La sangre es tinta (Muerte en San Jerónimo 2)

porOscar de Muriel

7 minutos

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Prólogo
CONFESIONES (I)

Puebla de los Ángeles

Misa de gallo de 1689

—¿Ave María Purí…?

—¿Se puede ahorrar la letanía?

—¡Doña Marina, qué blasfemias! Cincuenta avemarías por su…

—Y doscientas más si le da la gana, pero antes explíqueme: ¿qué tenía que hacer mi nieta inmiscuida en una investigación del Santo Oficio?

Agazapado entre las sombras del confesionario, el padre Núñez de Miranda se acomodó las gafas.

—Ya veo de dónde salió la insolencia de su chiquilla —replicó a viva voz, pues el órgano y los villancicos navideños hacían cimbrar toda la catedral.

—Si la metí al convento fue para ahorrarme escándalos, ¡y mire con lo que me ha salido!

—Doña Marina, me cansé de decirle que San Jerónimo no le convenía a su nieta. Agradezca que el escándalo no llegó a más. Cuatro muertes no son fáciles de cubrir; ni siquiera para la Santa Inquisición.

La regordeta condesa de Gijón se estremeció en el confesionario, casi desvencijando las mamparas y la celosía.

—¿Cuatro qué?

El padre Núñez supo que había hablado de más. Soltó un bufido, llenando el confesionario de su fétido ­aliento (lavarse los dientes contaba como pecado de vanidad).

—Olvídelo. Eso ya quedó resuelto. De momento hay dos asuntos que me preocupan más.

—¡Más! ¿Más que cuatro…?

—Su nieta se ha hecho muy amiga de la monja poetisa. Me preocupa que le meta ideas en la cabeza.

—¿Qué clase de ideas?

—Del tipo que la chamaca ya traía: altanería, soberbia, menosprecio por los asuntos sacros, interés por los textos herejes que están tan de moda en Europa. La vocación de esa monja es más aguada que un atole placero.

—Pues a la próxima que vaya a confesar a las jerónimas, dígale a esa condenada meretriz que deje a mi nieta en paz. Amenácela. Sobórnela.

El padre Núñez carraspeó y se acomodó en el asiento, como si de pronto el cojín se hubiese convertido en cáscaras de chayote.

—No soy confesor de esa monja.

—¿Qué?

—Me… me dio las gracias hace más de siete años.

—¿Eso se puede? —inquirió doña Marina, con muy azuzado interés.

Incluso a través del enrejado, el padre Núñez entrevió la ilusionada sonrisa de la condesa, y de nuevo carraspeó:

—Esa monja es influyente. Va más allá de lo que puedo controlar. Es muy amiga del conde de Galve, del marqués de Mancera (que no tiene para cuándo morirse), del padre Kino y del obispo Fernández. Le publicaron sus versos pérfidos en Madrid y le encargan letras y loas en todas partes. Ella misma escribió los villancicos que escucha en este momento. Y es adinerada.

—¿Más que yo?

—Por supuesto que no, doña Marina, pero con el respeto que me merece, usted no se ha granjeado a virreyes y cortesanos, y hace años que no se deja ver en las cortes de Madrid.

La condesa de Gijón entornó los ojos, ya lucubrando:

—Tal vez no, pero yo también soy muy cercana al obispo Fernández… Usted bien sabe cuánto le doy al año, además de mis diezmos.

“Todo el trigo que se le agorgoja”, estuvo a punto de decir el sacerdote, pero tenía otras cosas en la cabeza:

—Y el otro asunto es todavía más urgente.

—¿Más? —rugió la condesa, esta vez casi tan fuerte como el órgano monumental—. ¿En qué más se ha metido la condenada muchacha?

—No es de ella de quien le hablo.

—¿Entonces?

—Su nieto.

—¿Demián?

—Así es. Al que usted mandó a la capital a buscarse ­esposa.

Doña Marina se cubrió el rostro con su regordeta mano enguantada:

—Ya me imagino. ¿Borracheras? ¿Apuestas? ¿Burdeles?

El padre Núñez rio con socarronería:

—Ojalá.

—¿Ojalá?

—Él se ha hecho íntimo amigo de… —carraspeó— don Carlos Sigüenza y Góngora.

—¿Y ése quién es?

El padre suspiró:

—Anda usted muy atrasada de noticias. Es otro poetucho que se ha estado granjeando a los condes de Galve. Le van a financiar un libraco insulso de aventurillas babosas.

—¿También adinerado?

—¡Qué va! Él es un muerto de hambre. Es capellán en un hospitalillo espantoso. Reservado para… ejem, sifilíticos.

—¿Sifilíticos?

—Infectados con bubas, pues.

—Ya sé lo que quiere decir. ¿Pero por qué habría de preocuparme? ¿Le está quitando dinero a mi Demián?

—No, algo mucho peor.

—¡Peor! —chilló doña Marina, quien no podía concebir algo peor que derrochar dinero.

El padre bajó la voz:

—Don Carlos tiene cierta… fama.

—¿Fama?

—Sí. Era jesuita, pero lo expulsaron de la orden hace ya más de veinte años. Nunca se dijo por qué, pero… ejem, cuentan las malas lenguas que por…

Se acercó al enrejado y masculló la palabra, pero justo entonces el órgano emitió un acorde ensordecedor.

—No le escucho —dijo la condesa. El padre volvió a susu­rrar, apenas un poco más fuerte, pero aquel acorde final se mantenía firme en el aire—. No, sigo sin escu…

—¡Sodomía!

Aquel bramido coincidió con una solemne pausa entre dos cantos, y la infame palabra viajó libre entre feligreses, santos, madres y pequeñuelos.

El grito ahogado de la condesa sonó a bramido de lechón en rastro:

—¿Y mi Demián también…?

—Oh, yo qué voy a saber —rezongó el padre—. En estos casos importa poco si la habladuría es cierta o no.

La condesa se llevó ambas manos al pechugón:

—Tiene usted razón… Tengo que hablar con él.

—Cuanto más pronto, mejor, pero que sea en persona; no vaya a ventilar estas vergüenzas por escrito.

—Sí, sí, padre.

—Aproveche el viaje para poner en cintura a su nieta, y si puede ir haciendo algo para que el obispo Fernández y aquella monja…

No pudo terminar.

De pronto se escuchó un alarido gutural, aterrado y desgarrador.

Era la voz aguda y desesperada de una mujer que se imponía sobre las voces de los cantos y el clamor del órgano. La música desafinó y una ola de gritos comenzó a esparcirse por la catedral.

—¿Qué pasa? —preguntó doña Marina, escuchando el barullo de butacas y gente que empezaba a salir del templo en tropel. Aquello sonaba a campo de batalla.

—Yo os absuelvo, in nomine pa…

—¡Ay, ya cállese!

Y la condesa salió despavorida del confesionario, casi arrancando la celosía de cuajo.

No corrió al portón como toda la multitud, sino hacia la salida particular que tenía en la capilla de San Juan Nepomuceno, financiada por ella misma.

Sus dos criadas la llevaron de los brazos a través de la capilla, alejándose del griterío general. Pasaron a través de la puertecilla, medio oculta entre las churriguerescas tallas del altar, y cuando iban a cerrarla, vieron que se interponía la mano huesuda del padre Núñez.

La condesa iba a decirle algo, pero entonces escucharon que los gritos se multiplicaban. Venían del atrio, donde un millar de personas sollozaban alarmadas.


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