El puente de Clay

por Markus Zusak

20 minutos

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En el principio hubo un asesino, un mulo y un chico, aunque esto no es el principio, es antes, soy yo, y yo soy Matthew, y aquí me tienes, en la cocina, de noche —la vieja desembocadura de la luz—, aporreando las teclas sin parar. La casa está sumida en el silencio.

Ahora mismo, todos duermen.

Estoy sentado a la mesa de la cocina.

La máquina de escribir y yo, yo y la vieja ME, como decía nuestro difunto padre que solía decir nuestra difunta abuela. En realidad, ella la llamaba «mi vieja y fiel ME», pero yo nunca he sido muy dado a las florituras. A mí, si por algo se me conoce es por los moratones y el pragmatismo, la altura y la fuerza, las palabrotas y algún que otro arranque de sentimentalismo. Si eres como la mayoría, te preguntarás por qué iba yo a molestarme en hilar una frase y mucho menos a saber nada sobre poemas épicos o los antiguos griegos. A veces está bien que te subestimen de esa manera, pero aún está mejor cuando alguien se da cuenta. En mi caso, tuve suerte:

Para mí fue Claudia Kirkby.

También hubo un chico, un hijo, un hermano.

Sí, siempre hubo un hermano, y fue él —de nosotros, de los cinco— quien cargó con todo sobre los hombros. Como siempre, me lo contó tranquila y pausadamente y, por supuesto, no se equivocaba. Sí que había una vieja máquina de escribir enterrada en el viejo patio de un viejo pueblo de patios viejos, aunque más me valía contar bien los pasos o acabaría desenterrando el cadáver de una perra o una serpiente (cosa que hice, en ambos casos). Supuse que si la perra y la serpiente estaban allí, la máquina de escribir no podía encontrarse demasiado lejos.

Un perfecto tesoro sin piratas.

Cogí el coche al día siguiente de mi boda.

Salí de la ciudad.

Conduje toda la noche.

Atravesé kilómetros y kilómetros de vacío, y unos cuantos más.

El pueblo en sí era una dura y remota tierra de leyenda; se veía desde lejos. Estaba ese paisaje pajizo y esos cielos maratonianos. Lo rodeaba un páramo agreste sembrado de maleza y eucaliptos, y era cierto, joder si era cierto: la gente caminaba encorvada e inclinada. Ese mundo los había postrado.

Fue en la puerta del banco, junto a uno de los muchos bares, donde una mujer me indicó el camino. Era la mujer más recta del pueblo.

—Tuerza a la izquierda en Turnstile, ¿de acuerdo? Luego siga derecho unos doscientos metros y vuelva a torcer a la izquierda.

Era castaña, vestía bien —botas, vaqueros, una camisa lisa de color rojo— y entornaba un ojo al sol con encono. Lo único que la delataba era un triángulo invertido de piel en la base del cuello, fatigado, viejo y surcado, como el asa de un baúl de cuero.

—¿Lo tiene?

—Lo tengo.

—De todos modos, ¿qué número busca?

—El veintitrés.

—Ah, anda detrás de los viejos Merchison, ¿no?

—Bueno, para ser sincero, la verdad es que no.

La mujer se acercó más y en ese momento reparé en sus dientes, blancos y brillantes aunque amarillos, muy similares al insolente sol. Le tendí la mano al ver que se aproximaba, y ahí estábamos ella, yo, sus dientes y el pueblo.

—Matthew —me presenté.

La mujer se llamaba Daphne.

Volví al coche y, mientras tanto, ella le dio la espalda al cajero automático y caminó hacia mí. Incluso se había dejado la tarjeta, y se plantó a mi lado con una mano en la cadera. Yo estaba a punto de sentarme al volante cuando Daphne asintió, segura. Lo sabía. Era como si lo supiera casi todo, como una mujer al tanto de las noticias.

—Matthew Dunbar.

Lo dijo, no lo preguntó.

Ahí estaba yo, a doce horas de casa, en un pueblo que no había pisado en mis treinta y un años de vida, y parecía que todos hubieran estado esperándome.

Nos miramos largo rato, al menos unos segundos, de manera franca y directa. Varias personas aparecieron y pasaron de largo.

—¿Qué más sabe? ¿Sabe que he venido por la máquina de escribir?

Abrió el otro ojo.

Se midió con el sol del mediodía.

—¿La máquina de escribir? —Eso la dejó descolocada—. ¿De qué narices habla?

Aproximadamente en ese mismo momento, un anciano empezó a preguntarle a gritos si era suya la maldita tarjeta que estaba formando una maldita cola frente al maldito cajero, y Daphne corrió a recuperarla. Tal vez podría haberle explicado que en toda aquella historia había una vieja ME, de cuando en las consultas de los médicos se utilizaban máquinas de escribir y las secretarias aporreaban las teclas. Si le hubiese interesado o no, eso nunca lo sabré. Lo que sí sé es que sus indicaciones fueron precisas.

Miller Street:

Una tranquila cadena de montaje de amables casitas asándose al sol.

Aparqué el coche, cerré la puerta y crucé el crujiente césped.

Fue más o menos entonces cuando me arrepentí de no haber llevado a la chica con la que acababa de casarme —mejor dicho, la mujer, y madre de mis dos hijas— y, por supuesto, también a mis hijas. A ellas sí que les habría gustado aquello; habrían paseado, saltado y bailado por todas partes con sus piernas larguiruchas y sus melenas radiantes. Habrían hecho la rueda por el césped, gritando: «¡Y no nos miréis las braguitas, ¿vale?!».

Menuda luna de miel:

Claudia estaba en el trabajo.

Las niñas estaban en el colegio.

Aunque hasta cierto punto me gustaba, claro; a una buena parte de mí le gustaba en buena parte.

Inspiré, espiré y llamé a la puerta.

Dentro, la casa era un horno.

Los muebles estaban achicharrados.

Los cuadros acababan de salir de la tostadora.

Tenían aire acondicionado. Estaba estropeado.

Hubo té y galletas de mantequilla, y el sol se aplastaba contra la ventana. También había sudor de sobra en la mesa. Goteaba de brazo a mantel.

En cuanto a los Merchison, eran gente hirsuta y honrada.

Eran un hombre de camiseta azul de tirantes, con unas imponentes patillas que parecían cuchillas de carnicero forradas de pelo, y una mujer llamada Raelene. La mujer llevaba pendientes de perla, rizos apretados y un bolso, y aunque vivía yendo eternamente a la compra, se quedó. En cuanto mencioné el patio y que podría haber algo enterrado en él, decidió que debía esperar. Cuando acabamos el té y de las galletas no quedaban más que migas, me situé frente a las patillas.

—Habrá que ponerse manos a la obra —dijo él, lisa y llanamente.

Fuera, en el patio alargado y reseco, me dirigí a la izquierda, en dirección al tendedero y a una banksia avejentada y agonizante. Volví la vista un momento: la casita, el tejado acanalado. El sol seguía bañándola aunque empezaba a recostarse, inclinándose hacia el oeste. Cavé con pala y manos, y ahí estaba.

