Réquiem (La era de los Místicos 3)

por Adriana González Márquez

10 minutos

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MORIR ES FÁCIL. REGRESAR A LA VIDA ES CUANDO LAS COSAS SE COMPLICAN

Matheo

El universo entero, sin importar la dimensión en la que te encuentres, es mucho más complejo de lo que cualquier humano puede llegar a imaginar. Partículas sobre más partículas que se compaginan de forma armoniosa para entonces crear un átomo, y luego una molécula, y luego tejido, y luego un animal microscópico, un reptil, un simio, un humano, una isla, un continente, un planeta, un sistema solar, un... Bueno, tú me entiendes.

Lo extraño ahora era que podía percibir, tanto interna como externamente, cada una de esas partículas; lo que fueron, lo que serían, y el cambio por el que transitan a cada momento. Es la sensación más bizarra que he experimentado en toda mi vida. Desde las moléculas que viajan en el viento, hasta aquellas que recorrían mi sangre; desde los átomos que constituyen a los que me rodeaban hasta los impulsos eléctricos que recorren mi cerebro de forma aleatoria pero exacta.

Nunca me había percatado de la perfecta creación de un cuerpo funcional, hasta que fui capaz de distinguir con precisión cómo trabaja cada una de sus partículas.

Increíble.

Impresionante.

Indescriptible.

Olores, sabores, sonidos, visiones, sensaciones, todo se mezclaba, pero todo era distintivo; lograba identificarlo a pesar de la multitud de detalles que tenían lugar al mismo tiempo, para crear este sitio, este acontecimiento, este momento y la gente que lo estaba viviendo... Nadie creería que aquella magnificencia fuera opacada por cualquier otra cosa, pero así fue. Todo dejó de importar al instante en que mi mirada se posó en Eridani.

Eso es a lo que yo llamo perfección.

Es por ello que nada me había dolido más que su reacción cuando abrí los ojos; creí que ya había logrado controlarlo, que la descarga de furia y poder había pasado y que mi mirada había vuelto a la normalidad. La forma en que de golpe se alejó de mí, y el miedo en su rostro y en su aroma se encargaron de demostrarme que me equivocaba.

¡Mierda!

Ésta no era la manera en que deseaba que todos se enteraran, mucho menos mi ángel, pero ya no había marcha atrás. El daño estaba hecho. Al igual que el dolor que no desaparecía, mientras observaba a mi seelewander estudiarme como si no me conociera.

—Tiene que ser tanto su elección como la tuya, Matheo —había indicado mi padre—. No puedes forzar nada. Ésa es una de las razones por las que debes mantenerlo en secreto hasta que suceda.

Así que aquí estábamos ahora: el momento de la decisión.

Debí tener más fe en Eridani, así como ella la tenía en mí.

Pensé eso en el instante en que todos (incluidos mis amigos) desenfundaron sus armas y se colocaron en posición de ataque a mi alrededor... Todos, a excepción de ella.

Mi ángel.

Mi seelewander.

Mi todo.

Si como mestizo había creído amarla, no se comparaba con lo que sentía por ella en este momento. Cada una de las emociones parecían haberse potenciado en mi interior, y lo que sentía por ella era la más poderosa de todas. Por fin entendía a Ramel:

—Te irás dando cuenta de que a una seelewander no se le deja de amar jamás, sin importar la distancia, sin importar los milenios... Sin importar la muerte... —me había dicho. Creía haber comprendido entonces; ahora me daba cuenta de que no había tenido ni la más remota idea de la verdadera forma en que se ama a una seelewander.

Y lo que hizo entonces tan sólo me compelió a amarla más:

—¡Esperen, esperen! ¿Qué hacen? —gritó alzando ambos brazos, girándose hasta que su espalda quedó pegada a mi pecho, intentando protegerme con su propio cuerpo.

El dolor se desvaneció para dar paso a un profundo alivio. Sé que suena egoísta, pero a estas alturas me importaba poco lo que los demás pensaran; la única opinión que me interesaba era la de Eridani. A decir verdad, el mundo entero y todas sus dimensiones podían colapsarse, mientras ella se encontrara viva y a mi lado.

—¡Eridani, quítate! —Poct. Siempre Poct.

Esperaba no perder el control un día de éstos y terminar por ma­tarlo.

O tal vez esperaba sí perderlo y al carajo.

—¿Están locos? —contestó mi ángel—. ¡Guarden sus armas!

Por la manera en que todos me miraban, podía apostar a que mis instintos violentos y de sobrevivencia seguían activos, por lo que era probable que mis ojos siguieran siendo negros, así que intenté usar la cercanía de Eridani para calmarme.

