Las dos muertes (Mundo Umbrío 1)

porJaime Alfonso Sandoval

20 minutos

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PRÓLOGO

HABLEMOS DE VAMPIROS

Hablemos de vampiros. Pero no de los vampiros que salen en las películas peinados con laca, mirada vidriosa y cutis blanqueado con dos kilos de talco; tampoco de esos que son hermosos hasta el infinito y a medianoche entran a las casas para seducir a las doncellas, sorben un poco de sangre con sus colmillos impecables, se relamen sus labios perfectos y luego salen tan campantes, convertidos en misteriosos y, claro, perfectos murciélagos.

No, no… Hablemos de los vampiros comunes y corrientes, de los nosferatu que llevan pantuflas con forma de pollo de peluche, coleccionan lociones que nunca usan, tienen alergia al polen y su esposa les dice flaquito. De los que se levantan con el cabello revuelto, se les olvida llevar el coche para que el mecánico revise los frenos, tardan horas en bañarse y jamás secan el suelo al salir.

Lina tenía un padre así: un vampiro de la punta del pie izquierdo hasta la punta del colmillo derecho. Claro, Lina no lo sabía. Al menos no se enteró hasta que tuvo trece años. Tampoco es que fuera gran cosa que su madre, Marcia (totalmente humana), se hubiera casado con un vampiro; en cualquier vecindario de cualquier ciudad hay matrimonios todavía más raros.

¿Pistas? Las había a puños. Benjamín, el padre de Lina, dormía durante el día y trabajaba de noche (aseguraba que era por su profesión: músico de jazz en clubes nocturnos, un virtuoso del ragtime, según él). Era extremadamente pálido (“Falta de hierro”, decía consternado). Nunca se lo veía comer en público (“Soy intolerante a la lactosa, a la fructosa y al repollo”). Odiaba los espejos (“Solo fomentan la vanidad”). Para colmo, se ponía de los nervios cuando Marcia, su mujer, cocinaba con ajo (“Da un aliento terrible”, se excusaba). Sin embargo, Benjamín, o Ben, como le decían de cariño, no dormía en un ataúd, si tampoco era tonto: ¡con los buenos colchones ortopédicos que existen hoy en día!

Marcia fue la que insistió en no decir nada sobre la naturaleza vampírica de su marido. Quería que su hija Rosalina, Lina, creciera como una niña común y corriente y que nadie la hiciera menos en la escuela por que su padre tuviera 168 años y bebiera un poco de sangre de vez en cuando. No quería que las amigas de su hija se negaran a ir a casa a una piyamada por miedo a que el señor Ben les hiciera agujeritos en el cuello, o que el comité de vecinos expulsara a la familia del fraccionamiento por haber encontrado a Ben colgado de cabeza en alguna farola de la calle a medianoche. Marcia quería, en resumen, una vida normal para su hija.

Por desgracia, el plan falló… y de manera catastrófica.

PRIMERA PARTE

UNA FAMILIA COMO CUALQUIER OTRA

CAPÍTULO I

SEÑALES ENIGMÁTICAS

A los trece años Lina se dio cuenta de que los secretos familiares, cuando son muy gordos, terminan por salir a la luz, estén fajados o no. Comencemos por el principio. Digamos, hace unos veinte mil años, en plena Edad de Hielo. Las familias siempre han tenido enemigos; en tiempos prehistóricos los enemigos eran bestias salvajes, fenómenos naturales y una que otra tribu enemiga caníbal. “¿Han visto a papá?”, podía preguntar un hijo cavernícola. “Sí, creo que lo pisoteó un mamut”, respondían por ahí, y claro, venía una buena depresión prehistórica.

No eran raros los ataques de los tigres dientes de sable, que le cayera a uno un rayo encima o ser tragado por un neandertal sin domesticar; eso podía estropear cualquier convivencia familiar de la época.

Como todo evoluciona, los enemigos también lo han hecho. Ahora un hijo puede preguntar: “¿Han visto a papá?”, y alguien responde: “Sí, vinieron a buscarlo los del banco, y como no tenía para pagar se lo llevaron”. Y claro, eso también deprime.

Deudas, el alquiler de la casa, una vecina que oye pasito duranguense a todo volumen o un perro adolescente que eligió como novia tus zapatos favoritos. Esos suelen ser algunos de los nuevos enemigos que estropean una adecuada armonía familiar.