—¡Mierda!

La perra.

De nuevo.

—¡Mierda!

La serpiente.

Ambos reducidos a huesos.

Mis dedos los desenterraron con delicadeza.

Los dejamos en el césped.

—¡Caramba!

El hombre lo dijo tres veces, aunque con mayor énfasis la tercera, cuando por fin encontré la vieja Remington, gris bala. Aquella arma enterrada iba envuelta en tres capas de plástico resistente, tan transparente que se veían las teclas: primero la Q y luego la W, después la sección central de la F y la G, la H y la J.

Me la quedé mirando un momento, sin más.

Las teclas negras parecían dientes de monstruos, aunque cordiales.

Finalmente alargué las manos, sucias, y la extraje con cuidado. Rellené los tres hoyos. La desembalamos y, agachados, la examinamos con detenimiento.

—Menudo bicho —comentó el señor Merchison.

Las cuchillas forradas de pelo se movían nerviosamente.

—Ya lo creo —convine. Era magnífica.

—Quién me iba a decir a mí esta mañana que me encontraría algo así…

La levantó y me la entregó.

—¿Quieres quedarte a cenar, Matthew?

Esa fue la señora Merchison, que continuaba sin salir del todo de su asombro. Aunque no había asombro que valiese ante la cena.

Alcé la vista, aún en cuclillas.

—Gracias, señora Merchison, pero todavía estoy digiriendo las galletas. —Volví a mirar la casa, que ya estaba envuelta en sombras—. En realidad, debería ponerme en camino. —Les estreché la mano—. No saben cuánto se lo agradezco.

Eché a andar con la máquina de escribir a salvo entre mis brazos, pero el señor Merchison no pensaba consentirlo.

Me dio el alto con un campechano «¡Eh!».

¿Y qué iba a hacer yo?

Tenía que existir una buena razón para haber desenterrado los dos animales, así que me di la vuelta a la altura del tendedero —un viejo y gastado tendedero de sombrilla, igual que el nuestro— y aguardé a lo que tuviera que decir y que finalmente dijo.

—¿No olvidas algo, amigo?

Señaló con la cabeza los huesos de la perra y la serpiente.

Y así me marché de allí.

Ese día, en el asiento trasero de mi vieja ranchera iban los restos óseos de una perra, una máquina de escribir y la erizada espina dorsal de una serpiente de Mulga.

Más o menos a medio camino, me detuve en el arcén. Conocía un lugar, un pequeño desvío —con una cama y un buen descanso—, pero decidí no tomarlo. Al final me recosté en el coche, con la serpiente junto al cuello. Mientras me quedaba dormido, pensé en que los «antes del principio» están por todas partes, porque muchísimo antes de muchas cosas hubo un chico en ese viejo pueblo de patios viejos que se arrodilló en el suelo cuando la serpiente mató a la perra y la perra mató a la serpiente… Aunque todo eso está aún por llegar.

No, de momento esto es lo único que necesitas saber:

Volví a casa al día siguiente.

Volví a la ciudad, a Archer Street, donde todo empezó de verdad y discurrió de muchas y diversas maneras. La bronca sobre por qué narices me he traído la perra y la serpiente hace horas que ha amainado, y los que debían irse se han ido y los que debían quedarse se han quedado. Discutir sobre el contenido del asiento trasero del coche con Rory nada más llegar fue la guinda del pastel. Con Rory precisamente. Él mejor que nadie sabe qué, por qué y quiénes somos:

Una familia destartalada por la tragedia.

Un «¡Catapum!» de cómic con muchachos, moratones y mascotas.

Estábamos hechos para ese tipo de reliquias.

En mitad del tira y afloja, Henry sonrió de medio lado, Tommy se echó a reír y ambos dijeron: «Como siempre». El cuarto de nosotros dormía, como llevaba haciéndolo desde que me había ido.

En cuanto a mis hijas, se quedaron boquiabiertas cuando entraron y vieron los huesos.

—¿Para qué los has traído a casa, papá? —preguntaron.

Porque es imbécil.

Sorprendí a Rory pensándolo, al instante, aunque jamás lo habría dicho delante de las niñas.

En cuanto a Claudia Dunbar —de soltera Claudia Kirkby—, sacudió la cabeza y me tomó de la mano. Y parecía feliz, tanto que casi hizo que me derrumbara. Estoy seguro de que era porque yo estaba contento.

Contento.

«Contento» es un adjetivo aparentemente simplón, pero escribo y te cuento todo esto porque así es como nos sentimos, ni más ni menos. Yo en concreto porque ahora adoro esta cocina y su gran y terrible historia. Tengo que contártelo aquí. Es lo más apropiado. Estoy contento de oír mis anotaciones estampándose en la página.

Delante tengo la vieja ME.

Más allá, una accidentada mesa de madera llena de arañazos.

Hay un salero y un pimentero desparejados y un regimiento de migas irreductibles. La luz del recibidor es amarilla, la de aquí es blanca. Estoy sentado, pienso y tecleo. Aporreo las teclas sin parar. Escribir nunca es fácil, pero resulta más sencillo cuando tienes algo que contar:

Deja que te hable de nuestro hermano.

El cuarto chico Dunbar, Clay.

A él le ocurrió todo.

Todos cambiamos por él.

primera parte

ciudades

retrato de un asesino de mediana edad

Si antes del principio (de este escrito, al menos) hubo una máquina de escribir, una perra y una serpiente, en el principio en sí —once años antes— hubo un asesino, un mulo y Clay. Sin embargo, incluso en los principios alguien tiene que ser el primero, y ese día solo podía ser el Asesino. Al fin y al cabo, fue él quien nos puso una decisión por delante y nos obligó a mirar atrás. Lo hizo con su llegada. Llegó a las seis.

Además, el momento también resultó de lo más apropiado: otra abrasadora tarde de febrero. El sol había horneado el hormigón y continuaba en lo alto, ansioso. Era un calor casi corpóreo, y llegaba con él, o mejor dicho, él lo llevaba incorporado. En toda la historia de los asesinos, este debía de ser el más patético con diferencia:

Con un metro setenta y ocho, era de estatura mediana.

Con setenta y cinco kilos, tenía un peso normal.

Pero no te dejes engañar: era un páramo con traje; encorvado, deshecho. Se apoyaba contra el aire como si esperase que este acabara con él, solo que no lo haría, al menos no ese día, pues de pronto no parecía la mejor ocasión para andar concediendo favores a un asesino.

No, ese día el Asesino lo notó.

Lo olió.

Era inmortal.

Lo cual más o menos lo resumía todo.

Típico del Asesino no ser asesinable en el momento en que más le habría valido estar muerto.

Durante un rato larguísimo, por lo menos diez minutos, permaneció en la desembocadura de Archer Street, aliviado por haber llegado, aterrado de estar allí. A la calle no parecía importarle demasiado; la brisa era densa pero desenfadada, su fragancia tostada resultaba tangible. Más que estar aparcados, los coches parecían colillas aplastadas, y los cables eléctricos se combaban bajo el peso de palomas mudas y acaloradas. A su alrededor, toda una ciudad se alzó y anunció:

Bienvenido a casa, Asesino.

