La felicidad de los perros del terremoto

porGabriel Rodríguez Liceaga

5 minutos

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Los mercadólogos a su cargo le llaman a Sergio Romo, Sergio “Promo”, por su incapacidad de vender un champú sin que esto implique obsequiar boletos gratis para ver a la Selección Mexicana contra Trinidad y Tobago. Hombre educado en otro clima comercial llegó el siglo pasado a la poderosa gerencia continental del refresco de soda Pepsi obsequiando camionetotas a cambio de un proceso casi arcaico: llamar por teléfono, registrar el código que venía en las taparroscas marcadas y así participar en un sorteo. “Mientras más refrescos compres más posibilidades tienes de ganar”, gritaban los anuncios de televisión. El sistema se adaptó al vertiginoso mundo digital de inicios de siglo XXI: “Escanea el código en las tapas participantes, regístralo en nuestra app y gana”, rezan los tuits.

¿Pero gana qué?

A los consumidores meta de hoy en día no les interesan las estampillas coleccionables o los viajes para dos personas con todos los gastos pagados a Disneylandia. De hecho ya ni siquiera se les llama consumidores meta. A partir de que el bebedizo Red Bull arrojó a un hombre desde la estratósfera con su logo en la espalda, nada volvió a ser lo mismo en la forma de vender un producto. La moda entre dentífricos, aguas embotelladas y gomas de mascar es salvar al mundo, apoyar a una comunidad indígena en su lucha contra el cáncer de mama o generar conciencia al respecto de la isla de basura que flota en los océanos. En la opinión de Sergio Romo, ¡puras mamadas al meón!

—Mamadas al meón —grita sin que venga mucho al caso. Todos los presentes en la sala de juntas se vuelven chiquititos ante su perfumada furia de CEO.

Verifica que no se haya desacomodado su corbata color green screen y acaricia el borde de su taza de la suerte, rotulada con el diseño retro de la refresquera. En esos dos sencillos actos queda definido por completo el hombre: lleva años rasguñándole al joven siglo un poco más de vigencia empresarial. ¿Será acaso que ya estás viejo, Sergio? ¿Éste es el final de tu carrera?, se pregunta por las mañanas frente al espejo esperando a que la crema antiarrugas seque por completo. Mira los caóticos códigos QR en las vallas publicitarias y siente melancolía por los formales y estéticos códigos de barras de su era. Sí está viejo y sí llega su carrera a un irremediable final. Ahora mismo, frente a la plana de ineptos que lidera, siente que las orejas le cuelgan por culpa de los piercings. Y sus gafas con patas rojas y detalles ajedrezados lo hacen lucir idiota. Todo con tal de mantenerse reinante entre aquel grupo de escuincles con crudas de cocaína. No hay en todo su equipo una sola persona que no viva en una perpetua tornaboda. Es como si se bañaran diario en confeti, medita desde las alturas del organigrama y a la cabeza de una junta de revisión creativa que ya duró más de lo que debería.

—¿Cómo dijo, señor? —pregunta alguien.

—Mamadas al meón —reitera, pero ahora controlado y respirando quedito.

Observa el miedo en los ojos de sus expertos en redes sociales y community managers. A su parecer: niños pedorros que presumen de ser expertos en algo que no existía hace cuatro años y que probablemente no existirá en dos. Expertos en estornudos, casi casi. Justifican su sueldo diciendo que son la voz de la marca. ¡Botargas sofisticadas, es lo que son! La silla reclinable de Sergio Romo es la única que rechina.

Sergio Romo observa inquisitoriamente a las cabecillas de su agencia de publicidad: dos argentinos que tomaron el curso propedéutico de creatividad que dan en el vuelo Buenos Aires-Ciudad de México, y ahora ganan lo suficiente como para que sus tenis jamás luzcan desgastados. A menos, claro, que la moda sea que tus tenis luzcan desgastados. Presumiendo sendos peinados de futbolista con un mundial de retraso, esperan a que la ejecutiva de cuentas termine de leer su presentación estratégica de sesenta slides en Power Point. Ella habla y habla. Sergio nota que está enlutada. Manipula los ruidos que genera su asiento dejando ir y venir sus 75 kilos de hombrecillo saludable que corre una maratón al mes y no bebe ni por accidente el producto cuyas ventas debe triplicar este año. Ése es uno de los logros de los que Sergio Romo se enorgullece con la malicia de un satán. Bajo su mandato, marcas como Pepsi han conseguido cambiar la historia: que los pobres sean obesos y los ricos, flacos.

