¿De qué se ríe Dios?

porDeepak Chopra

20 minutos

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La gracia resplandece como un rayo de luz, penetra en el universo y es inmune a la distancia o a la oscuridad. Tú no puedes verla pero ella sabe adónde se dirige. En cualquier momento, alguien puede ser tocado por su misterioso poder.

Incluso Mickey Fellows. 

Ese día en particular, Mickey conducía a gran velocidad su Cadillac Escalade color negro a través del valle y se mantenía atento a la presencia de la policía. El sol de Los Ángeles se refl ejaba en la autopista pero para Mickey, sentado detrás del parabrisas polarizado y con lentes de sol, pudo haber sido el anochecer.

—Repítemelo —murmuró en su teléfono celular. 

—Los dueños del teatro no están contentos. Dicen que el material nuevo no es divertido. Quieren de regreso al viejo Mickey.

Era Alicia, su agente. 

—Al diablo con ellos. Deberían besar mi trasero sólo por molestarme en presentarme.

Mickey Fellows tenía ofertas para hacer películas con dos estudios distintos y su último divorcio había aparecido en la portada de la revista People. La única razón por la cual se presentaba en teatros de comedia era porque quería mantener despierta su sensibilidad hacia el público.

Alicia no se dio por vencida. 

—Tú no quieres jugar de esa manera. Quizá necesites de esos teatros algún día.

—Ni Dios lo quiera —Mickey encendió otro cigarrillo mentolado.

Dios tiene la ventaja de poder observar cada vida a la vez y de borrar todas las diferencias. Si tú pudieras mirar hacia abajo a toda la raza humana desde una distancia infi nita, verías que la Humanidad entera estaba en la autopista ese día. Como el resto de nosotros, Mickey le prestaba poca atención a su alma. No quería enfrentar verdades dolorosas, así que se las arreglaba para distraerse casi cada hora de su vida en vigilia.

En ese momento, Mickey intuyó que ya era tiempo de reír.

—Tengo un buen chiste para ti —le dijo a su agente—. Mi abuelo tiene ochenta años de edad y tiene sexo casi todos los días. Casi lo hizo el lunes, casi lo hizo el martes, casi lo hizo el miércoles.

Alicia guardó silencio. 

—Creo que está por entrarme otra llamada —dijo Mickey.

—No, no es verdad.

—No bromeo esta vez —aclaró Mickey—.

Espera —oprimió una tecla—.

¿Hola? —¿Es Mickey Fellows?

—¿Quién desea saberlo? Gente desconocida siempre conseguía su número telefónico.

—Llamo del Hospital Cedars Sinaí.

Mickey sintió gotas de sudor escurrir por su cuello y se aferró con más fuerza al volante.

—¿Sí? 

En los pocos segundos entre un desastre inminente y su caída sobre la Tierra, un impresionante número de pensamientos puede atravesar por tu mente. Mickey se vio a sí mismo en su examen físico anual de la semana anterior. El rostro de su esposa apareció frente a él, con tanta claridad como si no hubieran estado divorciados durante cinco años. Cáncer, sida, un accidente de auto. La rueda del destino giraba y la fl echa estaba a punto de detenerse.

—Lo lamento, señor Fellows. Se trata de su padre. 

—¿Se cayó? Se supone que alguien lo cuidaba —dijo Mickey. 

Había contratado a un ama de llaves de tiempo completo para su padre, una plácida señora guatemalteca que sabía poco inglés.

—Su padre recibió la mejor atención en la sala de emergencias. Hicimos todo lo posible por revivirlo pero no pudimos salvarlo.

Mickey no escuchó esas últimas palabras. Tan pronto como la voz pronunció “hicimos todo lo posible”, un rugido en los oídos de Mickey le impidió escuchar todo lo demás

—¿Cuándo murió? 

La voz en el teléfono, de mujer, tal vez una enfermera, comenzó a explicarle pero el rugido aún la bloqueaba.

