El murmullo de las abejas

por Sofía Segovia

20 minutos

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1

Niño azul, niño blanco

En esa madrugada de octubre el llanto del bebé se mezclaba con el ruido del viento fresco circulando entre los árboles, el canto de los pájaros y la despedida de los insectos de la noche. Salía flotando de la espesura del monte, pero se apagaba a unos cuantos metros de su origen, como impedido por una brujería a salir en busca de cualquier oído humano.

Se comentaría por años cómo don Teodosio, rumbo a su trabajo en una hacienda vecina, seguramente debió pasar al lado del pobre bebé abandonado sin haber oído ni pío, y cómo Lupita, la lavandera de los Morales, cruzó el puente que la llevaría a La Petaca en busca de una poción de amor sin haber notado algo extraño: y si yo lo hubiera oído, lo habría levantado siquiera, porque por más horrible, no sé quién pudo haber abandonado a un bebé recién nacido así nomás, a morir solito, diría por la tarde a quien la quisiera escuchar.

Ése era el misterio. ¿Quién de los alrededores había mostrado un embarazo indiscreto recientemente? ¿A quién pertenecía ese bebé desafortunado? En el pueblo las noticias de indiscreciones de ese tipo se esparcían más rápido que el sarampión, así que de saberlo uno, lo sabrían todos.

Sin embargo, en este caso nadie sabía nada.

Había teorías de todo tipo, pero la que más seducía la imaginación colectiva era la de que el bebé pertenecía a alguna de las brujas de La Petaca, que como todos sabían eran libres con sus favores de la carne y que, al resultarle un crío tan deforme y extraño —castigo del Altísimo o del diablo, ¿quién sabe?—, lo había ido a tirar bajo el puente para abandonarlo a la buena de Dios.

Nadie supo cuántas horas estuvo así aquel bebé, abandonado bajo el puente, desnudo y hambriento. Nadie se explicaba cómo sobrevivió a la intemperie sin desangrarse por el cordón umbilical sin anudar o sin ser devorado por ratas, aves de rapiña, osos o pumas que abundaban en esos cerros.

Y todos se preguntaban cómo la vieja nana Reja lo encontró cubierto por un manto vivo de abejas.

Reja había escogido pasar su tiempo eterno en el mismo lugar, afuera de uno de los cobertizos que se usaban como bodega en la hacienda La Amistad, el cual era de construcción sencilla y sin ventanas, idéntico a varios otros de servicio erigidos a espaldas de la casa principal para no ser vistos por el visitante social. Lo único que distinguía a este cobertizo de los otros era su techo volado, que le permitía a la vieja permanecer a la intemperie ya fuera en invierno o en verano. Que lo tuviera no era más que una buena casualidad. Reja no había elegido ese lugar para protegerse de los elementos sino por la vista que desde ahí apreciaba y por el viento que, atravesando entre el laberinto de montes, descendía hasta ella, para ella.

Habían transcurrido muchos años desde que la vieja escogió su puesto, por lo que además de Reja ya no quedaba entre los vivos ningún testigo del día en que su mecedora llegó hasta ahí o que recordara el momento en que la nana la había ocupado para siempre.

Ahora casi todos creían que ella nunca se levantaba de ese lugar y suponían que era porque a su edad, que nadie era capaz de precisar, sus huesos ya no la sostendrían y sus músculos ya no le responderían. Porque al salir el sol la veían sentada ya, meciéndose con suavidad, impulsada más por el viento que por sus pies. Después, por la noche, nadie notaba su desaparición, porque ya todos estaban ocupados con su descanso.

Tantos años en la mecedora propiciaron que la gente del pueblo se olvidara de su historia y de su humanidad: se había convertido en parte del paisaje y echado raíces en la tierra sobre la que se mecía. Su carne se había transformado en madera y su piel en una dura, oscura y surcada corteza.

Al pasar frente a ella nadie le ofrecía un saludo, como tampoco se saludaría a un viejo y moribundo árbol. Algunos niños la miraban de lejos cuando hacían el corto viaje desde el pueblo buscando a la leyenda, pero de vez en cuando alguno tenía las agallas de acercarse de más para cerciorarse de que en verdad se trataba de una mujer viva y no de una labrada en madera. Pronto se daban cuenta de que en esa corteza había vida cuando, sin necesidad de abrir los ojos siquiera, propinaba al atrevido aventurero un buen golpe con su bastón.

Reja no consentía ser la curiosidad de nadie; prefería fingir que era de palo. Prefería que la ignoraran. Sentía que a sus años, con las cosas que sus ojos habían visto, sus oídos escuchado, su boca hablado, su piel sentido y su corazón sufrido, había tenido suficiente para hastiar a cualquiera. No se explicaba por qué seguía viva ni qué esperaba para irse, si ya no le servía a nadie, si su cuerpo se le había secado, y por lo tanto prefería no ver ni ser vista, no oír, no hablar y sentir lo menos posible.

Aunque ese aspecto de sus sentidos aún no lo dominaba del todo.

Existían ciertas personas que Reja toleraba a su alrededor; entre ellas la otra nana, Pola, que de igual manera había visto pasar sus mejores días hacía mucho. Toleraba también al niño Francisco porque algún día, cuando aún se permitía sentir, lo había querido con intensidad, pero apenas soportaba a su esposa Beatriz o a sus hijas. A la primera porque no tenía ganas de dejar que alguien nuevo entrara a su vida, y a las segundas porque le parecían insoportables.

No había nada que necesitaran de ella y nada que ella quisiera ofrecerles, porque la vejez la había eximido poco a poco de sus tareas como sirvienta. Llevaba años de no participar en el mantenimiento de la casa, y así se fue convirtiendo en parte de su mecedora. Tanto así, que poco se notaba ya dónde terminaba la madera de una y empezaba la de la otra.

Antes del amanecer caminaba desde su cuarto hacia el cobertizo, donde la esperaba su silla móvil bajo el techo volado, y cerraba los ojos para no ver y los oídos para no oír. Pola le llevaba el desayuno, la comida y la cena, que casi no probaba porque su cuerpo ya no necesitaba demasiado alimento. Se levantaba mucho más tarde, sólo cuando detrás de sus párpados cerrados las luces de las luciérnagas le recordaban la noche, y cuando en su cadera empezaba a sentir los empujones y los pellizcos que le daba su mecedora de madera, la cual se cansaba mucho antes que ella de tan constante cercanía.

