Esperanza Iris

por Silvia Cherem

20 minutos

Comparte el capítulo en

ESPERANZA IRIS

Silvia Cherem  

0

UNO

El estruendo, en pleno vuelo, es un boom seco, una explosión ensordecedora que abre una ventana al cielo en la parte lateral de nuestro avión. El rugido nos arroja a un túnel dantesco, hace un boquete, desde allí penetran corrientes de aire helado que en su temible succión aspiran nuestros sueños, rezos, objetos preciados y los pendientes que creíamos impostergables. Todo nos es impuesto: la brusca sacudida, los golpes, el miedo agónico, las columnas de humo, el olor a pólvora quemada. También la tragedia, la incredulidad. El temible ventarrón, a cielo abierto, se ensaña. Esa nata ajada color sepia agita todo lo que encuentra a su paso, inclusive nuestra respiración.

¿Compramos un boleto a la muerte? ¡Auxilio, auxilio, nos venimos abajo! Sentadas en la segunda fila, del lado izquierdo, Kathy y yo presenciamos el instante en que se abrió el boquete sobre la cabina del equipaje y constatamos la desesperación con la que el capitán de la nave implora ayuda a los controladores del tráfico aéreo en la torre de control. Las ventanillas están rotas, los instrumentos de navegación indican que descendemos. ¡Despejen la pista! ¿Me oyen? Es urgente, necesitamos regresar. ¿Alguien me escucha? Una y otra vez alarga las vocales, separa las sílabas con impotencia. ¡Socorro, peligro! Es su última comunicación con tierra.

Todo vuela hacia el frente de la aeronave, devastadas y vulnerables se enmarañan nuestras pertenencias: bolsos, papeles, platos, utensilios, camisas, zapatos, abrigos, diarios, libros, fotografías, incluso la muñeca de Kathy, descabezada y cubierta de tizne. Las astillas de lo que se destroza se clavan por doquier. Nuestros gritos son sordos alaridos, somos despojos al borde del abismo. Siento un cuchillazo en mi tobillo, me cimbra un golpe en el alma. ¿Vamos a morir, mamá?, mi niña tiembla entre sollozos. Su voz se agota entre el clamor y los rezos de todos los pasajeros.

La cabina está saturada de humo negro, contemplo horrorizada el final del túnel. Me acobarda el silencio. Abrazo a Kathy, la cobijo con elevadas dosis de adrenalina y miedo. La muerte ronda, vomita su carga criminal, nos muerde y araña. Somos un vacío en su cavidad oscura. Somos un torrente de sueños, vidas y edades disímbolas sobrevolando el fin de los tiempos.

Perdóname, Albert, perdóname, te lo imploro. Es mi culpa, mi culpa, tenías razón. Te ruego que me perdones. Todo sucede en cámara rápida, en mi mente se traslapan las escenas sin orden ni sentido. Lo extraño, lo memorable y lo insólito, la lejanía, todos los ayeres se entrelazan, se funden en formas caprichosas, se tropiezan con las piedras de mi inconsciente hilvanando razones con el acento del miedo.

¿Vamos a morirnos?, insiste Kathy, adheridos sus sollozos a los míos. Desde el ángulo de mi asiento, a través de las densas humaredas puedo visualizar el tremendo hoyo en el frente lateral del avión, donde se encuentra el compartimento del equipaje. Es bastante más grande que la puerta de emergencia. Ni una maleta, ni un solo baúl está completo. Alcanzo a ver el de Kathy, pequeñito y rojo, parece un neumático viejo quemado en zona de guerra. No hay rastro de los vestiditos que empacó para el viaje, tampoco de sus trajes de baño, sus cuentos y las coquetas bolsas que se esmeró en combinar con listones para el pelo. Todo está fundido en una masa irreconocible de cenizas y chatarra.

El viento aúlla, clama, succiona. No hay duda, somos almas desterradas. Sombras perdidas, torturadas, deambulando en el agujero del caos.

Cada instante cuenta…

DOS

Me dijiste: reinita amada, siempre estaré para mimarte. Y luego: no tardo. Pero pasa la noche y pasa el día sin que aparezcas y, cuando vuelves, tus disculpas resultan insuficientes para acallar lo que mi corazón dicta. ¿Crees que no me doy cuenta? Hinchas tu ego con mi fama, maquillas tu reputación con mi nombre y experiencia.