—Espere un segundo —pidió Mickey y condujo el auto hacia la orilla del camino. Respiró profundo y sacudió la cabeza, como un nadador que expulsa agua de sus oídos—. ¿Puede repetirme eso?

—El servicio de emergencias lo trajo inconsciente. Fue un infarto masivo de arteria coronaria. El nombre de usted estaba en su billetera como familiar más cercano.

Mickey se sintió mareado y con náuseas. 

—¿Sufrió? 

La voz intentó sonar apacible. 

—Si le sirve de consuelo, este tipo de ataques suelen ser muy rápidos; menos de un minuto.

“Un minuto que él sintió como horas”, pensó Mickey. 

—De acuerdo, voy para allá. ¿Lo encontraré en la sala de emergencias?

La voz de la mujer dijo que sí y Mickey colgó, se reincorporó al tránsito y aceleró el auto hasta la siguiente salida. La noticia había sido muy sorpresiva pero no lloró. En realidad no sabía cómo sentirse. Larry. El viejo. La madre de Mickey había muerto joven de cáncer de seno. Su parte de la familia tenía predisposición al cáncer. Su padre, por otra parte, era fuerte como un clavo. Sin invitación previa, un chiste apareció en su mente.

Una mujer de mediana edad muere de un ataque al corazón. Cuando llega al cielo, Dios le dice: “Ha habido un terrible error. Tú no estabas programada para morir todavía, hasta dentro de cuarenta años”.

La mujer despierta y se va a su casa. Se da cuenta de que, con una vida tan larga frente a ella, debe tener buena apariencia, así que se somete a cirugía plástica: estiramiento facial, implante de senos, escultura de abdomen y demás. Dos meses después, la mujer cruza la calle y la atropella un autobús.

Esta vez, cuando llega al cielo, le dice a Dios: “¿Qué sucedió? Se supone que yo viviría otros cuarenta años”.

Y Dios le responde: “Mabel, ¿eres tú?” 

Por lo regular, Mickey encontraba consuelo en sus propios chistes, pero esta vez se sintió inundado por una ola de culpa. No era buen momento para el humor; no obstante, así era como su mente funcionaba. No podía evitarlo.

La sala de espera de emergencias era un lugar tenso. El aire estaba saturado de sufrimiento. Rostros desesperados miraban a cualquiera que pasara por allí con la esperanza de que se tratara de un médico. Mickey avanzó hasta el módulo de admisiones. Cuando la enfermera escuchó su nombre, le dijo:

—Lamento su pérdida, señor Fellows. Por aquí, por favor.

La enfermera lo condujo a través de un pasadizo de puertas abatibles y a lo largo de un corredor con camillas alineadas a los costados. Sentado en una de ellas, un chico con la cabeza llena de vendajes ensangrentados emitía leves quejidos. Se detuvieron junto a las puertas abatibles del fi nal de la sala y la enfermera se colocó a un costado.

—¿Está usted listo? —preguntó.

—Deme un momento, por favor —respondió Mickey.

—Tómese su tiempo. El doctor estará adentro en cuanto usted esté listo —murmuró ella.

Con el fin de calmar su nerviosismo, Mickey intentó imaginar cómo luciría el rostro de Larry en la muerte pero, en lugar de eso, otro chiste apareció en su mente

Dios y el Diablo discutían acerca de la barda que separaba el cielo y el infierno. “Tu lado está a punto de caerse”, dijo Dios. “Sólo míralo.”

“¿Y qué?”, dijo el Diablo.

“Ambos somos responsables del mantenimiento de nuestros lados de la barda. El mío está perfecto.”

El Diablo se encogió de hombros con aire de indiferencia. “¿Y qué harás al respecto?”

“Si me obligas, buscaré a un abogado y te demandaré”, dijo Dios.

El Diablo emitió una carcajada. “Por favor. ¿Dónde crees que vas a conseguir un abogado?”

Mickey rió en silencio y después se sorprendió.







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