A veces abría los ojos en el camino de regreso a su cama. No necesitaba abrirlos para ver. Luego se acostaba en fondo sobre las cobijas, sin sentir frío, porque su piel ya ni eso dejaba pasar. Pero no dormía. La necesidad de sueño era algo que su cuerpo había dejado atrás. Si era porque había dormido cuanto debe dormir un ser a lo largo de una vida o porque se negaba a dormir para no caer en el gran sueño, ella no lo sabía. Tenía mucho de no pensar en eso. Tras unas horas en la suavidad de la cama, empezaba a sentir los empujones y los pellizcos que ésta le daba para recordarle que era hora de ir a visitar a su amiga fiel, la mecedora.

Nana Reja no sabía con precisión cuántos años llevaba en esa vida. No sabía cómo había nacido ni su nombre completo —si acaso alguna vez alguien se había tomado la molestia de darle alguno—. Aunque se suponía que debió tenerla, no recordaba su infancia ni a sus padres —si alguna vez los tuvo—, y si alguien le hubiera dicho que nació de la tierra como un nogal, lo habría creído. Tampoco se acordaba de la cara del hombre que le hizo aquel crío, pero sí recordaba haberle visto la espalda mientras se alejaba para dejarla en una choza de palos y lodo, abandonada a su suerte en un mundo desconocido.

Como sea, no olvidaba los movimientos fuertes en la barriga, las punzadas en los pechos y el líquido amarillento y dulzón que brotaba de ellos aun antes de que le naciera el único hijo que tendría. No sabía si recordaba la cara de ese niño, porque quizá su imaginación le gastaba algunas bromas al juntar los rasgos de todos los bebés, blancos o prietos, a los que amamantó en la juventud.

Recordaba con claridad el día en que entró por primera vez a Linares, medio muerta de hambre y de frío, y sentía aún a su bebé en brazos, acurrucado con fuerza contra su pecho para protegerlo del aire helado de ese enero. Nunca había bajado de la sierra, por lo que era natural que nunca hubiera visto tantas casas juntas ni caminado por una calle o atravesado una plaza; tampoco se había sentado jamás en una banca pública, y eso fue lo que hizo cuando la debilidad le aflojó las rodillas.

Sabía que debía pedir ayuda aunque no supiera cómo, aunque por sí misma no lo hiciera. Pediría ayuda por el bebé que traía en brazos porque llevaba dos días sin querer mamar ni llorar.

Nada más eso la impulsó a bajar a este pueblo que a veces contemplaba a lo lejos, desde su choza en la sierra.

Jamás había sentido tanto frío, de eso estaba segura. Y quizá los pobladores del lugar también lo percibían, porque no veía a nadie caminando por ahí, enfrentándose al aire helado como ella. Todas las casas le parecían inaccesibles. Las ventanas y las puertas tenían barrotes, y detrás de éstos postigos cerrados. Así que siguió sentada en esa banca de la plaza, indecisa, cada vez más helada y temerosa por su bebé.

Ignoraba cuánto tiempo había permanecido así, y quizá ahí habría seguido, convertida en estatua de la plaza, de no haber sido porque el médico del pueblo, que era un buen hombre, se alarmó al ver a una mujer tan desgarrada.

El doctor Doria salió de su casa bajo esas condiciones porque la señora Morales moriría pronto. Hacía dos días que la mujer había dado a luz a su primer bebé, atendida por una comadrona. Ahora el marido lo había mandado llamar en la madrugada, alarmado por la fiebre de su esposa. Hubo que convencerla para que dijera dónde sentía el malestar: los pechos. La infección se manifestó con un fuerte dolor al amamantar.

Mastitis.

—¿Por qué no me lo dijo antes, señora?

—Porque me dio vergüenza, doctor.

Ahora la afección estaba muy avanzada. El bebé no dejaba de llorar porque llevaba más de doce horas sin alimento, pues su madre no soportaba darle pecho. Él nunca había visto ni sabido que mujer alguna muriera de mastitis y estaba claro que la señora Morales se moría. La piel cenicienta y ese brillo enfermizo en los ojos le indicaban al doctor que la nueva madre pronto entregaría el alma. Consternado, sacó al señor Morales al pasillo.

—Necesita dejarme examinar a su señora.

—No, doctor. Dele una medicina nada más.

—¿Cuál medicina? La señora está muriendo, señor Morales, y tiene que dejarme averiguar de qué.

—Será de la leche.

—Será de otra cosa.

Era necesario convencerlo: prometerle tocar, pero no ver; o ver, pero no tocar. Al final el marido accedió y convenció a la moribunda de dejarse palpar los pechos, y peor: dejarse ver o tocar el vientre bajo y la entrepierna. No hubo necesidad de tocar nada: el intenso dolor en la pelvis y los loquios purulentos que brotaban del cuerpo enfermo auguraban el deceso.

Algún día se descubrirían las causas de la muerte de parto y la manera de prevenirla, aunque para la señora Morales ese día llegaría demasiado tarde.

No había nada que hacer: sólo mantener a la enferma lo más cómoda posible hasta cuando Dios dijera basta.

Para salvar al bebé, el médico mandó al mozo de los Morales a buscar una cabra lechera. Mientras tanto, el doctor Doria intentó alimentarlo con una mamila improvisada llena de un suero hecho de agua y azúcar. El recién nacido no toleró la leche de cabra, por lo que de seguro moriría, en una agonía lenta y terrible.

Doria seguía preocupado durante el camino a su casa. Se había despedido del esposo y padre tras decirle que él no podía hacer más.

—Sea fuerte, señor Morales. Dios sabe por qué hace las cosas.

—Gracias, doctor.

Entonces vio a la mujer de hielo negro mientras caminaba de regreso a su casa, lo cual en sí le pareció al doctor Doria un pequeño milagro, porque estaba exhausto y porque el frío lo hacía caminar cabizbajo. La vio en la plaza, sentada justo en la placa de bronce que anunciaba que esa banca había sido donada al pueblo por la familia Morales. La compasión atravesó su cansancio lo suficiente para animarlo a acercarse y preguntarle ¿qué hace aquí? ¿Necesita ayuda?

