La esclava de Juana Inés

porIgnacio Casas

7 minutos

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Desde que llegué aquí, la madre poeta se empeñó en enseñarme a leer, pero yo con poco seso, me negué a conocer las letras. Grité ¿por qué? ¿para qué? Escupí sobre el papel y corrí a esconderme para que no me encontrara. 

Habló en voz alta sin saber dónde mero estaba yo y contestó palabras que no hallé entendimiento:

—Para que puedas oírme con los ojos, para que menos ignores, para ¡sepacuántomás!

Al poco, rebelde y arisca tronché las plumas, las aventé por el ventanal que da a la calle Verde y regué la tinta por toda la celda. La madre se volvió furia, dijo que las necesitaba, que la tinta costaba dineros y esfuerzo, que era difícil de conseguir. Mentó que no podía dejar de escribir un solo momento y gritó que mi conducta era un estorbo en su vida.

Su vida, que eran letras, libros y palabras. 

Estuve rejega nosécuántotiempo, hasta que me amenazó con venderme o deshacerse de mí.

No lloré.

 Tenía ganas de correr, de salir.

Huir del frío de este méndigo convento. 

Traté de hacerlo pero no pude, algo de mí quería seguir con esa madre tan diferente a las demás. 

Agua y pan duro fueron mi castigo. 

Días después, ya pagada la deuda, todavía encanijada pero tranquila, la madre me explicó la razón de conocer lo que las letras juntas dicen, hallar el significado de las palabras, el misterio de una frase, el secreto de un verso.

Tanto dijo, habló y volvió a hablar que me convenció de que me aprendiera cuatro letras. 

No más. 

Torpe y sonsa, me tardé sepacuántotiempo repite y repite cómo suenan y resuenan esas cuatro letras. Cuando por fin las tuve en la cabeza, la madre me pidió que las anotara. Al principio puros rayones y garabatos hacía yo, pues soy torpe y cabecidura; sin embargo, ella tomaba una pluma, la metía en el tintero, juntaba su piel descolorida a la mía y así, mano con mano, guiaba el camino de mis rayas sobre el papel.

—Sin nombre nada somos —me dijo.

Poco comprendí, aunque el asombro llenó mis ojos y mi cabeza cuando pude trazar esas letras.

—Cuatro letras que son tú misma, una palabra que te dibuja —mentó.

Al poco, con ansias y emoción, anoté sobre papeles y lienzos la Y, una y otra vez. Hice dibujos de las letras A y a que, dice la madre, son una y la misma cosa aunque su forma no sea igual. Anoté la R recostada patas parriba y toda revuelta hasta que me ganó la risa.

Lo mismo que ahora me contento al escribir estas palabras, le hallé emoción en aquel entonces a hacerlo con tinta traída de la China y hasta con sangre de tuna que pinta rojo y recio.

La madre miraba mi locura y sonreía calma.

Todo iba requetebién hasta que se dio cuenta que en muros y paredes había escrito mi nombre un montón de veces. Encorajinada, me mandó limpiar con agua y zacatl aquellas mis primeras letras. Me ordenó borrar los rayones para que ninguna monja, y menos la priora o la vicaria, vieran mis avances pintados en la pared.

Así lo dijo: avances.  

Luego, pasados los días, con ganas y contento me enseñó a usar el silabario. De esa manera aprendí a formar una y otra y otras palabras, el nombre de mi padre, b a n t ú, y el del pueblo donde nací, y a n g a. Las tres letras del sol y las cuatro de la luna. También me mostró los números, del cero al noseacaba, y el punto final.

A su lado aprendí cómo contar los cinco dedos de mi mano, que al juntarlos con la otra se hacen diez. Al mismo tiempo me enseñó algo que me gustó más que comer zapote negro con naranjas peladas: anotar cuántas monedas tenía. Me puse requetecontenta porque yo nunca había tocado tantos dineros y más alegría me dio cuando aquellas monedas brillaron en mis manos negras.

En veces me daba el miedo, la sonsera o el coraje. Me sudaban la frente y los cachetes, pero no importaba, yo forzaba mi cabeza para que le entrara lo que la madre quería que aprendiera. 

—Con las veintitantas letras del alfabeto se puede escribir todo, inventar un mundo y otro y muchos más —me dijo una vez.

Poco entendimiento le hallé.


¡Gracias por leer a Ignacio Casas!

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