Quinteto de Mogador

porAlberto Ruy Sánchez

10 minutos

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Preámbulo ambulatorio

Esa mujer obsesiva cerró los párpados de su amante y le dio un beso en la frente. Luego otro en la boca. Dejó en los labios del muerto una mancha intensamente roja. Alguien estuvo a punto de limpiarla con un pañuelo pero ella lo impidió. Así por lo menos algo tan personal y frágil como la huella de sus labios se iría con él.

Iba a besarlo de nuevo cuando, al inclinarse, salió de su pecho la pequeña mano de plata que colgaba de su cuello. Un talismán poderoso, hecho por los orfebres de su ciudad, Mogador. El metal ligero tocó la boca del muerto antes que ella y, de los labios fríos, brotó una voz desgarrada y tumultuosa, como agua hirviente. Nos asustó. Imposible según los médicos pero salió como de una fuente. Era un quejido hondo que muy poco a poco se fue ordenando en sílabas claras. El cuerpo inmóvil, tocado accidentalmente por la mano de plata, parecía de pronto iluminado desde dentro por su voz. Y, sin abrir los ojos, no paró de hablar hasta que salió el sol. Durante nueve noches esto y otras cosas vio o imaginó, soñó o recordó, dijo:

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¿Quién habla? ¿Soy yo? ¿Quién murmura mi nombre? Todos esos nombres. ¿Soy el que estuvo enamorado, el que trató de escuchar todos estos deseos y pasó la vida preguntando a mil mujeres y hombres sobre la forma caprichosa de sus anhelos? ¿El que sin quererlo descubrió en su cuerpo los hilos perdidos de la antigua casta de Los Sonámbulos? ¿El que quiso creer y explorar la sutileza infinita de las artes del amor y a cambio fue asesinado por el error delirante de un marido celoso? ¿Me veo o sueño que me veo? ¿Soy eso? El que yace en esta cama para siempre, cubierto por el manto de la noche y las sábanas del sueño.

Soy hijo y nieto de nómadas sonorenses, nómadas rápidos y lentos, natural de todas partes, engendro de mis deseos. Soy lo que se mueve dentro y fuera de mis ojos. Soy este sueño moribundo que se ve a sí mismo aleteando como un pájaro viejo a la búsqueda de algo que sigue estando más allá todavía.

Nací de un lado del Atlántico y muero en el otro, como si un puente de arena entre dos desiertos fuera el cauce de mi vida. Estudié en un lado del Mediterráneo y me enamoré del otro, como si el espíritu de un desterrado de Al-Andalus se apoderara de mi cuerpo a la vez en África y en América. Soy y no soy. Y mal lo entiendo.

Sólo ella sabía con exactitud qué de todo aquello era delirio nuevo y qué palabras venían de delirios o vivencias viejas, algunas veces incluso escritas y hasta publicadas. Porque ella había pasado las últimas semanas con él dando a las historias que había reunido durante veinte años cierto orden, el de la forma extraña que toman ahora frente a nuestros ojos. Cinco paquetes de hojas, cada uno dentro de una caja distinta. Y dentro de cada uno de los cinco volúmenes, varios cuadernos geométricos, como si cada texto tuviera la apariencia de un azulejo distinto.

Noventa y nueve formas para armar un rompecabezas abstracto, muy parecido al tablero de azulejos en los muros amarillos sobre los cuales él había visto tantas veces pasar el perfil sereno de su amada, con el cabello enredado como ahora poruna tela verde, picoteada de diminutas flores blancas. Aparición fugaz de un destello.

Deseo obstinadamente regresar al fuego de tu cuerpo, a ese lugar donde el mundo se me mostró como poema, historia sin final, goce y búsqueda. Deseo volver a las mil personas que juntos hemos escuchado y que nos habitan. En ti el mundo se me vuelve composición que ilumina y alegra.

Para contar su historia con aquel tablero de azulejos, entre todas las geometrías posibles habían elegido explorar las posibilidades de cinco círculos concéntricos, girando cada uno nueve veces. Una fórmula artesanal antigua que se usaba lo mismo en los baños públicos de Samarcanda que en la Alhambra y en Mogador para crear ámbitos. Una espiral narrativa que se desarrollaba como un espacio sensorial, como esa misma habitación misteriosa donde ahora estaban ambos convertidos en ecos de una voz.

Al centro de la espiral de azulejos había situado los mosaicos de un relato llamado Nueve veces el asombro. Aunque no era el primero que había hecho público era el origen de toda esta experiencia. Ese momento en el que los amantes tienen los labios adoloridos de morderse uno al otro y las palabras toman significados nuevos en sus bocas. El momento en el que ella lo introduce a su ciudad del deseo, Mogador, ochenta y una veces iluminada por la quintaesencia de su relato, por el asombro de los amantes.

