Tú no matarás

por Julia Navarro

10 minutos

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1

Madrid, mayo de 1941

El sonido de las campanas sofocaba las voces que llegaban desde la arboleda. Reconoció su voz. Sí, estaba seguro. Era la del americano. ¿Con quién estaba? Sin duda con alguna mujer: a aquella hora y en aquel lugar y después de un buen rato de fiesta…, como en otras ocasiones él mismo se había refugiado bajo los árboles buscando intimidad para poder deslizar la mano sobre el cuerpo de alguna muchacha. Esta vez no. Ahora buscaba la soledad para vomitar. Había bebido demasiado. Le costaba caminar y el vino le subía desde el estómago hasta la boca presionando para ser expulsado.

Se recostó en un árbol. Estaba demasiado mareado para seguir caminando y se dejó caer. Escuchó al americano hablar más alto de lo normal y le pareció ver a alguien ocultándose entre los árboles cercanos.

La cabeza le daba vueltas. Vació el estómago y creyó sentirse mejor así, de manera que se puso de nuevo en pie y se aproximó cauteloso. No quería resultar indiscreto.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

—¿Fernando? —respondió una voz.

El tono apremiante le alarmó. Se acercó tambaleándose y encendió una cerilla que rasgó las sombras de aquel rincón sombrío.

El americano sujetaba entre sus brazos el cuerpo de Catalina. Con una mano le sostenía la cabeza y con la otra le estiraba de la falda intentando tapar sus piernas desnudas.

Ella estaba diciendo algo, pero no alcanzaba a entender sus palabras. Se sujetó al tronco de un árbol observando con atención la escena. Sí, el americano tenía entre sus brazos a Catalina; junto a ellos, en el suelo, las medias…

—¿Qué le has hecho? —preguntó Fernando alarmado.

—Nada…

Se agachó y encendió otra cerilla que iluminó el rostro de la joven. Un moratón le desfiguraba el pómulo izquierdo, tenía la blusa desgarrada y la falda estaba sucia de barro.

—¡Dios Santo! Pero ¿qué le has hecho?

—Nada, no te preocupes, creo que está bien… —contestó mientras le acariciaba el rostro.

Ella abrió los ojos y los volvió a cerrar. Alcanzó a ver una sonrisa en sus labios mezclada con una mueca de dolor. No entendía nada o… sí; empezó a despejarse recordando que había bebido tanto precisamente por culpa de ella.

Habían ido juntos hasta la Pradera de San Isidro, allí se encontraron con los amigos del barrio. Antoñito cumplía años y los había invitado a celebrarlo aprovechando que en aquellos días de mayo se había instalado un soplo de primavera. El padre de Antoñito, don Antonio, era estraperlista. Tenía una tienda de ultramarinos en la que durante la guerra se había podido encontrar algo de comer. Ahora presumía de sus buenas relaciones con los vencedores y por eso Antoñito les había prometido llevar unas cuantas botellas de vino para celebrar sus veinticuatro años. ¿De dónde habría sacado aquellas ristras de chorizo? ¿Y el vino? No es que fuera muy bueno, pero servía para divertirse y olvidarse de la guerra. Ningún joven del barrio se había atrevido a rechazar la invitación. No había familia que no tuviera deudas con la tienda de don Antonio salvo la de Pablo Gómez. Su padre, Pedro Gómez, era funcionario del Ministerio de Hacienda. Antoñito y Pablo decían ser amigos, aunque en realidad no dejaban de rivalizar por cualquier cosa, pero sobre todo por Catalina.

Pensó que no tenía que haber ido; no tenía derecho a divertirse mientras su padre estaba en la cárcel, pero no había tenido valor para decirle a Catalina que no la acompañaría. Quería estar con ella y, además, temía que algún otro se la quitara. Sabía que Pablo y Antoñito estaban al acecho. Alguien le había dado un vaso de vino; ella al principio se había resistido a beber, pero el atardecer era cálido e invitaba a dejarse llevar. La vio beber dos o tres vasos de vino que la transformaron en otra mujer. Bailó con él y sintió su cuerpo pegarse al suyo, pero después bailó con otros con la misma intimidad.

