La conquista de México Tenochtitlan

porSofía Guadarrama Collado

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LA CONQUISTA DE MéXICO TENOCHTITLAN

Sofía Guadarrama Collado  

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La historia de México-Tenochtitlan puede dividirse en tres periodos.

En el primero, de 1240 a 1429, surge el imperio chichimeca, peregrinan las siete tribus nahuatlacas que llegan al Valle del Anáhuac, tiene lugar la sujeción de los mexicas al señorío tepaneca, así como su posterior liberación. Esto se aborda en las primeras dos entregas de la heptalogía Grandes Tlatoanis del Imperio: Tezozómoc, el tirano olvidado y Nezahualcóyotl, el despertar del coyote.

En el segundo periodo, que va de 1429 a 1502, se crea la Triple Alianza entre Texcoco, Tlacopan y México-Tenochtitlan, además, surge el imperio mexica, el cual logra un gran crecimiento y esplendor. Lo anterior se expone en la tercera y cuarta entregas de esta colección: Grandes Tlatoanis del Imperio 3. Somos mexicas y Grandes Tlatoanis del Imperio 4. Esplendor y terror.

El último periodo, 1502 y 1525, aborda la llegada de los españoles al Valle del Anáhuac y la caída del imperio mexica, lo cual está expuesto en los últimos tres tomos de la serie: Moctezuma Xocoyotzin, entre la espada y la cruz, Cuitláhuac, entre la viruela y la pólvora y Cuauhtémoc, el ocaso del imperio.

La presente edición conmemorativa, La Conquista de México Tenochtitlan. Versión de los mexicas, es una recopilación de las últimas tres entregas de la heptalogía Grandes Tlatoanis del Imperio.

LA CASTELLANIZACIÓN DEL NÁHUATL

En el náhuatl prehispánico no existían los sonidos correspondientes a las letras b, d, f, j, ñ, r, v, ll y x. Y los sonidos que más han generado confusión son los de la ll, pues las palabras como calpulli, Tollan y calli no se pronunciaban como suena en llanto, sino como en lento; y el de la x, que siempre se pronunció sh, como shampoo en inglés.

Escritura Pronunciación original Pronunciación actual México Meshíco Méjico Texcoco Teshcuco Tekscoco Xocoyotzin Shocoyotzin Jocoyotzin

El uso excesivo de la x en el náhuatl tiene una explicación muy simple. En el castellano antiguo no existía el sonido sh, por tanto, al escribir en náhuatl, los españoles utilizaron la x como comodín. Asimismo, aunque en 1492 Antonio de Nebrija ya había publicado La gramática castellana, el primer compendio de usos gramaticales en lengua española, ésta no tuvo mucha difusión, por lo que la gente continuaba escribiendo como consideraba correcto.

La ortografía difería en el uso de algunas letras: f en lugar de h, como fecho en lugar de hecho; v en vez de u (avnque); n por m (también); g en lugar de j (mugeres); b por u (çibdad); ll en lugar de l (mill); y por i (yglesia); q en vez de c (qual); x por j (traxo, abaxo, caxa); por último, x por s (máxcara).

Debido a lo anterior —y para darle a la lectura de esta obra una fonética semejante a la original—, el lector encontrará palabras en náhuatl con sh y una sola l (que comúnmente se escriben con x y ll), como en Meshíco y Tólan.

Asimismo, se han eliminado —y en algunos casos, cambiado— las tildes que han castellanizado la pronunciación de algunas palabras, por ejemplo, México-Tenochtitlán por Meshíco Tenochtítlan. En casos como Tonátiuh, cuya sílaba tónica recae en la u en castellano, se agregó tilde para recalcar la pronunciación en náhuatl.

En náhuatl todas las palabras son graves, pues siempre se acentúa la penúltima sílaba, así pues, Ishtlilshóchitl, Cuauhtémoc, Coatépetl, Popocatépetl, entre otras, mantienen la tilde. Cabe aclarar que el sonido de tl al final de la palabra no equivale a t o l, sino a kh (sin sonidos vocales ka o ke), por tanto, se pronunciaran náhuakh, Ishtlilshóchikh, Coatépekh, Popocatépekh.

Finalmente, se debe tener en cuenta que en el náhuatl actual, la pronunciación varía dependiendo de la zona geográfica.