Después colocaría un círculo apretado con azulejos pequeños en forma de estrellas o brillantes granos de sal, Los nombres del aire. Exploración de un deseo femenino en ese instante en el que, enamorados, hasta el aire que entra por la ventana lleva en secreto el nombre de la persona anhelada.

Dando un paso atrás para ver algo más del muro, ampliando nuestro horizonte, un segundo círculo que encierra a los dos primeros contiene las piezas delgadas y largas como puntas de flecha que cuentan la historia de otra búsqueda amorosa, En los labios del agua. Un calígrafo sueña y viaja, busca en el mundo y descubre en su piel una escritura profunda, iniciación al mar del deseo.

Conteniendo a su vez a los libros o círculos del aire y del agua crece un círculo de jardines del deseo, de paraísos posibles o imposibles, Los jardines secretos de Mogador, voces de tierra. Y quien habla ya ni siquiera tiene nombre. Su amante lo ha convertido en Shajrazad del deseo amenazado de muerte erótica. Y todo lo que cuenta lo salva, por un instante. Pero ya es lo que cuenta, nada menos ni nada más.

La mano del fuego, el último círculo que los envuelve a todos, enmarca con otro tipo de piezas, algunas veces deliberadamente más burdas, al Quinteto de Mogador. Está hecho de azulejos que, por ser más grandes, dejan ver con detalle de qué y cómo están fabricados. Y son exhibidos o pronunciados con intermitentes fracasos. Son hijos del fuego y su incertidumbre. Y exploran la posibilidad paradójica de decir la pasión, de decir el fuego desde el fuego.

Aire devorado por el agua que absorbe la tierra y sus jardines, que consume ávidamente el fuego. Vista en su conjunto y con asombro, piensa ella recorriendo con la mirada los círculos espirales del Quinteto de Mogador, esta habitación de azulejos y caligrafía que hemos construido es como una máquina para ayudarnos a vivir y pensar el deseo. Un lugar donde mil y una historias, revelaciones e ideas, desde hace más de veinte años se nos entretejen. Y uno puede deambular entre los círculos y las piezas con enorme desenvoltura. El gusto de leer a saltos y a ratos, mirar al azar, escuchar por placer lo que nos plazca de todo lo que nos ofrecen.

Ya para entonces la mancha roja sobre la boca delirante se había borrado. Ella pensó en marcarla otra vez. Él, en su semisueño, se da cuenta de que el sol lo sorprende de nuevo levantando una mano para acariciar a su amada. Elevando su voz para cantarle. Para provocar y tocar su sonrisa, piel adentro.

Un beso es un eco que retumba

hasta encontrarnos, tal vez dormidos,
tal vez abriendo los ojos

por primera vez uno adentro del otro.

Ni el silencio ni la distancia
podrán ya nunca remediarlo:
vivimos beso adentro,

muy adentro, para siempre.
Quiero correr por tus venas,
estar en ti hasta sin estar contigo.

Y seguir latiendo mientras estás dormida.

Quiero tocar todas las cosas invisibles de tu cuerpo.

Y luego ser sudor y lágrima y olvido

e incluso, cada mes, mojarte gota a gota.
Un beso así nunca termina.

Comienza un día como caricia

y dos después arranca a fondo su mordedura.
A los tres madura y se queda para siempre.
A los cuatro canta y arde a los cinco.

Y voy a estar tanto en ti

que me sentirás deambulando
en tus latidos.


Para Elodie y Louis Santamaría,
con la amistad renovada nueve veces
en nueve rincones del mundo.

Ofrenda preliminar

Palabras para quemar entre amantes

Llegó ese momento en que los amantes tienen ya los labios adoloridos de comerse uno al otro. Y hasta el viento que los toca enciende de nuevo sus sensaciones.

A esa hora más que a ninguna, las palabras pueden ser bravos detonantes y, en apariencia, desde la nada: desde el aire que cabe en sus vocales, pueden avivar una y otra vez el fuego de la sangre.

Porque los amantes son frágiles como papel ante el roce ardiente de ciertas palabras.

Los amantes se miran con los dedos pero se dibujan y se tocan con la boca.

Los amantes se escuchan incluso a través de sus silencios. Los amantes se describen, se reinventan, acuñan términos que en sus labios lucen nuevos.

La palabra de un amante es una cosa, un objeto de aire que de pronto se aviva y late a la temperatura y al ritmo del cuerpo.


Y entonces, de la mesa que pausadamente compartieron antes del primer beso, donde habían desatado su apetito de conversación y dado gusto a lenguas y paladares; de la mesa donde horas atrás llevaron un solo fruto a sus dos bocas, tomaron la palabra azafrán y la convirtieron en un instrumento más para acariciarse.

