Salvar el fuego

porGuillermo Arriaga

20 minutos

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Si precisara elegir el momento que transformó mi vida, ese sería cuando Héctor nos invitó a pasar el día en su casa en Tepoztlán. «Marina, vengan el sábado, invité a los Arteaga, a Mimí, a Klaus, a Laura y su novio, a Aljure, a Ruvalcaba, a Ceci, a Julio, más los que se cuelen.» Acepté a sabiendas de que a Claudio le chocaría ir. No soportaba a mis amigos «hippies», a quienes llamaba «artistillas mamones». Le aburrían y no tenía nada en común con ellos. A Claudio una buena película era la que lo divertía, las comedias comerciales chambonas, «las que me hacen olvidar la tensión del trabajo». No toleraba las largas y estáticas cintas dirigidas por Héctor. «Son la cosa más aburrida que hay», reclamaba mi marido, sin importar los Cannes o los Venecias que las avalaran. Ese sábado terminamos por ir a Tepoztlán y ahí, justo ahí, empezó todo. Si yo hubiera rechazado la invitación, si Claudio se hubiese empecinado en que fuéramos a comer con sus padres como cada sábado, mi vida ahora seguiría igual, feliz, ordenada y previsible, y la relojería del desastre no se habría echado a andar.

El día soleado, aunado a que Héctor le prometió sintonizar en la televisión el partido de eliminatorias de la Champions, convencieron a Claudio. Además, a mis hijos les encantaba ir. Disfrutaban de jugar con las mascotas que Héctor y Pedro, su pareja, mantenían en la propiedad: once monos araña, dos mapaches, tres labradores retozones y encimosos, cuatro gatos y seis caballos mansos en los cuales podían montar y recorrer el Tepozteco. «Vamos, vamos», dijeron mis tres hijos entusiasmados. Y es que la verdad se la pasaban muy bien en casa de Héctor y Pedro. Y si Claudio no fuese tan prejuicioso, apuesto que él también. Estoy convencida de que el «aborrecimiento» a mis amigos era solo una pose porque a varios de ellos los conocía desde niños.

Llegamos temprano. Héctor y Pedro recién habían despertado y todavía sin ducharse y sin peinar nos recibieron. «Perdón, nos desvelamos anoche. Pasen por favor, aquí Luchita los va a atender en lo que nos bañamos. Les puede preparar unos chilaquiles y en la mesa hay juguito de naranja recién exprimido. En ese cuarto pueden cambiarse y ponerse cómodos.» Héctor y Pedro se retiraron a alistarse y Claudio no pudo aguantar uno de sus típicos comentarios. «A esos cabrones todavía les huele el culo a vaselina», dijo y soltó una risotada. Esa era su frase favorita para referirse a los homosexuales: «Les huele el culo a vaselina». La frasecita la acuñaron él y sus compañeros para señalar a los curas amanerados que les impartían clases. Pederastas irredentos que abusaron de varios de sus alumnos. De ahí provenía la ligera homofobia de Claudio. No era antigay, ni nada que se le pareciera. Era de entenderse que su percepción de los «maricones» estuviera impregnada por su experiencia en el colegio religioso. Uno de los maestros de primaria solía llevar a sus alumnos de siete, ocho años de edad, a su cubículo. «El veneno del pecado ha entrado en mí», les decía con voz meliflua, «y me mata lentamente. El Santo Padre, conocedor de mis tribulaciones, me ha autorizado a que una boca inocente succione el veneno y lo neutralice con su pureza».