Una voz muy cálida, a su lado.

Diría que te has metido en un lío viniendo aquí… En realidad, llamarlo lío es quedarse corto, te has metido de lleno en la boca del lobo.

Y él lo sabía.

El calor no tardó en asediarlo.

Archer Street se empleó a fondo, casi frotándose las manos, y el Asesino poco menos que se incendió. Sintió cómo el fuego crecía en las entrañas de la chaqueta, y con él llegaron las preguntas:

¿Sería capaz de seguir caminando y rematar el principio?

¿Sería capaz de llegar al final?

Durante un instante se permitió un último lujo: la calma que precede a la tempestad. Luego tragó saliva, se masajeó la hirsuta coronilla y se dirigió al número 18 con firme determinación.

Un hombre con un traje en llamas.

Por supuesto, ese día se encaminaba hacia cinco hermanos.

Nosotros, los chicos Dunbar.

De mayor a menor:

Yo, Rory, Henry, Clayton, Thomas.

No volveríamos a ser los mismos.

Aunque, siendo justos, él tampoco. Para que puedas hacerte una ligera idea de dónde se metía el Asesino debería contarte cómo éramos:

Muchos nos consideraban por civilizar.

Unos bárbaros.

En gran parte tenían razón:

Nuestra madre había muerto.

Nuestro padre había huido.

Jurábamos como carreteros, siempre andábamos a la greña y tratábamos de machacar al otro al billar, al ping-pong (en mesas de tercera o cuarta mano, y a menudo instaladas sobre el suelo irregular del patio trasero), al Monopoly, a los dardos, al fútbol australiano, a las cartas, a cualquier cosa que cayera en nuestras manos, como si nos fuera la vida en ello.

Teníamos un piano que no tocaba nadie.

La tele cumplía cadena perpetua.

Al sofá le habían caído veinte años.

A veces, cuando sonaba el teléfono, uno de nosotros salía, cruzaba el porche a la carrera e iba a la casa de al lado, la de la vieja señora Chilman. La mujer acababa de comprar un bote de salsa de tomate y no podía abrir el puñetero tarro. Luego, quien fuese, volvía dando un portazo y la vida continuaba.

Sí, para los cinco, la vida siempre continuaba:

Era algo que nos inculcábamos los unos a los otros con cada golpe, sobre todo cuando las cosas iban fabulosamente bien o rematadamente mal. Eso pasaba cuando salíamos a Archer Street al final de la tarde. Paseábamos por la ciudad. Los edificios de apartamentos, las calles. Los árboles atribulados. Recogíamos las conversaciones mantenidas a voz en grito que arrojaban bares, casas y bloques, convencidos de que esos eran nuestros dominios. Como si pensáramos reunirlo todo y llevárnoslo a casa, bajo el brazo. Poco importaba que al día siguiente, al abrir los ojos, nos encontrásemos con que todo se había esfumado y solo quedaban edificios y luz brillante.

Ah, y una cosa más.

Quizá la más importante.

En nuestra pequeña lista de mascotas disfuncionales, que supiésemos, éramos los únicos que teníamos un mulo.

Y menudo mulo.

El animal en cuestión se llamaba Aquiles, y la historia de cómo acabó llegando a nuestro patio de las afueras, en uno de los barrios con hipódromo de la ciudad, es una señora historia. Por un lado estaba relacionada con la pista de entrenamiento y los establos abandonados que había detrás de nuestra casa, con una ordenanza municipal desfasada y con un triste y orondo anciano que cometía faltas de ortografía. Por otro, con nuestra difunta madre, nuestro huido padre y el más pequeño de los hermanos, Tommy Dunbar.

En su momento, ni siquiera se consultó a todos los de la casa, y la llegada del mulo resultó controvertida. Tras una de las muchas discusiones acaloradas con Rory…

(«¡Eh, Tommy! ¿Qué está pasando aquí?»

«¿Qué?»

«¿Cómo que qué? ¿Te estás quedando conmigo? ¡Hay un burro en el patio!»

«No es un burro, es un mulo.»

«¿Qué más da?»

«Un burro es un burro, un mulo es un cruce entre…»

«¡Como si es un cruce entre un caballo de carreras y un puto poni de las Shetland! ¿Qué hace debajo del tendedero?»

«Comer hierba.»

«¡Eso ya lo veo!»)

… nos las apañamos para quedárnoslo.

O mejor dicho, fue el mulo el que se quedó.

Como ocurría con la mayoría de las mascotas de Tommy, también en lo tocante a Aquiles surgieron algunos problemas. Sobre todo uno en particular: el mulo tenía aspiraciones. Después de que la mosquitera pasara a mejor vida, todos sabíamos que entraba en casa cuando alguien dejaba la puerta trasera entornada, si no abierta del todo. Ocurría al menos una vez por semana, la misma frecuencia con que yo estallaba. Y mis estallidos sonaban más o menos así:

—¡Mecagüen… todo! —Por aquel entonces era un malhablado de mucho cuidado, especialmente conocido por unir el «Me cago en» y hacer énfasis en el «todo»—. ¡Joder, estoy hasta los huevos de repetir siempre lo mismo! ¡Que cerréis la puerta!

Etcétera.

Lo que nos lleva de vuelta al Asesino y a cómo podía saberlo.

Tal vez contaba con la posibilidad de que ninguno de nosotros estuviese en casa cuando él llegara. O con que tendría que decidir entre utilizar su vieja llave o esperar en el porche delantero para formular su única pregunta, para plantearnos su propuesta.

Seguro que esperaba, incluso buscaba, burla y desdén.

Pero nada parecido a lo que encontró.

Menuda andanada:

El resentimiento de la casita, el embate del silencio.

Y el allanador del mulo, ese carterista.

Serían las seis y cuarto cuando Archer Street lo acompañó paso a paso hasta allí. El cuadrúpedo se quedó a cuadros.

Y así fue.

El primer par de ojos con que topó el Asesino fueron los de Aquiles, y con Aquiles siempre había que andarse con ojo. Estaba en la cocina, a unos pasos de la puerta trasera, frente a la nevera, con esa acostumbrada expresión de «¿Y tú qué miras?» plantada en su alargada y ladeada cara. Incluso mascaba, con los ollares hinchados. Indiferente. Al mando de la situación. Si estaba custodiando las cervezas, lo bordaba.

¿Y bien?

En ese momento, Aquiles parecía llevar el peso de la conversación.

Primero la ciudad y ahora el mulo.

En realidad, hasta cierto punto tenía un asomo de sentido. Si en algún lugar de la ciudad tenía que aparecer un ejemplar equino, solo podía ser allí; los establos, la pista de entrenamiento, la voz lejana de los locutores del hipódromo.

Pero ¿un mulo?

La sorpresa fue mayúscula, y el entorno desde luego no ayudó. Aquella cocina poseía una geografía y un clima propios:

Paredes nubladas.

