La hija de la costurera

porJoumana Haddad

20 minutos

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No digas que esta palabra está condenada a la oscuridad,
Que la vida eterna no es más que un alarde,
Que el alma es tierra y cenizas:
yo creo en lo que tengo que creer.

ZABEL KHANDJIAN
(poeta armenia)

Y entonces el obispo se volteó hacia ella y dijo solemnemente, tanto como su voz aguda lo permitía:

—Repite conmigo: “Yo, Qamar1 Sarraf, te recibo a ti, Bassem Barakat, como esposo, y prometo amarte, respetarte, serte siempre fiel y nunca abandonarte. Lo juro en el nombre de Dios, uno solo en la Santísima Trinidad, y todos los santos”.

Oyó las palabras como si viajaran hacia sus oídos desde un sueño inverosímil, llevadas por las alas descomunales de algún pájaro extraño, lentamente ascendiendo como música que se fuera extinguiendo al salir de una fosa sin fondo. Le trajeron de vuelta el recuerdo del pozo del patio de su abuela en Aintab. Le encantaba escuchar la melodía de la cubeta golpeando el agua allá abajo y luego subir de vuelta, rebosante, jalada por los fuertes brazos de su abuela, derramando unas cuantas gotas en el camino. Para ella, mojado era un sonido, no una sensación. Solía visualizar el oxidado contenedor de cobre como una criatura viviente que cantaba, bailaba y hasta se cansaba después de demasiados viajes de bajada y de subida. Sólo la dejaban sentarse a un metro de la pared de ladrillo que rodeaba la boca del pozo. Allí se acuclillaba y oía a escondidas los murmullos y vibraciones que salían. La vieja viuda no le daba permiso de asomarse adentro del pozo. “El agua es el pasadizo de los fantasmas”, le dijo una vez para que no se acercara. Sabía que a los fantasmas había que tenerles miedo, por las historias que su hermana le contaba todas las noches antes de dormir. “Te espían y esperan el instante en que los veas a los ojos para arrastrarte allá abajo al círculo latente. Hagas lo que hagas, nunca los veas a los ojos.” Con eso bastaba para espantar a la niña curiosa e impedir que desobedeciera. Nunca bebía agua del cántaro de porcelana de casa de su abuela para que los fantasmas no flotaran en su garganta para luego deslizarse a su estómago…

“Repite conmigo…”

El obispo barbado le recordaba a uno de los amigos de infancia de su padre, “el hombre que hablaba con las serpientes”, como le decía. Las hipnotizaba con su flauta especial y las obligaba a balancearse como él quería. Cada vez que volvía de su pueblo natal de alguno de sus largos viajes por el mundo, pasaba por su casa y les contaba historias emocionantes de sus hazañas, actos callejeros y los lugares raros y lejanos que había visitado. Todo mundo escuchaba cautivado las aventuras de su nómada existencia. Todo mundo excepto ella. Lo envidiaba por viajar tanto, pero no le caía bien. Después de cada historia ella le hacía invariablemente la misma pregunta: “Pero ¿y si la serpiente no quiere bailar? ¿Y si estaba cansada y quería dormir?”.

Ella. La serpiente era una ella, tal como el encantador de serpientes era un él. Y ella debe bailar y bailar hasta que él decida que ya fue suficiente y la deja arrastrarse de vuelta a su canasta. Allí está el veneno, claro, en su saliva, pero no le habían enseñado cómo usarla, no le habían enseñado cómo escupirle a su opresor. Sólo le habían enseñado a obedecer, a sentirse culpable de ser serpiente y, sobre todo, a imaginar que era ella quien lo encantaba a él. La presa perfecta es la que no se da cuenta de que es una presa. Los espejitos por oro del ego humano son irresistibles.

Ese día en la iglesia se preguntó si no sería ella la víbora que bailaba: un lastimoso instrumento para entretener a los asistentes a la boda. Había eco en la catedral, la clase de eco que adormece a la gente, pero la molestia en los pies por los zapatos apretados que le había prestado su futura cuñada era muy marcada, superior a cualquier somnolencia. Sintió en el cuello cómo la quemaban todos los ojos fijos en ella, esperando que pronunciara las palabras esperadas. Finalmente levantó la mirada y escupió desafiante:

—Yo, Qayah2 Sarrafian, te recibo a ti, Bassem Barakat, como esposo…

Un silencio incómodo siguió a su voto. Todos los asistentes a la ceremonia en la greco-católica Catedral de la Anunciación en Jerusalén notaron que había dicho un nombre diferente, pero no iba a permitir que nadie la intimidara. A ella no. Con todo, sabía que no era culpa del obispo. Estaba segura de que la madre de Bassem le había pedido al pobre hombre de Dios que quitara las letras “ian” de su apellido y que sustituyera su nombre de pila, Qayah, con el árabe Qamar. Decir que a la fanática de Fadwa no le gustaba que la novia de su hijo no fuera árabe, ni melquita, es quedarse corta. Pero Qayah estaba orgullosa de su herencia armenia y de toda la pesadumbre que ésta había grabado en su alma. Ella era Qayah Sarrafian, hija de los mártires Marine y Nazar, hija adoptiva de los difuntos Vartouhi y Grigor. Corrían por sus venas la espesa sangre de la rebeldía y un licor adictivo llamado dolor.

