El secreto del espía inglés

porJosé de Iturriaga

7 minutos

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CIUDAD DE MÉXICO, FEBRERO DE 1938

De pie ante la ventana, el presidente atisbaba hacia el valle. Dejaba recorrer su mirada sobre las copas de los árboles, ya en vías de reverdecer con las nuevas hojas de la inminente primavera. La elevada ubicación de la residencia, en la loma junto al Molino del Rey, permitía esa vista privilegiada por encima del bosque, mar de tonalidades glaucas y cetrinas. Se atusó hacia abajo el espeso bigote con dos dedos, en un movimiento inconsciente que le era característico.

Interrumpió sus reflexiones la entrada de un joven ayudante militar, alto y muy moreno, de presencia impecable.

—Disculpe, señor presidente, ya llegó el doctor Santos.

—Muchas gracias, teniente. Que pase, por favor.

Diego Santos, doctor en Derecho, era experto en asuntos de inteligencia y lo unía al presidente una amistad cultivada desde la infancia, en Michoacán.

—Pasa, Diego, adelante, qué gusto verte. Muchas gracias por venir —el presidente le dio la mano y con la otra le apretó afectuosamente el brazo. Aunque tenía un evidente don de mando e incluso un porte severo, a las personas más allegadas las hacía sentir como sus iguales, sin diferencias de jerarquías.

—Muchas gracias a usted, señor presidente. Siempre que me convoca me siento muy honrado.

—No seas tan formal, ya sabes que ésta es tu casa… bueno, sólo durante estos seis años.

Los dos amigos sonrieron.

Aunque el presidente era de naturaleza tranquila, ahora se encontraba inquieto. Tenía sus motivos. No le agradaba lo que ya parecía próximo, incluso apremiante.

—Diego, te requiero para algo muy importante. Me tiene preocupado y sólo a ti puedo recurrir con la certeza de tu discreción. No creas que exagero, yo sé que contigo la coba no funciona… —lo dijo con un tono de cierta burla afectuosa. Y, circunspecto, agregó—: Contrario a lo que mucha gente pensaría, este cargo conlleva una gran soledad… aunque no lo creas —es posible que hubiera un dejo de tristeza en esas palabras, pensó el recién llegado. Y, sí, le creyó.

El poder trae consigo el aislamiento. Cuanto más poder se tiene, más aislado se está. En el ejército lo había vivido: un soldado cuenta con muchos compañeros, la tropa entera; los oficiales son un grupo más reducido y entre ellos establecen sus relaciones personales; los jefes son unos cuantos y el círculo es aún menor; y el general comandante no tiene nadie a la par en su compañía, lo cual limita todavía más sus relaciones personales. Además, no es fácil distinguir entre el verdadero amigo, el desinteresado, y el hábil adulador cuyo tacto delicado sabe encubrir con astucia sus intenciones e intereses. Como presidente, ese fenómeno se elevaba al máximo; en toda su vida fue cuando más solo se había sentido. Claro, estaba su esposa, un apoyo emocional invaluable, incluso —no obstante su juventud— con una agudeza de criterio que en ocasiones le ayudaba a orientarse… Pero en los asuntos de Estado, en aquellos que podían poner en juego el equilibrio de la nación, la paz social, la soberanía nacional, ante ellos su sentimiento de soledad era una verdad evidente. Mas no era en realidad solamente un sentimiento. No sólo se sentía solo. Lo estaba.

Con la palma de la mano abierta, el presidente señaló dos sillas con el asiento forrado de piel café, colocadas ante su gran escritorio de madera de ébano muy oscura. Tomaron asiento, uno al lado del otro. La pared principal del despacho la ocupaba una pintura al óleo de Emiliano Zapata, de pie y con profunda mirada severa. Una bandera nacional dentro de una vitrina ocupaba una esquina de la habitación. Las cortinas, abiertas, se movían levemente por la brisa que la ventana dejaba entrar.

Aunque ya sabía el visitante que cuando era llamado a esa casa siempre se trataba de algún asunto extraordinario, ahora creyó percibir algo inusual: cierta preocupación en el semblante de su destacado paisano, cosa rara, pues la serenidad era una de sus principales cualidades. Incluso había quienes, faltos de respeto, lo apodaban la Esfinge de Jiquilpan. Ante los más diversos problemas, espinosos en su mayoría, el presidente nunca perdía su actitud reposada. Ahora algo sucedía, pensó al sentarse. Sintió su mirada clavada sobre él.

El rostro de Diego era de facciones ordinarias y nada de él destacaba a la vista; en cambio, cuando se le conocía, sorprendía su vasta formación cultural. Su aguda mirada, penetrante y afable a la vez, no alcanzaba a apreciarse detrás de sus anteojos de armazón corriente; su apariencia y trato sencillos y hasta humildes lo colocaban en el extremo opuesto de la pedantería. De hecho, su afinidad con el presidente se fundamentaba, en buena medida, en esa naturalidad y franqueza que ambos compartían. Desde niños habían sido así. En aquellos años llamaban la atención de los profesores y de sus compañeros porque durante los recreos preferían conversar a jugar. 