Suelo agostado.

Un litoral de platos sucios que se extendía hacia el fregadero.

Y luego el calor, el calor.

Incluso la vigilante beligerancia del mulo disminuyó un instante a la vista de aquel calor contundente. Era peor allí dentro que fuera; una hazaña nada desdeñable.

Aun así, Aquiles no tardó en retomar su tarea, ¿o el Asesino estaba tan deshidratado que alucinaba? Con la de cocinas que debía de haber en el mundo… Por un instante pensó en llevarse los nudillos a los ojos y estrujárselos hasta deshacerse de esa visión, pero ¿para qué?

Era real.

Estaba seguro de que ese animal —ese pedazo de mulo pasota, gris, manchado, rojizo, castaño, greñudo, de ojos grandes y ollares carnosos— estaba plantado con firmeza en el agrietado suelo, victorioso, con la intención de dejar algo meridianamente claro:

Habrá muchas cosas que un asesino pueda hacer, pero jamás, bajo ningún concepto, debería volver a casa.

calentando al estilo clay

En la otra punta de la ciudad, mientras el Asesino se encontraba con el mulo, estaba Clay, y Clay calentaba. En realidad, Clay siempre calentaba. En ese momento se encontraba en un viejo edificio de apartamentos, con una escalera bajo sus pies, un niño a la espalda y una nube de tormenta en el pecho. Tenía el pelo, corto y oscuro, pegado a la cabeza, y un fuego ardía en cada uno de sus ojos.

A su lado, a la derecha, corría otro chico —rubio, un año mayor— tratando de no quedarse atrás mientras no dejaba de azuzarlo, y a su izquierda volaba una border collie. En resumidas cuentas, teníamos a Henry, Clay, Tommy y Rosada (a la que llamábamos Rosy) haciendo lo de siempre:

Uno de ellos hablaba.

Uno de ellos entrenaba.

Uno de ellos se sujetaba como si le fuese la vida en ello.

Incluso la perra se dejaba el pellejo.

Previo pago a un amigo, para este método de entrenamiento contaban con una llave que les facilitaba el acceso al edificio. Diez dólares por un mazacote de hormigón habitado. No estaba mal. Corrían.

—Venga, so manta —dijo Henry (el negociante, el simpático) junto a Clay. Trotaba entre risas mientras echaba el resto. Se le escapó una sonrisa sesgada; la atrapó con la mano. En ese tipo de ocasiones se comunicaba con Clay mediante insultos exitosamente testados—. ¿Tú te has visto? —prosiguió—, eres un blandengue. —Echaba los hígados por la boca, pero tenía que continuar hablando—. Tío, eres más blando que un huevo pasado por agua. Da grima verte correr así.

Tampoco tardaron demasiado en cumplir con otra de sus tradiciones.

Tommy, el más pequeño, el coleccionista de mascotas, perdió una de las zapatillas.

—Mierda, Tommy, creía haberte dicho que te las ataras mejor. Vamos, Clay, menudo paquete, das pena. ¿Y si te lo tomas en serio de una vez, joder?

Cuando llegaron al sexto piso, Clay se quitó a Tommy de encima y cargó contra el bocazas de la derecha. Aterrizaron sobre las baldosas enmohecidas. Clay sonrió a medias, los demás rieron y a nadie le importó el sudor. En medio de los forcejeos, Clay inmovilizó a Henry con una llave de cabeza, lo levantó y le hizo dar vueltas a su alrededor.

—Colega, necesitas una ducha pero ya. —Típico de Henry. Siempre decíamos que, para cargárselo del todo, habría que partirle la boca dos veces—. Es insoportable, te lo juro.

Henry sentía el alambre del brazo de Clay atenazándole su cuello de bocazas.

Para interrumpir, Tommy, en la plenitud de sus trece años, cogió carrerilla, saltó sobre ellos y los tres acabaron por tierra; brazos, piernas, chicos, baldosas. A su alrededor, Rosy brincaba y pegaba la barriga al suelo con la cola en alto y el cuerpo adelantado. Patas negras. Manos blancas. Ladraba, pero ellos continuaron peleando.

Cuando por fin se cansaron, se quedaron tumbados de espaldas. En aquella planta, la última del edificio, había una ventana, una luz mugrienta y torsos de respiración agitada. El aire era denso y descansaba su aplastante peso sobre sus pulmones. Henry lo engullía con fruición, pero se le escapó el corazón por la boca.

—Qué cabrón, Tommy. —Lo miró y sonrió—. Chaval, creo que acabas de salvarme la vida.

—Gracias.

—No, gracias a ti. —Señaló con un gesto a Clay, que estaba incorporado sobre un codo y tenía la otra mano metida en el bolsillo—. No entiendo por qué aguantamos a este pirado.

—Yo tampoco.

Pero lo hacían.

Para empezar, era un chico Dunbar y, en el caso de Clay, convenía tenerlo en cuenta.

Aunque ¿qué tenía de particular?

¿Qué había que saber respecto a Clayton, nuestro hermano?

Hacía años que le perseguían preguntas, como por qué sonreía pero no reía nunca.

Por qué peleaba, aunque nunca para ganar.

Por qué le gustaba tanto subir al tejado.

Por qué corría con la intención de que le reportara no placer, sino malestar, como una especie de introducción al dolor y al sufrimiento, y a aguantarlo siempre todo.

Aunque ninguna de esas incógnitas era su preferida.

Eran preguntas de calentamiento.

Nada más.

Después de descansar tumbados de espaldas, hicieron tres tandas más, y Rosy recuperó la zapatilla perdida por el camino.

—Eh, Tommy.

—¿Qué?

—La próxima vez átatelas más fuerte, ¿vale?

—Claro, Henry.

—Con nudos dobles, o te faltará campo para correr.

—Que sí, Henry.

En la planta baja, le dio una palmada en el hombro —la señal para volver a encaramarse a la espalda de Clay—, subieron de nuevo las escaleras y bajaron en el ascensor. (Algunos lo considerarían hacer trampa, aunque en realidad así era mucho más duro, porque se acortaba el tiempo de recuperación.) Después de la última subida, Henry, Tommy y Rosy utilizaron el ascensor, pero Clay optó por la escalera. Ya fuera, se dirigieron al tanque que conducía Henry y montaron el número de siempre:

—Rosy, baja de ahí. —La perra se había sentado al volante con las orejas levantadas en triángulos perfectos. Parecía a punto de poner la radio—. Vamos, Tommy, sácala de ahí, haz el favor.

—Venga, preciosa, deja de hacer el tonto.

Henry metió una mano en el bolsillo.

Un puñado de monedas.

—Clay, toma, nos vemos allí arriba.

Dos chicos iban en el coche, el otro corría.

—¡Eh, Clay! —Por la ventanilla.

Continuó corriendo. No se volvía, pero los oía de todas formas. Lo mismo de todas las veces.

—¡Si puedes, compra margaritas, eran sus preferidas, ¿recuerdas?!

