Detox digital

porOlga González

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Cada día, millones de personas alrededor del mundo disfrutamos conectarnos a nuestros dispositivos. De hecho, al despertar es lo primero que hacemos, y de ahí la conexión es constante, ya sea para ver las noticias, escuchar música, revisar Twitter, leer un ebook, chatear, ver una película, hacer una videollamada, pagar el desayuno que llega justo a la casa en los siguientes minutos, jugar un videojuego “en vivo” con otras personas de otra parte del mundo, organizar un evento a través de alguna red social, ponernos al día con nuestras amistades, ver las fotos del fin de semana por Instagram, publicar nuestras opiniones en Facebook, tomar una conferencia en línea, compartir un video con amigos por Snapchat, ver los chats del colegio de los niños o incluso encender la computadora para trabajar desde casa sin tener que salir a lidiar horas con el tráfico. 

Las pantallas en todas sus formas entraron poco a poco a escena para facilitar nuestra vida pero, sin darnos cuenta, se volvieron parte del mobiliario de casa. Ahora convivimos en un entorno de multipantallas. También nos parece muy natural que sean parte de nuestra vestimenta, pues cargamos el teléfono como si fuera un accesorio más o una extensión de nuestra propia mano.

En el caso del celular, por ejemplo, sustituyó a decenas de aparatos y productos: cámara fotográfica, reloj, despertador, grabadora de audio y video, cinta métrica, calculadora, teléfono, lápiz y papel, mapas, chequera, periódico, revistas, etc. Y tener estas experiencias tan “a la mano” literalmente es lo que nos ha metido en una gran contradicción: por un lado, nos da bienestar, entretenimiento y nos hace la vida más fácil, pero por otro puede llegar a convertirse en un serio problema personal que nos engancha hasta afectar nuestra salud física y mental, con repercusiones en nuestras relaciones personales, familiares y profesionales. 

El uso excesivo de las pantallas puede llegar a convertirse en una adicción grave y volvernos esclavos digitales, y digo esclavos porque, cuando se desarrolla una dependencia, uno es el amo (el juego patológico, el alcoholismo, la adicción a las pantallas) y otro es el esclavo (el jugador, el alcohólico, el adicto al celular). 

El mal uso de esta tecnología se convierte en una dependencia desde el momento en que no podemos parar, aunque esto signifique dejar de lado nuestras responsabilidades cotidianas. En nuestra sociedad mexicana, por ejemplo, cada persona pasa, en promedio, 8 horas al día conectada de las cuales 4 horas son sólo para sus redes sociales.1 Esta distracción nos mantiene con la mirada hacia abajo y hace que cada vez sea más difícil manejar el coche, poner atención en la junta de trabajo o de plano parar y dormir a una hora adecuada porque nos quedamos viendo maratones de series. 

En general, las estadísticas dicen que, si bien las pantallas llegaron para hacernos más productivos, la mayoría expresa que experimenta lo contrario. 2 Muchos hacen un excelente uso de las tecnologías y lo celebro, ya que de eso se trata, de servir a nuestros intereses, no nosotros a ella. Sin embargo, no todos lo llevan tan bien cuando se trata del uso del internet y los dispositivos porque pierden los límites espaciotemporales que dividen al mundo digital del físico, cayendo en una dependencia que, además, pasa desapercibida porque la sociedad la acepta y normaliza. Tal es el caso de Karla, una adolescente que no podía concentrarse en sus clases ni en hacer su tarea por estar revisando el celular. Un día me dijo, “¿Por qué está mal? Todos lo hacen. Si fuera yo nada más, a lo mejor estaría mal. Pero absolutamente todo mi salón lo hace. Entonces, ¿cómo puedo estar mal?”.

Cuando se normaliza una conducta adictiva (como en su momento pasó con fumar), dificulta aún más la moderación de su consumo. En parte sucede porque la sociedad ya acepta que “así son los niños de ahora”, que “nacen con chip”; pero a la vez, nadie nos ha enseñado a ver la delgada línea entre el uso y el abuso, a reconocer los síntomas de una adicción sin sustancia y mucho menos a manejar la abstinencia del uso de pantallas e internet. 

Las señales se presentan en forma de irritabilidad o preocupación excesiva si se pierde o se olvida el dispositivo en casa (nomofobia, No Mobile Phone Phobia); existe el miedo a perderse de algo importante si uno no está conectado a internet (fomo, Fear of Missing Out); pueden darse problemas en relaciones de pareja o amistad por no dejar de ver el celular cuando la otra persona está hablando (phubbing); hay problemas en la interacción con los hijos porque no saben divertirse de otra forma que no sea pasando horas frente a una pantalla (nativos digitales); se presentan trastornos del sueño por revisar constantemente el celular antes de dormir (vamping), y una gran lista de términos (consulta el glosario al final de este libro) que se tuvieron que crear para nombrar los nuevos comportamientos patológicos relacionados con el mundo digital. 

Algunos pensarán que estoy exagerando y que puede ser sólo mi percepción de la realidad, pero lamento decirte que las estadísticas que reportan estos problemas, derivados del uso excesivo de pantallas, son crecientes y alarmantes, así como las afectaciones en la economía personal por la baja productividad laboral y el impacto negativo en la salud mental de niños, adolescentes y adultos.3 Si lo piensas en este momento, la sola idea de que no tengas acceso a tu dispositivo en las siguientes 48 horas podría llenarte de preocupación y hasta ansiedad. La mayoría hemos depositado nuestra vida entera en esos aparatos, desde proyectos de trabajo y contactos, hasta valiosos recuerdos y un sinnúmero de recursos de los cuales dependemos todos los días. Incluso nos pasa a quienes tuvimos el privilegio de crecer sin estas pantallas. Nosotros también hemos olvidado cómo vivir cotidianamente sin ellas.

Esta necesidad nos convierte en dependientes de los dispositivos. Algunos lo llaman “tecnofilia”, pero en psicología lo llamamos adicción comportamental. Lo cierto es que cada vez estamos más intoxicados por el uso desmedido de los dispositivos electrónicos, atrapados en una vida donde demandan nuestra presencia de manera inmediata, constante y simultánea en dos mundos, el digital y el físico. Este ir y venir entre dos vidas nos hace sentir que, sin importar cuánto nos esforcemos, nada es suficiente, haciéndonos menos productivos e infelices. Y es natural sentirse así. ¿Quién puede habitar dos mundos al mismo tiempo y disfrutar de forma plena el momento presente? Nadie. De hecho, estar en dos supuestas “realidades” al mismo tiempo es una de las características principales de una enfermedad mental, así que no sólo se trata de una productividad mermada, sino que es agotador para el cerebro, impacta nuestra capacidad de concentración y perturba el estado de ánimo. 

Pero no todo es malo. Por algo nos encanta la tecnología, el internet y las pantallas, porque nos da muchas cosas positivas e inmediatas, por ejemplo:

  • Entretenimiento inmediato sin necesidad de esfuerzo.
  • Interacciones sociales inmediatas.
  • Acceso instantáneo a una gran cantidad de información. 
  • Las apps y teléfonos inteligentes son accesibles a la mayoría de los bolsillos.
  • Tus hijos, de ser el caso, permanecen en el lugar más seguro: la casa.
  • Es práctico y fácil de usar.
  • Aumenta la posibilidad de emprender o mejorar los negocios, facilita las redes de trabajo a distancia.
  • El uso de videojuegos, en periodos acotados, ayuda a la coordinación ojo-mano y a otras habilidades.
  • Puedes acceder a cualquier tipo de educación en línea.
  • ¿Qué otros beneficios traen las pantallas y el internet a tu vida?:





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