La velocidad de tu sombra

por Jorge Alberto Gudiño Hernández

7 minutos

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No se murió.

No se murió. El procurador capitalino. O no se ha muerto. Ese hijo de puta. Hay esperanza. ¿Cómo saberlo? Ni modo que te llamen para informarte. Menos a ti, dado que fuiste quien le regaló la botella de tequila con polvo de vidrio en su interior. O quizá sí. Destellos natatorios. Pero no sería un aviso amistoso. Flotantes. Imaginas al procurador bebiendo hasta la embriaguez después de que le rechazaste un primer trago. El cardumen letal. Era un buen tequila. Las múltiples cortadas en el tracto digestivo. Pirañas. Un desperdicio de botella. El vómito de sangre. Sus esputos. Te aprehenderían. Ninguna herida visible. Sería sencillo relacionarte con el regalo. El esófago lacerado. Millares de dentelladas. El estómago filtrando su acidez a través de esas minúsculas grietas. Cardumen no: marabunta. El dolor. No dejaste huellas en el recipiente. Tampoco La Amarilla Nelson. Las sinuosas paredes intestinales albergando diminutas dagas transparentes. Pero hay huellas en la caja. No podías entregar el presente con guantes. Aullidos que se esparcen de la garganta al fundillo. Un gran plan. Con el necesario componente de sadismo y de improvisación. Pero no se ha muerto. No que sepas. Al menos que cague sangre. Coágulos de mierda. Ni modo que te avisen.

Carajo.

Un tamal verde se enfría a medio comer sobre el plato anaranjado. De plástico. El atole de cajeta ya tiene nata en su superficie. Ensayas un sorbo. El bolo alimenticio se estanca en la úvula. Se arrastra hacia la glotis. Te fuerzas a tragar. Un bocado de tamal. Pica. Otro trago. Se desliza mejor. Sigues con hambre. Estancado en la idea de que el procurador vivo representa un peligro nuevo. Ya no eres el chivo expiatorio sino el enemigo. Pides un tamal de dulce. Intentaste asesinarlo. No lo conseguiste. He ahí tu fallo. De seguro habrá una investigación. Despedazas la masa rosácea. Retiras las pasas. La piña.

Un comensal abandona la mesa de al lado. Deja un periódico. Nota roja. Tabloide. Lo tomas para entretener el temor. La paranoia.

La portada anuncia un nuevo homicidio en la autopista urbana. Pinche nombrecito. Lo que sea con tal de cobrar. Ese segundo piso de cuota. La foto muestra una camioneta hecha pedazos contra el barandal de protección. Es el tercero. En las páginas interiores una explicación insuficiente. Van tres personas que mueren en ese tramo. No por el choque. El fotógrafo ha conseguido perpetuar un agujero de bala en el cuello. Apenas un pellizco. El boquete clausurado por la piel que colapsó hacia dentro.

Sólo eso. No hay más datos. Hojeas sin esperanza. En las páginas centrales te entretienes un minuto. Una mujer encuerada. Tetona. Como te gustan. La ves sin ganas.

Cierras el periódico.

No se ha muerto. El procurador. No que tú sepas. Tampoco los del periódico. Buscará vengarse.

Reacomodas las hojas. Las devuelves a la mesa contigua. Recuperas el hambre. Descubres el tamal desmigajado por la ansiedad. Necesitas una cuchara pero no la pides. Optas por presionar el tenedor contra el plato. Atrapas las moronas rosicler. Las compactas. El bocado es terso. Insuficiente. Lo bañas de atole. Masa con masa. Engrudo que se desliza a través de tu garganta.

No se ha muerto. De nuevo. Ese cabrón. Buscará venganza. Otra vez. De ti. El trago azucarado de la certeza.

Dejas el plato sin terminar. Al lado del otro. Verde y rosa. Te fuerzas a beber el resto del atole. La nata golpea contra tu labio superior. Te levantas. Caminas hacia la salida. Sin pedir la cuenta. Sin intención de pagarla. Reculas. Tres pasos hacia atrás. Las sillas son pesadas. Trastabillas. Tomas el periódico. No te interesa el caso, tampoco la tetona encuerada. Es un pretexto.

Afuera el sol lastima con lascivia.

No se murió. No puedes añadir su nombre a tu lista de muertos. Sólo dos. Tus dos muertos. A ver cómo evitas que él te añada a la suya. De seguro serán más.

Caminas.

Recorres la casa. No es muy grande pero parece inmensa comparada con tu departamento actual. Tres recámaras. Dos baños en el piso de arriba. Otro más en la planta baja y uno extra en un cuarto de servicio de la azotea. En la sala-comedor podrían caber todas tus pertenencias. La cocina tiene marcas de óxido en la tarja y el grifo lanza un chorro chueco. Más allá del espacio, acumulas los detalles por reparar. Varias losetas flojas en un pasillo, el revestimiento maltrecho de la fachada, mosaicos sueltos y cierto tono de digna resignación como la media docena de macetas con flores marchitas. La propia casa acepta cada uno de sus achaques. Digna.

Me interesa. Le revelas a la mujer que te ha mostrado la propiedad mientras descascaras la pintura en la pared salitrosa.

Es cuando descubres el miedo en su rostro. No. Miedo no. Precaución. Cierta reserva que tiene algo de reverencial. De timidez al desviar ella la mirada. Es gorda. Ella


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