Su presencia siempre había sido como un bálsamo para mi impulsivo carácter, así que ahora no tenía por qué ser diferente, al contrario, suponía que el efecto también debía potenciarse, así que respiré profundo, inhalando su embriagador aroma (¡oh, sí!, mis sentidos también se habían agudizado, y ahora ella olía mejor que nunca para mí), y poco a poco logré tranquilizar estos nuevos instintos que parecían embargarme por completo y a cada instante.

Acomodé mis manos alrededor de su cintura y enterré el rostro en su cabello, aspirando de Eridani como si se tratara de oxígeno puro. Percibí que recargaba su espalda contra mi pecho con naturalidad, lo que me obligó a preguntarme por qué jodidos había dudado de mi ángel en primer lugar: su reacción inicial se había tratado de un momentáneo desconcierto (¿y quién podía culparla? Digo, no todos los días tu seelewander resucita con los ojos completamente negros), y lo primero que yo hice fue desconfiar de su amor por mí.

Sí, aparentemente lo estúpido no se te quita al revivir.

Su cercanía, su olor y sus acciones por fin me calmaron, por lo que sentí, físicamente sentí, que mis ojos volvían a la normalidad. Vaya, esto sí que era raro; me tomaría un tiempo acostumbrarme, estaba seguro.

Abrí los párpados sin soltarla, levantando el rostro para luego mirar uno por uno a los que me rodeaban: Ireri y sus diezmados guerreros, mi hermanito, Poct, mi aspirante y mis amigos, incluso Erick, continuaban observándome entre espantados y coléricos, con las armas aún en alto, mientras que sus rostros expresaban cientos de ideas, una de ellas cómo quitar a Eridani de en medio, ya que suponían que la usaría de escudo humano. Idiotas.

Aunque, bueno, tenía que aceptar que si se invirtieran los papeles y uno de ellos de repente regresara de la muerte frente a mí, y lo primero que viera fueran sus ojos negros, también me sentiría ligeramente preocupado.

Está bien, está bien: muy preocupado.

—Pequeña, muévete por favor —pidió Belyan en voz baja pero ansiosa, por lo que mi vista viajó de inmediato a él.

—¿Pequeña? Amigo, te aconsejaría que no vuelvas a llamar así a mi seelewander, si no quieres que los ojos negros regresen.

Sí, sí, sí. Posesivo, celoso, como sea. No pude evitar ni las emociones ni las palabras, lo cual provocó que, si los demás se encontraban tensos antes, ahora parecieran a punto de explotar a causa de la densidad en el ambiente.

—Matheo, déjala ir. Sabes que no quieres hacerle daño —las palabras provinieron de Erick. Lo miré, y hasta entonces me percaté de que mis manos continuaban en la cintura de Eridani. Sin embargo, yo no la sujetaba frente a mí, era ella quien no se quitaba.

Sonreí, tan incapaz de detener el gesto como las emociones de hacía un momento.

—¿En serio, hermano? ¿En serio piensas que en ésta o en cualquier otra realidad le haría daño? ¿A ella?

—¿La verdad? —contraatacó—. Hace unas horas estabas muerto y ahora apareces frente a nosotros con ojos negros y a mitad de una inexplicable ventisca. Así que debes comprender por qué en estos momentos no sé qué pensar.

Buen punto, como siempre.

—¡Dios! ¿Pueden dejar de actuar como una bola de ridículos y bajar las armas? ¡Es Matheo! ¿Qué no pueden sentirlo? —mi ángel al rescate.

No sé si era su instinto el que hablaba, o si por el hecho de ser mi seelewander lograba percibir mi alma, porque mi energía espiritual se encontraba bien resguardada, pero aun así sus palabras lograron hacer titubear, si no a todos, sí a mis amigos. Incluso Luca había desenfundado su pequeña daga, que ahora iba descendiendo con lentitud. Mientras tanto yo permitía que ligeros trazos de mi alma llegaran a quienes nos rodeaban; no existiría otra manera de convencerlos.

Sólo que entonces se presentó un inconveniente: la ventisca comenzaba a ceder y lograba escuchar los quejidos de los Místicos que aún se encontraban paralizados por el frío. En momentos como éstos insisto en que, a pesar de la creencia popular, yo nunca busco problemas... ¿Para qué? Si ellos parecen encontrarme tan fácilmente.

—¿Me regalan un segundo? —articulé levantando un dedo. Después solté a Eridani, tomé mis cimitarras de una funda que ella cargaba y di media vuelta, avanzando hacia los dragones/humanos que se retorcían sobre la nieve.

No eran muchos, pero sí los suficientes como para aniquilarnos si llegaban a recuperarse; tendría que hacer esto rápido, y hacerlo ya... No iba a ser nada bonito.

—Matheo, ¿qué haces? —escuché que Eridani me preguntaba. Giré el rostro y le sonreí con ligereza.