Héctor se consideraba el enfant terrible del cine mexicano y hacía lo posible por alimentar su leyenda. Frente a la prensa era soez, exhibicionista, altanero. Juzgaba al resto de sus colegas con aire de autosuficiencia y la mayoría le parecían pedestres y anodinos. Sus películas exhibían seres monstruosos y perversos con una voracidad sexual imparable. Enanos que violaban a mujeres obesas, masturbaciones en primer cuadro, nalgas cuadriculadas por celulitis, várices, penes descomunales. Bien decía Claudio, las películas de Héctor derramaban pus y orines sobre los espectadores. La crítica y los festivales lo adoraban. Le Monde lo calificaba de «genio que crea imágenes contundentes», Der Spiegel describía su obra como «si Dante y el Bosco hubiesen decidido ser directores de cine». Héctor gozaba de los abucheos de los espectadores, que salieran asqueados, que lo insultaran. Cumplía a cabalidad con el cliché de «escandalizar a la burguesía y darle su merecido». En realidad el burgués era él. Heredero de una fortuna construida sobre la inhumana explotación de cientos de trabajadores en minas carboníferas, jamás cuestionó el dolor y la miseria que causaban sus empresas. Al morir sus padres no se desprendió de ellas y siguió manejándolas desde el consejo de administración que presidía. Sus películas eran financiadas por decenas de rostros anónimos, ennegrecidos por el carbón y con los pulmones anquilosados por años de respirar el infame polvo de las minas. «Black lungs matter», le espetó un periodista en una rueda de prensa para provocarlo parafraseando el famoso «black lives matter». Héctor mandó echarlo de la sala y lo descalificó con rapidez. «Otro imbécil pagado por mis enemigos. Seguro lo envió…» y sin reparos soltaba el nombre de algún crítico o colega que repudiaba su obra.

Aun con sus actitudes petulantes y su fama de intragable, en la vida cotidiana Héctor era un tipo afectuoso y dulce. Un amigo leal siempre dispuesto a ayudar. Sin que Claudio lo supiera, Héctor le ordenó a su director de finanzas que invirtiera parte del dinero de su compañía en el fondo que Claudio manejaba. Lo hizo por mí, por cariño, por los años de conocernos, por su talante generoso. El caso es que nuestra situación económica mejoró de un mes para otro. Ochenta millones de dólares no son poca cosa. Y en manos de Claudio, que era ducho en cuestiones financieras, el capital empezó a generar ganancias constantes. Héctor me hizo prometerle que nunca le revelaría a Claudio quién había transferido tan considerable cantidad a su fondo. Y el bruto de Claudio denostando a Héctor sin imaginar que su reciente poder económico provenía del «cineasta mariconcito».

Pedro también provenía de una «buena familia» dedicada a los bienes raíces. No poseía, ni de lejos, una fortuna tan cuantiosa como la de Héctor, sí mayor a la del 99 % de los mortales. El «rancho», así les gustaba llamar a la casa de Tepoztlán, había pertenecido a sus abuelos. Un terreno rústico de veinte hectáreas sobre el que, claro está, construyeron una casa diseñada por un arquitecto ganador del premio Pritzker y cuyos espacios fueron decorados por Ten Rainbows, la afamada compañía de interiorismo neoyorkina. Cada rincón estaba cuidado al extremo. Doce trabajadores laboraban en la finca para mantenerla impecable. «Hasta a su terrenito le hacen manicure», bromeaba Klaus.

Héctor y Pedro eran consumados mecenas. Museos, galerías, escuelas de artes plásticas, orquestas, bibliotecas eran subvencionados por ellos. Mi compañía de danza contemporánea recibía también sus donaciones. Aunque me preciaba de mantener finanzas sanas, sus aportaciones me permitían un manejo más desahogado, sin las limitantes presupuestarias de otras compañías. Podía rentar mejores teatros para nuestras funciones, pagar a asesores de calidad mundial y extender contratos a los más talentosos bailarines.

Pedro era quien manejaba los asuntos de la fundación. Aunque generoso, su mecenazgo no estaba peleado con las ganancias. En ocasiones, los galeristas les regalaban cuadros del pintor promisorio que ellos apoyaron y cuyo valor crecía veinte, treinta veces en solo un par de años. Cuando alguna de las orquestas que patrocinaban viajaba a tocar a un recinto en el extranjero, ellos se quedaban con un porcentaje del pago efectuado. Y claro, la mayoría de sus donativos eran deducibles de impuestos.

Yo solo había sido infiel una vez en mi vida. Y lo curioso es que fue precisamente con Pedro. A su vez, él me confesó que nunca antes le había puesto el cuerno a Héctor. Por lo tanto ambos fuimos amantes primerizos. Empezamos con bromas tontas. «La única mujer con la que haría el amor sería contigo», dijo una vez en forma de piropo en medio de un grupo numeroso. El comentario causó risotadas. Incluso Claudio lo festejó. «Mi vieja está tan buena que es capaz de excitar hasta a los perros.» A partir de ese momento, iniciamos un juego de coquetería banal. Pedro no perdía oportunidad de cortejarme, aunque no pasaba de la adulación cándida de un gay a su amiga.