Por la ventana abierta se veía en el cielo una apretada parvada de golondrinas que hizo un brusco giro en el aire, en asombrosa coordinación, y se posó, en un instante, sobre las ramas de un árbol.

El presidente extendió sobre el escritorio tres periódicos de los últimos días, ante la mirada de su invitado. El de mayor circulación nacional preguntaba insidiosamente en el titular de primera plana: “¿Comunismo en Los Pinos?” Otro, vinculado al sinarquismo mexicano recién organizado, declaraba sin rodeos en titulares: “El gobierno contra el capital”. Y uno más, un tabloide amarillista, encabezaba ofensivo: “En México, los obreros llevan la batuta”. Ambos sabían que ésas eran apenas tres muestras de una larga serie de ataques en esos diarios y en muchos más. Daban cabida a declaraciones de empresarios extranjeros, y algunos mexicanos, que abiertamente acusaban al gobierno de instigar la violencia obrera contra los inversionistas, ahuyentándolos del territorio nacional. Igualmente, con no tan velado apoyo, destacaban los embates de algunos líderes de otros países contra la política del gobernante mexicano. No se le reconocía como nacionalista, sino que se le tachaba de comunista.

—A todos nos consta que las compañías petroleras están en franca rebeldía —comenzó el presidente— y no escatiman ningún recurso para atacarnos. Buscan pretextos hasta debajo de las piedras. Basta ver esta agresiva campaña de prensa, difamatoria y mañosa, que han lanzado en contra nuestra, aquí y en el exterior. No tenemos nada que esconder, no hay ropa sucia, pero ellas la ensucian y no la lavan en casa. O mejor dicho, la lavan y ventilan en sus casas, que son Estados Unidos y Europa —respiró profundo, como tomando ánimos, y entró en materia—: Nosotros también debemos prepararnos, Diego, y para ello requerimos la máxima información posible. Averiguar sus secretos, encontrar sus lados flacos, no dejar sin investigar nada ni a nadie que pueda aportarnos algo. Tenemos que conocer los pasos que las empresas pretendan dar como embestida al gobierno, y anticiparnos. En una palabra, madrugar.

Le explicó que el Departamento Confidencial de la Secretaría de Gobernación, donde trabajaba Santos como pieza clave, sería reforzado y ahora lo haría con otro nombre: sería la Oficina de Información Política. 

—Bien sabes que allí me eres muy útil en ese cargo que te mantiene fuera de la atención de los curiosos. Tú y yo sabemos para quién trabajas y eso es lo que vale —le puso una mano en el hombro—. Por eso, como siempre, en paralelo a los informes de rutina a tus superiores de Gobernación, para lo verdaderamente importante yo seguiré atendiendo tus visitas. 

El abogado se sintió complacido. El presidente solía invitarlo a Los Pinos para encargarle investigaciones muy delicadas y conocer sus avances. Diego solamente solicitaba audiencia cuando obtenía alguna información relevante y urgente. Nunca se lo había dicho expresamente Cárdenas, pero una de las cosas que más apreciaba era que no hacía alarde de su amistad, incluso se podría decir que la ocultaba, lo cual era una ventaja para esas encomiendas.

—Ahora te he molestado para otra cosa, en apariencia diferente, pero es posible que de alguna manera se vincule con las petroleras. E incluso podría ser que sus alcances lleguen mucho más lejos… Quiero hacerte un encargo, quizá de la mayor trascendencia; ya lo veremos. Dependerá de la suerte que tengas en esta misión, pues no bastará tu capacidad; muy probada, por cierto, no creas que no lo tengo presente… Sí, Diego, necesitarás suerte. Y como verás, debe ser un asunto estrictamente confidencial, entre tú y yo, exclusivamente…

Los dos sabían que esa advertencia era ociosa, pero el presidente sintió la necesidad de reiterarlo y así lo entendió su amigo. Hizo una breve pausa antes de continuar:

—Recibí un singular reporte de nuestra Cancillería acerca de la Embajada de México en Londres. Lleno de rodeos, como son los diplomáticos, ya sabes. En resumen, me informan que dos escritores británicos de cierta fama han solicitado visa para visitar nuestro país con fines profesionales, cada uno por su cuenta. ¿Será casualidad o es el encubrimiento de alguna trama?, pues al parecer son amigos muy cercanos.

El presidente arrugó el ceño. No le molestaba encarar problemas concretos sino hacer frente a dudas. Podía controlar asuntos graves o cuando menos poner sus cinco sentidos para intentarlo, pero la incertidumbre estaba fuera de su dominio. Por un momento, sus cavilaciones lo mantuvieron alejado; sacudió la cabeza, como desechando una idea irritante, y sacó una tarjeta del bolsillo interior del saco.

—Son prácticamente coetáneos. Graham 



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