—Dame unos minutos, ángel —dije al llegar al primero de los Místicos—. Tu nombre —murmuré; él me miró con una combinación de odio y terror.

—Vete a la mierda.

—Qué apodo tan desafortunado —le dediqué una mueca burlona—. Ahora, tu nombre.

—Vete a la mierda.

Carajo, esto me iba a drenar, lo sabía, pero no había de otra.

—Está bien, que conste que te lo pedí por las buenas —me arrodillé a su lado y, acomodando mi mano izquierda sobre su pecho, conjugué energía que comenzó a congelarle piel y órganos con velocidad. Por interminables segundos, sus gritos y súplicas fueron lo único que se escuchó en el claro—. Tu nombre —murmuré una vez más. Por fin lo obtuve a mitad de sus aullidos—. Ockelo, conviértete.

Obedeció mi orden al instante. Me levanté y di unos pasos hacia atrás, al tiempo que un enorme dragón azul tomaba el lugar del cuerpo humano de Ockelo. No esperé ni agregué nada más. Brinqué sobre la bestia y le corté la cabeza con una sola espada. Después le siguió otro Místico, y otro más, repitiendo el proceso hasta que los aniquilé a todos.

—¡Te mataré! ¡Te mataré! —me gritó una hembra cuando la forcé a transformarse.

La carcajada provino de mi lado más cínico.

—Querida, eso ya lo intentaron, y ves que no funcionó.

Algunos se transformaron por voluntad propia, con el fin de no alargar su agonía, pero hubo otros, como ella, que me forzaron a recurrir a la tortura...

Fueron esos casos los que más disfruté.

Temblaba al terminar, tanto por el gasto de energía espiritual como por la adrenalina que corría por mis venas. Tomé aliento pausadamente varias veces antes de regresar con mis atentos espectadores, que me observaban entre asombrados, incrédulos y horrorizados.

Sonreí otra vez, guardando la cimitarra al avanzar hacia ellos.

—Ahora sí, ¿en qué íbamos?

El silencio fue mi única respuesta.

Eridani

Parálisis.

Completa, absoluta, invencible...

Así me atacó la inmovilidad física, mental y emocional al observar a Matheo decapitar a los dragones uno por uno, con una extraña mueca de éxtasis rondando en sus facciones durante cada muerte. Sabía que mi alma no mentía: aquel sujeto era Matheo, no me quedaba la menor duda. Pero la pregunta era ¿qué tanto de él había regresado, y qué tanto se había perdido?

¡No! ¡Seguía siendo él! Tenía que aferrarme a aquella noción, porque la alternativa ya la había vivido, y era demasiado dolorosa para enfrentarla de nuevo.

No lo sobreviviría. No otra vez.

Nadie hablaba, nadie reaccionaba. Probablemente todos se encontraban tan anonadados como yo.

—¿Qué...? —escuché que Adahara murmuraba. Se aclaró la garganta y prosiguió—. ¿Qué fue eso?

Matheo giró el rostro para observar el montón de cadáveres mutilados de Místicos, regresando su atención a nosotros al instante en que llegaba a Luca.

—Un grupo de dragones de los que ya no tendremos que preocuparnos —dijo con tranquilidad—. ¿Estás bien, chico? —agregó acomodándose en cuclillas frente al pequeño, quien lo observaba con ojos muy abiertos y la daga aún en su temblorosa mano.

El niño asintió, recordándome los días en los que no hablaba. Matheo tomó el arma de su puño cerrado y la acomodó en la funda del cinturón de Luca.

—Soy yo, hermanito, lo juro... ¿Recuerdas mi promesa? —él volvió a asentir, como si al igual que yo, no lograra encontrar su voz—. ¿Y cuál es? —presionó Matheo.

Luca tragó saliva visiblemente antes de atreverse a hablar.

—Que yo ya no tengo que preocuparme. Que nos protegerás a Eridani y a mí.

Fue el turno de Matheo de asentir.

—Así es. Y continuará vigente hasta el final de mis días, el cual no ha llegado aún, ¿entendido?

Luca ya no respondió, tan sólo se lanzó hacia su hermano para abrazarlo con fuerza. Matheo lo sostuvo hasta que el pequeño pareció calmarse, y entonces se levantó para luego llegar a mí. Me pasó un brazo por el cuello y me acercó a su cuerpo, besando mi nariz antes de volver a hablar.

—¿Dónde está tu sovnya, ángel?

—Ahm... —fue lo único que logré pronunciar.

—Tenemos que irnos. Una vez que el clima vuelva a la normalidad la nieve no durará. No nos queda mucho tiempo. ¿Dónde la perdiste? —señalé el sitio, por lo que él volvió a alejarse; la encontró en unos cuantos segundos y regresó para entregármela—. Vámonos —dijo en cuanto la acomodé en su funda.

