El libro de Ana

porCarmen Boullosa

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En que se explica de qué irá este libro:

Tolstoi escribió que Ana Karenina fue autora de un libro “de primera calidad… notable”. Vordkief, el editor, lo quiso publicar (así atestigua Levin el día en que conoce a Karenina), ella no se lo cede, considera que es sólo un borrador, algo en su relato la deja insatisfecha.

Después de este pasaje, Tolstoi no vuelve a dar cuenta del manuscrito; omite contarnos que la Karenina lo retoma; en sus escasas mañanas de ánimo calmo, empieza por hacerle correcciones insignificantes, termina por reescribirlo de principio a fin, a cualquier hora, hasta convertir al manuscrito en un colaborador de sus noches de opio.

Ana dejó, pues, dos libros, el que conocieron sus contemporáneos y el que fuera su compañero hasta el final —la noche anterior a su caída escribió aún algunas palabras.

Aquí el recuento de cómo salieron del olvido los folios de la Karenina, en 1905, en San Petersburgo. El relato es minucioso donde se tienen informes. Inserto en él, se reproduce el segundo manuscrito de Ana, en una versión apegada al original. La transcripción no altera las decisiones de Ana, aunque por su naturaleza de libro en proceso hayan sido muchas las tentaciones de precisar, limar o borrar.

El destino de Karenina traía grabado el suicidio. Los rieles del tren fueron para ella el alfabeto que deletreó su muerte violenta. Pero las líneas en las palmas de Karenina no previeron el contenido de sus folios. Tampoco decían que un miembro de su familia los encontraría en los albores de la primera Revolución rusa. Aquí lo imprevisto por el destino de Ana:

Primera parte

(San Petersburgo, 1905. Enero, sábado 8)

1.La carrera de Clementine, la anarquista

A tiro de piedra de la majestuosa avenida Proyecto Nevski, la bella Clementine, envuelta en una capa que en la carrera ha resbalado hacia sus espaldas dejando descubierta una línea del color rosa de su vestido y algo que lleva en brazos, advierte a un gendarme vigilante. Disminuye al acercársele su presurosa marcha, cambia de actitud, susurra un arrullo, “sh-sh-sh-sh”. El uniformado la escucha, no desvía la mirada hacia ella, son demasiadas las miserables que deambulan cargando críos; para él, ésas no tienen la menor importancia; le han dado órdenes, debe estar alerta, esto no incluye fisgonear famélicas.

Clementine lleva la cabeza cubierta por una prenda cortada y cosida también por sus manos que le protege el cuello y se enlaza con su graciosa capa de retazos de diferentes pieles. Se detiene frente a un cartel mal reproducido, las imprentas se han sumado a la huelga: “Queda prohibido agruparse en las calles con fines ajenos al orden de la ciudadanía, so pena de muerte”.

Reinicia su marcha, de nuevo veloz, se dice en silencio, “¡Acaban de pegar ese afiche!”. Y repite sin parar, “¡esto no pinta nada bien!, ¡nada bien!”, con la frase aviva el paso.

Llega a la caseta del tranvía que corre sobre los rieles que reposan en el congelado río Neva. Pide su boleto, ida y vuelta.

—Es la última corrida del día, señora, va y regresa de inmediato.

Clementine duda.

—No tengo su tiempo, señora. ¿Ida y vuelta?

—¿Puedo usar el billete después?

—¡Por supuesto!

—¿Menor costo por viaje si compro ida y vuelta?

—¿Para qué pregunta si ya lo sabe?

—Deme los dos.

Clementine recorre el embarcadero repitiendo el “sh-sh-sh” del arrullo, entrega al jovencito que custodia la puerta del tranvía la mitad de su boleto, sube y ocupa el asiento del fondo a la derecha. El operador (y despachador de boletos) aborda el último. El jovencito que custodiara la puerta grita al operador, “¡Lo veo mañana!”. El tranvía echa a andar.

Cruzan al otro lado del Neva y se detienen en la boca de un afluente del río, en el embarcadero Alejandro. Los pasajeros descienden, excepto Clementine. El operador le lanza una mirada de reojo, impaciente. Como Clementine no se mueve del asiento, la voltea a ver de frente, los brazos en jarras. Sin levantarse de su asiento, Clementine, arrebujada en su capa, dice:

—No bajo. Olvidé algo, tengo que volver.

—¡Mujeres! —masculla el operador—. Señora, ¡los tiempos no están para desperdiciar monedas! ¡Menos aún para gente como usted; qué modo de perder dinero…! ¡Piense en su niño, señora!

Clementine asiente con expresión apesadumbrada.

—Tiene usted toda la razón.

El operador le repite:

—Se lo dije, hoy no hay más corridas, es la última del día.

—¿Qué más puedo hacer? Debo regresar. ¡Tenga, mi regreso! —Clementine hace el gesto de levantarse del asiento para entregar su pasaje. El operador le hace una seña negativa con las dos manos.

—No me dé nada. Hagamos de cuenta que no vuelve. Pero no se baje…

—No me iba a bajar.

—Ya no abra la boca, señora;


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