar, así que temblaba a cada paso. Llevaba un pantalón bombacho blanco, corto, y una camiseta ligera. Me imaginé que me lanzaba al agua y que la sacaba a la superficie tirando de ella. Dejé escapar un cansado lamento.

Su madre se llamaba Gloria. Ella también estaba en el muelle, tumbada en una silla reclinable; tenía unos trocitos de verdura colocados encima de los ojos. Hasta hacía poco, sujetaba con la mano una larga cuerda que llegaba hasta la cintura de la niña, pero ahora la mano se había aflojado y la cuerda se arrastraba por el suelo mientras la cría se acercaba al extremo del muelle.

Cuando era un cachorro, cada vez que mi correa se soltaba, sentía el impulso de lanzarme a explorar. Y a la niña le había pasado algo parecido.

Era la segunda ocasión que Gloria visitaba la granja. La otra vez fue en invierno. Ethan todavía vivía. Gloria le había dejado a la niñita en los brazos y lo había llamado «abuelo». Cuando Gloria se fue, Ethan y su compañera, Hannah, pronunciaron el nombre de Gloria muchas veces durante varias noches. Pero sus conversaciones estaban teñidas de emociones tristes.

Estaba seguro de que Ethan hubiera querido que vigilara a Clarity, que siempre parecía estar metiéndose en líos. Justo el otro día, mientras yo estaba tumbado, gateó debajo del comedero de los pájaros y se metió un puñado de semillas en la boca. Asustar a las ardillas cuando hacían lo mismo era uno de mis trabajos. Pero no sabía muy bien qué hacer cuando vi que Clarity lo hacía, a pesar de que probablemente las normas no permitían que una niña comiera semillas para pájaros.Y supe que tenía razón al respecto, porque cuando, al fin, ladré, Gloria se incorporó sobre la toalla en que estaba tumbada y se enfadó mucho.

También pronunciaron el nombre de Clarity. Era el nombre de la niña, a pesar de que Gloria solía llamarla Clarity June.

Miré a Gloria. ¿Debía ladrar? Los niños saltaban muchas veces al lago, pero ninguno de ellos era tan pequeño como ella. Por la manera en que caminaba, parecía inevitable que se mojara. A los críos solo se les permitía bañarse cuando los adultos los sujetaban. Miré hacia la casa. Hannah estaba fuera, arrodillada, jugando con las flores que había al lado del camino. Estaba demasiado lejos para poder hacer nada si Clarity caía al lago. Estaba seguro de que Hannah querría que yo vigilara a Clarity. Y supe qué era lo que debía hacer.

Clarity se estaba acercando al final del muelle. Solté otro lamento, esta vez en voz más alta.

—Cállate —dijo Gloria sin abrir los ojos. 

No comprendí aquella palabra, pero el tono cortante resultaba inconfundible.

Clarity ni siquiera miró hacia atrás. Cuando llegó al final del muelle, se tambaleó un momento y cayó directamente al lago.

Hinqué las uñas en la madera del muelle y salté al agua.

Clarity movía los brazos y las piernas con frenesí, pero tenía la cabeza por debajo de la superficie del agua. Llegué hasta ella en cuestión de segundos y la sujeté con los dientes por la camiseta. Le saqué la cabeza fuera del agua y fui hacia la orilla.

Gloria empezó a chillar. 

—¡Oh, Dios mío! ¡Clarity! 

Corrió hasta la orilla y se metió en el agua justo en el momento en que yo hacía pie en el fangoso fondo del lago.

—¡Perro malo! —me gritó, mientras apartaba a Clarity de mí—. ¡Eres un perro muy muy malo!

Bajé la cabeza, avergonzado. 

—¡Gloria! ¿Qué ha pasado? —gritó Hannah mientras corría hasta nosotros.

—Tú perro acaba de tirar a la niña al agua. ¡Clarity hubiera podido ahogarse! ¡Tuve que saltar para salvarla y ahora estoy empapada! Estaba claro por su voz que las dos estaban enfadadas.

—¿Chico? —preguntó Hannah. No me atrevía a mirarla. Meneé la cola un poco y unas gotas de agua salieron disparadas y salpicaron la superficie del lago. No sabía qué era lo que había hecho mal, pero estaba claro que había provocado que todo el mundo se enfadara.

Es decir, a todo el mundo menos a Clarity. Me arriesgué a mirarla un momento porque percibí que ella se debatía entre los brazos de su madre. La niña alargaba las manos hacia mí.

—Tico —dijo Clarity.

Tenía el pantalón empapado. Bajé los ojos otra vez. Gloria soltó un bufido.

—Hannah, ¿te importaría quedarte con la niña? Tiene el pantalón completamente mojado y yo quiero tumbarme de espaldas para tener el mismo color en ambos lados.

—Claro —dijo Hannah—. Vamos, Chico


¡Gracias por leer a W. Bruce Cameron !

Leíste 7 minutos

¡Tiempo de hacer historia! Participa en nuestro sorteo

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad