La corte de los ilusos

porRosa Beltrán

10 minutos

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La historia detrás de la ficción

 

 

Where are you from? La pregunta, repetida en cualquier situación y a toda hora, puede ser desquiciante. No si vienes de Europa, de Europa Occidental, se entiende. Pero si llegas a EU de un país del Tercer Mundo se vuelve una pregunta retórica, para la cual sólo hay un tipo de reacción posible. Era 1988, acababa de llegar a EU a estudiar literatura comparada con una beca Fulbright y entonces parecía no haber otra salida. Cada vez que me preguntaban “de dónde eres” y yo respondía, hacía surgir en el otro una gama de prejuicios sobre lo que es ser mexicano seguida, por mi parte, de una interminable defensa. De inmediato, mi interlocutor fruncía el ceño, decepcionado porque contradecía su idea de la mexicanidad y me desdibujaba. A sus ojos, me volvía un virus mutante, algo peligroso de lo que hay que huir.

De mis sorpresas más grandes al llegar a EU fue oír lo que yo era o lo que debía ser por ser mexicana, por ser mujer, por ser cualquier cosa en la que uno se convierte al cruzar una frontera y ser vista por los otros. Y fue saber, sobre todo, que yo no era yo, sino que yo era y siempre sería “otra”. Lo segundo fue entrar en una librería y encontrar que autores como Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges, quienes para mí habían escrito cada uno “el libro”, aparecían en los anaqueles como ethnic literature. Quizá ambas cuestiones eran en realidad parte de lo mismo. Where are you from? Esa pregunta encierra el origen del crimen.

Escribí mi primera novela, La corte de los ilusos, partiendo de la idea de que ser mexicano es tener que justificarse siempre. La novela es una saga irónica de nuestra supuesta independencia de España, en 1821, en la que no se nos ocurrió mejor idea, para ser libres, que fundar un imperio a imagen y semejanza del imperio europeo del que nos separábamos. Tuvimos un emperador que vistió el traje napoleónico y una clase social, la nobleza mexicana, que se dedicó a comprar títulos expedidos por el flamante imperio. Claro que no era esto lo que decían los libros. No es que dijeran tanto, tampoco. Porque sólo hablaban de un jinete que entró a la ciudad de México en septiembre de 1821 seguido del Ejército Trigarante, cuyas garantías se pusieron en tela de juicio en el minuto en que se ciñó el cetro y la corona en plena Catedral. “Yo no quería, me obligaron”, esto es lo que entre líneas se leía que dijo después Iturbide. Un hombre público pasa a la Historia a través de un gesto, una frase, como si hubiera llevado a cabo un solo acto en su vida. Yo elegí un personaje cuyo acto es el símbolo de la grandeza y el oprobio a un tiempo: ceñirse una corona. Por ello, y porque el imperio fue derrocado once meses después, la Historia trata a Iturbide como una no-persona. ¿Por qué si el héroe lograba ingresar al Gran Libro de la Posteridad justo a tiempo la Historia se escribía de otra forma? Hay algo de grandioso y de ridículo en el juego entre el poder y el azar. Lo que hice fue subvertir los planos y cambiar el punto de vista. Dar el mismo grado de verosimilitud a las contradicciones. Poner al hombre público en el ámbito de la vida doméstica y acercar los reflectores a las mujeres, ese grupo que siempre hace de “extra” en la película de la Historia. La mujer pública lo fue en un sentido distinto y el hombre público, sujeto a leyes matriarcales, tuvo que vérselas de otro modo con la fortuna. Nuestra definición, como país, era la historia de las pretensiones de una clase. La clase media mexicana que siempre está inventándose un origen distinto porque a nadie le gusta decir que es producto del abuso de un conquistador y de la entrega incondicional de una india tlaxcalteca.

La pregunta hecha en EU me dio la idea. Y la respuesta, o su negación, me daría la historia. Por eso, comencé con la pretensión y eso me dio el tono. Cuando uno tiene el tono y el ritmo tiene buena parte de la novela aunque no sepa casi nada de ella, porque gracias a la voz son los personajes los que empiezan a hablar a través de una mano mediúmnica. Comencé con la pretensión ¿y quién puede tener más ínfulas que una costurera francesa recién llegada al Tercer Mundo?

Desde la primera vez que habló con doña Josefa Arámburu de Iturbide, Madame quiso dejar muy claro que no tenía intenciones de quedarse a vivir en México para siempre. Se trataba de una ciudad de la que no podía uno fiarse. Las calles cambiaban de nombre a su arbitrio, la gente no sabía comportarse y poco tenía que hacer una modista francesa en tierra de caníbales. Había tenido buen cuidado de no hablar de las verdaderas causas que la hicieron salir de Francia, metida en un barco carguero por casi ochenta y tres días, bebiendo incontables tisanas para el mareo y dándose baños de alcanfor. Pero el que no tuviera a qué regresar a la patria de sus antepasados no impedía que hablara de ella como del más bello ideal y que sintiera a la nueva tierra como una pesadilla impuesta a su sueño y empeñada en recargarse en él.

Antes de ser contratada, se sintió en la obligación de decir:

—Madame, Monsieur: no tengo ninguna preferencia por quedarme aquí.

La insolencia del tono bastó para que la modista fuera contratada de inmediato. La mujer de don Joaquín la aceptó al instante, convencida...


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