Como si no lo supiera.

El coche se incorporó al tráfico con el intermitente.

—¡Y que no te timen con el precio!

Clay corrió más deprisa.

Alcanzó el pie del promontorio.

Al principio lo entrenaba yo, luego se ocupó Rory, y si bien yo lo hacía con un ridículo sentido de la integridad propio de la vieja escuela, Rory lo sometía a verdaderos suplicios, aunque nunca pudo con él. En cuanto a Henry, había encontrado el modo de sacarle provecho; lo hacía por dinero, pero también porque le gustaba, como no tardaremos en comprobar.

Resultó claro, aunque chocante, desde el principio:

Podíamos decirle lo que tenía que hacer.

Lo hacía.

Podíamos torturarlo.

Lo soportaba.

Henry podía echarlo a patadas del coche porque había visto a unos colegas que volvían a casa a pie bajo la lluvia, y Clay bajaba del vehículo y echaba a correr. Luego, cuando pasaban por su lado gritando «¡No seas manta!» por la ventanilla, aceleraba más. Tommy, sintiéndose un judas, se volvía hacia el parabrisas trasero y Clay los seguía con la mirada hasta que perdía el coche de vista. Veía aquel pelo mal cortado haciéndose cada vez más pequeño. En resumidas cuentas:

Tal vez diese la sensación de que lo entrenábamos.

Nada más lejos de la realidad.

A medida que pasaba el tiempo, cada vez hubo menos palabras y más métodos. Todos sabíamos qué quería, pero no qué iba a hacer cuando lo consiguiera.

¿Para qué narices entrenaba Clay Dunbar?

A las seis y media estaba apoyado en la valla del cementerio, con el cuerpo inclinado hacia delante y unos tulipanes a sus pies. Era un lugar elevado y bonito; a Clay le gustaba. Miró el sol, apacentándose entre los rascacielos.

Ciudades.

Esa ciudad.

Allí abajo, el tráfico regresaba al redil. La luz cambiaba. El Asesino había llegado.

—¿Hola?

Nada. Apretó con más fuerza los barrotes de la valla.

—¿Joven?

Finalmente se volvió y se topó con una anciana que señalaba algo mientras se sorbía los labios. Debían de saber bien.

—¿Le importa? —Sus ojos no tenían forma, el vestido le colgaba derrotado sobre los hombros y llevaba medias. Le daba igual el calor que hiciese—. ¿Le importa si cojo una flor?

Clay miró la profunda arruga, un largo surco que se extendía sobre sus ojos. Le dio un tulipán.

—Gracias, gracias, joven. Es para mi William.

El chico asintió y entró detrás de ella por la verja abierta. Navegó entre las tumbas. Cuando llegó, se agachó, se levantó, se cruzó de brazos, volvió el rostro hacia el sol de la tarde. No se enteró de cuánto tardaron Henry y Tommy en aparecer junto a él, uno a cada lado, la perra con la lengua fuera, frente a los epitafios. Todos ellos permanecieron con las manos en los bolsillos, encorvados aunque rígidos. Si la perra hubiera tenido bolsillos, también habría enterrado las patas en ellos, seguro. A partir de ese momento, toda la atención se centró en la lápida y las flores que había delante, marchitándose ante sus ojos.

—¿No había margaritas?

Clay lo miró.

Henry se encogió de hombros.

—Venga, Tommy.

—¿Qué?

—Dáselo, le toca.

Clay extendió la mano. Sabía lo que había que hacer.

Cogió el limpiamuebles y roció la placa metálica. A continuación, le tendieron la manga de una camiseta gris y frotó el monumento con ganas.

—Te has dejado un poco.

—¿Dónde?

—¿Estás ciego? ¡Ahí, en la esquina! ¡Pero ¿dónde miras?! ¡¿Es que no tienes ojos en la cara?!

Clay los observó mientras hablaban y luego lo pulió con movimientos circulares. La manga quedó negra; la boca sucia de la ciudad. Los tres vestían camisetas de tirantes y pantalones cortos viejos. Los tres apretaron los dientes. Henry le guiñó el ojo a Tommy.

—Buen trabajo, Clay. Habrá que ir tirando, ¿no crees? No querrás llegar tarde al gran evento.

Tommy y la perra partieron detrás de él, como siempre.

Luego Clay.

—Los mejores vecinos siempre son los del otro barrio —soltó Henry cuando Clay los alcanzó.

De verdad, no decía más que chorradas.

—Odio venir aquí, lo sabes, ¿verdad? —dijo Tommy.

¿Y Clay?

Clay —el callado, o el de la sonrisa— se volvió una última vez y contempló la soleada barriada de estatuas, cruces y lápidas.

Parecían premios de consolación.

Hasta el último de ellos.

bárbaros

De vuelta en la cocina del número 18 de Archer Street, la situación había llegado a un punto muerto.

El Asesino retrocedió lentamente y se adentró en la casa. El silencio que reinaba en ella era sobrecogedor —un parque gigantesco para recreo y ensañamiento de la culpabilidad—, aunque engañoso. El zumbido de la nevera, la respiración del mulo, que además no era el único animal que vivía allí. El Asesino percibió el movimiento al recular por el pasillo. ¿Lo husmeaban, lo acechaban?

Lo dudo mucho.

No, los animales no suponían una amenaza ni muchísimo menos; a quienes temía de verdad era a dos de nosotros, los mayores.

Yo era el responsable:

El sostén de la familia desde hacía tiempo.

Rory era el invencible:

El grillete humano.

Hacia las seis y media, Rory estaba en la acera de enfrente, apoyado en un poste de telégrafo, sonriendo con gesto sombrío y socarrón, sonriendo porque sí; el mundo estaba podrido, igual que él. Tras una breve búsqueda, se extrajo un largo pelo de chica de la boca. Su dueña, quien fuese, estaba ahí fuera, en alguna parte, aunque en la mente de Rory yacía con las piernas abiertas. Una chica a la que nunca conoceremos ni veremos.

Poco antes se había tropezado con una que sí conocíamos, una chica llamada Carey Novac. Justo frente al camino de entrada de su casa.

Carey olía a caballo, y era ella quien lo había saludado de lejos.

Había bajado de la vieja bici.

Tenía los ojos de color verde bueno y el cabello caoba —una melena kilométrica—, y le había dado un mensaje, para Clay. Estaba relacionado con un libro; uno de los únicos tres que importaban.

—Dile que me sigue gustando Buonarroti, ¿vale?

Rory se había quedado de piedra y no había movido ni un dedo, solo los labios.

—Borna… ¿qué?

La chica continuó su camino hacia el garaje entre risas.

—Tú díselo, ¿vale? —Pero entonces se apiadó de él y se inclinó hacia atrás, con sus brazos pecosos y su seguridad absoluta. Carey desprendía cierto aire de generosidad; calor, sudor, vida—. Ya sabes, ¿Miguel Ángel?

—¿Qué?

Ahora estaba incluso más confuso. Como una chota, pensó. Muy mona, pero como una chota. ¿A quién le importa una mierda Miguel Ángel?

