11 mentiras de las escuelas de negocios

porCarlos Muñoz

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Dos hombres en sus veintitantos están sentados en total silencio en una oficina . Socios . Emprendedores . Dueños de su propio negocio . El poco dinero que quedaba en la cuenta de la empresa se fue en los sueldos y aguinaldos y acaban de echar cuentas por enésima vez . Luego de un rato sin hablar, cierran sus computadoras y se ven a los ojos . Yo soy uno de ellos .

—¿Te queda algo de saldo en tu tarjeta de crédito? —me preguntó mi socio, preocupado .

—Absolutamente nada . Mis tres tarjetas de crédito están al tope . A duras penas junté dinero para ir a casa de mis papás en autobús . Es Navidad y no puedo faltar —le respondí .

—Pues, entonces, hasta aquí llegamos —dijo él .

¿Y qué vamos a hacer con la renta de diciembre? —dije .

—Pues nada, que se cobren con los muebles . Cuando comience el año, lo vemos y tratamos de negociar . De todas formas, traté de hablar con el dueño para avisarle, pero no me contestó . Seguro está de vacaciones —dijo .

—Pues hicimos lo que pudimos, socio —dije, me levanté y le di una palmada en el hombro— .Pásatela bien de vacaciones y en enero aquí nos vemos para terminar —le dije al final y me fui .

Así nos despedimos mi socio Francisco y yo días antes de la Navidad de 2005 . Llevábamos un par de años en el proceso de construcción de una empresa y las cosas no cuadraban . Ese diciembre marcaba el final del sueño y eso seguro implicaría buscar y aceptar un trabajo de oficina, tradicional, y someternos a lo que el mundo decía que “debíamos ser”: empleados . Eternos empleados .

Para mí, aquel día fue de los más frustrantes de mi vida . Si no el que más . Quizá por eso lo recuerdo tanto y todavía me resuena el clac que hicieron las laptops cuando las cerramos luego de pagar el último peso en el último aguinaldo y ver todo en ceros . Quienes han vivido un día así saben que ese momento es cuando caen en la cuenta de que su empresa les hizo perder todo . Es un momento de extremo dolor . Pero no sólo eso, ese día sentí un enojo, un coraje mucho mayor porque había cumplido con “todo lo que se tenía que hacer”, con la lista para crear, formar y hacer funcionar un negocio y, sin embargo, no se habían dado los resultados . En aquel momento de mi vida había terminado dos carreras en universidades privadas de prestigio y estaba matriculado en una maestría . Jamás reprobé una sola clase, es más, siempre fui un alumno brillante . Nunca me contenté sólo con pasar con la nota mínima para aprobar . Y a pesar de todo ese respaldo académico, había quebrado mi negocio .

¿Por qué? ¿Por qué a mí? Me preparé . Estudié . Hice caso . Podría decir que incluso memoricé los libros de la universidad y otras decenas o cientos más . ¿Por qué a mí?

La anécdota que acabo de contar suena al final de una historia de fracaso, a un drama deprimente . Si no me conoces lo suficiente, te voy a adelantar en el tiempo, me permitiré un flash forward para decirte en qué deviene la historia . De hecho, viajaremos exactamente 15 años después de aquel maldito día de 2005 . Vamos a 2019, a unos días antes de celebrar Navidad . Mi panorama es muy diferente . La empresa de consultoría que parecía quebrada se salvó, hoy tiene oficinas en 18 países y da trabajo a más de 300 consultores . He escrito ocho libros (éste que tienes en las manos es mi noveno) y he ganado decenas de premios internacionales por mi trabajo, entre ellos, el más importante en real estate de Estados Unidos . Además, logré que la empresa de la que fui fundador funcione sin mí, y ahora trabajo sólo como consejero . Hoy dedico mi tiempo a la educación empresarial y a invertir en activos estratégicos a través de i11 Tierra, mi plataforma de inversión inmobiliaria .

¿Cómo la historia de los dos emprendedores sin un peso llegó a un desenlace tan diferente del esperado? 

Luego de una Navidad que más o menos me levantó el ánimo, aunque no resolvió ni un solo problema, el 2 de enero, justo cuando de vuelta de las vacaciones nos preparábamos para cerrar la oficina, nos llegó una llamada inesperada: un cliente al que le habíamos cotizado a mitad del año anterior quería arrancar por fin el proyecto . Por supuesto, nunca hubiéramos esperado eso en el segundo día del año . Después de esa llamada recibimos un par más y cerramos los suficientes proyectos como para avanzar . ¡Habíamos revivido de nuestras cenizas!
Pero esas llamadas no iban a servir a la larga . Teníamos que aprovechar la resurrección . Esos telefonazos fueron sólo la descarga eléctrica para que el corazón de la empresa volviera a latir .

Fue una segunda vida . Y, como sucede con todas las personas que han sufrido experiencias cercanas a la muerte, era necesario cambiar . Reconstruirnos . Debía replantearme mis hábitos . Repensar todo aquello que casi nos había matado .
Entonces, para avanzar de verdad desde el comienzo triste de una historia al presente más feliz de la otra, tuve que hacer eso, cambiar por completo . ¿Cómo? Luego de mucho trabajo mental y de experimentación, de leer sobre temas alejados de los negocios y sobre materias que nutrieron mi mente, entendí que debía desafiar lo que me había estado limitando en mi camino . Tenía que desaprender lo que me había enseñado (equivocadamente) la escuela en torno a los negocios .

Con el paso de los años y de los aciertos (¡y de los errores!) fui escribiendo todo eso en una lista . Fueron 11 enseñanzas falsas que no me habían funcionado y que, sin embargo, había implementado con confianza y seguridad . Bien, pero ¿por qué esas falsas enseñanzas me habían limitado? ¿Quiénes las habían elaborado y perpetuado?

Si eran enseñanzas falsas, ¡eran pura mentira! 

La escuela tradicional de negocios implantó esas 11 mentiras en mi cerebro incluso antes de estudiar sobre negocios (porque están arraigadas en la misma cultura de la gente) . Es una escuela que se ha encargado de crear y alimentar a la generación más grande de empleados —insatisfechos con su vida— y, por otra parte, a la mayor camada de empresarios fracasados, “logro” que ha multiplicado la tasa de muerte de las empresas por 10 en los últimos 50 años .

Pero fue necesario vivir ese proceso, la experiencia cercana a la muerte, para despertar y ver las cosas . A final de cuentas, yo también crecí con ese modelo y fui a las universidades para aprenderlo . Luego, me costó 15 años de mi vida aprender 
 (o desaprender/olvidar) cosas que —de haberlas sabido antes— me hubieran impulsado mucho más rápido al crecimiento que hoy he logrado y sigo trabajando para que sea continuo . 
 A veces me pregunto: “¿Dónde estaría ahora de haberlo sabido antes?” 



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