—¡Aguarda un momento, Govami! —el grito de Evander atrajo la atención de todos—. ¿No crees que merecemos una explicación antes de obedecer tus decretos?

—Un día de éstos... —escuché que mi seelewander murmuraba antes de voltear a ver a los demás—. Las explicaciones pueden esperar hasta que nos encontremos en un sitio un poco más seguro. No pienso exponer más a Eridani ni a Luca tan sólo para satisfacer tu curiosidad en este momento.

—Pero...

—¡Entiende, Poct! No tengo ni el tiempo ni las manzanas para explicarte ahora —y sin esperar respuesta, miró a Ireri—. Es momento de decidir. ¿Confías en mí lo suficiente como para que volvamos a Faleza Veil? ¿O mi gente y yo debemos continuar solos?

—¿Pero y el arma? Tenemos que buscar...

La carcajada de Matheo interrumpió sus palabras.

—¿No lo han comprendido aún? No necesitas un arma cuando naciste para convertirte en una.

—¿De qué carajos estás hablando? —la pregunta provino de Belyan, en voz ronca y baja, pero lo suficientemente audible para que todos la escucháramos.

La seriedad por fin llegó al rostro de Matheo.

—Lo sabes, amigo, así que no sé para qué lo preguntas.

—Tú —fui yo quien dijo aquello, recuperando la capacidad del habla.

Mi seelewander me observó con ternura y culpabilidad combinadas. Me acomodó el cabello tras las orejas, para luego acunar mi rostro.

—Sí, ángel. El arma soy yo.

Un jadeo colectivo se dejó escuchar en el claro, pero no le puse atención; me encontraba demasiado concentrada en sus ojos como para detectar cualquier otra cosa. Ya habían vuelto a la normalidad, y seguían siendo grises, seguían siendo él.

Mi Matheo.

Mi seelewander

Mi todo.

Arma o no, si decía que teníamos que irnos, así sería. Mi espíritu sabía que lo seguiría hasta el fin del infinito.

—¿Entonces, Ireri? —presioné, soltándome de Matheo para girarme hacia ella—. ¿Cuál es tu decisión?

La mujer se notaba agitada, asustada, titubeante, pero en segundos pareció recuperar la compostura. Observó a lo que quedaba de sus guerreros para luego ordenar:

—Entierren a los caídos. Regresamos todos a casa.

PRUEBAS

Matheo

Nos detuvimos en las mismas cascadas en donde descansamos en el camino de ida, lugar que inevitablemente conmovió a todos, invadidos por los recuerdos de aquellos que ya no se encontraban con nosotros.

Eridani y Luca habían permanecido conmigo durante todo el silencioso recorrido, como si a cada segundo necesitaran cerciorarse de que yo me encontraba ahí. En cuanto arribamos a aquel sitio, mi hermanito se separó de mí y avanzó hacia una colina que otorgaba una vista completa del valle.

Estaba por pedirle al ángel que me diera unos minutos para ir con él, pues lo sentía retraerse de una manera que no me agradaba en lo absoluto, cuando me vi rodeado de mis amigos.

—¿En serio eres tú? —Vanessa fue la primera en hablar—. Te juro que odio dudar, lo odio de verdad, pero necesitamos saberlo, Matheo... ¿En serio eres tú?

La mano de Eridani que sujetaba la mía se tensó al igual que todo su cuerpo. Llámenme retrógrada, pero me fascinaba que albergara ese instinto protector hacia mí.

—Soy yo —contesté rápido para ahorrar confrontaciones, levantando mi brazo libre para expulsar un poco de mi energía espiritual sobre la palma.

—Pues sigo sin creerlo —intervino Evander llegando frente a mí. ¡Ugh! Con este tipo no se podía.

—Inspiras al asesino en serie que llevo dentro, ¿lo sabías?

—No lo dudo, pero no me importa. Empecemos por eso —agregó señalando mi energía espiritual—. ¿Plata y verde? Jamás un alma ha tenido dos colores. Eso no es normal.

—Yo nunca he presumido de ser normal —le contesté burlón, pero lograba percibir la desazón de los demás, quienes, como Vanessa, odiaban dudar de mí, pero aun así seguían haciéndolo.

—Todo esto tiene una solución simple —medió Lórimer con su calma de siempre—. Una Fluidez, amigo. Con eso cualquier cuestión quedaría aclarada.

Asentí girando el rostro hacia Eridani, quien de inmediato estuvo de acuerdo.

—¡No, no, no! —interrumpió Poct—. Conmigo. A ella la podrías estar influenciando.

La furia explotó en mi interior en menos de un segundo, y al parecer se reflejó en mis ojos, porque todos, a excepción de mi seelewander, dieron un paso atrás y llevaron las manos a sus armas, pero sin desenfundarlas.