Sin embargo, se le quedó grabado.

Encontró aquel poste, se apoyó en él un rato y luego cruzó la calle de camino a casa. Le había entrado hambre.

En cuanto a mí, estaba allí metido, allí fuera, atrapado en el tráfico.

Alrededor, delante y detrás de mí, una larga reata de coches avanzaba en fila siguiendo el camino indicado hacia hogares de todo tipo y condición. Una obstinada ola de calor entraba por la ventanilla de la ranchera (la misma que aún conduzco) mientras pasaba junto al desfile interminable de vallas publicitarias, escaparates y personas. Con cada pequeño avance, la ciudad se abría paso en el interior del vehículo, donde topaba con mi característico olor a madera, lana y barniz.

Saqué el antebrazo por la ventanilla.

Me sentía pesado, como un tronco muerto.

Tenía las manos pegajosas a causa de la cola y la trementina, y lo único que quería era llegar a casa para poder ducharme y preparar la cena, y tal vez leer o ver una película antigua.

No era mucho pedir, ¿no?

Llegar a casa y relajarse.

Pues ni de coña.

bernborough

Henry había puesto sus reglas para esos días.

Primera, tenía que haber cerveza.

Segunda, tenía que estar fría.

Por eso mismo dejó a Tommy, a Clay y a Rosy en el cementerio; se reuniría con ellos más tarde, en Bernborough Park.

(Bernborough Park, para quien no esté familiarizado con el barrio, es un viejo campo de atletismo. Por entonces no había más que una grada cochambrosa y cristales rotos para llenar un aparcamiento. También era el emplazamiento de los entrenamientos más infames de Clay.)

Antes de subir al coche, sin embargo, Henry creyó necesario dar a Tommy unas cuantas instrucciones de última hora. Rosy también prestó atención.

—Si ves que llego tarde, diles que se tranquilicen y que paren el carro, ¿vale?

—Claro, Henry.

—Y que tengan el dinero preparado.

—Claro, Henry.

—¡Joder, Tommy, ya te vale con tanto «Claro, Henry»!

—Vale.

—Tú sigue y te saco ahí fuera con él. ¿Es eso lo que quieres?

—No, gracias, Henry.

—No sabes cómo te entiendo, enano. —Una sonrisa sucinta al final de un repaso bien dado, aunque divertido. Le dio un manotazo en la oreja, con cariño pero contundente, y le echó el guante a Clay—. Y tú, hazme un favor. —Le cogió la cara entre las manos—. No olvides que vas con estos dos.

En medio de la nube de polvo que levantó el coche, la perra miró a Tommy.

Tommy miró a Clay.

Clay no miró a ninguno de los dos.

Se tocó el bolsillo, y una parte inmensa de sí mismo sintió el anhelo —de echar a correr, de nuevo—, pero, con la ciudad abriéndose ante ellos y el cementerio a sus espaldas, se acercó y se colocó la perra bajo el brazo.

Se levantó, y Rosy sonreía.

Tenía ojos de trigo y oro.

Se reía del mundo a sus patas.

Bajaban por Entreaty Avenue, la gran cuesta que había ascendido hacía un rato, cuando por fin la dejó en el suelo. Pisaron los franchipanes podridos de Poseidon Road, la arteria del barrio del hipódromo. Un kilómetro oxidado de tiendas.

Mientras Tommy suspiraba por la tienda de mascotas, Clay se moría por otros lugares; por las calles y los monumentos de cierta chica.

Lonhro, pensó.

Bobby’s Lane.

La adoquinada Peter Pan Square.

La chica tenía el cabello caoba y ojos verde bueno, y era aprendiz de Ennis McAndrew. Su caballo favorito se llamaba Matador. Su carrera favorita era la Cox Plate, desde siempre. Su ganador favorito de esa carrera era el magnífico Kingston Town, hacía más de tres décadas. (Lo mejor siempre pasa antes de que naciéramos nosotros.)

El libro que leía se titulaba El cantero.

Uno de los únicos tres que importaban.

En el calor de Poseidon Road, los chicos y la perra torcieron hacia el este y poco después emergió ante ellos: la pista de atletismo.

Se acercaron y desaparecieron en ella colándose por un agujero de la valla.

Esperaron en la recta, al sol.

En cuestión de minutos apareció la clientela habitual: polluelos de buitre sobre el cadáver de un campo de atletismo. Los hierbajos invadían las calles; la pista roja de tartán estaba medio levantada. El área interior se había convertido en una selva.

—Mira —dijo Tommy, y señaló.

Desde todas direcciones no paraban de llegar chicos en la cima de su gloria pubescente. Aun de lejos se veían sus sonrisas socarradas y podían contarse sus cicatrices de ciudad. También se percibía su olor: la esencia a hombres en ciernes.

Clay los observó un rato desde la última calle. Bebían, se rascaban las axilas. Arrojaban botellas. Algunos pateaban la pista llagada. Poco después, decidió que ya había visto suficiente.

Colocó una mano en el hombro de Tommy y se dirigió a la sombra de la grada.

La oscuridad lo engulló.

cautivo de los griegos

Para el Asesino, en la sala de estar, resultó un incómodo consuelo encontrarse a los demás, a los que solíamos referirnos como la panda de mascotas taradas de Tommy. Y luego estaban los nombrecitos, claro. Algunos sublimes, diría, aunque otros, la verdad, ridículos. Primero vio el pez de colores.

Siguió una mirada de soslayo procedente de cerca de la ventana, donde había una pecera sobre un soporte y un pez que embestía y retrocedía, arremetiendo contra el cristal.

Las escamas parecían plumas.

La cola, un rastrillo dorado.

AGAMENÓN.

Una etiqueta medio arrancada y pegada en la parte inferior lo anunciaba en apretadas letras de trazo infantil escritas con rotulador verde. El Asesino conocía el nombre.

Al lado, en el gastado sofá, entre el mando a distancia y un calcetín sucio, dormía una enorme bestia gris, un gato atigrado de gigantescas garras negras y una cola con forma de signo de exclamación, que respondía al nombre de Héctor.

En muchos aspectos, Héctor era el animal más odiado de la casa. Ese día, a pesar del calor que hacía, estaba ovillado como una ce pachona y peluda, salvo la cola, que llevaba clavada como un arma de angora. Cuando cambiaba de postura, el pelo salía volando en desbandada, pero él continuaba durmiendo, íntegro, y ronroneando. Solo había que acercarse a él para que encendiese el motor. Aunque se tratase de un asesino. Héctor nunca había tenido muchas manías.

Por último, aunque no por ello menos importante, en la estantería había una jaula, un armatoste alargado.

Dentro había un palomo que esperaba con suma gravedad pero contento.

La puerta estaba abierta de par en par.

Algunas veces, cuando se erguía y caminaba, movía la cabeza morada arriba y abajo con gran economía, marcando un ritmo perfecto. Aquella era toda su actividad, un día tras otro, mientras esperaba para encaramarse al hombro de Tommy.