La familia Posada Martín tenía casi todos estos problemas (excepto el perro adolescente) y unos cuantos más. No sabían qué era más molesto, si la cuenta de luz que subía cada mes o los cazavampiros.

Ser molestado por cazavampiros o, caso contrario, recibir el acoso de fans admiradores de los no muertos es una de las desventajas de casarse con un vampiro (además de que nunca te llevará de vacaciones a la playa, eso puedes apostarlo); pero Marcia ya estaba acostumbrada. Cada determinado tiempo rondaban la casa unos chicos góticos o vamps que habían detectado a Ben y deseaban “convertirse”, como si el vampirismo fuera tan fácil como pescar una gripa para no ir a la escuela. Los chicos fúnebres solían vestir capas de terciopelo negro, camisas púrpuras con encaje y otros ropajes que un vampiro real, como Ben, jamás se pondría.

Los fans no eran mayor problema. Marcia salía armada con la escoba, les decía que no existían los vampiros, los denunciaba con sus padres ¡y santo remedio!, se los quitaba de encima. Pero los otros enemigos… los cazavampiros, esos sí eran un enorme dolor de cabeza.

Podían ser hombres o mujeres, a veces muy religiosos, casi todos muy astutos; vigilaban la casa durante días o semanas, estudiaban los movimientos de toda la familia, y después se disfrazaban de repartidor de pizza o algo así. Entonces, cuando por fin traspasaban la puerta, entregaban la pizza de salami y enseguida, como quien no quiere la cosa, sacaban una estaca para clavarla en el corazón de Ben por el bien de la humanidad. Todo terminaba con una encarnizada lucha y una desesperada llamada a la policía.

Muy pronto Lina desarrolló fobia por los repartidores de pizza. Creía que era normal que te quisieran clavar una estaca cuando no les das propina.

Lo más molesto de todo era que si los enemigos detectaban a la familia Posada Martín, tenían que huir; por eso había que ser muy discretos para no atraer a los cazavampiros o a los fans obsesionados con el tema.

—Flaquito, hay gente rara con crucifijos y botellas de agua bendita rondando la casa —comentaba Marcia a su marido de vez en cuando—. ¿Has estado bebiendo sangre de los vecinos?

—Claro que no —respondía Ben, muy ofendido—. Sabes que yo no hago eso.

Eso era verdad, Ben casi no bebía sangre directamente del cuello de nadie: eso era poco civilizado. Tenía un contacto fiable en un banco de sangre certificado que le pasaba cada semana una o dos bolsas de plasma y sangre fresca sin gérmenes (su preferida era la B positiva, simplemente deliciosa).

—Entonces… ¿saliste a pasear con un montón de gatos? —preguntó Marcia, suspicaz—. ¿Es eso? ¿Anduviste con una pandilla de gatos saltando azoteas, divirtiéndote como criatura salvaje de la noche?

—No... Bueno, fue solo un ratito… —reconoció Ben al fin y bajó la cabeza—. Me hace falta ejercicio. Últimamente me ajusta el pantalón.

—Tenemos la bicicleta de spinning —señaló Marcia, preocupada—. Sabes que no es bueno que hagas esos paseos nocturnos. Levantas muchas sospechas si te pones a dar saltos de nueve metros de azotea en azotea. Es muy malo para la imagen familiar, tanto como combinar camisa a cuadros con ese saco a rayas que llevas puesto.

Ben se cambió de saco, Marcia suspiró, y esa misma semana toda la familia tuvo que mudarse a una ciudad a 796 kilómetros de ahí. De esta manera, para cuando Lina tenía trece años ya habían vivido al menos en once ciudades distintas de todo el mundo, desde Bangkok hasta Madrid, pasando por Topilejo. Lina asumía que era por algo relacionado con el trabajo de su padre… Y en parte era verdad.

La familia Posada Martín llevaba casi diez meses en la última casa, en San Ysidro, un remoto distrito al sur de California, frontera con México. No padecían problemas graves —lo más molesto era un grifo de agua que goteaba en la cocina—, pero fue entonces cuando empezaron las extrañas advertencias. Cualquiera que supiera leer señales siniestras sabría que algo muy horrible estaba por ocurrir.

Primero fueron los cuervos. Once aves negras, lustrosas, de picos afilados se posaron durante el día en la azotea de la casa de los Posada Martín. Se los veía muy quietos, como gárgolas, en el tejado. Todos los días aterrizaban once cuervos, ni uno más ni uno menos.