Nunca imaginé que terminaríamos en la cama. Contribuyó para ello una buena dosis de tequila y que los dos estábamos en traje de baño. Pasamos una tarde en la alberca del rancho junto con los niños. Claudio me había dejado ahí un viernes por la mañana. Comió con nosotros y regresó a México a una junta de negocios. Héctor, poco resistente al alcohol, se quedó noqueado en un camastro. A mis hijos uno de los trabajadores los llevó a dar una vuelta a caballo. Pedro y yo nos metimos al agua y recargados en la orilla comenzamos a rozarnos con los pies. Parecía un juego inocente, pero poco a poco fuimos enlazando nuestras piernas. Nos quedamos mirando y sonreímos. «Ya párale», le dije bastante excitada. «Ya la paré», bromeó él y señaló hacia su traje de baño. Un bulto erecto surgía por entre la tela. «A ti nunca te han gustado las mujeres», le reproché. «Nunca», respondió, «ni me van a gustar. Marina, tú no eres una mujer, eres una diosa», sonrió y me besó. Traté de evadirlo, pero él me detuvo la cabeza con ambas manos. Nos besamos unos segundos y me separé de él. Con el mentón señalé a Héctor que dormía profundo en el camastro. «¿No te importa?», le pregunté. «Claro que me importa, si es el amor de mi vida. Pero quiero probar.» Nos quedamos en silencio. Una urraca aterrizó junto a la piscina, tomó una aceituna de un plato y levantó el vuelo. La seguimos con la mirada hasta que fue a posarse a una palmera. «Siempre he querido saber qué se siente con una mujer y qué mejor que sea contigo», continuó, «si quieres aquí muere». Negué con la cabeza. Nunca se me hubiera ocurrido acostarme con él. Además, no existía ninguna razón para que fuéramos infieles. Ambos vivíamos felices con nuestras parejas. Aunque —repito— los tequilas y nuestras pieles desnudas rozándose debajo del agua nos prendieron.

Nos metimos a un cuarto en la casa de visitas y nos empezamos a besar. Pensé que por ser gay sus besos serían más suaves. No, fueron intensos, fuertes. A menudo me mordía los labios casi al punto de lastimarme. Caí en cuenta que Pedro solo había besado a hombres. Me estrujó las nalgas, me apretó la nuca, me lamió los hombros. Lejos de desagradarme, sus caricias primitivas y burdas me excitaron.

Nos tumbamos en la cama. Me quitó el sostén y se detuvo a palpar mis senos. «Se sienten acolchonaditos», dijo, «con razón les gustan tanto a los bugas». Jaló el cordón del bikini y quedé desnuda. Me miró por un breve instante con cierto asombro, como si mi cuerpo desnudo fuera un objeto extraño entre sus manos. Sin mayor preámbulo, se montó sobre mí y me penetró con fuerza. Le encajé las uñas en la espalda. Empezó a ondularse sobre mí con más y más brío. «No te vayas a venir adentro», le advertí. Sin abrir los ojos negó con la cabeza. Estaba a punto de venirme cuando intento salirse. «Me vengo», dijo. Lo abracé. «No se te ocurra salirte.» Se vino él y casi enseguida me vine yo. Hacía años no gozaba de un orgasmo en una relación sexual.

Volví a acostarme con él cuatro veces más. Nada se comparó a la primera. Él tuvo problemas para excitarse y a mí me cansó el ardor de sus besos y su penetración casi inmediata sin darme tiempo para lubricar. La tercera vez pidió metérmela por atrás. «Es lo que conozco», señaló. Me negué. Jamás lo había hecho por el ano y sentí que esa última virginidad se la debía a Claudio.

