Monstruos marinos

porChloë Aridjis

10 minutos

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Prisionera en esta isla, diría yo. Prisionera en esta isla. Sin embargo, ni estaba prisionera ni ésta era una isla.

Durante el día vagaba cerca de la orilla, sin rumbo, deliberadamente y en busca de digresiones. Los perros. Una choza. Rocas. Turistas desnudos. Otros con poca ropa. Palmeras. Palapas. La arena colándose ocre y adrenalina. El agarre ascendente de las olas. Alguna lancha en la distancia con la garganta destellando bajo el sol. Los antiguos griegos crearon historias con la sencilla yuxtaposición de las características de la naturaleza, me contó alguna vez mi padre, otorgando a rocas y cuevas algún significado, pero aquí, en Zipolite, yo no contaba con que naciera ningún mito.

Zipolite. La gente decía que significaba playa de los muertos, si bien se debatían los motivos; ¿era por el número de visitantes que encontraban la muerte en sus traicioneras corrientes o porque los nativos zapotecas traían desde lejos a sus muertos para enterrarlos en estas arenas? Playa de los muertos: aquello tenía un timbre antiguo, ancestral, algo que despertaba tanto temor como respeto, y tras oír sobre las almas desafortunadas que cada año quedaban atrapadas en la contracorriente, decidí nunca meterme más allá de donde podía estar parada. Otros decían que Zipolite significaba lugar de caracoles, una idea más atractiva ya que las espirales son prolijos acomodos del tiempo y el espacio, y qué son las playas si no una conversación entre elementos, un movimiento constante hacia adentro y hacia afuera. No obstante, mi explicación favorita, obtenida de una única persona, era que la palabra Zipolite no era más que la corrupción de la palabra zopilote, y que cada noche un buitre muy negro envolvía la playa entre sus oscuras alas y se alimentaba de cualquier cosa que hubieran dejado en la playa las olas. Es más fácil reconciliarse con los lugares soleados si es posible imaginar sus contrapartes nocturnas.

Cuando caía la tarde me dirigía al bar y pasaba horas bajo aquel universo de paja, una gran palapa en la orilla del Pacífico amueblada con bancos, mesas y palmeras miniatura. Ahí era donde todos los barcos llegaban a recargar combustible, con jarabe en los cocteles para aumentar la dulzura, y yo imaginaba que todo era tan artificial como aquella bebida de color azul eléctrico, que las palmeras miniatura se volvían artificiales con el crepúsculo mientras la clorofila luchaba y la vida abandonaba al verde, que los bancos de madera se convertían en laminado. A veces bajaban la intensidad de las luces de las lámparas colgantes y subían el volumen de la música, la señal que esperaban los borrachos y los medio borrachos para subirse a bailar a las mesas. La costa atravesaba cada rostro, destruyendo algunos y mejorando otros, y había momentos en los que, tras suficientes recordatorios de la humanidad, buscaba a los perros quienes, como todos en la playa, iban y venían según su estado de ánimo. Aparecía algún hocico curioso o un par de ojos brillantes se asomaba desde la orilla de la palapa, observaba la escena a su alrededor y entonces, con frecuencia, al no encontrar nada de interés, se internaba de nuevo en la oscuridad.

Al poco tiempo fue evidente que aquel bar en Zipolite era lugar de encuentro de fabuladores y todos parecían inventar alguna historia conforme avanzaba la noche. Una chica pintora, con labios como de caricatura y ojos entrecerrados, dijo que su novio había tenido un infarto en el yate y que había tenido que dejarla en el puerto más cercano ya que su esposa estaba a punto de llegar en helicóptero con un médico. En un tono más sereno, un alemán muy alto explicó a todos que era representante de la Asociación Alemana para la Protección contra la Superstición o Deutsche Gesellschaft Schutz vor Aberglauben —el nombre lo escribió en una hoja de papel de fumar para que lo leyéramos— y que había sido enviado a México tras un periodo de trabajo en Italia. Una actriz zacatecana de la que nadie había oído hablar insistía en ser tan famosa que habían nombrado en su honor un teatro, un planeta y un cráter en Venus.

¿Y tú? preguntaba alguien al verme escuchando tan atentamente.

¿A ti qué te trajo aquí?

Yo me escapé, les decía. Yo me fui de mi casa.

¿Tus padres son malvados?

No, en absoluto…

… Estaba en Zipolite con un chico. Me fui de casa, principalmente, por un chico.

¿Y dónde está ese chico?

Buena pregunta.

Y ¿quién era ese chico?

Otra buena pregunta.

Pero aquello era también una verdad a medias. También vine aquí por los enanos. Por inverosímil que parezca, vine aquí con Tomás, un chico al que casi no conocía, en busca de una comparsa de enanos ucranianos. Y si me detenía a pensar en ello más de un instante la situación era casi enteramente mi culpa. Por tanto, no era de sorprender que tener pensamientos reconfortantes fuera poco habitual. No sentía calma, pero sí un adormecimiento profundo, como si estuviera atorada a la mitad de un sueño, un sueño del que parecía no poder salir y, no obstante, darme cuenta de ello no me molestaba. 

