El gran Gatsby

por Francis Scott Fitzgerald

7 minutos

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1

Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Siempre que sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti.»

Eso fue lo único que dijo, pero como siempre nos lo hemos contado todo sin renunciar por ello a la discreción, comprendí que su frase encerraba un significado mucho más amplio. El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados. Las personalidades peculiares descubren enseguida esa cualidad y se aferran a ella cuando la encuentran en un ser humano normal, y por eso en la universidad se me llegó a acusar injustamente de hacer política, porque estaba al tanto de las penas secretas de jóvenes alborotadores que eran un misterio para otros. Yo no buscaba casi nunca aquellas confidencias: con frecuencia fingía dormir, o estar preocupado, o adoptaba una actitud hostilmente irónica cuando algún signo inconfundible me hacía prever que una revelación de carácter íntimo se perfilaba en el horizonte; porque las confidencias de los jóvenes, o al menos los términos en los que las expresan, suelen ser plagios y estar viciadas por evidentes supresiones. Suspender el juicio conlleva una esperanza infinita. Todavía temo perderme algo si olvido que, como mi padre sugería de manera un tanto esnob, y yo repito aquí con el mismo espíritu, la conciencia de las normas básicas de conducta se reparte de manera desigual al nacer.

Por lo que, después de haber presumido de mi tolerancia, he de confesar que esta tiene un límite. El comportamiento puede estar fundado sobre roca o en terreno pantanoso, pero más allá de cierto punto me da lo mismo cuál sea su base. Cuando volví de la costa Este el otoño pasado noté que deseaba vestir al mundo de uniforme para que adoptara de una vez por todas algo así como una «posición de firmes» moral; no deseaba más desenfrenadas excursiones con privilegiados vislumbres del alma humana. Tan solo Gatsby, el hombre que da título a este libro, quedaba al margen de aquella reacción mía: Gatsby, que representaba todo aquello que desprecio sinceramente. Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos que tienen éxito, no hay duda de que había algo espléndido en él, cierta exaltada sensibilidad ante las promesas de la vida, como si estuviera conectado a uno de esos complicados mecanismos que registran terremotos producidos a quince mil kilómetros de distancia. Esa sensibilidad no tiene nada que ver con la floja impresionabilidad a la que se procura ennoblecer llamándola «temperamento creador»: el de Gatsby era un don extraordinario para la esperanza, una disponibilidad romántica como nunca he hallado en otra persona y no es probable que vuelva a encontrar. No; Gatsby demostró su valía al final; fue lo que se cebó en él, el sucio polvo que levantaron sus sueños lo que provocó durante algún tiempo mi desinterés por las penas infructuosas y las alegrías alicortas de los seres humanos.

Durante tres generaciones mi familia ha sido una de las más distinguidas y acomodadas de esta ciudad del Medio Oeste. Los Carraway tienen algo de clan, y existe la tradición de que descendemos de los duques de Buccleuch, pero el verdadero fundador de nuestra rama de la familia fue el hermano de mi abuelo, que llegó aquí en 1851, mandó a un sustituto a la Guerra Civil, e inició el saneado negocio de ferretería que mi padre regenta en el día de hoy.

Nunca llegué a ver a este tío abuelo mío, pero se asegura que me parezco a él, sobre todo a un retrato suyo bastante realista colgado en el despacho de mi padre. Terminé mis estudios en Yale en 1915, exactamente un cuarto de siglo después que mi progenitor, y, poco más tarde, participé en aquella demorada migración teutónica a la que se dio el nombre de Gran Guerra. Disfruté tanto con el contraataque que regresé a Estados Unidos lleno de inquietud. En lugar de ser el cálido centro del mundo, el Medio Oeste me pareció entonces una especie de deshilachado borde del universo, de manera que decidí trasladarme al Este y meterme en el negocio de los bonos. Todas las personas que conocía estaban en el negocio de los bonos, y supuse que podría dar de comer a una persona más. Mis tías y mis tíos lo discutieron como si estuvieran eligiéndome un internado, y finalmente dijeron: «Bueno..., que vaya», con expresión muy seria y dubitativa. Mi padre se comprometió a pagarme los gastos durante un año y, después de posponer el viaje varias veces, en la primavera de 1922 me fui al Este con la intención de quedarme allí para siempre.

Lo más práctico era encontrar alojamiento en Nueva York, pero hacía mucho calor, y yo acababa de dejar una tierra de amplias zonas con césped y amistosos árboles, de manera que cuando uno de mis jóvenes colegas propuso que alquiláramos juntos una casa en las afueras me pareció una excelente idea. Fue él quien encontró la casa, un bungaló con paredes de cartón y azotado por los elementos que costaba ochenta dólares al mes; pero en el último momento su empresa lo mandó a Washington, y yo me fui solo al campo. Tenía un perro —al menos lo tuve unos pocos días hasta que se escapó—, un viejo Dodge y una finlandesa que me hacía la cama, me preparaba el desayuno y murmuraba para sus adentros sabiduría nórdica junto al hornillo eléctrico.