Marine y Nazar. Vartouhi y Grigor. Cómo deseaba que estuvieran todos allí en ese momento para presenciar ese día tan especial de su vida, esa “victoria”… Bueno, no del todo una victoria (pues los victoriosos siempre tienen posibilidad de elegir pero ella no); más bien como el acto de sacarle la lengua al destino. Estaba segura de que sus padres también habrían preferido que se casara con alguien de su comunidad, pero Bassem, a quien aborrecía con vehemencia cuando le impusieron el compromiso con él, resultó ser un buen hombre, muy buen hombre. Sus padres lo habrían aprobado. No se parecía nada a su malvada madre, que no perdía oportunidad de hacerla sentir “menos”, indigna de la familia Barakat.

—Así que tú eres la hija de la costurera —le dijo desdeñosamente a Qayah la primera vez que Bassem la llevó a su casa para presentársela a la familia—. Y a todo esto, ¿qué significa ese nombre tan extraño que tienes?

Bassem intervino enseguida para calmar la evidente hostilidad de su madre:

—Es el nombre de una antigua diosa de la luna. Y ya lo creo que ella es mi Qamar.

En otras palabras, “Apártate, madre”.

Los Barakat eran, de hecho, bastante ordinarios y modestos; no llegaban a clase media pero la arrogante de Fadwa se comportaba como si fueran de la realeza. Esa misma mañana, cuando pasó a visitar a la novia junto con un grupo de ancianas (obligada sólo por la tradición y el “Qué va a decir la gente de nosotros si no lo hacemos”), soltó otra dosis letal de su veneno:

—A Bassem siempre le ha gustado hacer buenas acciones. Casarse contigo ha de ser una.

Qayah no hizo caso de sus palabras maliciosas y se concentró en ajustarse el velo de encaje en la cabeza.

—¿Estás enamorada de él? 

Negan, su mejor amiga, no dejaba de hacerle esa pregunta peliaguda desde que Bassem fijó la fecha de la boda.

—El amor es para los vivos, habibati Negan —respondía siempre. Pero ella de todas formas no buscaba el amor. El amor significaba corazón roto. El amor significaba lo prohibido. El amor significaba pérdida. Lo que ella necesitaba era seguridad, no romance.

—¿Estás enamorada de él como lo estuviste de Avi?

—Afortunadamente no.

No, no estaba enamorada de Bassem, no podía estarlo. Pero en los dieciocho meses del compromiso matrimonial arreglado lo fue conociendo y se dio cuenta de que auténticamente la respetaba y la cuidaría. En ese momento era todo lo que importaba.

Qayah sólo temía una consecuencia específica de ese matrimonio: la obligación física que tendría hacia su esposo, lo que la gente llama “el deber marital”. No le temía de la manera como una novia tímida e inocente teme lo que está por descubrir y que quizá a la larga aprenda a valorar. Sabía lo que se esperaba de ella y estaba segura de que nunca podría disfrutarlo. Entendía demasiado bien lo que a un hombre le gusta hacer con el cuerpo de una mujer. Lo había aprendido a la mala. En su mente había una opción, una sola fórmula, y consistía en uno que hacía y una que sucumbía. El hombre toma y la mujer entrega. Él se deleita y ella sólo espera a que él termine. Cada vez que imaginaba que eso pasara entre Bassem y ella (los gemidos, los golpeteos, la sangre, la suciedad), deseaba poder evaporarse. 

—Un hombre caliente es un ghouli4 hambriento —le decía a Negan una y otra vez.

Negan no entendía de dónde venía ese terror, pues Qayah se abstenía de contar pormenores de su pasado. Sólo sabía que era una huérfana armenia a la que Vartouhi y Grigor habían adoptado. Todo lo demás antes de Jerusalén era un misterio. Hay silencios irrompibles que una simplemente debería respetar y Negan intuía que el de Qayah era uno, pero también sabía cómo poner de buenas a su amiga con su pícaro sentido del humor.

—Bueno, ¿estás lista para conocer a la Tortuga Mágica? —le preguntaba entre risitas. Tortuga Mágica era como le decía al pene. Su hermana mayor, ya casada, un día le había descrito el aparato y desde entonces lo describía como una tortuga—. Al parecer es una tortuga muy amigable. Si le das unos suaves golpecitos sacará la cabeza sonriéndote. Pero ten cuidado de no asustarla o rápidamente se retraerá para volver a esconderse en su concha.

Qayah ponía los ojos en blanco pero se reía aunque no quisiera. Negan era increíblemente obscena, pero podía hacerla reír hasta en los momentos más tristes.

El silencio de la catedral empezaba a volverse tenso. Negan, de pie a su lado, tomándose muy en serio su papel de dama de honor, le dio un ligero codazo. Qayah salió abruptamente de su ensimismamiento y recordó dónde estaba y por qué. Miró a Bassem, cuya mano derecha estaba unida a la suya en el evangelario bajo el epitrachelion. Él le devolvió la mirada y sonrió, tal como ella había previsto. A él le encantaba su espíritu ardiente. El obispo notó la sonrisa del novio, la interpretó como señal de aprobación, de macho a macho, y sólo entonces prosiguió con la ceremonia.

—Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.

En ese momento sintió unas ganas enormes de voltear y mirar a los ojos a su suegra. ¿La vengativa mujer le haría pagar su insolencia? A Qayah no le importaba. Ya quería que todo terminara para poder quitarse esos zapatos apretados.


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