¡Primera caída! (El enmascarado de terciopelo 1)

por Diego Mejía Eguiluz

5 minutos

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Fragmento

Buenas noches, amigos aficionados, bienvenidos a una función más de lucha libre en vivo desde la arena Tres Caídas. La Asociación de Lucha Independiente presenta esta función que llega a ustedes a través de Gladiatores Radio y Video. Mi nombre no importa, ustedes me conocen como Alvin, y estoy aquí con mi compañero Landrú para llevarles los pormenores de esta función, que seguramente será de su agrado. Y como bien dicen: “Time is Money”, vámonos a las acciones. Está por iniciar el primer combate de la velada: mano a mano entre dos novatos con hambre de triunfo: en la esquina técnica aparece el Tiburón Blanco, mientras que por el bando rudo hace su debut el Conde Alexander, quien tiene prisa por demostrar de qué está hecho, porque no esperó a que terminara el anuncio de la contienda y ya se abalanza sobre un distraído Tiburón, al que ni siquiera da chance de quitarse la capa. Uno, dos, tres estrellones contra los esquineros; ahora lo toma del brazo y lo azota con un látigo irlandés. Se incorpora el Tiburón pero es recibido con patadas voladoras...

Sí, no se equivocan, esos son los famosos Landrú y Alvin; ellos narraron mi primera lucha. Y déjenme decirles que esa noche la gente en la arena estaba enardecida. No sabían qué esperar cuando me vieron anunciado en el programa, pero mi estilo les pareció en extremo salvaje, como si quisiera dejar en claro que no había mayor rudo que yo. ¿Qué? Okey, okey, no interrumpo más, sigan viendo el video..

Viene la plancha desde la tercera cuerda... ¡Se quitó a tiempo el Tiburón y ahora él aprovecha que el Conde está en malas condiciones! Pero observen qué cinismo tiene este rudo, se niega a pedir clemencia y contesta con una serie de raquetazos al pecho de su rival. Ahora van al juego de cuerdas... patadas de jabalina por parte del Tiburón, que se incorpora y enreda las piernas del Conde, que luce muy aterciopelado con esa máscara; ahora el escualo jala de los brazos; aquí está una de las llaves de lujo, la tapatía. El réferi pregunta... dice que no, dice que no... ¡se rindió! La victoria esta noche es para el Tiburón Blanco, pero hay que reconocer el esfuerzo del Conde Alexander, quien pudo haber salido con el brazo en alto, pero fue tal su deseo de demostrar sus rudezas que no supo acabar a tiempo con su rival.

Ya sé que no es lo mejor empezar con una derrota, pero no todo fue malo. Al promotor le gustó mi trabajo y siguió programándome en sus funciones. Y las victorias no tardaron en llegar...

Bien rudo, bien rudo, pero cuando era chiquito...

—¡¿Otra vez?! ¿Y ahora por qué las lágrimas?

—Pero, papá...

—Nada de peros, hijo, los niños no lloran; debemos ser fuertes.

—Pero es que me da tristeza...

—Nunca demuestres tus emociones, eso es para débiles. Además, no sé por qué siempre lloras con esa película.

—Pero es que ese animalito...

—Nada, nada.

—Ya déjalo en paz, no todos son unos insensibles como tú —esa es mi tía, que de repente iba a visitarnos.

—¿Te vas a poner en mi contra? Vas a convertirlo en un blandengue.

—Pero, papáaaaaa...

Y aquel era un domingo cualquiera en mi casa. A mi papá le encantaba poner películas tristes en la tele, pero me regañaba si lloraba en los momentos más conmovedores. Decía que lo hacía por mi bien, para fortalecer mi carácter, pero yo no veía nada malo en llorar con escenas así. Mi tía siempre estuvo de acuerdo con que dejara salir mis emociones, y se la pasaba discutiendo con mi papá. ¿Mi mamá?, pues ella trataba de no meterse en líos y le daba la razón a mi papá, aunque por las noches me llevaba pañuelos por si acaso.