Eridani, al contrario, se acercó aún más a mí, sujetándose de mi brazo con ambas manos.

—Tranquilo —me dijo en voz baja, atrayendo mi mirada—. Yo sé que no es así. Sé que no me estás influenciando de ninguna manera. Dale su prueba a Evander y deja que piense lo que quiera de lo demás.

Besé su boca con ligereza, sintiendo cómo con ese simple roce recuperaba la calma.

—Gracias —murmuré.

Se mordió el labio inferior de forma deliciosa, pero ya no dijo más, por lo que la solté y de nuevo me volví hacia Poct.

—Bien. Hagámoslo —se acercó algo titubeante. Pero me quedaba claro que él era todo menos cobarde, así que instantes después cerra­ba su mano sobre mi antebrazo, al igual que yo cerraba la mía sobre el suyo para iniciar la Fluidez—. ¿Satisfecho? —exclamé con una sonrisa burlona al observar que sus sorprendidos ojos iban de nuestros brazos a mi rostro.

—Carajo... De verdad eres tú —murmuró asombrado; sus palabras provocaron un suspiro de alivio colectivo entre mis amigos.

—¿Ya me sueltas? —inquirí alzando una ceja. Al fin reaccionó y se dio por terminado el proceso.

Lo siguiente no me lo esperé: uno a uno, Vanessa, Adahara, Belyan y Lórimer me abrazaron, Erick fue el último. Me apena confesar que ahora el que sintió alivio fui yo, casi como si hubiera perdido a mi mejor amigo otra vez y hasta ese instante lo estuviera recuperando.

No quería ni imaginarme lo que había sentido él.

Ambos nos separamos aclarándonos la garganta al unísono.

—Ahora, si me disculpan, Luca me necesita. Todos se fueron alejando con discreción—. ¿Me acompañas? —le pregunté a Eridani, pero ella se negó de inmediato.

—Lo acabas de decir. Luca te necesita... a ti —tomé aire aceptando que tanto ella como mi instinto tenían razón—. Estaré con Lórimer y Belyan —me dijo y me besó con la misma suavidad que lo había hecho yo, para luego sonreír y marcharse.

Caminé entonces hacia Luca, que se encontraba de espaldas a mí, con la mirada puesta en el horizonte, sentado sobre el césped con las rodillas dobladas y abrazando sus piernas en una postura que representaba un fundamental sentido de autoprotección. De alguna manera tenía que hacerle entender que aquello no era necesario, que sería yo quien lo protegería, pero después de todo lo sucedido, sabía que las palabras no bastarían. Tendría que demostrárselo, no nada más decírselo.

Así que al llegar a donde se encontraba, tomé asiento tras de él, coloqué mis piernas a sus costados, y en seguida lo rodeé con mis brazos, acomodando su pequeño cuerpo contra mi pecho y recargando mi barbilla sobre su cabeza. Lo sentí tensarse, como si se preparara para huir en cualquier segundo.

—Ya comienzo a acostumbrarme a que toda la gente que quiero se muera, así que no tienes por qué consolarme. Estoy bien —lo escuché decir con un filo en su voz que nunca antes le había oído.

Me recordó muchísimo a alguien más: a mí.

Era como si pretendiera hablar conmigo mismo a su edad, así que dediqué varios instantes a decidir qué era lo que me hubiera gustado que me dijeran en aquel entonces; qué habría servido para convencerme de que no me encontraba completamente abandonado por todos en este estúpido y cruel mundo.

—Yo no.

Volteó el rostro para mirarme, con la sorpresa adornando sus infantiles facciones.

—¿No estás bien? —su tono también reflejó el asombro que mis palabras le habían provocado.

—No... Los abandoné a ti y a Eridani, aunque fuera sólo poco tiempo, cuando prometí que los cuidaría... Y ahora nuestro padre se ha marchado al siguiente plano de existencia, y eso me entristece también; por ello es todavía más importante que realice bien mi labor... Quiero pedirte perdón.

—¿Perdón? ¿A mí? Pero... pero si no hiciste nada malo.

—Te hice sentir tristeza y angustia y soledad. ¿Cómo es eso no hacer nada malo?

—¡Pero no fue a propósito! ¡No fue tu culpa!

Cerré los ojos y apoyé mi frente en la suya.

—Sí lo fue, hermanito. Y quiero que sepas que lo lamento mucho... Yo me sentí tan solo tanto tiempo, que no puedo soportar la idea de que tú sintieras lo mismo, aunque fuera por sólo unas horas —su respiración se había acelerado y, al abrir los ojos y separar nuestros rostros, noté que su labio inferior temblaba, por mucho que se esforzara en disimularlo; tal vez esta charla estaba surtiendo el efecto deseado—. Te quiero, Luca. Te quiero como si te hubiera conocido durante toda tu vida. Y sé que tal vez no soy la familia que hubieras deseado, pero yo no podría haber pedido un mejor hermano... Estoy tan orgulloso de ti. Y estoy completamente seguro de que Ramel se sentía igual.