Azafrán: un diminuto placer dedicado al paladar y que alguna vez fue indisoluble de la belleza de la Alhambra. Dos dimensiones de una misma cultura de los sentidos, la del antiguo Al-Andalus, donde se pronunciaba Zaffaraán.

Porque el azafrán, con sus filamentos curvos, es un arabesco cuyo trazo comienza en una flor y se extiende en la boca.

Los labios y los dedos se les tiñeron de ese sonido amarillento y rojizo. Y montados en una oleada de besos diminutos los amantes se aplicaron también pequeñísimos pellizcos, tal como habían visto que en el campo tratan a la orgullosa flor morada de la que se arrancan con los dedos tres pistilos cuyo estigma es el verdadero oro rojo: el azafrán. Apenas tres hilos de cada flor. Y como se requieren miles para tener unos cuantos gramos, los amantes se pellizcaron en esa proporción.

Azafrán era y es el nombre de un tesoro. Pero también un conocido veneno si se le toma con exceso. El más caro y difícil de los venenos. Aunque dicen que también el más placentero: el azafrán se apodera de los sentidos de los amantes y los ilumina como si llevaran un sol adentro. Luego toma la cabeza y muy poco después todo el cuerpo. No los hace alucinar ni los tortura, sólo les da un placer excesivo.

Hasta sus miradas tomaron de la palabra azafrán un tono más encendido. Y por donde los ojos, los dedos y los labios pasaban sobre el cuerpo amado y desnudo iban dejando una especie de tatuaje fugaz, de huella amarilla o naranja, visible tan sólo a los amantes por un instante meticulosamente demorado.

Comenzaron a sentirse teñidos del deseo ardiente del otro y uno de ellos finalmente lo confesó con todos sus colores: «Tu voz me hace sentirme azafranado».

Estaban trazando, con la palabra elegida, un nuevo mapa amoroso en sus sentidos, una sorpresiva geografía del deseo. Y así siguieron abriendo y explorando «la ruta del azafrán» sobre sus cuerpos.

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De la misma mesa tomaron poco después la palabra aceite. Uno de los amantes, la sonriente Jassiba, la propuso pronunciándola con un desliz que sacaba a flote el conocido origen árabe de esa voz: azzayt. Y al decirla hacía pensar en una pequeña jarra de pico inclinándose muy lentamente. La palabra se extendió densa y líquida, ligada y suave. De sus sílabas se desprendió un aroma que llenó el aire: envolvía sin ser dulce y atacaba a la lengua sin ser salado. Aceite.

Decidieron entonces hacer más intensa y rara esa sensación y pensaron inmediatamente en un tipo especial de aceite: el que se obtiene del fruto del argano. Un árbol que crece a la entrada del Sahara. Es relativamente pequeño, casi arbusto, pero de raíces muy profundas. Es una planta muy verde encendida entre los ocres del desierto y que da a las tierras áridas del norte de África uno más de sus misterios. Es pariente lejano del huizache y del mezquite que pueblan a su manera los desiertos del norte de México. Son plantas muy antiguas que los científicos llaman Voraces porque sus raíces crecen más rápido que sus follajes y pueden ser veinte veces más grandes que sus troncos y sus ramas. Los amantes piensan que así quieren crecer uno dentro del otro, con voracidad veinte veces desmedida. Con sed veloz en las venas más ocultas y vueltos aceite al final del día.

El aceite de argano es un poco más obscuro y amarillo que el del olivo. Huele y sabe a ese tipo de nuez que llaman «del paraíso», dejando una sensación perfumada que corre veloz dentro de la boca y se aloja inconfundible en la parte de atrás del paladar. En algunas tribus nómadas se considera que este aceite es afrodisíaco. Que instala inmediatamente en quien lo prueba un decidido ánimo de amar. Aceite oasis, aceite paraíso.

Ya para entonces los amantes sentían que la palabra aceite daba a los labios más que un sabor, una segunda piel casi transparente, casi líquida; una parte ligerísima de la boca que podía quedarse donde se pusiera el beso.

Aceite bajó con todas sus vocales por la piel del cuello. Montó en los músculos del pecho, rodeó las aureolas granuladas. Suavizó y endureció al mismo tiempo todas esas partes contradictorias y desbocadas que se embriagan con el tacto.

Aceite hace que las manos naveguen como si llevaran viento. Y hace que la piel se sienta ya tocada hasta por lo que aún no se acerca: aliento, lluvia, presencia.

Aceite adormila y hunde. Provoca desde muy adentro. Aceite alborota el hambre más obscura de los cuerpos.


Desde ese letargo escurridizo, con los labios cada vez más sensibles, Jassiba entreabrió los ojos y lanzó lentamente la mirada más allá de la mesa: voló sobre el plato pequeño de cerámica azul con los hilos de azafrán, sobre la jarrita de aceite y su gota en el pico,


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