Pero no me he presentado. Bueno, tal vez hayan escuchado de mí, además de que ya vieron el video, pero es de buena educación. Soy el famosísimo Enmascarado de Terciopelo o, en corto, el Conde Alexander. ¿Ya lo sabían? ¿Qué me delató? ¿Mis enormes músculos? ¿Cómo? Ah, perdón, es que a veces se me olvida quitarme la máscara. Estoy súper acostumbrado a usarla. ¿Un autógrafo? Seguro. Pero antes tienen que saber cómo me convertí en el azote de los encordados y por qué ahora estoy metido hasta el cuello en un encontronazo con...

1


UN NIÑO TAN BONITO COMO CUALQUIERA 

Mi nombre de batalla y el diseño de mi máscara se remontan al principio de los tiempos, o sea cuando era niño (y por favor, no empiecen con los gritos de “uy, ya llovió”, apenas tengo veintiún años). En aquellos entonces odiaba que los maestros me dejaran de tarea escribir una composición sobre “qué quiero ser de grande”. ¿A qué sádico se le ocurre pedir eso a una pobre criatura de ocho años? Los niños quieren ser todo: bomberos, astronautas, doctores, directoras de orquesta, luchadores... ¡Y sí pueden! Para empezar, para eso juegan, ¿no? ¿O a poco no les gusta jugar a que son grandes y tienen trabajos muy sofisticados?

Aunque no quisiera, tenía que hacer la tarea, no había de otra. Y es que yo tenía la mala suerte de que mi tía era una de las maestras de mi escuela. ¿Se imaginan? No sólo me tenía vigilado en las mañanas, sino que muchas veces iba a comer a mi casa para visitar a su hermana (mi mamá, pues). Reconozco que nunca fue de chismosa con mi familia, pero me echaba unas miradas tipo “sé que no has hecho la tarea”, de esas miradas de pistola, así que mejor me iba a mi cuarto. Pero eso tuvo sus ventajas: siempre saqué buenas calificaciones, y así no me tenían estudiando horas extra en las vacaciones.

Yo habré tenido unos ocho años cuando se me ocurrió poner en una de esas tareas que de grande quería ser un famosísimo cantante y dar conciertos donde la gente se emocionara, bailara y aplaudiera mucho. En aquella época estaba de moda una canción que se llamaba “Lentito, por favor”. No había lugar donde no la escucharas: radio, televisión, hasta en películas. Era uno de los videos más vistos en las redes, imposible no conocerla, y a fuerza de tanto escucharla, pues se nos pegaba a todos y ahí estábamos, repitiéndola a cada ratito. La única razón por la que no la bailamos en el festival del Día de las Madres fue porque la canción se puso de moda en septiembre. Comprenderán, entonces, por qué escribí que quería ser cantante.

No sé si a mi maestra le gustó mi composición, o si se estaba desquitando de algo que hice (esto último lo veo improbable, era un niño encantador), pero me hizo leerla delante de todos. Hasta ahí todo iba bien, no era la primera vez que alguno de nosotros pasaba al frente para leer su tarea. Lo malo fue cuando una de las niñas me pidió que cantara algo, y a los demás se les hizo una buena idea y empezaron a gritar: “Que cante, que cante...”. Por supuesto elegí “Lentito, por favor”, y hasta hice los pasos de baile del video. ¡Ay, no saben qué desastre fue eso! Creo que las palabras que más usó la maestra fueron “desafinado, horror, apocalipsis, falta mucho para la jubilación”. En el salón, nadie dejaba de reírse, y hubo dos niños que se quedaron sordos unos diez minutos. El director tuvo que ir al salón a callarnos. Menos mal que en la escuela no permitían los celulares y nadie pudo grabarme. De seguro hubiera sido trending topic, o mínimo algo viral por diez minutos.

Pero yo no iba a dejar que eso me desanimara, de verdad me gustaba cantar y bailar, así que cuando llegué a la casa, les comuniqué mi decisión a mis papás. A ellos no les pareció una mala idea y hasta me pidieron que cantara algo. Yo lo hice fascinado, y un minuto después una vecina llamó por teléfono a la policía para reportar que estaban matando a alguien en el departamento de al lado. Después de convencer a los oficiales de que no torturábamos a nadie en la casa, mi papá me prohibió volver a cantar. Mi mamá hubiera querido apoyarme, pero terminó con un dolor de cabeza terrible y se fue a su cuarto a descansar.