—¿Tú crees? —preguntó roncamente.

—Lo sé —murmuré extrayendo un pedazo de pergamino doblado que llevaba guardado en uno de los bolsillos del chaleco.

—¿Qué es esto? —preguntó cuando se lo entregué.

—Es una carta que debes leer cuando estés listo; te recordará que fuiste amado, que eres amado, y que siempre lo serás.

Lo vi tragar saliva, observando de la misiva a mí.

—¿Puede ser después?

—Cuando tú quieras.

—¿Y estarás conmigo?

—También, como tú quieras.

Asintió guardándosela, para ahora sí recargarse libremente en mi pecho, relajado y con calma, mientras los dos observábamos el firmamento, tan igual pero tan diferente del de nuestro hogar.

—¿Matheo?

—¿Sí, Luca?

—Yo también te quiero como si te hubiera conocido toda mi vida.

Removí su cabello con una de mis manos, pero ya no hablé; su comentario no requería respuesta: él ya sabía que yo sentía lo mismo.

Pasamos un rato a solas en cómodo silencio, hasta que Belyan se nos unió.

—¿Qué sucede?

—Una de las guerreras de Ireri se topó con una manada de caballos salvajes. Quisieron capturar algunos, pero no fue necesario.

—Es el animal afín de Lórimer, ¿no?

—Así es —respondió—. Logró convencerlos de que nos transportaran, pero tenemos que irnos ya.

El niño y yo nos pusimos de pie al mismo tiempo.

—Ve y dile a Eridani que montaremos juntos, ¿sí? Elijan un caballo grande y fuerte que soporte el peso de los tres.

—Hecho —Luca corrió de prisa hacia mi ángel.

Belyan y yo avanzamos con más lentitud, yo deseando hablar con él, y mi amigo adivinando mis intenciones.

—¿“Pequeña”? —articulé haciendo eco de la forma en que él había llamado a mi seelewander hacía unas horas.

Lo escuché reír con burla.

—¿En serio? ¿Estás celoso? ¿De mí?

Me encogí de hombros.

—¿Qué quieres que te diga? Es una nueva faceta que viene con los poderes que adquirí.

Soltó una carcajada.

—Dudo que sea nueva, sólo más obvia.

—Como sea.

—Se ha convertido en una especie de hermanita para mí, Matheo... —explicó entonces—. Nadie mejor que yo comprendía por lo que estaba pasando cuando creyó que te había perdido... ¿Qué esperabas? ¿Que la dejara llorar y sufrir sola?

Culpabilidad, Matheo; Matheo, culpabilidad.

Sí, ya nos conocíamos, ¿verdad?

—Perdón —alcancé a murmurar en medio de la pena.

—No te preocupes —dijo, tranquilizando mi consciencia.

Llegamos en ese momento a donde todos los demás estaban, junto con los caballos con los que el gemelo conversaba. Mis brazos se cerraron de manera automática alrededor de Eridani.

—¿Todo bien?

Ella correspondió el abrazo de inmediato, recargando su cabeza contra mi pecho.

—¿Contigo? Siempre.

Suspiré, deseando que esa respuesta siguiera siendo la misma una vez que diera mis explicaciones.

Eridani

El poblado de Faleza Veil nos recibió en silencio. Los habitantes notaron antes de nuestro arribo a la villa que los que regresábamos éramos menos que los que habíamos partido.

Los caballos se marcharon en poco tiempo, incómodos y no acostumbrados a servir de medio de transporte. De todos modos, Lórimer les agradeció su ayuda con esa solemnidad que lo caracteriza, y en cuanto ingresamos a pie por el arco de entrada de Faleza Veil, Matheo se detuvo junto a Ireri.

—Dile a tu gente que se prepare. Intentaré bajar la temperatura lo más posible sin dañar a su ganado y sus cultivos. Después nos vemos en la posada para hablar.

Ella lo observó durante unos segundos, alzando una altanera ceja, entrecerrando los ojos y cruzándose de brazos. Al parecer le iba perdiendo el miedo a mi seelewander conforme transcurrían las horas.

—¿Algo más, jefe? —espetó la lideresa una vez que él hubo terminado.

—No tientes mi paciencia, Ireri, que es mucho menor ahora de lo que era antes.

—¿Y qué harás si no obedezco? ¿Influenciarme?