El hombre hablaba demasiado rápido para que Reja lo entendiera, pero comprendió la mirada de esos ojos y confió lo suficiente para seguirlo hasta su casa. Ya en el calor del interior, Reja se animó a descubrir un poco la cara del bebé. Estaba azul e inerte. No logró suprimir un gemido. El hombre, como doctor del pueblo, hizo cuanto pudo para revivirlo. De haber podido hablar pese a lo entumida que estaba por el frío, Reja le habría dicho pa’ qué le hace. Pero sólo era capaz de gemir y gemir más, asediada por la imagen de su hijo azul.

No supo cuándo la desvistió el doctor ni se detuvo a pensar que era ésa la primera vez que un hombre lo hacía sin echársele encima. Como muñeca de trapo se dejó tocar y revisar; sólo reaccionaba cuando el médico le rozaba los pechos calientes, enormes, tiesos y dolorosos por la leche acumulada. Luego se dejó vestir con ropas más gruesas y limpias sin siquiera preguntarse a quién pertenecían.

Cuando el doctor la sacó a la calle, pensó que al menos ya no sentiría tanto frío una vez que la dejara de nuevo en la misma banca, y se sorprendió cuando pasaron de largo la plaza por un camino que los condujo hasta la puerta de la casa más imponente de todas.

Por dentro el inmueble era oscuro. Igual a como ella se sentía. Reja nunca había visto a gente tan blanca como la que la recibió, aunque algo tenía ella en la mirada que la ensombrecía: una tristeza. La sentaron en la cocina, donde mantuvo la mirada baja. No quería ver caras ni miradas. Quería estar a solas, de nuevo en su choza de palos y lodo, pese a que muriera de frío, sola con su tristeza, porque no soportaba la de otros.

Oyó el llanto de un recién nacido, primero con sus pezones de madre nueva y luego con los oídos. De esa manera reaccionaba su cuerpo cada vez que su crío lloraba de hambre, aunque no estuviera cerca para oírlo. Sin embargo, su bebé ya estaba azul, ¿no? ¿O acaso el médico lo habría salvado?

Los pechos le punzaban cada vez más. Necesitaba alivio. Necesitaba al bebé.

—Me manca mi niño —dijo quedo y nadie de los que se encontraban con ella en la cocina pareció oírla, así que se atrevió a repetir más alto—: Me manca mi niño.

—¿Qué está diciendo?

—Que le manca su niño.

—¿Qué es eso de que le manca?

—Que le hace falta su hijo —el doctor llegó con un bulto en brazos y se lo pasó—. Está muy débil. Quizá no pueda comer bien.

—¿Es mi crío?

—No, pero igual la necesita.

Se necesitaban mutuamente.

Se abrió la blusa, le ofreció el pecho y el niño dejó de llorar. En el alivio que sentía al vaciar sus senos poco a poco, Reja observó al bebé: no era su niño. Lo supo de inmediato, porque los ruidos que producía al llorar, al mamar o al suspirar mientras lo hacía eran diferentes. También olía distinto. Para Reja el resultado era igual de atrayente: deseaba bajar su rostro para olfatearlo profundamente en el hueco del cuello, aunque pensó que tal vez no se lo permitirían, ya que por encima de otros, el mayor indicador de que sostenía en brazos a un bebé ajeno era el color. Si el suyo había pasado de un tono oscuro a uno azul profundo, éste se tornaba en forma paulatina desde un color rojo vivo hasta el blanco.

Todos la observaban en silencio. El único ruido en la cocina era el que hacía el bebé al succionar y tragar.

Alberto Morales se había quedado dormido, velando a su esposa en agonía. Tras varios días de gemidos de su mujer y del llanto incesante del recién nacido, se había hecho a la idea de que mientras hicieran ruido era un indicador de que seguían con vida. Por eso lo despertó aquel silencio ensordecedor: ni su esposa se quejaba ni el niño lloraba. Angustiado y sin atreverse a tocar a su mujer, corrió en busca de su hijo.

En la cocina encontró a la servidumbre y al doctor Doria alrededor del que supuso era el cadáver de su hijo. Al notar su presencia, todos se hicieron a un lado para permitirle el paso.

Miró a su bebé mamando del pecho más oscuro que hubiera visto.

—Encontramos una nodriza para su hijo.

—Está muy negra.

—Pero la leche es blanca, como debe ser.

—Sí. ¿Estará bien el niño?

—El niño estará bien. Sólo tenía hambre. Mírelo ahora.

—Doctor, mi mujer no hacía ruido cuando desperté —dijo Morales.

Ése había sido el final de la señora Morales.

Reja se mantuvo ajena al proceso del duelo, el velorio, el entierro y los llantos. Para ella era como si la señora jamás hubiera existido, y a veces, en los momentos que el niño le daba tiempo, cuando ella se permitía escuchar el llamado silencioso de los cerros, llegaba a creer que ese bebé que no había salido de su cuerpo había brotado de la tierra. Como ella, que no poseía más recuerdo que los montes.

Algo más fuerte que el instinto materno se apoderó de ella, y durante los siguientes años lo único que existió en el mundo de Reja fue el bebé. Imaginaba que lo mantenía vivo para la tierra, madre imposibilitada, así que nunca se le ocurrió dejar de ofrecerle el pecho tras el primer diente ni con la dentadura completa. Simplemente le decía: no muerda, niño. Su leche era alimento, consuelo, arrullo. Si el niño lloraba: al pecho; si el niño estaba enojado, ruidoso, chípil, triste, muino, mocoso o insomne: al pecho.

Seis años del pecho de nana Reja gozó el niño Guillermo Morales. A nadie se le había quitado de la cabeza la idea de que el pobre niño había estado a punto de morir de hambre, por lo que nadie se atrevía a negarle nada. Pero un día las tías Benítez llegaron a visitar al pobre viudo, que, escandalizadas al ver a un niño casi en edad escolar prendido del negro pecho de la sirvienta, exigieron al señor Morales el destete del huerco.

—Ni que se fuera a morir de hambre, hombre —dijo una.

—Es un escándalo, una peladez, Alberto —dijo la otra.