—Miren, ahí va el ídolo.

—¿Te sabes otra además de “Lentito, por favor”?

—Sí, me sé muchas.

—¿Cuándo sacas tu disco?

—No sé, apenas voy a empezar mi carrera. Quiero pedirles a mis papás que me inscriban en una escuela de canto.

—No lo necesitas, tienes talento natural.

Imaginan bien. Muchos en la escuela empezaron a hacerme burla (menos mal que ninguno era mi vecino y no supieron lo de la policía). En el recreo se me acercaban para pedirme autógrafos, y al principio yo se los daba encantado; después me di cuenta de que no me los pedían en serio. Yo creo que eso duró unas dos semanas. Afortunadamente mis compañeros se aburrían rápido, y después encontraron otras cosas de las cuales mofarse. No digo que esté bien burlarse de los demás, pero al menos ya no era de mí. Sólo hubo un niño que siguió dando lata con lo del canto. No les voy a decir su nombre, confórmense con que me refiera a él como el Pecas.

El Pecas era el típico niño que se hacía el gracioso en las clases y se burlaba de todo el mundo. Lo peor era que sus comentarios a veces sí eran chistosos y eso contagiaba a los demás, que preferían seguirle el juego antes de que los molestara a ellos. Como no era mal estudiante (regularsón, la verdad), los maestros lo toleraban, aunque sí lo regañaron más de una vez.

Mi relación con él siempre fue difícil. Nos conocimos en segundo de primaria. Él había llegado a mitad de curso, pues la escuela donde estudiaba se quemó. Según esto había sido un accidente de unos alumnos de preparatoria en un laboratorio, pero muchos sospechábamos que el Pecas había estado involucrado. La maestra tuvo la genial idea de sentarnos juntos, y ese ha sido uno de los momentos cumbre en la historia de los desastres de la humanidad. Yo trataba de concentrarme en las clases, pero el Pecas era muy insistente con sus bromas, así que un día hablé con la maestra para pedirle que me cambiara de lugar y la profesora, en lugar de guardar el secreto (¿dónde quedó la confidencialidad alumno-maestro, eh?), le dijo al Pecas que por favor me dejara tranquilo. Digamos que ese fue mi primer strike con él.

El segundo fue cuando le compartí de mi sándwich un viernes, en el recreo. No, leyeron bien, yo le compartí de mi sándwich. Siempre me enseñaron a no ser egoísta, pero al parecer al Pecas no le gustó que mi mamá usara las sobras de la cena para hacerme un sándwich de germinado de alfalfa con nopales, espinacas y humus. Según él, le dio diarrea todo el fin de semana.

Pero la gota que derramó el vaso fue cuando tuvimos examen sorpresa de Matemáticas. Pobre Pecas, entiendo que se pusiera nervioso; todos lo estábamos, pero no es mi culpa que él hablara tan quedito. Después de lo que, al parecer, fue media hora, el Pecas logró llamar mi atención (con un pellizco, el muy salvaje).

—Pásame la tres —no sé cómo le hice para leer sus labios.

Qué lástima que no tuviera la capacidad de hablar tan quedito como él.

—Yo tampoco me la sé.

Todo el salón, maestra incluida, me escuchó.

—Pues para la próxima hagan su tarea, jovencitos. Y para este examen tienen dos puntos menos.

A mí no me afectó tanto, saqué ocho así que bajó a seis. Pero el Pecas había sacado cuatro, y con el castigo, pues ya se imaginarán su calificación.

¡Strike tres! Ya tengo un mejor enemigo.

Para que el Pecas ya no me molestara, me olvidé de la idea del canto, pero no por eso iba a dejar de ser un gran artista, y les dije a mis papás que quería aprender a tocar un instrumento. Mi padre refunfuñó un poco, pero accedió a llevarme a una tienda de música e intentó convencerme de que escogiera una batería, o una guitarra eléctrica, y me enseñó varios pósters de músicos que se veían bien rudos mientras tocaban sus instrumentos, pero a mí no me atraían. Yo quería tocar algo diferente. Y en cuanto vi en un rincón de la tienda esa arpa, supe que era lo que quería aprender. Hubieran visto el coraje que hizo mi papá; ni le entendí qué tanto ...


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