Tal vez aquélla era una prueba de parte de la mujer, pero era claro que la paciencia de Matheo se iba evaporando. Aunque al mismo tiempo la entendía: necesitaba cerciorarse de la lealtad de Matheo antes de exponer a su gente a él.

Mi seelewander tomó aire varias veces para encontrar algo de calma.

—No. Jamás te haría eso. Yo no soy como ellos.

—¿En serio? Podrías haberme engañado —respondió ella al alejarse, pero a pesar de su mordaz frase, comenzó a dar indicaciones para que el pueblo se preparara para el próximo descenso de la temperatura.

Estaba a punto de tomar la mano de Luca para llevármelo a la posada y dejar a Matheo trabajar cuando él volteó hacia nosotros.

—¿Quieren ir conmigo? —el niño y yo nos miramos de reojo, después vimos a Matheo como si fuera un idiota. Él rió—. Vamos, entonces.

Subimos por una escalera interior a la cima del muro que rodeaba la villa, y cuando llegamos al centro Luca y yo nos detuvimos frente a mi seelewander.

—No sé qué cambios físicos ocurran cuando haga esto, así que no se asusten, ¿está bien?

—Ok —respondí; el pequeño asintió.

De inmediato ambos percibimos que la densidad del ambiente iba cambiando alrededor de Matheo, mientras que él cerraba sus párpados y alzaba los brazos, condensando su energía espiritual con prontitud.

La manifestación física de su alma adoptó esa extraña silueta humeante que comenzaba a exudar de su piel en un resplandor verde y plata y a rodearlo etéreamente, como si de su aura se tratara. Fue entonces cuando, muy despacio, el cielo despejado del atardecer fue cubriéndose de pesadas y gruesas nubes oscuras. Al mismo tiempo, la leve capa de neblina que rodeaba el pueblo, las montañas y el bosque colindantes se hizo cada vez más y más espesa.

—Wow —la expresión de asombro se me escapó junto con una sonrisa, girando sobre mi propio eje para observarlo todo con mayor detenimiento.

—Bien dicho —concordó Luca unos momentos después, me di cuenta de que el pequeño no miraba a nuestro alrededor, sino a Matheo, por lo que volteé de inmediato hacia él.

No pude ocultar el sobresalto: Matheo había despegado ya sus párpados, pero en esta ocasión sus ojos no eran negros, ¡oh, no! El iris le había crecido de manera exorbitante y, cual mirada de reptil, sus ojos eran completamente grises, con líneas negras y plateadas resplandeciendo en las pupilas.

—¿Te encuentras bien? —murmuré dando un paso hacia él.

Asintió.

—Sí. No te preocupes.

—Es que... tus ojos...

—¿Negros otra vez? —preguntó sin alterar su postura, pero frunciendo un poco el ceño. Por ello me di cuenta de que no sólo su mirada era de reptil, sino que una capa de escamas tornasol casi invisible rodeaba la comisura de sus ojos, sus párpados y el puente de su nariz.

—No. Grises... Completamente grises...

—No te preocupes —me interrumpió con voz tranquila, aunque sonaba un poco sin aliento—. De verdad estoy bien, sólo que esto requiere más concentración que la ventisca que provoqué antes. Si me excedo congelaré todo; si me contengo no será lo suficientemente frío como para mantener a los Místicos a raya.

—Ok —coincidí guardando silencio, pero, a diferencia de Luca, que ahora sí miraba los alrededores, yo no lograba despegar mi mirada de Matheo: observar su energía era como ver una fogata o las luces de un árbol de Navidad, hipnotizante. Su cuerpo exudaba llamaradas verdes y platas en medio de destellos y humo y escarcha.

Continué idiotizada hasta escuchar su risa burlona.

—¿Quieres tocarla? —no tuvo que preguntarlo dos veces: di unos pasos para acercarme y de inmediato alcé ambas manos para entrelazar mis dedos con las emisiones de su alma.

—Wow —repetí; se sentía tan increíble, que aparentemente había reducido todo mi vocabulario a esa sola palabra.

—Acércate más —me dijo entonces en voz baja.

—¿Qué? —articulé levantando el rostro; él había agachado la cabeza hacia mí.

—Acércate más.

—¿Más? —inquirí confundida, pero obedecí.

—Más —ordenó con una mirada que me inspiró confusión y nerviosismo. Mi cuerpo se acercó poco a poco, mientras Matheo me observaba detalladamente. Cada lugar que veía en mi piel sentía como si se prendiera en fuego.

—¿Más?

—Más... —susurró una vez que mi cuerpo entero quedó pegado al suyo—. Ahí.

Me besó con intensidad, provocando que la caricia cobrara fuerza en cuestión de milisegundos. Introdujo muy despacio su lengua a mi boca, sin detener lo que hacía, sin bajar los brazos, pero aun así arrancándome el aliento ante la intensidad de los simples y pausados roces.