20 DE MARZO DE 1520

A las cuatro de la mañana, como han sido todas tus madrugadas desde que eras niño, abres los ojos, Motecuzoma Shocoyotzin, y te dispones a cumplir con tus obligaciones. Pero ahora ves el techo de tu habitación, inhalas y exhalas profunda y lentamente. Los vuelves a cerrar y esperas que al abrirlos todo sea como antes. Pero ese antes ya se encuentra muy lejano.

Cuando eras un niño te levantabas, aunque fatigado, apurado para eludir el regaño de tu padre. Los años que estuviste en el Calmécac (escuela para los pipiltin) y los que fuiste soldado, capitán, sacerdote y tlatoani fueron estrictamente iguales. Ahora sólo permaneces acostado hasta que sale la luz del sol. Te acomodas del lado izquierdo y cuando te cansas, te acuestas bocarriba. Piensas en la desgracia de tu pueblo. Te acomodas del lado derecho. Se te duerme el brazo y harto por estar acostado, te sientas y observas la habitación casi vacía y descuidada.

En tu mente cruza una ráfaga de recuerdos. Lo que más te gustaba hacer era subir a la cima del Coatépetl (Templo Mayor) y observar el horizonte antes de que aparecieran los primeros rayos de sol. Cuando eras aún un escuincle solías gritar y correr alegre junto a tus hermanos; iban hacia los montes sagrados (templos). Competían por llegar primero a la cima. Tenían fuerza, juventud y muchas ganas de vivir. Y cuando algún sacerdote los encontraba jugando en los teocalis ustedes salían corriendo.

La vida era mirar el lago bajo el cobijo de la sombra de un árbol. Contemplabas con devoción los cuerpos bronceados de las niñas que jugaban cerca de las canoas. Era una flor de Tenochtítlan la que más te atormentaba. Hablaba sin cesar. Pero no contigo. Y cuando la tarde llegaba, abusabas del apuro de ella y la perseguías de lejos. Sin ser visto, rondabas por su casa y luego volvías a la tuya y recibías las reprimendas acostumbradas. Tenías juventud.

La juventud ya no está. Las noches de pasión se han desvanecido. La gloria se ha derrumbado. Las sonrisas se han diluido en tu recuerdo.

Te frotas las mejillas, los labios y la nariz. Inhalas con profundidad. Te sientes demolido. Ya no puedes ir a cantar y danzar a tu dios Huitzilopochtli. Extrañas el sonido de los teponashtles y las caracolas. Los muros del palacio de Ashayácatl son tan gruesos que no se escucha nada. Extrañas la ciudad, el aire libre, los campos, el lago, los teocalis; extrañas tu libertad, tu juventud, tus mujeres, el poder. Tú, el huey tlatoani de Meshíco Tenochtítlan y señor de trescientos setenta pueblos que se encuentran desde el mar del poniente hasta el oriente —cuarenta y cuatro de ellos conquistados por ti mismo—, Motecuzoma Shocoyotzin, te encuentras preso.

1

8 DE NOVIEMBRE DE 1519

Motecuzoma Shocoyotzin no sonríe al pasar, cargado en fastuosas andas, por la calzada de Iztapalapan, la cual los macehualtin1 comenzaron a barrer desde la madrugada y donde luego colocaron la majestuosa alfombra de algodón por la cual el tlatoani está transitando en este momento en compañía de Cacama, tecutli2 de Teshcuco; Totoquihuatzin, tecutli de Tlacopan3; Cuauhtláhuac4, tecutli de Iztapalapan; el joven Cuauhtémoc; e Itzcuauhtzin, señor de Tlatelolco; y más de doscientos pipiltin, que llevan sus cabelleras largas atadas sobre la coronilla con una cinta roja, todos descalzos, en silencio, sin mirar a nadie. Miles de hombres, mujeres, niños y ancianos —en la calzada, en las canoas, en las azoteas y en las calles— yacen arrodillados, con las frentes y manos tocando el piso, ya que está prohibido ver al huey tlatoani. Ya casi nadie recuerda su rostro, ése que muchos miraron apenas hace dieciséis años; los más jóvenes ni siquiera lo conocen.

Al final de la calzada se encuentran esos hombres de los que tanto se ha hablado en los últimos años, esos hombres barbados, cubiertos de atuendos que parecen de oro sucio y opaco. Es verdad que tienen venados tan grandes como las casas y que no huyen de la gente; entienden el idioma de los barbudos y obedecen; exhalan con tanta fuerza que parece que se tratara de un fuerte y breve chorro de agua de las cascadas. Sus pasos son ruidosos, como golpes de palos huecos. Vienen caminando hacia el huey tlatoani. Son cuatrocientos cincuenta hombres blancos y aproximadamente seis mil soldados tlashcaltecas, cholultecas, hueshotzincas y totonacas.