La quinta vez fue la más delicada y cariñosa. No me besó con tanta fuerza, ni trató de penetrarme a la primera. Se tomó tiempo en acariciar mis senos y luego me pidió que me abriera de piernas. Se agachó y lo que no había hecho antes, lengüeteó mi clítoris por varios minutos. Luego se acostó sobre mí y muy despacio me la fue metiendo. Dio unos cuantos empujones y se detuvo. Me acarició la cara. «Quise que me gustara, pero la verdad no me gusta nada. Perdóname», dijo. «A mí tampoco», confesé. Nos sentamos en el borde de la cama. Tomó mi mano y jugueteó con mis dedos. Volteé a examinar la habitación. Las paredes pintadas en color crema. Las alfombras mullidas. Sillones clásicos. Un balcón con vista hacia los jardines. Lujo sobre lujos. Con mis novios anteriores —incluso con Claudio—, siempre iba a moteles de paso. Me gustaba la sensación de asistir a lugares construidos expresamente para que las personas tuvieran sexo. Educada en la obsesión por la higiene y la asepsia, me excitaba sobremanera saber que entre esas cuatro paredes decenas de amantes clandestinos habían cogido con rabia y furia y amor y ternura y miedo. Cuando le propuse a Pedro ir a un motel porque eran más discretos, se indignó. «Yo no voy a ratoneras donde cogen albañiles.» Para él y Héctor, todo debía exhibir buen gusto y por eso estábamos ahí, en una senior suite del Four Seasons sin saber qué más decirnos.

Dejamos el hotel esa tarde, melancólicos y desilusionados. Por fortuna, la relación con Pedro en lugar de deteriorarse se hizo más sólida. No hubo nunca reproches ni mención de lo sucedido. Quedó flotando entre nosotros un aire de complicidad y de cercanía. Él volvió a ser la pareja estable de Héctor y yo la amorosa esposa de Claudio. Y fue Pedro, sin saberlo, quien me condujo directo hacia el huracanado amor que arrancó los cimientos de mi vida y la trastocó hasta dejarla irreconocible.

Ceferino, ¿en qué pensabas esas tardes, inmóvil en tu silla de ruedas, cuando mi hermano te dejaba en la terraza a merced de la intemperie, sin importar si llovía, si era de noche o si helaba? ¿Te dolía saberte inútil y humillado, incapaz de moverte, de expresarte, de defenderte? ¿O no cesabas de rumiar sobre tu pasado de miseria y sobre la opresión de tu pueblo?

«No sabes lo que daría por cambiar el rumbo de la historia y evitar que los míos sufrieran como sufrieron», solías decir. Ya que no era posible cambiar el orden de los acontecimientos, te obcecaste en narrarlos desde un punto de vista más justo y más igualitario. Reescribirlos, nos dijiste, se convirtió en tu proyecto vital. Por eso leías libros de Historia con tal ardor, para saciar tu obsesión de pasado, para nunca olvidar. La escuela era para ti un santuario. «En la educación se encuentran las llaves», solías aleccionarnos. Tu padre les planteó a ti y a tus hermanos que estudiar era la única salida. Él que jamás supo leer y escribir. Él, que apenas sabía una docena de palabras en español. Para motivarlos les ponía de ejemplo a Juárez, «un indio como nosotros que llegó a presidente». No es que tu padre creyera que pudieran ser presidentes, ni que llegarían lejos, solo deseaba que escaparan de ahí. De la sierra, de la miseria, del hambre, de la casa construida con lodo y ramas, del fogón humeante, de los tacos bañados con el aceite en el que alguna vez frieron carne de venado, de los zapatos usados por otros niños y que pasaron a otros niños y luego a otros hasta que llegaron a ustedes. Zapatos que les apretaban y les sacaban ampollas y que tu padre impedía que dejaran de calzar porque sin zapatos ningún indio podía llegar a ser alguien. Los ingenieros, los abogados, los maestros no calzaban huaraches.

Silente, en tu silla de ruedas, ¿recordabas aquellas tardes insulsas a solas en el monte cuidando cabras, pendiente de que los coyotes no se las robaran? Mi abuelo nos contó que, por fin, después de una buena cosecha pudo intercambiar costales de maíz por seis hembras resecas sin ningún macho que las preñara para al menos obtener dos o tres crías. Seis cabras cuyos huesos sobresalían por entre los pliegues sarnosos y que tuvieron que comerse cuando la sequía se prolongó durante tantos meses que nada pudieron sembrar entre los duros y estériles terrones de su diminuta parcela. Seis hembras que, obligado por tu padre, tuviste que degollar. «Ceferino no dejaba de llorar mientras se le desguanzaban entre las manos», nos relató mi abuelo. Esas cabras eran tus hermanas del monte, con las que pasabas horas por las tardes. Me imagino tu dolor al irlas matando una a una y luego verlas servidas en tu plato.