—Será época de migración —dijo Ben quitándole impor­tancia.

Después llegaron los perros: a la medianoche, siete perros se reunían frente a la puerta de la casa para aullar tan lastimosamente que erizaban la piel. Los aullidos contagiaban a los perros del resto del barrio, y en pocos minutos más de cincuenta perros aullaban al unísono de manera espantosa.

—Será época de celo canino —aseguraba Marcia mientras arrojaba croquetas por la ventana.

Y después, misteriosamente, desaparecieron algunos pares de calcetines en la lavadora. Pero, bueno, eso pasa en todas las casas y hasta ahora no se tiene certeza de que sea algo sobre­natural.

Fue más o menos entonces cuando la hija de Ben y Marcia, Lina, tuvo la primera visión; ocurrió a las nueve de la noche.

Hasta ese momento, la vida de Rosalina Posada Martín no era muy emocionante que digamos. Le resultaba complicado hacer amigos debido a los constantes cambios de casa, de país y de idioma. Además, pronto descubrió que en todas las escuelas del mundo existía el mismo sistema de castas, y ella pertenecía a los tres niveles más bajos: al de las chicas que no sacan partido (es decir, feas), al de las estudiosas (por lo general, feas) y al de las que no tienen ningún talento social (por feas). Aunque, curiosamente, los profesores la adoraban, cosa que la hacía aún más fea y la hundía más frente a sus compañeros.

Realmente no era su intención despertar la simpatía de sus maestros, pero tenía una excelente memoria; por ejemplo, recordaba la lista de todos los premios Nobel de física, el número pi con treinta y nueve decimales y el nombre de todas las razas extraterrestres de Star Trek, pero al mismo tiempo era incapaz de hablar con un chico que le gustara. Además, todas las chicas de su edad ya llamaban la atención con sus curvas, mientras que ella permanecía con un cuerpo infantil, algo flacucho, y cabello de un castaño rojizo demasiado lacio y sin forma; era muy pálida, con orejas grandes y nariz larga y sinuosa (algo nosferatu, pues). En la escuela le decían el Gnomo o el Gnomo Sabiondo, y al verse al espejo pensaba con tristeza que tenían razón.

Esa noche, como otras tantas, había una fiesta escolar y nadie la había invitado, así que Lina hizo lo de siempre: se quedó en casa y adelantó trabajos. Estaba haciendo su tarea de ciencias, investigando el nombre de las arterias del cuerpo, cuando de pronto, mientras repasaba la aorta y las vénulas, escuchó un crack, como cuando se rompe un hielo al entrar en contacto con agua tibia.

Lina levantó la mirada y vio que los cristales de la ventana se habían estrellado sin explicación alguna. Entonces todos los objetos de vidrio o cerámica se partieron: se rajó por la mitad su taza de I love NY con forma de manzana que le regaló su padre; se vino abajo la carátula de un reloj muy viejo colgado encima de su cama; se partió una caja de porcelana donde guardaba un par de anillos; hasta el monitor de la computadora estalló en medio de violentos chisporroteos.

Al principio, Lina pensó que se trataba de un terremoto (San Ysidro está en zona sísmica), pero de pronto sintió algo húmedo en la espalda. Al tocarse con la punta de los dedos vio una gota de sangre, pero pronto se dio cuenta de que no provenía de ella. La habitación entera parecía sangrar: del techo y paredes se desprendían hilillos de sangre que escurrían hasta manchar la cama, el ropero, la alfombra. Entonces, en el piso un gran charco formó un símbolo de una media luna con un rostro de calavera.

Era una escena como de película de terror (serie B, tampoco hay que ilusionarnos, pero aun así resultaba incómoda). El fenómeno duró tres minutos y medio, y cuando Lina pestañeó con rapidez, todo volvió instantáneamente a la normalidad. Los cristales intactos, el reloj como si nada, lo mismo la taza y la caja de porcelana, y claro, nada de ríos ni charcos sanguinarios (¡el trabajo que hubiera costado lavar la alfombra!).

Lina corrió a la cocina para contarle a su madre la macabra visión. La chica estaba naturalmente alterada: no se tienen experiencias paranormales y hemoglobínicas todos los días.

—Ay, hija, tal vez se te cuatrapeó el caldo con el postre, ¿no?


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