Me sentí bastante solo durante un día o dos, hasta que, una mañana, un individuo que llevaba allí aún menos tiempo que yo me detuvo en la carretera.

—¿Cómo se va a West Egg? —preguntó con aire desvalido.

Se lo dije. Y al echar de nuevo a andar noté que ya no me sentía solo. Era un guía, un explorador, uno de los primeros pobladores. Sin darse cuenta, aquel sujeto me había otorgado el derecho de ciudadanía.

De manera que con la abundante luz del sol y el estallido en los árboles de las hojas nuevas, que crecían tan deprisa como las cosas en las películas, tuve de nuevo la familiar certeza de que con el verano la vida empezaba otra vez.

¡Había tanto que leer, por una parte, y tanta salud que aspirar del aire renovado, dador de vida! Sobre práctica bancaria, crédito e inversión en valores, compré una docena de volúmenes que destacaban sobre la estantería —en rojo y oro— como monedas recién acuñadas, y que prometían desvelarme los espléndidos secretos que solo conocían Midas, Morgan y Mecenas. Y tenía además la decidida intención de leer otros muchos libros. En la universidad me había interesado bastante por las letras —un año escribí una serie de editoriales tan solemnes como ingenuos para el Yale News—, y ahora iba a reincorporar todo aquello a mi vida para convertirme de nuevo en el más limitado de los especialistas, el «hombre de cultura amplia». Esto es algo más que un epigrama, porque, en realidad, a la vida se la contempla con mucho mejores resultados desde una sola ventana.

Fue una casualidad que hubiera alquilado una casa en una de las más extrañas comunidades de Norteamérica, situada en esa esbelta y bulliciosa isla que se extiende al este de Nueva York, y donde existen, entre otras curiosidades naturales, dos extraños accidentes geográficos. A unos treinta kilómetros de la ciudad, una pareja de enormes huevos, idénticos en la forma y separados únicamente por una mal llamada bahía, se adelantan para introducirse en la extensión de agua salada más domesticada del continente americano: ese enorme y húmedo corral que es el estrecho de Long Island. Las dos formaciones no son perfectamente ovales —al igual que el huevo de Colón, los dos se aplastan por el extremo en contacto con el suelo—, pero su gran parecido debe de ser una perpetua fuente de confusión para las gaviotas que los sobrevuelan. Para los bípedos implumes aún resulta más llamativa su desemejanza en todo menos en forma y tamaño.

Yo vivía en West Egg, el..., bueno, el menos elegante de los dos, aunque sea esa una etiqueta muy superficial para expresar el extraño contraste, que tiene bastante de siniestro, entre ambos. Mi casa estaba en el extremo mismo del huevo, a solo cincuenta metros del estrecho de Long Island, metida con calzador entre dos enormes residencias que se alquilaban a doce o quince mil dólares por temporada. El edificio de mi derecha era una construcción colosal desde cualquier punto de vista: imitaba fielmente a algún ayuntamiento de Normandía, con una torre a un lado, asombrosamente nueva bajo su rala barba de enredaderas sin hojas, con una piscina de mármol, y con veinte hectáreas de jardines y zonas de césped. Era la mansión de Gatsby. O, más bien, puesto que yo aún no conocía al señor Gatsby, era una mansión habitada por un caballero con aquel nombre. Mi casa era una ofensa para los ojos, pero una ofensa de reducidas dimensiones, y nadie se había fijado en ella, por lo que disfrutaba de vistas al mar, de una panorámica parcial del jardín de mi vecino, y de la reconfortante proximidad de varios millonarios: todo por ochenta dólares al mes.

Al otro lado de la insignificante bahía brillaban los blancos palacios del elegante East Egg, y la historia del verano empieza de verdad la noche en que me trasladé hasta allí en coche para cenar con Tom Buchanan y con su mujer. Daisy era prima lejana mía, y a Tom lo había conocido en la universidad. E inmediatamente después de la guerra pasé dos días con ellos en Chicago.

El marido de Daisy, entre otros talentos atléticos, había sido uno de los mejores extremos de fútbol americano en la historia de Yale: una figura nacional en cierto modo; una de esas personas que destacan tanto a los veintiún años, aunque sea en un campo muy limitado, que todo lo que sucede después en sus vidas tiene el sabor amargo del desencanto. Su familia era enormemente rica —incluso en la universidad sus posibilidades económicas eran motivo de crítica—, pero ahora había dejado Chicago para instalarse en el Este con un lujo que le cortaba a uno la respiración; se había traído de Lake Forest, por ejemplo, una cuadra de caballos de polo. Costaba trabajo creer que una persona de mi generación tuviera dinero suficiente para una cosa así.