Sobre todo con el americano. Sí. En realidad, Catalina le había suplicado que la acompañara a la Pradera porque le gustaba el americano. Se lo había dicho tiempo atrás. Y ahora estaba allí, tendida sobre la hierba, borracha, sin medias, con la falda subida dejando sus muslos al descubierto mientras el americano intentaba incorporarla.

—Ayúdame —le pidió el americano.

— ¿A qué? Dejadme en paz…

Escuchó la voz de Catalina. Hablaba con dificultad, o eso le pareció.

—Marvin…, no me dejes… me duele mucho… —susurró.

—No te preocupes, no te voy a dejar… pero tienes que hacer un esfuerzo y levantarte… Te llevaré a casa… Fernando, ¿por qué no quieres ayudarme?

No, no quería ayudarle. En realidad, a él también le costaba moverse. Sintió una oleada de rabia. ¿Cómo habían podido hacer lo que habían hecho? Siempre había tenido a Catalina por una chica formal, hasta esa noche no había permitido que nadie se sobrepasara con ella; sabía poner a los chicos en su sitio, incluso a él, pese a que se conocían desde que eran unos críos.

Pero allí estaba medio desnuda en brazos del americano. Era evidente lo que había pasado entre los dos. Notó una punzada en el pecho y tuvo ganas de llorar.

Marvin logró ponerla en pie. La sujetaba por debajo del pecho y tiraba de ella obligándola a andar.

Los miró sin moverse. Las náuseas volvían a invadir su estómago. Que se fueran. Ya nada podía hacer.

 

—¡Fernando! ¡Fernando! Pero ¿es que no me oyes? Párate…Habían pasado unos cuantos días desde que fueron a la Pradera. No la había visto desde entonces, en realidad la había evitado. Tampoco había visto a Marvin, pero eso era más fácil. El americano vivía en casa de Eulogio, pero apenas se dejaba ver. Hacía unos meses que había reaparecido y Eulogio le había abierto la puerta de su casa. Su amigo le había explicado que había conocido al americano en el Frente, donde los hirieron a los dos. Eulogio había vuelto antes del final de la guerra porque le habían herido de gravedad precisamente cuando ayudaba al americano. En la batalla del Jarama a punto estuvo de perder una pierna y eso le había convertido en un inválido para siempre. Cuando regresó a su casa, supo por su madre que su padre había muerto en el Frente de Aragón.

Cuando el americano se presentó, no hizo falta que le recordara que se habían conocido en aquel frío mes de febrero de 1937, en aquella batalla desesperada que fue la del Jarama; simplemente, Eulogio le acogió negándose a cobrarle siquiera unos céntimos. Marvin decía ser poeta. Había llegado a Madrid en la primavera del 36 para seguir las huellas de Cervantes, pero estalló la guerra y decidió quedarse en la creencia de que el dolor sería una fuente de inspiración; aun así, terminó haciendo de traductor de algunos periodistas norteamericanos que cubrían la contienda. Aquellos días en el Frente ayudaron a que congeniaran. Luego sucedió lo que sucedió y Eulogio nunca pensó que Marvin fuera a regresar, pero ahí estaba, dispuesto a retomar su Cuaderno de la Guerra Civil Española.

«Es un escritor, un poeta», explicaba Eulogio a los amigos del barrio. «Estuvo en el Frente al principio de la guerra, hacía de traductor, no combatió, pero en el Jarama también le hirieron y se marchó», afirmaba dándose importancia, aunque no tanta comopara contar que había sido precisamente él quien había salvado la vida del americano.

Lo que ninguno entendía era por qué había vuelto y, sobre todo, cómo las autoridades franquistas habían pasado por alto que Marvin hubiera simpatizado con la causa de la República. Claro que a Franco poco debía de importarle tener a un americano pululando por las calles de Madrid que ahora eran suyas y en las que nada pasaba sin que llegase a sus oídos.

 

Fernando pensaba en todo esto mientras Catalina le observaba. Ella no solía interrumpir sus pensamientos. Desde que eran niños respetaba sus silencios y aguardaba hasta que veía algo en su rostro que era la señal de que estaba regresando a la realidad.


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