La razón de estar contigo

porW. Bruce Cameron

10 minutos

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Un día se me ocurrió pensar que esas cosas calientes, chillonas y apestosas que se movían a mi alrededor eran mis hermanos y mi hermana. Me sentí muy decepcionado.

A pesar de que mi vista había mejorado hasta el punto de poder ver formas borrosas a la luz, supe que esa cosa grande y hermosa que tenía esa larga y maravillosa lengua era mi madre. Averigüé que sentir el aire frío en la piel significaba que mi madre se había marchado a alguna parte, y que volver a sentir calor quería decir que era la hora de comer. Muchas veces, encontrar un lugar para succionar implicaba apartar de un empujón el morro de uno de mis hermanos, que intentaba quitarme mi parte, lo cual resultaba muy irritante. No veía que mis hermanos y mi hermana tuvieran objetivo alguno. Mientras mi madre me lamía la barriga para estimular el fluido de líquidos de debajo de mi cola, yo la miraba, suplicándole en silencio que me quitara de encima a los demás cachorros. La quería toda para mí.

Poco a poco pude empezar a ver a los otros perros y acepté a regañadientes su presencia en la guarida. Mi olfato pronto me avisó de que tenía una hermana y dos hermanos. Sister estaba menos interesada en luchar conmigo que mis hermanos. A uno de ellos lo llamé Fast porque, por algún motivo, se movía más deprisa que yo. Al otro lo llamé Hungry porque lloriqueaba siempre que Madre se iba, y cuando regresaba, mamaba con una extraña desesperación, como si nunca tuviera suficiente. Hungry dormía más que mis otros hermanos y que yo, así que muchas veces le saltábamos encima y le mordisqueábamos la cara.

Nuestra guarida estaba al abrigo de las oscuras raíces de un árbol y permanecía fría y oscura a pesar del calor del día. La primera vez que salí al aire libre y sentí la luz del sol, Sister y Fast me acompañaron. Por supuesto, Fast se colocó en primera posición. De nosotros cuatro, solamente Fast tenía una mancha blanca en la cara. Cuando trotaba con alegría, esa mancha blanca brillaba a la luz del día. Era una mancha que tenía forma de estrella y que parecía lanzar un anuncio al mundo: «Soy especial». El resto de su pelaje era oscuro, con manchas marrones y negras, igual que el mío. Hungry tenía un color más claro, mientras que Sister tenía el mismo hocico prominente de Madre y la frente plana. Pero todos nos parecíamos bastante entre nosotros, a pesar del orgulloso trotar de Fast.

Nuestro árbol estaba encaramado sobre la orilla de un riachuelo. Me alegró ver que Fast caía rodando por la pendiente de la orilla. Pero ni Sister ni yo bajamos con más elegancia que él. Las rocas resbaladizas y los finos hilos de agua ofrecían olores maravillosos, así que seguimos esa pista de agua hasta una cueva fría y húmeda: se trataba de un conducto de paredes metálicas. Instintivamente, supe que ese era un buen lugar para esconderse en caso de peligro, pero a Madre no le impresionó nuestro descubrimiento en absoluto: sin ninguna contemplación, nos llevó de regreso a la guarida después de que quedara claro que no teníamos suficiente fuerza en las piernas para subir la cuesta de la orilla.

Habíamos aprendido la lección: no podíamos regresar a nuestra guarida por nuestros propios medios después de bajar por la orilla. Así pues, en cuanto Madre se fue, lo hicimos otra vez. Esta vez, Hungry vino con nosotros, pero cuando llegamos al conducto se tumbó sobre el frío barro y se quedó dormido.

Explorar parecía lo correcto, pues necesitábamos encontrar otras cosas para comer. Madre, que se impacientaba con nosotros, se levantaba antes de que hubiéramos terminado de comer, y yo culpaba a los otros perros de ello. Si Hungry no fuera tan insaciable, si Fast no fuera tan mandón, si Sister no se moviera tanto, seguro que Madre se quedaría quieta y nos permitiría llenarnos la barriga. ¿No era cierto que yo siempre conseguía que se tumbara, suspirando, cuando intentaba llegar hasta ella mientras estaba de pie?

Muchas veces, Madre dedicaba un montón de tiempo extra a lamer a Hungry. Aquella injusticia me sacaba de mis casillas.

