Para combatir esta era

porRob Riemen

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Lejos de la Segunda Guerra Mundial que devasta el continente europeo, en la ciudad de norafricana de Orán, un doctor encuentra una rata muerta en el rellano de su casa, una mañana de primavera. Informa al conserje y, aunque sabe que se trata de un hallazgo inusual, no le presta mayor atención al hecho. Esto cambia al día siguiente, cuando encuentra otras tres ratas muertas. El conserje asegura que debe ser una broma infantil: “¡No hay ratas en esta casa!”. Sin embargo, en los días siguientes, el doctor no sólo se encuentra con más y más ratas muertas por toda la ciudad, sino que recibe en su consultorio a un sorprendente número de pacientes que padecen los mismos síntomas: hinchazón, salpullido y delirio, que conducen a la muerte en menos de cuarenta y ocho horas. Sabe lo suficiente: sea lo que sea, esto es una epidemia. ¿Qué otra cosa puedeser? Un colega de mayor edad lo amonesta: “Vamos, sabes tan bien como yo qué es esto. Más aún, sabemos que todos, principalmente las autoridades, negarán la verdad tanto tiempo como puedan. “¡No puede ser verdad! Ya no tenemos nada así; no vivimos en la Edad Media. Por favor, deja de esparcir el pánico.”

Pero la negación no cambiará los hechos y, una vez que la epidemia tiene a la ciudad entera bajo su dominio, el suceso debe ser nombrado: la plaga bubónica.

Una variante del fenómeno de la negación es la idea de que cambiar las palabras también cambiará los hechos. Para los estadounidenses la palabra problema es un tabú. Cualquier situación que alguna vez pudo recibir esta etiqueta es ahora llamada un reto. Los problemas no existen, al menos no en los Estados Unidos de América. La palabra fascismo, en lo que respecta a política contemporánea, es igualmente un tabú en Europa. Está la Extrema Derecha, el Conservadurismo Radical, el Populismo, el Populismo de Derechas, pero el Fascismo… no tenemos eso. No puede ser verdad, ya no tenemos nada así, vivimos en una democracia. Por favor, ¡deja de esparcir el pánico y de ofender a la gente!

En 1947, Albert Camus terminó su novela La peste —una alegoría del fascismo— con el comentario de que el doctor no puede unirse a la celebración masiva posterior al anuncio oficial de que el reino de terror de la peste ha terminado.

Porque él sabía lo que esta muchedumbre dichosa ignoraba, y que se puede leer en los libros; que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles y en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que quizás vendrá un día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir a una ciudad dichosa.

Ese mismo año, Thomas Mann escribe que Nietzsche “anunció, como una aguja trémula y vibrátil, la época fascista de Occidente, en la cual estamos viviendo y en la cual seguiremos viviendo largo tiempo, a pesar de la victoria militar sobre el fascismo”.

Albert Camus y Thomas Mann, ciertamente, no fueron los únicos que, una vez terminada la guerra, asumieron pronto lo que todos estamos ansiosos por olvidar: el bacilo del fascismo permanecerá virulento en el cuerpo de la democracia de masas. Negar el hecho o llamar al bacilo de otra manera no nos hará resistentes a él. Lo contrario es cierto: si queremos dar una buena batalla, primero debemos reconocer que se ha vuelto activo nuevamente en nuestro cuerpo social y llamarlo por su nombre: fascismo. Y el fascismo nunca es un reto, sino un problema mayor, pues inevitablemente conduce al despotismo y a la violencia. Todo lo que conlleva estas consecuencias es considerado un peligro. Cualquier forma de política que trate de negar un problema o, peor, un peligro, es llamada política del avestruz. Sigue siendo cierto que aquel que no aprende de la historia está condenado a repetirla.

II Mussolini y Hitler —para limitarnos a este dúo demoniaco— se convirtieron en los representantes más prominentes de la politización de una mentalidad que había empezado a desarrollarse en el escenario europeo mucho antes de que ellos aparecieran.

Goethe es uno de los primeros en advertir que un cambio fundamental está ocurriendo en la sociedad. En 1812, escribe a un amigo: “si observas cómo las personas en general, y los jóvenes en particular, no sólo se entregan a sus pasiones y deseos, sino cómo, además, la parte mejor y más alta de sí mismos es deformada y desfigurada por las graves estupideces de nuestra era, de tal forma que todo aquello que podría conducirlos a su salvación queda condenado al fracaso, entonces no sorprenderán los actos atroces que el hombre puede cometer contra sí mismo y contra los otros”.

Poco después, en 1831, Alexis de Toqueville descubre durante su recorrido por Estados Unidos que la democracia, que empieza a florecer en un país joven, se ve amenazada por una nueva forma de represión nunca antes experimentada en la historia: “Yo mismo busco en vano una expresión que reproduzca y encierre exactamente la idea que me formo; las antiguas palabras de despotismo y tiranía no son adecuadas. La cosa es nueva; es preciso entonces tratar de definirla, ya que no puedo nombrarla: 

Si imagino con qué nuevos rasgos podría el despotismo implantarse en el mundo, veo una inmensa multitud de hombres parecidos y sin privilegios que los distingan incesantemente girando en busca de pequeños y vulgares placeres, con los que contentan su alma, pero sin moverse de su sitio. Cada uno de ellos, apartado de los demás, es ajeno al destino de los otros […]. Sobre esta raza de hombres se eleva un poder tutelar inmenso, que toma exclusivamente sobre sus hombros el asegurar sus gratificaciones, y velar por su suerte. Este poder es absoluto […] estará en parabienes si el pueblo se regocija, provisto que no piense en otra cosa que en regocijarse. […] Siempre he pensado que esta servidumbre de carácter regular, silencioso y gentil como la que he descrito, puede combinarse más fácilmente de lo que puede creerse con algunas formas exteriores de libertad; y que puede aún establecerse bajo las alas de la soberanía popular.


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