Al final de su visita, como favor al confundido padre, el par de solteronas se llevó a Guillermo una temporada a Monterrey, pues se dieron cuenta de que no existía otro modo de que el niño entendiera razones o conciliara el sueño, pues nunca lo había hecho lejos del pecho de su nana Reja.

A Reja la dejaron con los brazos vacíos, y tan rebosante que por donde pasaba dejaba un reguero de leche.

—¿Qué vamos a hacer, Reja? —le preguntaban las otras sirvientes, hartas de ir tras ella limpiando el goterío que dejaba al caminar.

Ella no sabía qué contestar. Sólo sabía que le mancaba su niño.

—Ay, Reja: si va a estar así, mejor no la desperdicie.

Y de ese modo le trajeron bebés malnutridos o huérfanos para amamantar y botellas de vidrio para llenar, porque entre más amamantaba, más leche tenía para regalar. Luego el viudo Morales se casó en segundas nupcias con María, la hermana menor de su difunta esposa, y juntos le dieron a nana Reja veintidós críos más que alimentar.

En los años siguientes a Reja nunca se le vería sin un niño en pecho, aunque recordaba con especial cariño a Guillermo Morales: el primer niño del que fue nodriza, el que la salvó de la soledad absoluta, el que la encaminó en un propósito que la mantendría satisfecha por años.

Por supuesto, Guillermo regresó aún niño. Se hizo hombre y formó su propia familia. Al heredar la hacienda tras la muerte de su padre —víctima de nada, sino del paso de los años—, heredó también a su nana Reja, que todavía se encargó de amamantar a sus hijos cuando llegaron.

Extraño caso el de un padre que se había alimentado del mismo pecho que sus hijos. Sin embargo, al plantear una alternativa —buscar a otra nodriza y darle descanso a Reja—, su mujer se había negado con firmeza: ¿qué mejor leche que la de la nana? Ninguna. Entonces Guillermo había desistido, aunque evitara pensar mucho en el caso, aunque tratara de fingir que no recordaba su prolongado turno al pecho.

Cansado de vivir en el bullicio del centro de Linares, Guillermo había tomado la decisión extravagante de abandonar la casona familiar en la plaza para irse a vivir a la hacienda La Amistad, la cual se situaba a un kilómetro de la plaza principal y de la zona edificada del pueblo. Allí había envejecido Reja, y también él, cuya nana lo vio morir de un contagio. Y como antes, al heredar la hacienda a Francisco, el único hijo sobreviviente de una epidemia de disentería y de otra de fiebre amarilla, también le heredó a la vieja nana Reja, junto con su mecedora.

Ya no amamantó a las hijas de Francisco y de su esposa, Beatriz. El tiempo se había encargado de secar a Reja, que ya ni se acordaba cuántos niños de los alrededores habían vivido gracias a su abundancia. Ni siquiera recordaba la última gota blanca que había brotado al exprimir sus pechos ni la sensación de éstos al comprimirse aun antes de oír el llanto de un bebé hambriento.

Esa mañana de octubre de 1910 los habitantes de la hacienda amanecieron, como todos los días del año, dispuestos a emprender su rutina.

Pola abrió los ojos sin siquiera voltear a ver la cama de su compañera de cuarto. Tras décadas de dormir a un lado, ella sabía que nana Reja iba y venía en silencio sin avisarle a nadie. Ésa era su rutina. Ya los ruidos de la hacienda comenzaban: los peones llegaban por sus herramientas para irse a los campos de caña de azúcar y la servidumbre de la casa se disponía a desterrar el sueño. Se aseó y se vistió. Había que ir a la cocina para tomar café antes de salir al pueblo a comprar el pan recién horneado de la panadería de la plaza. Después de terminar su café con leche, tomó el dinero que siempre dejaba la señora Beatriz en una caja de hojalata en la cocina.

Prometía ser un día soleado, aunque necesitaba su rebozo porque a esas horas, en esa época del año, perduraba el aire frío de la noche. Caminó por el sendero más corto, como hacía todos los días para salir de la hacienda rumbo al pueblo.

—¿Ya se va, doña Pola? —le preguntó Martín, el jardinero, como también hacía todos los días.

—Sí, Martín. No me tardo.

A Pola le gustaba esa rutina. Le agradaba ir por el pan todos los días. De esa manera se enteraba de las novedades de Linares y veía de lejos a aquel muchacho, convertido ya en abuelo, que tanto le gustaba cuando era joven. Caminaba al ritmo de los crujidos constantes de la mecedora de Reja. Disfrutaba andar por el camino flanqueado por enormes árboles que conectaba la hacienda con el centro del pueblo.

Cuando todavía hablaba, nana Reja le contó cómo el viudo Alberto Morales los había plantado cuando apenas eran unas ramas.

Al regresar le llevaría el desayuno a Reja, como de costumbre.

Nana Pola se detuvo de repente, tratando de hacer memoria. ¿Y Reja? Como todos los días, Pola había pasado frente a la mecedora negra. Muchos años atrás había desistido de entablar conversaciones con la vieja, pero le consolaba pensar que, así como esos antiguos árboles, nana Reja permanecía, y que acaso permanecería para siempre.

¿Y hoy? ¿La vi al pasar? Se dio la media vuelta.

—¿Qué se le olvidó, doña Pola?

—¿Vio a nana Reja, Martín?

—Pos claro, en su mecedora.

—¿Seguro?

—¿Pos dónde más podría estar? —dijo Martín, siguiendo los pasos apresurados de nana Pola.

Al llegar a la mecedora vieron que nana Reja no estaba, a pesar de que aquélla se mecía. Alarmados, regresaron al cuarto que compartían las nanas.

Tampoco la encontraron allí.

—Martín: corra a preguntarle a los trabajadores que si vieron a nana Reja. Búsquela en el camino. Yo le aviso a la señora Beatriz.

La rutina de Beatriz no consistía en despertar tan temprano. Comenzaba con la certeza de que todo lo necesario para empezar el día estaba listo: el pan y el café en la mesa, los jardines regándose y la ropa limpia planchándose. Le gustaba iniciar sus días oyendo a su marido en sus abluciones, entre sueños y a lo lejos, y luego espabilarse, todavía envuelta entre sus sábanas, rezando un rosario en paz.

Pero, ese día, en casa de los Morales Cortés no hubo abluciones, rosario ni paz.