Al lado de los dos sudamericanos está Luis Pastrana, el redactor del equipo. Es decir: el que hace todo el trabajo duro. Sin embargo, su participación en estas juntas es irrelevante, lo llevan para hacer bulto. Él aprovecha que nadie lo observa para sacarse un moco.

Ante la reiterada majadería, la ejecutiva de cuentas toma asiento. El vicepresidente creativo toma la palabra. Habla en un tono entre chilango y bonaerense, que es como un tango lleno de albures involuntarios:

—Acá en corto y brincándonos la paja de planning, la promoción será: escaneá el código QR en las tapas participantes, registralo en nuestra app y ganá un concierto de Biuti Full para tu ciudad. Así, tal cual, un concierto de nuestro spokeperson en… equis sitio.

Jamás se imaginó Sergio Romo que acabaría extrañando un código de barras. Han sido días pesadillezcos. Desde que cerró un contrato millonario con el reguetonero ese, no ha habido sino problemas y más problemas.

—Es decir, papi, la gente será quien elija a dónde mandamos al pibe a dar un recital, ¿viste? Comprás una Pepsi, registrás una clave y votás por, no sé, la loma del orto —y como al creativo nadie le dijo que la redundancia cierra las puertas del paraíso, concluye, inspirado—, el sitio en el mundo que más likes tenga se gana un concierto de Biuti Full patrocinado por Pepsi. Vos, Sergio, fuiste el pionero de este tipo de promos. Es retro, che.

Sergio Romo sonríe. La iniciativa poco tiene que ver con apoyar a una comunidad indígena en su lucha contra el cáncer de mama pero Sergio Romo sonríe. Se pone de pie y observa el paisaje santafesino como si pasara lista de asistencia a todos los edificios y centros comerciales que se alcanzan a ver. La silla sigue rechinando aun sin él encima.

No suena descabellada aquella idea: mandar al reguetonero adonde la gente decida. 

Por la ventana se mueven los cables que sostienen a un empleado que lava los vidrios de ese edificio inteligente de 24 pisos. Sergio se le queda viendo. Aquel empleado, dándole la espalda al abismo encima de una plataforma tembleque, amenaza con arrojar un chist de jabón. Tiene el cuerpo embarrado de la mugre acumulada en tan inhumanas alturas. Como si se tratara de un limpiaparabrisas de crucero, Sergio le señala con una rotunda indicación que “hoy no, gracias”. Hoy no quiere que laven su edificio, pero gracias. Megalómano de pacotilla. 

—¿Y si la gente vota por, no sé, Celaya o algún lugar naco? —pregunta uno de los asistentes de Romo. Él es de Puebla. 

—O algo peor: Apodaca —dice otro, un regio.

—O Ciudad Neza —comenta otro, en este caso es un gringo.

—Nada de eso. Por pura lógica ganará un sitio con muchos habitantes. De Miami a Guadalajara para arriba. Una cosa bárbara. Documentamos toda la competencia, el viaje, entrevistas, premios, beneficios sociales para la ciudad ganadora… ¿viste?

El representante del cantante de reguetón conocido como Biuti Full suda la gota gorda. Ha estado bajo demasiada presión. Hasta ese momento, durante toda la junta, no ha intervenido para nada. Está aún muy fresco el incidente en Las Vegas: Biuti Full bebiendo cubas con Diet Coke. El último sencillo es una descripción medianamente rimada de una orgía interracial, canción que ha provocado polémica y la rampante furia de las abuelitas. Además, la esposa del representante quiere remodelar la casa de nuevo, quiere embarazarse de nuevo, quiere ir a Egipto de nuevo. ¡Carajo! Nuestro amigo sabe que Pepsi lo tiene agarrado de los huevos. Dentro de unos minutos todos en la sala de juntas voltearán a verlo para que él dé el visto bueno. 



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