Fast y Sister se habían hecho más altos que yo. El tamaño de mi cuerpo era el mismo, pero mis piernas eran más cortas y más gruesas. Hungry era el más pequeño de todos, por supuesto. Por otra parte, me molestaba queFast y Sister siempre jugaran juntos y me dejaran de lado, como si Hungry y yo perteneciéramos a otra clase dentro de la manada.

Puesto que Fast y Sister estaban más interesados el uno en el otro que en el resto de la familia, yo los castigaba negándoles mi compañía. Así pues, salía solo para ir al conducto. Un día, mientras estaba olisqueando un delicioso cuerpo podrido y en descomposición, un pequeño animal saltó al aire: justo delante de mí. ¡Era una rana!

Encantado, me precipité hacia ella para intentar atraparla con las manos, pero la rana saltó otra vez. Tenía miedo, a pesar de que yo solamente quería jugar… Casi seguro que no me la iba a comer. Fast y Sister percibieron mi excitación y entraron en estampida en el conducto, resbalando sobre el húmedo fango al llegar y tirándome al suelo. La rana saltó. Fast tomó impulso sobre mi cabeza para saltar hacia ella. Le gruñí, pero no me hizo ni caso.

Sister y Fast cayeron el uno encima del otro al intentar alcanzar a aquel animal, pero este consiguió llegar a un charco de agua y se alejó nadando en silencio y a toda velocidad. Sister metió el hocico en el charco y estornudó, mojándonos a Fast y a mí. Fast saltó sobre su espalda. Y, finalmente, nos dimos cuenta de que la rana —¡mi rana!— había desaparecido.

Triste, me di la vuelta. Tuve la sensación de que vivía en una familia de zoquetes.

Pensé mucho en esa rana durante los días siguientes. Lo hacía sobre todo antes de quedarme dormido. No dejaba de preguntarme cuál habría sido su sabor.

Cierto día, cuando nos precipitamos ansiosos y revoltosos hacia Madre, ella empezó a gruñir suavemente. Y así cada vez que nos acercábamos. Hasta que un día nos chasqueó los dientes en señal de advertencia. Pensé, con desaliento, que mis hermanos lo habían fastidiado todo. Pero entonces Fast se arrastró hacia ella con la barriga pegada al suelo. Madre le acercó el hocico. Él le lamió el morro, y ella le ofreció comida. Así pues, todos corrimos hacia allí para recibir nuestra parte. Fast nos apartó de un empujón. Sin embargo, ahora ya conocíamos el truco, así que olisqueé y lamí el morro de mi madre: ella me dio de comer.

Para entonces ya nos habíamos familiarizado por completo con el lecho del arroyo. Lo habíamos recorrido de arriba a abajo asegurándonos de dejarlo impregnado con nuestro olor. Fast y yo pasábamos la mayor parte del tiempo dedicados a la seria tarea de jugar. Empecé a darme cuenta de que para él era importante que el juego terminara conmigo de espaldas al suelo y él mordisqueándome la cara y el cuello. Sister nunca lo desafiaba, pero yo no estaba seguro de que me gustara lo que para todo el mundo parecía ser el orden natural de nuestra manada. Por supuesto, a Hungry no le importaba para nada su estatus, así que cada vez que me sentía frustrado, le mordisqueaba las orejas.

Una tarde, mientras observaba con indolencia a Sister y a Fast, que se disputaban un trozo de tela que habían encontrado por ahí, de repente, se me levantaron las orejas: un animal se acercaba, un animal grande y que hacía mucho ruido. Me puse en pie con torpeza, pero antes de que tuviera tiempo de bajar corriendo hasta el lecho del riachuelo para investigar ese ruido, Madre ya estaba allí con el cuerpo tenso en señal de alarma. Vi, sorprendido, que llevaba a Hungry en la boca, tal como hacía al principio de nuestras vidas. Madre nos condujo hasta el oscuro conducto. Entonces, se agachó, con las orejas aplastadas contra la cabeza. El mensaje estaba claro: la obedecimos, retrocediendo en silencio hacia el interior del conducto.

Cuando el animal apareció, caminando por la orilla del río, noté que a Madre se le erizaba el pelaje de la espalda: puro miedo. Era un animal grande que caminaba sobre dos piernas. Mientras se acercaba a nosotros nos llegó el olor acre del humo que le salía de la boca.




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