2

Ecos de miel

Nací entre ese montón de ladrillos de sillar, enjarres y pintura hace mucho tiempo, no importa cuánto. Lo que sí importa es que mi primer contacto fuera del vientre de mi mamá fue con las sábanas limpias de su cama, porque tuve la fortuna de nacer un martes por la noche y no un lunes, y desde tiempo inmemorial las mujeres de su familia habían cambiado las sábanas los martes, como hace la gente decente. Ese martes las sábanas olían a lavanda y sol. ¿Que si lo recuerdo? No, pero lo imagino. En todos los años que conviví con mi mamá nunca supe que variara su rutina, sus costumbres, el modo de hacer las cosas como Dios mandaba: los martes se cambiaban las sábanas de lino lavadas un día antes con lejía, se rociaban con agua de lavanda, luego se ponían a secar al sol y finalmente se planchaban.

Todos los martes de su vida, con una sola y dolorosa excepción que todavía estaba por venir.

Habrá sido el día de mi nacimiento, pero el mío fue un martes como cualquier otro, así que sé a qué olían esas sábanas aquella noche y sé cómo se sentían al contacto con la piel.

Aunque no lo recuerdo, el día en que nací la casa ya olía a lo que olería siempre. Sus ladrillos porosos habían absorbido como esponjas los buenos aromas de tres generaciones de hombres trabajadores y mujeres quisquillosas para la limpieza con sus aceites y jabones; se habían impregnado de las recetas familiares y de la ropa hirviendo con jabón blanco. Siempre flotaban en el aire los perfumes de los dulces de leche y nuez que hacía mi abuela, los de sus conservas y mermeladas, los del tomillo y el epazote que crecían en macetas en el jardín, y más recientemente los de naranjas, azahares y miel.

Como parte de su esencia, la casa también conservaba las risas y los juegos infantiles, los regaños y los portazos del presente y del pasado. El mismo mosaico de barro suelto que pisaron descalzos mi abuelo y sus veintidós hermanos, y luego mi papá en su infancia, lo pisé yo en la mía. Era un mosaico delator de travesuras nocturnas, pues con su inevitable clunc alertaba a la madre del momento del plan que fraguábamos sus vástagos. Las vigas de la casa crujían sin razón aparente, las puertas rechinaban, los postigos golpeaban rítmicamente contra la pared aun sin viento. Afuera, las abejas zumbaban y las chicharras nos rodeaban con su incesante canción de locura cada tarde del verano, justo antes del anochecer, mientras yo vivía mis últimas aventuras de la jornada. Al bajar el sol empezaba una y la seguían las demás, hasta que todas decidían callarse de tajo, asustadas por la inminente oscuridad, sospecho.

Era una casa viva la que me vio nacer. Si a veces despedía perfume de azahares en invierno o se oían algunas risillas sin dueño en medio de la noche, nadie se espantaba: eran parte de su personalidad, de su esencia. En esta casa no hay fantasmas, me decía mi papá: lo que oyes son los ecos que ha guardado para que recordemos a cuantos han pasado por aquí. Yo lo entendía. Me imaginaba a los veintidós hermanos de mi abuelo y el ruido que deben de haber creado, y me parecía lógico que todavía, años después, se oyeran evocaciones de sus risas reverberando en algunos rincones.

Y así como supongo que mis años en esa casa le dejaron algunos ecos míos, pues no en balde me decía mi mamá ya cállate niño, pareces chicharra, la casa dejó en mí sus propios ecos. Aún los llevo en mí. Estoy seguro de que en mis células llevo a mi mamá y a mi papá, pero también porto la lavanda, los azahares, las sábanas maternas, los pasos calculados de mi abuela, las nueces tostadas, el clunc del mosaico traidor, el azúcar a punto de caramelo, la leche quemada, las locas chicharras, los olores a madera antigua y los pisos de barro encerado. También estoy hecho de naranjas verdes, dulces o podridas; de miel de azahar y jalea real. Estoy hecho de cuanto en esa época tocó mis sentidos y la parte de mi cerebro donde guardo mis recuerdos.

Si hoy pudiera llegar solo hasta allá para ver la casa y sentirla de nuevo, lo haría.

Pero soy viejo. Los hijos que me quedan —y ahora hasta mis nietos— toman las decisiones por mí. Hace años que no me dejan manejar un auto ni llenar un cheque. Me hablan como si no los oyera o no los entendiera. La verdad, aquí lo confieso, es que oigo, pero no escucho. Será que no quiero. Es cierto —admito— que mis ojos no funcionan tan bien como antes, que mis manos me tiemblan, que mis piernas se cansan y que la paciencia se me agota cuando me visitan nietos y bisnietos, pero aunque estoy viejo no soy incompetente. Conozco el día en que vivo y el desorbitante precio de las cosas: no me gusta, mas no lo ignoro.

Sé a la perfección cuánto me costará este viaje.

Tampoco por viejo hablo solo ni veo cosas que no están. Aún no. Distingo entre un recuerdo y la realidad, si bien cada vez me encuentro más atraído por los recuerdos que por la realidad. Repaso en la privacidad de mi mente quién dijo qué, quién se casó con quién, qué sucedió antes y qué después. Revivo la dulce sensación de estar escondido entre las ramas altas de un nogal, estirar la mano, arrancar una nuez y partirla con el mejor cascanueces que he tenido: mis propios dientes. Oigo, huelo y siento cosas que son tan parte de mí hoy como ayer, y que brotan desde dentro. Alguien puede partir una naranja a mi lado, y al llegarme el aroma la mente me transporta a la cocina de mi mamá o a la huerta de mi papá. Los botes comerciales de leche quemada me recuerdan las manos incansables de mi abuela, que pasaba horas meneando la leche con azúcar sobre el fuego para que se quemara sin tatemarse.

El sonido de las chicharras y las abejas, que ahora se oye poco en la ciudad, me obliga a viajar a mi niñez, aunque ya no pueda correr. Todavía busco con el olfato algún indicio de lavanda y lo capto aun cuando sé que no es real. Al cerrar los ojos por la noche oigo el clunc del mosaico, las vigas de madera que truenan y los postigos que golpean, pese a que en mi casa de ciudad ya no tenga mosaicos sueltos ni vigas ni postigos. Me siento en mi casa, la que dejé en la infancia. La que dejé demasiado pronto. Me siento acompañado, y me gusta.

