El jardín del mar

porSophie Goldberg

10 minutos

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Efraim se sostuvo del alambrado que cercaba el campo. Los nudillos oscuros por la sangre deshidratada en su piel. Los inacabables meses en aquel lugar se le habían agolpado esa tarde con un agotamiento que le impedía llegar hasta su barraca. Tormento. Incertidumbre. Zozobra. Ésos eran los aires que soplaban cada mañana y cada noche entre los maderos putrefactos que a duras penas sostenían en pie las casuchas. Efraim y su delgadez se deslizaban rozando todo el cuerpo contra el cemento de la barda que lo hacinaba, que lo clasificaba, que lo segregaba, que lo degradaba, que le quitaba su libertad.

Vio al guardia que hacía su recorrido con paso firme y con las manos entrelazadas en la espalda sujetando una macana. El hombre se detuvo en seco; con el ceño retorcido lo miró como preguntándole qué hacía fuera de su cobertizo. Como todos los días, a la misma hora, la estrepitosa sirena había sonado. Las luces se apagarían en breve y ninguno de los prisioneros podía estar fuera de su hedionda litera. El dolor de abdomen lo obligó a buscar apoyo. Un golpe en la alambrada, justo a la altura de aquellas manos atormentadas, hizo que cayera al suelo.

Cuando parecía haber recuperado el conocimiento, entreabrió los ojos; se encontraba rodeado de sus compañeros que lo miraban murmurando entre sí. La fiebre lo hacía desvariar. Entre sueños se veía en casa, en Varna, con Sofía, con sus dos pequeños. Los llamaba con las cenizas de voz que salían de su garganta: “Alberto… hijo, Salomón, Alberto”. Los ojos clavados en el techo despellejado por la humedad. Nombres que no cesaban de ser pronunciados, con dificultad, con la nuca ardiendo, con la frente ardiendo, entre sudor y delirio.

Imágenes de sus paseos antes de la guerra por Morska Gradina, el Jardín del Mar, llenaban sus pupilas perdidas. En alucinaciones, creía ver desde el aire los noventa mil metros cuadrados de flores, plantas y árboles de este gran parque que va bordeando el mar Negro. Creyó haberse salido de su cuerpo en un desdoblamiento que lo llevó hasta allá. Se vio diciéndole a su Sofía lo que toda persona que vivía en Varna comentaba: que ese jardín era el orgullo de los Balcanes. Imaginó también la expresión de su mujer cada vez que él le contaba cómo la apariencia del parque había ido cambiando por épocas, y cómo el sultán otomano ordenó con firmeza que se hiciera un jardín en las afueras de la ciudad. “Seguramente para que las odaliscas se pasearan por ahí”, le había dicho su esposa la primera vez que él le relató la historia. La pareja admiraba este lugar desde que eran novios. Era peculiar que cada vez que estaban frente a aquellos magníficos paisajes, él comentaba lo mismo: “Qué espléndida creación la de Anton Novak. Sabes, Sofía, él es el mismo arquitecto que diseñó los jardines del Palacio de Schönbrunn y del Belvedere, en Viena”. Ella ya lo sabía, no era la primera vez que su marido se lo contaba, pero disfrutaba al ver su orgullo cuando lo decía.

Siguieron las altas temperaturas, y con ellas los ensueños. Se iba lejos, muy lejos del campo de trabajo donde se encontraba enfermo. Él, tomado de la mano de su esposa, recorriendo sin prisa aquel pasadizo central que exhibe monumentos de prominentes búlgaros; ella, con un cinturón que marca las curvas de su cuerpo, y sus hijos correteando y escondiéndose entre árboles y plantas ornamentales que en la antigüedad fueron llevados del Mediterráneo para plantarse ahí. Fuentes que mecen chorros de agua de un lado a otro; un lago en cuya orilla se sientan los enamorados a contemplar su reflejo, y los niños que echan al infinito sus barcos de papel. Caminos interminables en los que se mezclan el aroma del mar y el de la vegetación. Todo esto ofrecía el Jardín del Mar, todo en vívidas imágenes que navegaban en la imaginación de aquella mente en desvarío.

