El gran gigante bonachón

por Roald Dahl

3 minutos

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 Alguien le había asegurado una vez que la hora mágica era un momento muy especial, en plena noche, cuando todos estaban sumidos en el más profundo de los sueños. Entonces, todas las cosas misteriosas salían de sus escondrijos y se adueñaban del mundo. El rayo de luna se hizo todavía más brillante. Sofía decidió levantarse y cerrar mejor las cortinas. Las niñas eran castigadas si las encontraban fuera de la cama después que se apagaban las luces. Ni siquiera se aceptaba como excusa que necesitaran ir al lavabo. Pero no la vería nadie. Sofía estaba segura de ello. Alargó la mano para tomar las gafas que había dejado sobre la mesita que de noche. Eran de montura metálica y cristales muy gruesos; la pobrecilla no veía casi nada sin ellas. Se las puso, bajó de la cama y, de puntillas, se acercó a la ventana. Una vez junto a las cortinas, Sofía vaciló.Ansiaba agacharse y asomar la cabeza por debajo de ellas, para ver cómo era el mundo en la hora mágica. Volvió a aguzar el oído. Por todas partes reinaba un silencio absoluto. El deseo de mirar fuera se hizo tan intenso, que la niña no lo pudo resistir. Rápidamente introdujo la cabeza por debajo de las cortinas y atisbó por la ventana. A la plateada luz de la luna, la calle del pueblo que tan bien conocía resultaba totalmente distinta. Las casas parecían torcidas, inclinadas, como las de los cuentos.Todo se veía pálido, espectral y lechoso. 1Enfrente distinguió la tienda de la señora Rance, donde hacían botones y lanas y cintas de goma. Ahora tampoco parecía real. Un aire igualmente misterioso la envolvía. Sofía se atrevió a mirar calle abajo. Y, de pronto, sintió un escalofrío. Alguien se acercaba por la otra acera. Algo negro... Algo negro y alto... Algo muy negro y muy alto y muy delgado.  Alguien le había asegurado una vez que la hora mágica era un momento muy especial, en plena noche, cuando todos estaban sumidos en el más profundo de los sueños. Entonces, todas las cosas misteriosas salían de sus escondrijos y se adueñaban del mundo. El rayo de luna se hizo todavía más brillante. Sofía decidió levantarse y cerrar mejor las cortinas. Las niñas eran castigadas si las encontraban fuera de la cama después que se apagaban las luces. Ni siquiera se aceptaba como excusa que necesitaran ir al lavabo. Pero no la vería nadie. Sofía estaba segura de ello. Alargó la mano para tomar las gafas que había dejado sobre la mesita que de noche. Eran de montura metálica y cristales muy gruesos; la pobrecilla no veía casi nada sin ellas. Se las puso, bajó de la cama y, de puntillas, se acercó a la ventana. Una vez junto a las cortinas, Sofía vaciló.Ansiaba agacharse y asomar la cabeza por debajo de ellas, para ver cómo era el mundo en la hora mágica. Volvió a aguzar el oído. Por todas partes reinaba un silencio absoluto. El deseo de mirar fuera se hizo tan intenso, que la niña no lo pudo resistir. Rápidamente introdujo la cabeza por debajo de las cortinas y atisbó por la ventana. A la plateada luz de la luna, la calle del pueblo que tan bien conocía resultaba totalmente distinta. Las casas parecían torcidas, inclinadas, como las de los cuentos.Todo se veía pálido, espectral y lechoso.  Enfrente distinguió la tienda de la señora Rance, donde hacían botones y lanas y cintas de goma. Ahora tampoco parecía real. Un aire igualmente misterioso la envolvía. Sofía se atrevió a mirar calle abajo. Y, de pronto, sintió un escalofrío. Alguien se acercaba por la otra acera. Algo negro... Algo negro y alto... Algo muy negro y muy alto y muy delgado


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