3

La mecedora vacía

Beatriz Cortés de Morales recordaría esa mañana de octubre de 1910 toda su vida.

Habían tocado a su puerta con insistencia, y pensando que venían a avisar que uno de los campos de caña se incendiaba, dejó el calor de su cama para ir a abrir. Era Pola llorando: no encontraban a nana Reja por ningún lado. ¿No estaría en su cama? No. ¿No se hallaba en su mecedora? Tampoco. ¿Dónde más podría estar la viejita?

Muerta, de seguro tirada por ahí, entre algunos matorrales.

Beatriz conocía a nana Reja de toda su vida, ya que, al ser vecinos por generaciones, los Morales y los Cortés iban y venían de visita entre sus propiedades. Aunque lo conocía de siempre, se había enamorado del que sería su esposo a los dieciséis años, cuando Francisco Morales regresó de estudiar ingeniería civil en la Universidad de Nôtre Dame y la sacó a bailar una pieza romántica durante los festejos del Sábado de Gloria.

Desde la muerte de su suegro, y al heredar Francisco sus propiedades, Beatriz había compartido la responsabilidad de todo, incluida la ahora extraviada anciana.

Los Morales movilizaron a los empleados de la hacienda: unos a preguntar por el pueblo, otros a buscar entre los arbustos.

—¿Y si se la llevó un oso?

—Habríamos encontrado huellas.

—¿A dónde pudo haber ido, si tiene más de treinta años de no moverse de su lugar?

Para esa pregunta no había respuesta. Viva o muerta, necesitaban encontrarla. Mientras Francisco coordinaba la búsqueda a caballo, Beatriz fue a sentarse a la silla vacante de la nana, que crujió al sentir su peso. Le pareció que ése sería el lugar indicado para esperar noticias, aunque pronto le pidió a Lupita, la lavandera, traer otra silla. Por más que trataba, no lograba domar a la mecedora ajena al contorno de su cuerpo.

Pasó horas interminables sentada en su propia silla, a un lado de la de nana Reja, que se mecía sola, tal vez ayudada por el aire que soplaba desde la montaña o quizá por pura costumbre. Mati, la cocinera, le llevó de desayunar, pero Beatriz no tenía apetito. No podía hacer más que mirar a lo lejos. Tratar de distinguir algún movimiento en la lejanía. Alguna interrupción en la monotonía de los plantíos o en la improvisada e intacta belleza de los cerros.

Bonita la vista de las montañas y de los campos de caña de azúcar que se disfrutaba desde ahí. Nunca la había apreciado desde esa perspectiva y ahora entendía el encanto inicial que el lugar infundía en nana Reja. Pero ¿por qué mirar eternamente hacia esos cerros interminables, inmutables? ¿Por qué mirar siempre hacia ese camino de tierra que se curvaba en ellos? ¿Y por qué mirar de modo constante hacia allá si lo hacía con ojos cerrados? ¿Qué esperaba?

Mientras aguardaba noticias, Beatriz, mujer de mente práctica, llegó a la conclusión de que difícilmente encontrarían a la nana con vida. Por lo tanto, su pragmatismo también le había permitido hacer planes concretos para el velorio de la querida nana Reja: la envolverían en una sábana de lino blanco y la enterrarían en un ataúd de madera fina que ya había mandado traer. La misa la oficiaría el padre Pedro y se invitaría al pueblo entero a asistir al entierro de la mujer más longeva de la región.

Claro que sin cuerpo no habría velorio. ¿Podría haber misa de difunto sin el difunto?

En cuanto a la mecedora, no lograba decidir qué sería correcto hacer. Podrían quemarla, hacerla aserrín y esparcirla por el jardín de la casa o meterla así, hecha aserrín, junto con la muerta en el ataúd. O podrían dejarla donde estaba, como recuerdo del cuerpo que tanto tiempo la ocupó.

Habría sido sacrílego dejar que pasara de una extensión de la nana Reja a volver a tener un uso práctico para alguien más. Eso estaba claro.

Miró la antigua mecedora con detenimiento, porque nunca la había visto vacante. Nunca había hecho algo para repararla o mantenerla en buenas condiciones, pero se mantenía. Crujía un poco al mecerse, aunque parecía inmune al tiempo y a la intemperie, igual que su dueña. La simbiosis entre la silla y su dueña existía, e imaginó que mientras una viviera, viviría la otra.

Alarmada, frente a ella vio que alguien regresaba corriendo por el camino que cruzaba los cañaverales de los cerros.

—¿Qué pasó, Martín? ¿La encontraron?

—Sí, señora. El señor Francisco me mandó por la carreta.

Beatriz lo observó alejarse deprisa en busca del transporte. Encontraron el cuerpo, pensó, y a pesar de su mente de mujer práctica, sintió un fuerte pesar. La nana Reja era incalculablemente vieja y era de esperar que muriera pronto, si bien deseaba que se hubiera ido de otra manera: en paz, en su cama o meciéndose con el aire en su mecedora. No así, quizá tras el ataque de algún animal, sola y de seguro asustada, expuesta a los elementos en ese camino que se perdía entre los cerros.

Tanta vida para terminar en eso.

Se sacudió el pesar: había muchas cosas que hacer antes de que llegaran con el cuerpo.

Cuando los hombres volvieron con la carreta cargada, resultó evidente que los preparativos y planes habían sido en vano: contra toda predicción, la nana regresó viva.

4

A la sombra de la anacahuita

Francisco le relataría después cómo la encontraron unos peones, a una legua y media de la casa. Habían ido a buscarlo, contrariados, pues cuando al fin la hallaron la vieja se negó a contestar y a moverse de donde estaba. Entonces Francisco mandó por la carreta y luego él mismo fue al sitio donde se encontraba nana Reja, descansando con los ojos cerrados y sentada en una piedra, meciéndose a la sombra de una anacahuita. En los brazos traía dos bultos envueltos: uno con su delantal y el otro con su rebozo. Él se acercó a ella con suavidad para no alarmarla.

—Nana Reja, soy Francisco —dijo, alentado cuando ésta abrió los ojos—. ¿Qué haces tan lejos de la casa, nana? —preguntó, a pesar de que no esperaba respuesta de la vieja, que había enmudecido hacía años.