La palapa contenía la promesa de una cosa al tiempo que la animada conversación y los cocteles de mal gusto entregaban otra cosa distinta y, una vez que me hartara, volvería a mi hamaca por la playa oscura y observaría sombras avanzando y replegándose, sin estar nunca segura de quiénes o qué eran. A veces veía pasar a Tomás, su sombra fácil de identificar entre el resto y, aunque mantenía cierta distancia, lo reconocía instantáneamente: alto y delgado, de andar gallardo, casi como un títere de madera y tela encasquetado sobre una mano gigante. 

En ocasiones me veía obligada a explicarme a mí misma y a algún testigo la forma como había terminado en Zipolite con él.

Él había aparecido como un imprevisto, como un imprevisto en la composición; en un instante, no hubo otra manera de expresarlo, había comenzado a aparecer en mi vida en la ciudad. Y ya que todas las apariciones son perturbaciones, ésta en particular necesitaba ser investigada.

Al principio ni siquiera me gustaba gran cosa. Sería más exacto decir que me intrigaba. Era una tajada de oscuridad en la llamada calma de la mañana. Aún recuerdo gran parte de los  detalles: la luz rosada que bañaba la calle, pintando las puntas de los árboles y las ventanas superiores, las tiendas cerradas y las cortinas corridas, y la única persona con la que me había encontrado en medio de la quietud, que era el organillero anciano con el uniforme caqui, sentado en una banca puliendo el organillo con un trapo rojo antes de partir hacia el centro de la ciudad. “Harmonipan Frati & Co. Schönhauser Allee 73 Berlin”, se leía en letras doradas en un costado del instrumento, pero el organillero en realidad vivía en La Romita, la zona más pobre de la colonia Roma, aunque siempre iba a la plaza cerca de mi casa a pulir el instrumento, preparándose para pasar el día frente a la catedral. Ninguna persona como él había estado jamás en Europa, pero llevaban aquel continente en el instrumento, en el uniforme y en los modales nostálgicos y anticuados.

Y fue mientras estaba ahí sentada comenzando el día que vi aparecer otra figura: un joven vestido de negro, alto y delgado, pálido y despeinado, que se acercó al organillero y le dio una moneda —asumí que era una moneda, ya que lo único que vi fue el destello de un objeto pequeño que cambiaba de mano— y siguió su camino. El anciano asintió con sorprendida gratitud; probablemente estaba acostumbrado a recibir limosnas cuando producía música, no silencios, y ahí, a aquella hora de la mañana, había aparecido aquella ofrenda.

A pesar de tener que tomar el camión de la escuela a las 7:24 seguí a aquella persona que caminaba de prisa por las calles paralelas a las que yo normalmente tomaba, frente a los mozos que barrían la calle antes de que sus patrones despertaran, y los indigentes acurrucados en los pórticos de las casonas que comenzaban a desperezarse. Pero cuando di la vuelta en la calle de Puebla mi mapa interior gritó y apurada desanduve la ruta, para llegar justo a tiempo a abordar el camión en la esquina de Monterrey y la avenida Álvaro Obregón. Las calles silenciosas se desvanecieron al instante en que subí en aquel vehículo de los despiertos, despiertos gracias a la New Wave. Eran cuatro, tres chicos y una chica —hermana de uno de ellos— y colonizaban las últimas filas con su pelo rubio y los peinados asimétricos, siempre con un mechón eclipsando un ojo, los pantalones enrollados para mostrar sus zapatos puntiagudos de agujetas, pero las colonizaban sobre todo con su estéreo, porque se reafirmaban y se comunicaban casi exclusivamente a través de la música —Yazoo, Depeche Mode, The Human League, Soft Cell y Blancmange—, y fue así, tras un primer vistazo a Tomás, que empezó mi día.

En Zipolite el sol abrasaba la arena y las partículas de calor, libres para vagar a su gusto, se disipaban en el aire. Pero nuestra Ciudad de México se sitúa en un valle rodeado por montañas. Sistemas de alta presión, corrientes de aire debilitadas, altísimos niveles de ozono y de dióxido de azufre y una cuenca geográfica: una convergencia perfecta de factores favorables a la inversión térmica, según los expertos. El nuestro era un mundo de refracción en el que se curvaba la luz produciendo espejismos, y el sonido se curvaba también amplificando el rugir de los aviones cerca del suelo. Y cada vez que algún evento en México retaba el orden natural de las cosas, algo que ocurría con frecuencia, mis padres y yo lo llamábamos inversión térmica.

Inversión térmica cada vez que algún político se robaba millones y el gobierno lo ocultaba, inversión térmica cuando un narcotraficante infame escapaba de alguna prisión de alta seguridad, inversión térmica cuando el director del zoológico resultaba ser traficante de pieles de animales exóticos y desaparecían dos cachorros de león. Pero la verdadera inversión térmica también existía y algunos días la contaminación del aire era tan feroz que regresaba de la escuela con los ojos ardiendo y todos, desde los taxistas hasta los titulares de los noticieros, se quejaban del esmog, y el gobierno no hacía nada. Las nubes sobre nuestra ciudad eran una pizarra inamovible, granito y plomo, y apenas el año anterior las aves migratorias habían caído muertas desde el cielo; agotamiento, dijeron los funcionarios, murieron de agotamiento, pero todos sabíamos que el aire envenenado había acabado con su viaje antes de tiempo, plomo en forma de moléculas dispersas, más que compactadas en forma de bala. 


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