Se escucha un trueno, es un estruendo ensordecedor que espanta a los miles de macehualtin arrodillados; un estallido salido de una de las cerbatanas de fuego que traen los hombres barbados. Sólo Motecuzoma y los pipiltin (nobles) han visto asustados el humo y el fuego extendiéndose rápidamente, imposibilitando ver de lejos. La gente no se ha atrevido a levantar la cabeza. Aunque sólo unos cuantos meshícas han visto esos palos de fuego, como le llaman algunos, todos los demás saben que cuando se escucha el trueno alguien cae muerto con la cabeza o el pecho despedazados. Lo saben porque de eso se ha hablado en todos los pueblos y en todas las casas desde hace muchos días. Los barbudos se han apoderado de varios pueblos de las costas y otros tantos cerca de Meshíco Tenochtítlan, utilizando estas trompetas de fuego, como las nombran otros.

En cuanto Motecuzoma baja de sus andas, ayudado por Cacama, tecutli de Teshcuco y Totoquihuatzin, tecutli de Tlacopan, se advierten sus sandalias decoradas con teocuítlatl, (oro) y piedras preciosas, y unas correas que cruzan en forma de equis por sus pantorrillas. Cuatro miembros de la nobleza sostienen las cuatro patas del palio rojo, decorado con plumas verdes, oro, iztac teocuítlatl (plata), chalchihuites y perlas, que evita que al huey tlatoani lo incomoden los rayos del sol. Motecuzoma, Cacama y Totoquihuatzin tienen en sus cabezas las tiaras de oro y de pedrería que los distinguen como señores de la Triple Alianza, y visten exquisitos trajes de algodón anudados sobre el hombro izquierdo.

Los extranjeros bajan de sus grandes venados y caminan hacia el tlatoani. Hay mucho silencio. Se miran a los ojos con gran asombro. Motecuzoma, Cacama y Totoquihuatzin —cumpliendo con el saludo ceremonial— se arrodillan ante los hombres blancos, toman tierra con los dedos y se la llevan a los labios.

Un hombre que trae un cuchillo muy largo, fino y delgado, de un metal parecido a la plata, atado a la cintura, se quita el casco de metal, lo pone cerca de su pecho, sonríe, agacha la cabeza y comienza a hablar frente al huey tlatoani. Su lengua es incomprensible. Otro hombre habla segundos después, pero en lengua maya. Luego una niña, de aproximadamente quince años, que viene con los barbados, pero que no es como ellos, sino que tiene la cara y la piel como todas las que viven en Meshíco Tenochtítlan, tan hermosa como cualquier doncella, camina junto a los que vienen al frente; se acerca al huey tlatoani, sin mirarlo, se arrodilla, pone su frente y sus manos en el piso y pide permiso para hablar.

Motecuzoma ha sido muy bien informado en los últimos años. Sabe que al hombre que viene al mando del invencible ejército que llegó del mar, en todos los pueblos, le llaman Malinche (dueño de Malintzin5), y deduce que esa niña que camina junto a él es la niña Malina Tenépatl, esclava y lengua del señor de barbas largas.

—Mi tecutli Hernando Cortés, capitán de la tropa española enviada por el tlatoani Carlos de España —habla la niña Malina—, dice que se alegra mucho de que por fin puede ver a tan grande señor, y que se siente honrado de que usted le permita conocerlo. También le agradece todos los regalos que le ha enviado desde su llegada.

Malinche se aproxima con una confianza que hasta el momento nadie se ha permitido (Motecuzoma percibe un hedor desconocido) y extiende los brazos hacia el frente. «¿Qué está haciendo?», se preguntan rápidamente todos los miembros de la nobleza. «¿Cómo se atreve?». Cuauhtláhuac y Cacama se apresuran para interceptar al hombre blanco —y también se percatan de su mal olor—, lo toman de las manos y le dicen que está prohibido tocar al huey tlatoani. Los hombres que acompañan a Malinche se alteran y apuntan con sus cerbatanas de fuego. Se escuchan rumores. El tecutli6 Malinche alza las manos, da un paso hacia atrás y habla, pero no se le entiende. Entonces el otro hombre traduce a la lengua maya y la niña Malina, al náhuatl.

—Mi señor Hernando Cortés quiere hacerle un regalo. —La niña mira directamente a los ojos del huey tlatoani.

Motecuzoma voltea a ver a Cacama y a Totoquihuatzin.