—¡Agh! ¿Por qué los adultos tienen la manía de besarse tanto? Sí saben que lo único que hacen es intercambiar saliva, ¿verdad?

¡Ups! Luca.

Ambos soltamos una carcajada al separarnos.

—Perdón, hermanito —se disculpó Matheo sonriéndole al pequeño, quien se encogió de hombros y prosiguió con su atento estudio del ambiente.

Pasaron pocos minutos para que el frío verdaderamente se dejara sentir. Luca y yo comenzamos a temblar sin remedio.

—Entren a la taberna antes de que enfermen —nos indicó mi seelewander—. Los alcanzo cuando termine.

—¿Seguro?

Asintió, por lo que el niño y yo lo dejamos en lo alto del muro, huyendo al cálido interior de la posada.

Ya había oscurecido para cuando volví a descender a la taberna de la posada, después de haber cenado con Luca y de dejarlo dormido en una habitación conjunta a la que Matheo y yo compartiríamos. Casi todos se encontraban ahí: Ireri y su gente, varios miembros de la comunidad y nuestros amigos. El único que continuaba ausente era Matheo. Tomé asiento entre Belyan y Adahara.

—¿Todo bien? —me preguntó él.

Le sonreí.

—Sí... ¿Tú?

Guiñó un ojo correspondiendo a mi gesto. Luego señaló con la mirada la mano de Lórimer sobre su pierna, y su propia mano encima de la del hombre, quien ajeno a nuestro escrutinio, hablaba tranquilamente con Erick y Vanessa.

—Todo bien —contestó con esa extraña mirada suya, que conjugaba melancolía con alegría a la perfección—. No tienes idea de lo feliz que estoy de que Matheo haya vuelto a ti.

—Ya somos dos —articulé con una mezcla de alivio y miedo, como si algo en mi interior aún temiera que se tratara de un sueño más.

—Está vivo, Eridani. Y está bien —agregó Belyan como si adivinara mis pensamientos, por lo que tan sólo asentí.

—Y a todo esto, ¿dónde se encuentra tu seele-lo-que-sea? ¿Seleguander?

—Sili-Van-Der —corregí—. Se pronuncia con “i” y con...

—Como sea. Las personas comienzan a desesperarse —me interrumpió Adahara en ese momento. Belyan y yo la miramos.

—Se estaba encargando de enfriar el ambiente. No creo que tarde.

Ella resopló con una pizca de disgusto, por lo que de inmediato me puse a la defensiva; arrugué la frente sin dejar de observarla.

—¿Algún problema?

—No te lo tomes personal, Eridani, pero este nuevo Matheo me da algo de miedo.

—¿Miedo? ¡Es Matheo! ¿Por qué habría de darte miedo?

Su disgusto se transformó en empatía.

—Lo sé, pero... —suspiró—. Una de las primeras lecciones que él mismo me inculcó fue la de no alterar el curso de la naturaleza, y ahora se dedica a cambiar el clima a diestra y siniestra. No sabemos qué efectos tenga en esta dimensión, o en las nuestras. Recuerda que todo está conectado.

Tenía razón y lo sabía, por lo que me quedé sin respuesta. Por suerte, Vanessa había estado al tanto de la conversación y se le ocurrió intervenir entonces.

—¿Y qué más puede hacer, Adahara? —dijo recargando los codos sobre la mesa redonda frente a la cual estábamos sentados—. Si el frío es lo único que detiene a los dragones, es su única opción. Por algo lo puede controlar.

—Entiendo eso, sin embargo...

—¿Te parece si aguardamos a escuchar sus explicaciones antes de juzgar? —Lórimer, siempre la voz de la razón. ¡Dios! Cómo me encantaba ese sujeto. Era como un oso de peluche gigante, y menos peludo.

—No lo estoy juzgando —agregó la pelirroja—. Sólo dije que me da un poco de miedo. Eso es todo.

—Comprensible, pero prematuro. Dale una oportunidad, ¿de acuerdo? —esas últimas frases de Belyan la calmaron tanto a ella como a mí, por lo que dejamos el tema de lado, por el momento. Nos enfocamos en una charla trivial, durante la cual le pregunté a la mujer si le molestaba compartir la habitación con Luca, a lo que accedió sin problemas.

En cuanto Matheo ingresó a la taberna, Belyan me pasó su brazo libre por los hombros, atrayendo mi cuerpo hacia él. Tanto Adahara como yo sonreímos, suponiendo su propósito.

—Lo estás haciendo adrede, ¿no es cierto? —pregunté.

—Nunca había visto a Matheo celoso. Es divertido.

Los tres soltamos una carcajada al momento en que mi seelewander caminaba en nuestra dirección; se detuvo tras el respaldo de mi silla…


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