Santísima Virgen, ayúdame, la angustia me trepa hasta la garganta. Por qué me tiendo trampas, Paco, por qué construyo alambradas de espinas, por qué me convierto en esa fierecilla tonta que te hostiga y cansa, que contamina nuestra relación con palabras de encono. Sé que eres un buen hombre, prometo portarme bien, no quisiera mortificarte con sermones o barruntos, pero no puedo controlarme. No olvido ni por un minuto cuánto te amo, cuánto agradezco que hayas sorbido mi desaliento con tus besos cuando mi vida parecía haber terminado, cuando perdí la razón, cuando mi corazón estaba sin fuerza, cuando me sepultaban las tristezas. En todo momento le pido a Dios Padre, mi Pacotes, que no lastime más mi espíritu, que no me desampare, que me ayude a cambiar para serenarme y ser feliz a tu lado; pero, sabes, cuando tú no estás, mis voces me enloquecen, se ensañan, van, vienen, rondan obstinadas, me acechan como un insaciable verdugo capaz de extraer sangre de cada una de mis lágrimas secas.

Mi pensamiento me taladra: Te lo advirtieron, no quisiste creerlo, esa negra cabeza de jíbaro te traerá suerte en lo económico, también desgracia en lo sentimental. Una y otra vez se columpia: desgracias en lo sentimental. ¿Más desgracias? Créeme, Paco, intento imponerme. No creo en gatos negros, espejos rotos ni en los conjuros del infierno, pero nada somete tanta inquina. No hallo forma de doblegar su crueldad. Esa gritería husmea cada página de mi existencia, afila garras y dientes, desdeña mi pasado glorioso: los teatros llenos, las ovaciones, los reconocimientos. Aprovecha la soledad para enquistarse en la jaula de mi mente. Insiste en que me sepultan la fama, los aplausos, los trofeos de la vanidad. ¿Quién no quiere ser inmortal? Consagré mi vida entera para edificar un templo del arte con mi nombre y mi busto tallados en piedra. Fui coronada emperatriz y reina.

¿Reina, Esperanza? ¡No te engañes!, no estás en el escenario. Temo al mañana: suerte en lo económico, aún más desgracias en lo sentimental. Virgen adorada, apiádate de mí, mi juicio me crucifica con su teatro de pesadillas. Soy su cruz, también los clavos. Todo irrita mis nervios. No hallo forma de serenar el martirio. Me torturan las palabras, me mortifican los vaivenes de mi conciencia, el torrente de angustias. Paco, mis crisis son por tu culpa, porque tus ausencias son cada vez más prolongadas, porque no te intereso, porque abusas de mí, porque cada día resulta más difícil ponernos de acuerdo.

¿Dónde estás, por qué no llegas? Me refugio en el televisor que me regalaste para que me acompañara en mis ratos de soledad. Para mi santo, en noviembre pasado, me trajiste no una ni dos televisiones Silvertone, ¡sino cuatro!, convenciste al distribuidor de Sears para que te los prestara. Para que mi reinita, mi amada Esperanza Iris, pueda escoger su televisor, el que más le guste. ¿Quién puede negarse a tu capacidad de seducción? Mientras te decides cuál quieres, reinita de mi corazón, te los voy a prender todos al mismo tiempo, grandes y chicos, de patas o en consola con molduras de madera y remates dorados. Encendiste los cuatro aquí en nuestra sala y con un eco disonante resonó la voz del locutor del Canal 4 anunciando mi cumpleaños. El de nuestra Esperanza Iris, la reeeeina de México. Así me sorprendiste. Amigos, familia y compañeros del teatro me felicitaron, constataron tu delicadeza para conmigo, tus detalles para consentirme, tu capacidad para mostrar a todos cuánto me quieres.

La transmisión es un caos de nieve e interferencia en blanco y negro. No tolero el ruido, quiero descansar, dejar de sufrir. Me dijiste que la televisión me serviría para quitarme de la cabeza los problemas, para no estar tan inquieta con tus negocios y con mis aprensiones, pero no funciona, rara vez sucede. ¡Cómo quisiera tener tu tranquilidad de espíritu! Esa capacidad para dejar los centavos como cosa secundaria, para caminar recto y sin turbaciones. Insisto una vez más. El Canal 2, La voz de América Latina desde México, no logra sintonizarse...


¡Gracias por leer a Silvia Cherem !

Leíste 20 minutos

¡Tiempo de hacer historia! Participa en nuestro sorteo

Todos los derechos reservados Penguin Random House Grupo Editorial

Aviso de privacidad