—Niña —Cacama la regaña—, cada vez que te dirijas al huey tlatoani Motecuzoma debes hacerlo de esta manera: Tlatoani7, notlatocatzin, huey tlatoani: «Señor, señor mío, gran señor».

Con humildad la niña Malina agacha la cabeza y responde que así lo hará. El tecutli Malinche le pregunta qué le han dicho y ella le informa lo ocurrido. Entonces, él se arrodilla ante el huey tlatoani y todo su séquito lo imita.

—Señor, señor mío, gran señor —dice Malinche sin levantar la cabeza.

—Dile que ya se puede poner de pie —dice Motecuzoma a Malintzin, quien a su vez traduce en lengua maya al otro hombre, al que llaman Jeimo8, que conoce la lengua de los barbados.

En cuanto Malinche se pone de pie, se quita un collar de margaritas y diamantes de vidrio que trae puesto y se lo ofrece a Motecuzoma. Cuauhtláhuac y Cacama se disponen a detenerlo, pero en esta segunda ocasión, Motecuzoma les ordena que no intervengan. Malinche se acerca al tlatoani y le pone el collar.

—Tráiganle dos collares de regalo —dice en voz baja Motecuzoma, sin quitar la mirada del hombre blanco.

Minutos después, uno de los hombres de la nobleza se acerca con dos collares hechos de piezas de conchas rosadas y con unos pendientes de oro con forma de camarones. Se los entregan a Cacama, quien se prepara para entregarlos a Malinche.

—Espera —dice Motecuzoma muy sereno—. Yo se lo daré.

Cacama, Totoquihuatzin, Cuauhtláhuac y el resto de la nobleza no pueden creer que el huey tlatoani esté dispuesto a tener contacto con los extranjeros. Motecuzoma camina lentamente hacia Malinche y le pone el collar.

—Sean todos ustedes bienvenidos a esta su casa —dice Motecuzoma.

Cuauhtláhuac avanza al frente, se arrodilla, toca la tierra con los dedos y se lleva un poco a los labios. Se pone de pie y vuelve a su lugar. El acto lo repite cada uno de los miembros de la nobleza. Sólo se escuchan los ruidos que hacen los venados gigantes con sus hocicos y sus patas, el graznido de las aves acuáticas, el trino de los pajarillos, el arrullo de las tórtolas y el agua inquieta en el lago.

—Cuauhtláhuac, acompaña al tecutli Malinche —ordena Motecuzoma.

Aunque no está de acuerdo, Cuauhtláhuac agacha la cabeza y camina hacia Malinche, lo toma del brazo y espera a que Motecuzoma suba a sus andas. En cuanto comienzan a caminar, se escuchan los gruesos graznidos de las caracolas, el retumbo de los teponashtles, el silbido de las flautas y las sonajas. La gente, como en tiempos pasados, cuando Motecuzoma volvía victorioso de las guerras, les entrega girasoles, magnolias, flores de maíz tostado, flores de tabaco amarillas, flores de cacao. Cuelga en los cuellos de los hombres barbados collares de guirnaldas y adornos de oro. Muchos de los extranjeros se muestran a la defensiva ante los regalos de los macehualtin. Alzan sus armas y apuntan con sus arcos de metal. Meshíco Tenochtítlan, de quince kilómetros cuadrados, tiene doscientos mil habitantes. Todos observan curiosos —desde las azoteas, las canoas en los canales y las copas de los árboles— las armas extrañas de esos hombres, sus venados gigantes, sus barbas largas, sus trajes de plata opaca y sus perros llenos de pelo, pues los de estas tierras apenas si tienen pelambres en la frente y el pecho.

Adelante va un grueso contingente de danzantes. Los siguen los sacerdotes —con las orejas saturadas de heridas por el autosacrificio— que echan incienso hacia los lados; luego vienen los capitanes veteranos con sus trajes de águila y jaguar, y sus macahuitles9 y escudos en cada mano. Otros traen arcos y flechas. Después avanzan los venados gigantes, moviendo sus cabezas de izquierda a derecha, defecando al mismo tiempo que caminan. Una docena de hombres barbados detienen con sus correas a los perros, que ladran exaltados, olfatean, vuelven a ladrar, orinan y vuelven a ladrar.

La gente se pregunta qué significa lo que está dibujado en el estandarte que carga sobre los hombros uno de los extranjeros.