Por entonces lo llamábamos Telly.

O Te.

Pero nunca, en ninguna ocasión, por su exasperante nombre completo:

Telémaco.

Dios, cómo odiábamos a Tommy por esos nombres.

Solo se lo permitíamos por un motivo: porque todos lo entendíamos.

El mocoso sabía lo que hacía.

El Asesino, que se había adentrado unos pasos, echó un vistazo.

Eso parecía ser todo:

Un gato, un pájaro, un pez de colores, un asesino.

Y, por supuesto, el mulo de la cocina.

Una cuadrilla bastante inofensiva.

En esa extraña luz, en el calor sofocante y entre los demás artículos de la sala de estar —un portátil viejo y vejado, el sofá de cojines manchados de café, los libros de texto amontonados en la moqueta— el Asesino notó que lo acechaba, a su espalda. Solo le faltó decir «¡Bu!».

El piano.

El piano.

Joder, pensó, el piano.

Vertical y de madera de nogal, estaba en el rincón, con la boca cerrada y un mar de polvo encima:

Insondable y sereno, tremendamente triste.

Un piano, nada más.

Tal vez te parezca inocuo, pero no te dejes engañar, porque al Asesino le empezó a temblar el pie izquierdo. Fue tal la pena que estalló en su pecho que podría haber salido despedido hacia atrás por la puerta de la calle.

Qué momento para oír las primeras pisadas en el porche.

Y entonces la llave, la puerta, Rory, y ni un solo segundo para recomponerse. Cualquier discurso que el Asesino hubiese preparado había abandonado su garganta, en la que también echaba en falta el aire. Solo quedaba allí el regusto de su corazón desbocado. Además, apenas alcanzó a verlo de manera fugaz, porque el chico atravesó el pasillo como una exhalación. Lo verdaderamente vergonzante fue que no supo decir de quién de nosotros se trataba.

¿Rory o yo?

¿Henry o Clay?

No era Tommy, eso seguro. Demasiado grande.

Solo había percibido un cuerpo en movimiento y, de pronto, el grito exultante procedente de la cocina.

—¡Aquiles! ¡Pero qué cabrón!

La nevera se abrió y se cerró, momento en que Héctor levantó la cabeza. Saltó a la moqueta y estiró las patas traseras con ese típico temblor gatuno antes de dirigirse a la cocina sin prisas. La voz cambió de inmediato.

—Héctor, ¿qué narices quieres, bola de sebo? ¡Vuelve a subirte a mi cama esta noche y te juro que te retuerzo el pescuezo! —El susurro de las bolsas de bollos, tarros sonando al abrirse. Una nueva risa—. Ay, el bueno de Aquiles…

Por descontado, no hizo nada al respecto. Ya se encargará Tommy, pensó. O incluso mejor, ya me lo encontraría yo más tarde. Eso no tendría precio. Y listo.

Igual de deprisa que había entrado, se produjo un nuevo atisbo fugaz en el pasillo, se oyó un portazo y al instante había desaparecido.

Como puedes imaginar, le costó recuperarse de algo así.

Muchos latidos, muchas inspiraciones.

Hundió la cabeza, sus pensamientos dieron gracias.

El pez de colores arremetió contra el cristal.

El pájaro lo observó con atención y luego empezó a desfilar, de un extremo a otro, como un coronel. El regreso del gato no se hizo esperar. Héctor entró en la sala de estar y se acomodó como si concediera audiencia. El Asesino estaba convencido de que oía su propio pulso: su estruendo, su fricción. Lo notaba en las muñecas.

Al menos algo había quedado claro.

Tenía que sentarse.

Sin perder tiempo, hizo del sofá su bastión.

El gato se relamió y se abalanzó sobre él.

El Asesino volvió la vista, lo sorprendió en pleno vuelo —una bola sebosa de pelo gris de rayas— y se preparó para recibirlo. Aunque solo fuese un momento, se preguntó si debía acariciarlo. En cualquier caso, a Héctor le traía sin cuidado; se puso a ronronear en su regazo como si pretendiese echar la casa abajo. Incluso empezó a panderetear con las patas, sin compasión, sobre los muslos del Asesino. Y entonces llegó alguien más.

Apenas podía creerlo.

Vienen.

Vienen.

Los chicos vienen, y aquí estoy yo, con el gato doméstico más pesado de la historia plantado encima. Era como estar atrapado bajo un yunque, y uno que no dejaba de ronronear.

Esa vez se trataba de Henry, quien se dirigió a la cocina con paso decidido, apartándose el pelo de los ojos. Tal vez le resultase mucho menos gracioso, pero sin duda no más urgente:

—Vaya, qué bien, Aquiles, gracias por estos buenos momentos. Fijo que Matthew vuelve a pillarse un cabreo esta noche.

¡Cómo no!

A continuación abrió la nevera y esta vez recordó sus modales.

—Tío, ¿te importaría apartar un poco la cabeza? Gracias.

Se oyó el chocar de las cervezas mientras las sacaba del frigorífico y las iba lanzando a la nevera portátil. Poco después se ponía en marcha de nuevo hacia Bernborough Park, y el Asesino, de nuevo también, se quedaba solo.

¿Qué estaba ocurriendo?

¿Nadie era capaz de intuir al Asesino?

No, no iba a ser tan sencillo. Y esta vez lo habían dejado allí, aplastado en el sofá, meditando sobre la duración de aquella invisibilidad innata. Se sentía atrapado por ella —entre el alivio que le proporcionaba su misericordia y la vergüenza que acompañaba a su impotencia— y permaneció allí sentado, sin más, en silencio. A su alrededor, un ciclón de pelo gatuno se arremolinaba en la luz crepuscular. El pez de colores reanudó su batalla contra el cristal y el palomo marchó con paso firme.

El piano lo vigilaba a su espalda.

el grillete humano

Cuando el último de ellos apareció en Bernborough Park, hubo apretones de manos y risas. Hubo alboroto. Hubo tragos a la típica manera adolescente, ávidos, con la boca bien abierta. Hubo «¡Eh!» y «¿Qué hay?» y «¿Dónde andabas, so subnormal?». Sin saberlo, eran unos virtuosos de la aliteración.

En cuanto bajó del coche, el primer punto en el orden del día de Henry fue asegurarse de que Clay estaba en el vestuario de las gradas. Allí se encontraría con la tanda de esa tarde: seis chicos, expectantes. Y lo que ocurriría sería lo siguiente:

Saldrían del túnel.

A continuación, los seis chicos se distribuirían por la pista de los cuatrocientos metros.

Tres en la marca de los cien metros.

Dos en la de doscientos.

Y uno entre la de trescientos y la meta.

Por último, y lo más importante, los seis harían todo lo que estuviera en sus manos para impedir que Clay completara una sola vuelta. Cosa que era más fácil de decir que de hacer.

En cuanto a la pandilla de espectadores, debían adivinar el resultado. Cada uno de ellos cantaba un tiempo concreto y ahí era donde entraba Henry. Henry se encargaba, encantado, de las apuestas. Una tiza en una mano, un viejo cronómetro colgado del cuello y listo.

