Cuando llegues al otro lado

porMariana Osorio Gumá

5 minutos

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La madrugada en que partieron de Amatlán, en la caja trasera de una pickup, el mundo se volvió inmenso y ruidoso. Emilia Ventura cerró los ojos e inhaló hondo el aire fresco de su tierra. Quería guardarse un poco. Que se le metiera hasta el fondo del alma, bien envuelto en el vaho de la alborada. Bastaría con buscarlo por las esquinas de sus pensamientos para que, de golpe, el cerro entero con sus colores, sus grillos y chachalacas y su olor a lluvias volviera completo. A sus doce años, ya intuía la dimensión infranqueable de tiempo que tendría que transcurrir antes de recuperar siquiera un pedacito del mundo en el que había crecido.

Al paso de la camioneta, desde los caseríos, corrieron y ladraron los perros. Querían alcanzar al monstruo de diez cabezas y cuatro patas anchas y redondas que circulaba por la carretera. Cabezas de viajeros silenciosos y abstraídos: sumidos en su añoranza. Las hojas de los ciruelos ya habían quedado atrás cuando Emilia y Gregorio Ventura sintieron sobre ellos las miradas llenas de preguntas, de consejos y advertencias. Que si el chamaco, con su pie chueco, conseguiría resistir el andar sin tregua que le esperaba. Que si la niña, así de tierna, se libraría de tanta alimaña acechando los caminos. Uno de los hombres se animó a preguntar si alguien los alcanzaría antes del cruce. Si los estarían esperando del otro lado. Que si sabían cómo andarse cuidando: que si esto, que si lo otro.

—Sí, don —se animó a interrumpirlo Gregorio, ya exasperado—. Adelantito nos esperan. ¿Verdad, Calandria? —y le echó a su hermana un mirar cómplice.

Una hilera de casas de adobe dejó lugar a las construcciones con bloques de tabicón: grises desangelados con restos de trastos viejos y basura acumulada por dondequiera. La camioneta anduvo entre zarandeos. Y a pesar de eso, Emilia Ventura dormitó un par de horas, hasta que el sol le pegó sobre la nuca. Al fin se detuvieron en una población: construcciones de lámina descuajaringada, tierra y árboles pelones, entre pastizales más secos que lomo de animal muerto.

—Ahorita vengo: voy a buscar al del camión —dijo el chofer, un muchacho malencarado de nombre Darío, y desapareció por un sendero.

Los viajeros se apearon. Los hombres se alejaron a orinar. Las mujeres le hicieron como pudieron, más allá, fuera de la vista, cubriéndose unas a otras. Luego se quedaron de pie junto al carro, a un ladito, pues ninguno se animó a alejarse más allá de unos pasos. A pocos metros se alineaba media docena de casas hechas de lámina y concreto. Al rato llegó otra camioneta cargada de unos veinte. Un ir y venir de gente a la espera. Deambulaban de arriba abajo con sus mochilas a cuestas, o se echaban sobre la yerba seca y terrosa, masticando, bebiendo, hablando.

Un viento brusco levantó una tolvanera: envolturas, basurilla, hojas secas. Se volaron los sombreros, las cachuchas, se revolvieron los pensamientos. Parecía un remolino que traía un mensaje secreto desde un mundo paralelo. Emilia miró a su hermano.

—Qué me ves, Calandria —preguntó él y sintió ternura: sondeó los ojitos avispados y preguntones de su hermana menor. La frescura de su curiosidad. También él reconocía en la tolvanera un presagio.

—Nada, Caco —dijo Emilia y negó con la cabeza mientras seguía el polvo con la vista.

Caco, Goyo. Emilia, Calandria.

Por sus pensamientos aparecieron los ventarrones del pueblo, durante la época de secas, levantando tierra y cuanta cosa se encontraran a su paso. Tan fuerte que se oía el crujir de las ramas de los árboles; los cableados de luz se azotaban de un lado al otro hasta liberarse de los postes, dejando al pueblo a oscuras. El viento rezumbaba entre los nichos de las piedras y producía un quejido como de animal en pena que les enchinaba el cuero a los más recios. Emilia recordó cómo después de eso solía ocurrir algo imprevisto. O se encontraban un billete o se anunciaba la muerte inesperada de un conocido o se sabía de un desbarrancado u otro ahogado en las pozas. También podía ser que sin anuncio llegara un circo, una feria o pusieran un ruedo en la plaza principal. Entonces su padre, que casi nunca paseaba con ellos, los apuraba a emperifollarse con los mejores trapos que tuvieran y los invitaba a ver a los animales y a los acróbatas del circo o a pasear por la feria y subirse a los juegos mecánicos. O compraba boletos para atisbar desde las gradas a los valientes que conseguían mantenerse a lomo de toro. No había modo de anticipar si con la tolvanera lo que sucedería iba a ser bueno o no. Sólo sabían que no había pierde: las ventoleras anunciaban novedad.

El torbellino alrededor no duró ni un minuto. Gregorio bajó la cabeza y dibujó círculos con la punta del tenis: así le hacía cuando lo embargaban los desarreglos de su alma.

Al fin vieron aproximarse a Darío de vuelta: hablaba con un hombre obeso que tenía una cicatriz en la mejilla. Con sus ojos de capulín observó uno por uno a cada viajero. Se detuvo al mirar a Emilia, y ella mejor se volteó para otro lado.

—Andan con suerte —dijo—. Me platica este señor, Chato, que ya casi está armado el grupo para ir derechito hasta el cruce. A él le pagarían la mitad de lo que quedamos, y la otra parte, allá donde los deje.

Emilia y su hermano intercambiaron miradas. Ya le habían dado una parte del dinero a Darío y tenían apenas otro tanto para pagar el cruce. Él les había asegurado que no tenían que soltar ni un peso antes de llegar a la frontera.

Algunos de los hombres se ocupaban de regatear cuando Gregorio se le acercó a Darío.

—Ya te dimos el dinero. ¿No que hasta el cruce íbamos a tener que desembolsar? Si le doy a éste ahorita, nos quedamos sin varo para pagar allá.

Darío lo contempló en silencio. Luego le echó un vistazo a Emilia.

—No se te olvide que con ustedes hice trato especial… solo porque tu abuela hizo lo que hizo. Dame ahorita lo que traigan y déjame ver qué puedo hacer.

—Pero si ya te dimos…

—Sí, pero eso era para el arranque… clarito les dije.

—No nos dijiste.

—Si quieren, sí, y si no, pos no. Ahí sabrán.

Gregorio y Emilia se miraron.

—Saca el dinero, pues —le dijo él, al fin, a su hermana.

Ella no le quitó la vista de encima. Luego extrajo del tenis unos billetes. Los contaron y se los entregaron a Darío. De espaldas, contó y se metió una parte al bolsillo.

—Jijo… —le oyó murmurar Emilia a Goyo.


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