—Fui a buscarlo —respondió ella quedamente, con la voz rasposa por la edad y el desuso.

—¿A quién?

—Al bebé que lloraba.

—Nana, aquí no hay bebés —respondió él—. Ya no.

En respuesta, Reja extendió los bultos a Francisco.

—¿Qué son? —Francisco tomó primero el bulto con el delantal envuelto. Al abrirlo, lo soltó con rapidez, espantado. Era un panal de abejas—. Nana, ¿por qué lo traes? ¿Te picaron?

Con el impacto contra el suelo, las pocas abejas que aún moraban en el interior salieron enojadas, en busca del culpable. Algunos peones corrieron para alejarse del peligro, perseguidos por los insectos, pero sólo unos metros, porque éstos detuvieron su vuelo agresivo al unísono y regresaron, como llamados al hogar. El bulto que la nana Reja conservaba entre los brazos se movió dentro de su envoltura de rebozo. Francisco y algunos trabajadores que habían resistido la tentación de correr tras el primer embate de las enfurecidas abejas quedaron pasmados, más aún cuando la anciana volvió a abrazar el paquete contra sí para seguir meciéndolo como se mece a un crío.

—Nana. ¿Qué más traes ahí?

Entonces el bulto estalló en llanto y en movimientos frenéticos.

—Tiene hambre, niño —dijo nana Reja mientras seguía en su constante vaivén.

—¿Me dejas ver?

Al desenrollar el rebozo, Francisco y sus hombres al fin vieron qué llevaba la nana en brazos: un bebé.

El horror los hizo retroceder. Algunos se persignaron.

5

Entre listones y piojos

Nunca se me permitieron demasiadas ilusiones infantiles en cuanto a la procedencia de los bebés. Desde siempre supe que el cuento ése de la cigüeña de París era precisamente eso, puro cuento para niños preguntones. Mi mamá jamás disimuló conmigo, como hacía la mayoría de las damas de su época. Si yo hacía un berrinche, me decía tanta hora que tardé para parirte; si la desobedecía, me reclamaba el dolor del parto. A veces siento que, de haber podido, tras alguna travesura me habría cobrado cada contracción.

Mi mamá era una buena mujer. En serio. Tan sólo no se explicaba de dónde había salido yo. No me refiero a lo físico: ella era muy inteligente, y a pesar de vivir en la época del recato sabía que la consecuencia de la intimidad conyugal son los hijos. El problema fue que, para cuando se enteró de que estaba encinta, ya había dado por terminada su época fecunda: mis dos hermanas ya se habían casado y la habían hecho abuela. Mi aparición tardía en su vida le cayó de sorpresa.

Con esos antecedentes es fácil entender el patatús de mi mamá al enterarse de su preñez, a la vejez viruela de treinta y nueve. Me imagino el sufrimiento que pasó para admitir su estado ante mis hermanas mayores. Peor ante sus amigas del casino de Linares. Y entiendo su desesperación cuando, luego de tener a dos señoritas de listones y encajes, le naciera un varoncito de lodos, piojos güeros y sapos prietos.

Así que le nací a mi mamá cuando ella ya tenía vocación de abuela. Me quiso mucho y la quise mucho, pero teníamos nuestros problemas. Recuerdo que al no poderme cubrir de holanes y moños, insistía en vestirme como señorito español, con trajes que ella misma confeccionaba, y yo de señorito fino nunca tuve nada. De español tampoco, aunque ella insistía en ponerme trajecitos bordados que copiaba de las últimas revistas madrileñas.

Para su consternación, yo siempre estaba embarrado de comida, tierra o caca de perro, vaca o caballo. Siempre tenía raspones en las rodillas y el pelo rubio tieso y oscuro por el lodo. Jamás me molestaron los mocos colgando de mi nariz. El pañuelo bordado con mis iniciales, que mi mamá ordenaba que pusieran a diario en mi bolsillo, me servía para todo menos para limpiarlos. Si bien no lo recuerdo, porque debo de haberlo superado temprano en la vida, me dicen que prefería comer escarabajos antes que el hígado de pollo o de res que me preparaban las nanas —por órdenes de mi mamá— para que mis mejillas se sonrosaran.

Ahora que soy padre, abuelo y bisabuelo admito que no fui un niño fácil de tratar. Mucho menos de manipular.

Mi mamá se quejó toda la vida de que desde que al fin aprendí a hablar mis palabras favoritas fueron no, yo solo y no es justo; de que a partir de mis primeros pasos corrí; de que al dominar la velocidad trepé a cuanto árbol se me ponía enfrente. En pocas palabras, nunca pudo conmigo. Se sentía demasiado vieja y pensaba que ya había hecho su labor de madre con sus dos hijas mayores, que casi eran perfectas.

Decía que tenía a una niña de sus ojos, pues mi hermana mayor, Carmen, hay que decirlo, era preciosa. De pequeña mi mamá le rizaba el pelo rubio y se complacía cuando la gente le decía es un ángel, una muñeca, una preciosidad. Más grande había roto la mitad de los corazones del pueblo, tras su partida a Monterrey como estudiante, y luego como mujer casada. Aunque nunca dijo nada, ya casada y viviendo fuera, sé que a mi hermana la avergonzaba que en las calles del pueblo se mantuviera viva la leyenda de su belleza. Mi mamá conservó por años las innumerables cartas de amor eterno y versos cursis de cuanto enamorado no correspondido tuvo Carmen, antes y después de su matrimonio. Cualquiera diría que se las escribían a ella, porque guardaba ese montón de papeles como trofeos que presumía en cualquier oportunidad.

También decía que tenía una niña de sus oídos, porque la segunda de mis hermanas, aunque bonita, se distinguía más por su voz. Mi mamá hacía que Consuelo cantara frente a cualquier persona que llegara de visita, y su melodiosa voz siempre recibía alabanzas.

—¡Tiene voz de ángel! —opinaban todos.

Nunca he oído a los ángeles cantar, aunque supongo que era verdad: mi hermana poseía una voz de ángel. Lo que pocos sabían era que tras esa voz escondía un genio del demonio. Claro que ni en sus peores momentos perdía el tono melodioso, y cualquiera de sus frases sonaba a poesía pura. Podía decir: no te me acerques, mocoso piojoso, que das asco, y aún sonar como ángel a los oídos de mi mamá.