Ese día, varios chicos lo abordaron enseguida al pie de la gradería. Para Henry, muchos de ellos ni siquiera eran reales, solo motes con chicos incorporados. Por lo que a ti y a mí respecta, menos a dos de ellos, a todos los demás solo los veremos aquí y aquí los dejaremos, y serán así de descerebrados por siempre jamás. Si lo piensas, es hasta bonito.

—¿Y qué, Henry? —preguntó Lepras.

¿Qué otra cosa puedes hacer salvo compadecer a un tipo con un mote así? Estaba cubierto de costras de todo tipo, tamaño y color. Por lo visto, a los ocho años había empezado a hacer el idiota con la bici y no había parado desde entonces.

Henry estuvo a punto de apiadarse de él, pero acabó decidiéndose por una sonrisita.

—¿Qué de qué?

—¿Está muy cansado?

—No mucho.

—¿Ya ha subido la escalera de Crapper? —Ese fue Chugs. Charlie Drayton—. ¿Y la colina del cementerio?

—A ver, está bien, ¿vale? Como una rosa. —Henry se frotó las manos con entusiasta ilusión—. Y encima tenemos a seis de los mejores ahí abajo. Incluso a Starkey.

—¡Starkey! Así que ese cabrón ha vuelto… Entonces creo que voy a añadir como mínimo otros treinta segundos.

—Venga ya, Trucha, a Starkey se le va la fuerza por la boca. Clay pasará por su lado como si nada.

—¿Cuántos pisos dices que tiene ese bloque de apartamentos, Crapps?

—Seis —contestó Henry—, y la llave ya está un poquito oxidada, colega. Consíguenos otra y hasta puede que te deje apostar gratis.

Crapper, pelo encrespado, cara encrespada, se pasó la lengua por los crespos labios.

—¿Qué? ¿En serio?

—Bueno, igual por la mitad.

—Eh, ¿cómo es que Crapps puede apostar gratis? —protestó un chico al que llamaban Fantasma.

Henry lo interrumpió antes de que tuviese que interrumpir nada.

—Desgrrasidamente, so blanqueras, Crapps tiene algo que podemos usar, por lo tanto es útil. —Lo acompañó mientras le daba la charla—. Tú, por el contrario, eres un inútil. ¿Lo pillas?

—Vale, Henry, quid pro quo —intervino Crapper, con la esperanza de obtener un trato mejor—: mi llave a cambio de tres apuestas gratis.

—¿Quid pro quo? Joder, ¿qué eres? ¿Francés?

—No creo que los franceses digan quid pro quo, Henry. Creo que es italiano.

Esa voz había procedido de fuera del corrillo; Henry la buscó.

—Chewie, ¿has sido tú, pedazo de orangután? ¡Había oído que ni siquiera tenías puta idea de inglés! —Luego se dirigió a los demás—: Será capullo…

Se echaron a reír.

—Muy buena, Henry.

—Vas listo si crees que hacerme la pelota te va a servir de algo.

—Eh, Henry. —Crapper. Un último intento—. ¿Y si…?

—¡Jodeeer…! —exclamó con voz exasperada, aunque Henry era más dado a fingir el enfado que a enfadarse en sí. A sus diecisiete años, había sufrido gran parte de lo que significaba ser un Dunbar, y siempre con buena cara. También sentía debilidad por los miércoles en Bernborough y por los chicos que seguían desde la valla lo que allí sucedía. Adoraba que aquello fuese el gran acontecimiento de mediados de semana. Para Clay solo era un calentamiento más—. Muy bien, cabrones, ¡¿quién es el primero?! ¡Apuesta mínima de diez o a cascarla!

Se subió de un salto a un banco astillado.

A partir de ahí, las apuestas empezaron a llegar a gritos de aquí y de allá, desde 2:17 a 3:46 o un sonoro 2:32. Con su trozo de tiza verde, Henry anotaba los nombres y los tiempos en el suelo de hormigón, junto a las apuestas de las semanas anteriores.

—Venga, va, Murgas, espabila.

Murgas, también conocido como Vong, o Kurt Vongdara, llevaba un buen rato dudando. Se tomaba muy pocas cosas en serio, pero por lo visto esta era una de ellas.

—Vale, ya que está Starkey, pon, joder…, 5:11 —se decidió.

—Madre mía… —Henry, en cuclillas, sonrió—. Y recordad, chicos, no vale cambiar de opinión ni borrar la tiza…

Vio algo.

A alguien.

No habían coincidido en la cocina de casa por minutos, pero allí sí lo vio, innegable e inconfundible, con su pelo óxido oscuro y sus ojos de chatarra, mascando chicle. Henry no cabía en sí de gozo.

—¿Qué pasa? —Una pregunta colectiva, a coro—. ¿Qué ocurre? ¿Qué…?

Henry señaló hacia arriba con un gesto de la cabeza que coincidió con el aterrizaje de la voz en medio de la tiza.

—Caballeros…

Durante unos segundos, un «Oh, mierda» completamente impagable se dibujó en el rostro de los chicos, y un instante después se pusieron en acción.

Todo el mundo cambió sus apuestas.

señales de humo

Muy bien, se acabó.

Estaba harto.

Por muy abatido, arrepentido y avergonzado que se sintiese, el Asesino había llegado a un límite; podíamos despreciarlo, pero no iba a permitir que lo ignorásemos. Aunque, bien mirado, su siguiente movimiento también podía considerarse un gesto de cortesía: ya que había entrado en la casa sin permiso, qué menos que avisarnos.

Se quitó a Héctor de encima.

Se acercó al piano.

En lugar de levantar la tapa que cubría las teclas (de ningún modo se veía capaz de hacer frente a algo así), descubrió las cuerdas, y seguramente fue peor lo que encontró, porque allí, en su interior, había dos libros de color carbón y un viejo vestido azul de lana. Uno de sus botones estaba dentro de un bolsillo y, debajo del vestido, lo que el Asesino buscaba: un paquete de cigarrillos.

Lo extrajo, despacio.

Su cuerpo se dobló.

Luchó con todas sus fuerzas para enderezarlo.

Volver a cerrar el piano y regresar a la cocina exigió un gran esfuerzo. Rebuscó un encendedor en el cajón de los cubiertos y se plantó ante Aquiles.

—A la mierda.

Era la primera vez que se atrevía a hablar. El mulo no parecía por la labor de atacarlo, cosa que lo animó, y el Asesino se dirigió al fregadero.

—Ya puestos, también podría fregar los platos.

los idiotas

Dentro, las paredes de los vestuarios estaban tristemente cubiertas de grafitis tan chapuceros que daban vergüenza ajena. Clay estaba sentado, descalzo, ajeno a todo aquello. Frente a él, Tommy se dedicaba a arrancar las hierbecitas que se habían enredado en el pelo de la barriga de Rosy, aunque la border collie no tardó en acercarse a Clay, que le agarró el morro con suavidad.

—Dunbar. ...


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