Nosotros no teníamos pretexto para no ir a la escuela. No importaba si nos sentíamos mal, si sufríamos de fiebre o teníamos un hueso roto. Para impelernos, relatabas la mañana en que se le desprendió la suela a uno de tus zapatos y llegaste de la escuela con el pie descalzo y sangrante después de recorrer los cuatro kilómetros que mediaban con tu casa. «Era mi único par. No había dinero para comprar otro. Y así fui diario a clases y cientos de espinas se me clavaban en el pie, y los dedos se me cortaban con las lajas de los cerros. Seis años de edad y no me quejé una sola vez. Tuvieron que pasar meses para por fin contar con otros zapatos.» Después de tus odiseas, porque esa fue una de tantas, era imposible rehusarnos a ir al colegio. No había excusa que valiera y un solo rezongo nos merecía castigos severos, sino es que una golpiza.

Supongo que, atrapado en tu silla de ruedas, sin poder pronunciar una palabra, evocabas esas noches heladas, abrazado a tu perro para darse calor y soportar el golpeteo de las ventoleras que soplaban del norte. Abuelo nos reveló cuánto miedo te daban esos aironazos. No querías morir como dijo tu madre que murió su madre en una noche glacial. Tu abuela se había empeñado en buscar una cabrita que no regresó con las demás y cuando ella quiso volver le cayó la noche. Se hizo bolita en una enramada para escudarse del vendaval que se soltó apenas oscureció. Tu madre tenía ocho años cuando su madre desapareció y al día siguiente acompañó a su padre y a sus hermanos a buscarla al monte. La hallaron cuatro días después con los ojos ya comidos por las hormigas, inflada y apestosa, con la boca abierta en el esfuerzo de una bocanada final. Así nos describió tu madre su cadáver y, según ella, de ahí vino tu miedo a los vientos. ¿En tus pesadillas de niño soñabas con hormigas rojas devorándote los labios, entrando y saliendo por tu nariz? ¿Tu temor era que un día no aguantaras el frío brutal y acabaras igual que ella, rígido y azul, con las cuencas de los ojos vacías, tumbado con la lengua de fuera, hinchada y violácea? Y mira papá, terminaste peor que la madre de tu madre, tu cerebro inundado por la marea roja de una hemorragia incontenible que ahogó tus neuronas y te dejó postrado, mudo y contrahecho, en esa silla de ruedas.

Recuerdo esa tarde en que te quejaste de una migraña súbita y le dijiste a mamá «no me siento bien, veo rojo» y caíste de bruces sobre la alfombra de tu cuarto y ya no pudiste ni hablar ni desplazarte. «Esta es la muerte», debiste pensar mientras mi madre te gritaba «levántate, levántate». Con seguridad solo veías rojo y más rojo. Una realidad roja mientras mamá llamaba a una ambulancia.

Llegaron tus otros dos hijos y el cabrón de José Cuauhtémoc sonrió. ¿Tuviste ganas de levantarte y quitarle a golpes esa estúpida sonrisa, de reventarle la cara como tantas veces lo hiciste? Ya que la ambulancia tardaba, te cargamos para bajarte por la escalera y, por torpeza, te escurriste y azotaste en los escalones y para no moverte más te dejamos en el piso de la cocina y con certeza sentiste el frío de las baldosas porque pronunciaste tu última palabra, «frío», y tu hijo José Cuauhtémoc sonrió de nuevo y debiste pensar «malditos sean los descendientes de mi sangre», y luego de dos horas llegó la ambulancia y te llevaron al Seguro Social de la calzada Ermita Ixtapalapa y los doctores examinaron tus pupilas y uno de ellos se giró hacia nosotros «sufrió un derrame cerebral, urge operarlo para detener el sangrado».

¿Qué pensaste cuando meses después José Cuauhtémoc te roció de gasolina y te susurró al oído «el infierno sí existe» y luego encendió un cerillo y lo arrojó a tu regazo para prenderte en llamas? ¿Qué pensaste, papá? Por favor, dime, ¿qué pensaste?

A lo largo del día arribaron los demás invitados al rancho. Mis niños, junto a los hijos de mis amigos, nadaron en la alberca, montaron a caballo, cazaron ranas y pescaron charales en el riachuelo que cruzaba la propiedad. Fue un pleito constante interrumpir sus actividades para embadurnarlos de bloqueador solar. Mi padre había muerto de cáncer de piel y, obsesionada por ello, cada media hora los llamaba para reuntarles de la crema protectora.


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