Siguen más venados gigantes y los niños ríen al escuchar las exhalaciones que suenan como chorros de agua. Los extranjeros cargan tantas cosas que parece que trajeran cascabeles de metal. Luego marchan decenas de hombres con más arcos de metal y cerbatanas de fuego.

Hasta el final entra el tecutli Malinche con los capitanes que lo protegen; cientos de guerreros —con sus atuendos de guerra, macahuitles, arcos, flechas, cerbatanas, lanzas y escudos— de Tlashcálan, Tepóztlan, Tliliuhquitépec, Hueshotzinco, Cempoala y Cholólan10. Cantan orgullosos porque han logrado entrar a la ciudad de Meshíco Tenochtítlan, un lugar que para algunos de ellos había estado prohibido por años.

A ellos, los tenoshcas no les dan muestras de bienvenida. La celebración se extingue rápidamente. Cuauhtláhuac los guía hasta un muro de piedra gruesa, con pilares que resguardan el palacio de Ashayácatl, conocido por todos como Las Casas Viejas —ubicado en el lado oeste del recinto sagrado y construido por el abuelo de Motecuzoma Shocoyotzin, el tlatoani Motecuzoma Ilhuicamina, cincuenta años atrás, y remodelado por su padre, el tlatoani Ashayácatl—. En la parte del centro tiene dos pisos y cuatro construcciones exteriores de uno.

—Aquí es. —Cuauhtláhuac señala la entrada del palacio de Ashayácatl.

Pero Malinche no le pone atención. Está impresionado con el majestuoso teocali que se ve al fondo. Aunque está bastante lejos, resalta sobre los demás edificios.

—Es el Coatépetl, el Monte Sagrado —explica la niña Malina—. Está dedicado a Huitzilopochtli, dios de la guerra, y a Tláloc, dios del agua.

Malinche quiere ir a ver el edificio que vio desde que estaba a punto de entrar a la ciudad. Entonces, la niña Malina le expresa a Cuauhtláhuac los deseos de su dueño.

—Motecuzoma los está esperando —dice Cuauhtláhuac, ignorando lo que acaba de escuchar.

Al entrar, Malinche y sus hombres cruzan un amplio patio hasta llegar a la sala principal donde ya se encuentran Motecuzoma y el resto de la nobleza.

—Siéntate aquí —el tlatoani toma a Malinche de la mano y lo guía hasta el asiento real.

Todos los miembros de la nobleza están asombrados al ver lo que hace el huey tlatoani.

—Ésta es tu casa —dice Motecuzoma mirándolo directamente a los ojos—, come y descansa. Este palacio puede albergar a más de doscientos hombres. He dado instrucciones para que los miembros de la nobleza los atiendan como se merecen. Volveré después para hablar contigo. —Sale, para dirigirse a su palacio.


1 Macehualtin es el plural de macehualli y significa «plebeyo, siervo, peón».

2 Tecutli quiere decir «señor, gobernante».

3 Actualmente Tacuba.

4 Cuauhtláhuac o «Águila sobre el agua» era el nombre real de Cuitláhuac, pero Malintzin al traducirlo a los españoles cambió su pronunciación.

5 Sobre el significado de Malintzin hay muchas versiones. Una de ellas dice que fue bautizada como Marina, pero como en náhuatl no existía la letra r, pronunciaban el nombre como Malina, por lo que al agregarle la terminación -tzin, que en náhuatl es un sufijo que indica respeto o cariño, se le llamaba Malintzin. Otra versión cuenta que Malinalli era su nombre en náhuatl, que significa «hierba seca», y que simplemente se le llamaba Malintzin en forma de respeto. Otra más cuenta que Mali en náhuatl significa «cautivo», que unido a -tzin, Malintzin, era «venerable cautiva». Una más asegura que deriva de Malinalli, nombre del decimosegundo día del mes mexica, y que por ser nombre propio, se podían suprimir las últimas dos letras, li, quedando como Malinal.

6 Los españoles confundieron la palabra tecutli —que significa «señor», y en cuya fonética el sonido de cu casi no se escuchaba o no se entendía para el oído castellano, sonando como u— con la palabra teul. Al preguntar por el significado de la palabra teul, los mexicas que les dieron la traducción creyeron que se trataba de teotl, que designa a un dios. Entonces los conquistadores creyeron que los nativos los habían confundido con dioses y escribieron en sus crónicas que los llamaban teules, lo cual es completamente falso, pues cuando ellos llegaron Motecuzoma y todos los mexicas ya sabían que no eran dioses.

7 Tlatoani quiere decir «el que sabe hablar».

8 Jerónimo de Aguilar.<


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