—Le estoy contando cuentos de hadas —respondía siempre que mi mamá le preguntaba qué le dices al niño.

A mí no me afectaba gran cosa lo que me dijera, pues ella era una extraña que en realidad no pertenecía a mi mundo. Por años fue para mí una bruja como las de los cuentos de hadas que conocía, y por eso entendía que usara su voz para hechizar a todos y hacerlos creer en su bondad y dulzura de ángel, en especial a mi mamá.

Yo era de los pocos que permanecían inmunes a sus encantos. Mi mamá no entendía por qué cuando mi hermana nos visitaba yo no caía rendido a sus pies. No comprendía que prefiriera pasarme el día lejos o que, cuando me mandaban de visita a Monterrey, optara por quedarme hospedado en casa de Carmen, la mayor. Tan buena que es tu hermana, tan linda, tan dulce, me decía seguido mi mamá para suavizar o enmendar la relación.

Así pues había dos ángeles en la familia, además del niño, que era yo. Cuando mi mamá hablaba de mí, decía como disculpándose: éste es el niño. O es el pilón. Nunca dijo que tuviera en mí al niño de sus suspiros. Nunca se habría atrevido o tal vez jamás se le ocurrió, pero ése era yo. ¡Ay, Dios!, decía todo el tiempo. No recuerdo haberme topado con mi mamá en los pasillos de mi casa, en el patio, comedor o cocina, sin que ella soltara un sonoro suspiro. Ay, Dios, decía, resoplando un poco, mira nada más qué pelo, qué mocos, qué ropa, qué sucio, qué tosco, qué asoleado, ya estoy vieja para esto, ¡ay, Dios! Pronto fue acortando sus suspiros. Se fue quedando con el ¡ay, Dios!, después sólo ¡ay!, y luego ya sin eso: con el puro resoplido.

Todo el tiempo yo era ruidoso y de voz estridente. Mi cuerpo fue el refugio para cuanta garrapata, pulga o piojo se encontrara en la necesidad de hogar y de sustento, por lo cual de nada le servía a mi mamá intentar dejar crecer mis rubios rizos. Vivía a rape por necesidad. Como pelón de hospicio.

¡Ay, Dios! Suspiro.

Si me hubiera quedado por completo al cuidado de mi mamá, quizá habría terminado por usar más moños que mis hermanas. Las circunstancias me salvaron de ese destino, porque mi papá, que para cuando nací ya era abuelo y se había resignado a trabajar las tierras para heredárselas a los yernos, no permitiría que a su único aunque tardío hijo nadie lo convirtiera en un timorato. Y aunque nunca antes opinó sobre la crianza de sus hijas mayores, desde que supo que le había nacido un hombre empezó a enfrentar a mi mamá sobre la mía. Sabía bien que en nuestras tierras y en nuestra época no había lugar para los delicados, con la guerra alrededor y a veces visitándonos.

A mi mamá, a la que nunca vi amedrentarse ante nada, esos enfrentamientos debieron perturbarla más de lo que era capaz de soportar. Ella adoraba a mi papá, algo extraño en una mujer —una abuela— de la tan avanzada edad, de casi cuarenta, por lo que prefirió retirarse un poco de mi crianza directa para mantener la paz. A su vez, mi papá no tenía el tiempo ni la disposición de encargarse de mí, primero porque no habría sabido qué hacer con un bebé o un chiquillo, y luego porque se la pasaba de un lado a otro supervisando y defendiendo los ranchos ganaderos de Tamaulipas y las huertas de Nuevo León.

Sin embargo, tenía muchos brazos sólo para mí. Mi nana Pola me dejaba con la cocinera Mati, que me encargaba con Lupita, la lavandera, que me olvidaba con Martín, el jardinero, que después de un rato me dejaba acompañado, cuidado y entretenido con Simonopio. Él no me pasaba con nadie hasta que oscurecía y alguien salía de la casa preguntando dónde está el niño.

6

Alas que lo cubren

La llegada de Simonopio a la familia fue un suceso que nos marcó en forma irremediable. Un parteaguas familiar. Más adelante se convirtió en la diferencia entre la vida y la muerte, aunque no lo entendiéramos más que en una lejana retrospectiva.

Mi papá se recriminaría el resto de su vida su primera reacción al verlo.

Supongo que por más viajado, estudiado e iluminado que se sintiera, no se había deshecho del todo de cuanta superstición existía en un pueblo vecino a una comunidad de brujas. Y quizá la situación de ese día lo había enervado: la mecedora vacía, la nana perdida, la certeza de su muerte, la búsqueda entre los arbustos circunvecinos y cada vez más lejos de la casa; luego el hallazgo, la nana parlante, el enjambre guerrero del panal transportado en un delantal; un bebé recién nacido con la cara desfigurada, abrigado por el rebozo de la nana y por una cobija viva de abejas.

En cuanto a primeras impresiones, que siempre son tan importantes, Simonopio, como lo bautizarían después a insistencia de la nana y pese a la objeción de mis papás y del cura, no había causado la mejor. Los campesinos le habían pedido al patrón dejar ahí a tal monstruosidad, bajo la anacahuita, a un lado del camino.

—Pa’ que sea lo que Dios quiera, señor, porque este niño es del diablo —insistía Anselmo Espiricueta.

Para entonces mi papá ya había superado la reacción a su primera impresión. Haciendo uso de cuanta fortaleza le confería saberse hombre de mundo, viajado, estudiado e iluminado, se había sacudido la superstición para concentrarse en el misterio.

—Ésas son ideas absurdas. Aquí no creemos en esas cosas, Espiricueta —dijo, para proseguir con su suave interrogatorio a la nana.

Con las pocas palabras que la viejita pronunció, Francisco entendió dónde lo había encontrado y en qué circunstancias. Cómo y por qué la anciana había caminado montaña arriba hasta el puente, bajo el cual halló al bebé, jamás nadie lo comprendería. Lo oí, decía tan sólo; lo oí. Ya fueran supersticiosos o iluminados, todos sabían que era imposible escuchar el débil llanto de un niño abandonado bajo un puente cuando se está...


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