Pero su sitio predilecto dentro del parque era El Puente de los Deseos. Sofía, crédula como muchas de sus amigas, pensaba que cruzar el puente con los ojos cerrados y caminando hacia atrás haría de sus anhelos una realidad. En pareja lo recorrían cada vez que visitaban el Morska Gradina. Efraim recordaba a su esposa con ese vestido, con ese cinturón ceñido, con esa piel color de aceituna, con esos labios delineados de rojo, esos que había besado tantas veces. Nuevamente delirios y sueños. Contorsiones del cuerpo en un intento más por alcanzar a su musa. El pecho que arde. La banca de aquel parque pintada de verde olivo en la que se sentaban todos los domingos. Él, pasando su brazo por su espalda; ella, con la sonrisa de una niña ilusionada.

Sus lamentos se escucharon durante horas. Gemidos que parecían brotar del fondo de la tierra, de un pozo oscuro y turbulento. Las calenturas no cedían. Uno de los presos, David, era médico y sabía que de no controlar la hipertermia cuanto antes, el enfermo comenzaría a convulsionar. Desgarró con fuerza la delgada tela que servía de sábana en su catre. Tomó un jirón de aquel tejido impregnado de insomnio y salió a hurtadillas de la barraca para ponerlo en la nieve. Lo colocó en la frente de Efraim esperando que la temperatura cediera con la gélida humedad. Poco a poco, el tiritar de aquel cuerpo se iba serenando, y a pesar de haber fortalecido hombros, espalda y pecho a base de picar piedra, un metro cúbico diario, el mínimo exigido, en estos momentos poseía indefensos hilachos por piernas y brazos. Después de un rato David arropó un poco el pálido cuerpo de su vecino; volvió a tocarle la frente ahora más tibia. Los ojos cerrados del paciente se sumían en sus cuencas cadavéricas. La fiebre parecía haber aminorado, pero de todas formas David repitió la cura de la tela empapada de nieve. El único recurso, en realidad.

Efraim recobró lucidez por unos momentos. Se abrazó de David con fuerza, temiendo volver a hundirse en las tinieblas si lo soltaba; era lo único a lo que podía aferrarse. David lo estrechó de vuelta, se balancearon en un arrullo reconfortante. Cuando se soltaron, los brazos del enfermo conservaron por un instante el hueco del apretón ya vacío.

III

Envuelto en el hedor de su propio cuerpo cansado, hacía ya dos meses que León, un jovencito que había cruzado el letrero en que se lee la orden de “Halt” en la entrada del campo de trabajos forzados, no cesaba de cuestionarse cuándo volvería a casa. Aferrado a esa pregunta, a esa que carecía de respuesta, a esa que lo merodeaba noche tras noche, seguía adelante cada interminable, fatigado y adolorido día. A los demás prisioneros les pasaba lo mismo. Dentro del campo la idea de vivir cambiaba por la de mantenerse vivo, por la de resistirlo todo para algún día regresar a sus hogares en Burgas, Varna, Sofía o Plovdiv. Existía una invisible pero certera voluntad, aunque aún faltaran cientos de amaneceres para que eso sucediera.

Todo había comenzado con el concepto de cuánto la libertad y el derecho a existir de unos incomodaba a otros. En la psique de los arios no había cabida para los judíos, o los homosexuales, o los negros o los gitanos. De ahí que acechara un siniestro plan para acabar con todos ellos.

La primera humillación: los judíos habían sido despojados del privilegio de servir en el ejército como cualquier otro ciudadano. La pérdida de ese honor, bien entendido entre los hombres de la comunidad de Bulgaria, había herido su profundo orgullo patriota. No podían usar más el uniforme que habían portado para defender las fronteras de su amado país. Ahora vestían un áspero camisón y pantalones desgastados. Una banda amarilla en el brazo era el distintivo que gritaba que eran judíos. Era muy sencillo: ¿cómo permitir que un país amigo de Alemania tuviera soldados de raza semita en sus filas? Bulgaria se había convertido oficialmente en aliado de la Alemania nazi cuando se firmó en Viena el Pacto Tripartita, a pesar de que el rey Boris había logrado posponer la coalición durante meses.


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