No sé por qué habían venido al Este. Pasaron un año en Francia sin ningún motivo particular, y luego se dejaron ir de un sitio a otro en busca de los lugares donde se jugaba al polo y donde la gente hacía profesión conjunta de riqueza. Esta vez se habían instalado definitivamente, me dijo Daisy por teléfono, pero no me lo creí. Yo no tenía acceso al corazón de mi prima, pero estaba convencido de que Tom seguiría vagabundeando siempre, en busca, algo nostálgicamente, de las espectaculares emociones de algún irrecuperable partido de fútbol americano.

Y sucedió que un cálido día ventoso, a última hora de la tarde, fui en coche a East Egg para ver a dos viejos amigos a los que apenas conocía. Su casa era aún más suntuosa de lo que había imaginado, una alegre mansión colonial en rojo y blanco, estilo rey Jorge, que dominaba la bahía. El césped empezaba en la playa y corría hacia la puerta principal, situada a unos cuatrocientos metros, saltando sobre relojes de sol, senderos enladrillados y jardines encendidos; y cuando por fin alcanzaba la casa ascendía por la pared en brillantes enredaderas como llevado por el impulso de la carrera. La fachada quedaba interrumpida por una hilera de puertas ventanas, con destellos de oro reflejado y abiertas por completo a la tarde ventosa y cálida. Vi a Tom Buchanan, con traje de montar, de pie en la galería, con las piernas separadas.

Había cambiado desde los años de Yale. Ahora era un hombre de treinta años, corpulento, de pelo pajizo, con un gesto duro en la boca y aire desdeñoso. Los ojos, llenos de arrogancia, ocupaban un lugar destacado en su rostro y creaban la impresión de que Tom iba siempre echado agresivamente hacia adelante. Ni siquiera la elegancia afeminada de su ropa de montar conseguía ocultar la enorme fuerza de aquel cuerpo: Tom parecía llenar las resplandecientes botas hasta poner tirante el cordoncillo superior y, bajo la chaqueta de tela fina, se apreciaba el movimiento de una gran masa muscular cada vez que uno de sus hombros cambiaba de posición. Era un cuerpo capaz de grandes esfuerzos, un cuerpo cruel.

Su voz, áspera y bronca, aumentaba la impresión de displicencia que producía su figura. Había en ella un toque de desprecio paternal, incluso con la gente que le caía bien; y había personas en Yale que lo odiaban con toda el alma.

«Vamos, vamos, no pienses que en este asunto mi opinión es definitiva —parecía decir— por el hecho de que sea más fuerte y más hombre que tú.» Pertenecíamos a la misma asociación universitaria, y aunque nunca fuimos amigos íntimos, tuve siempre la impresión de caerle bien y de que buscaba mi aprecio, con una intensidad brusca y desafiante, muy propia de su carácter.

Hablamos unos minutos en la galería aún iluminada por el sol.

—Este sitio no está mal —dijo mirando inquieto de aquí para allá.

Me hizo girar cogido del brazo, me indicó con la otra mano extendida la fachada principal, e incluyó también en aquel gesto un jardín italiano situado a un nivel inferior, una enorme rosaleda de perfume intenso y penetrante, y una motora de proa muy chata que se balanceaba con el movimiento de las olas mar adentro.

—Pertenecía a Demaine, el del petróleo. —Me hizo girar de nuevo, con brusca cortesía—. Será mejor que entremos.

Cruzamos un vestíbulo de paredes altas hasta llegar a un espacio de un luminoso color rosado, unido a la casa por los extremos mediante dos miradores que creaban una sensación de fragilidad. Las ventanas estaban entreabiertas y su blancura resplandecía sobre el césped del exterior, muy bien cuidado, que daba la impresión de invadir un poco la casa. La brisa atravesó la habitación, hinchando los visillos, semejantes a banderas descoloridas, en un lado hacia el interior del cuarto y en el otro hacia afuera, y luego los retorció para levantarlos hacia el techo, que parecía una barroca tarta nupcial; después agitó un tapiz de color vino, creando ondulaciones como las del viento sobre el mar.

El único objeto completamente inmóvil que había en el cuarto era un enorme sofá en el que dos jóvenes estaban encaramadas como si se tratara de un globo cautivo. Ambas iban de blanco, y sus vestidos se agitaban y llameaban como si la brisa acabara de devolverlas al punto de partida después de un breve vuelo en torno a la casa. Debí permanecer inmóvil unos momentos escuchando el restallar de los visillos y el chirrido de un cuadro contra la pared. Luego se oyó el ruido violento de las ventanas traseras al cerrarlas Tom Buchanan, con lo que el viento aprisionado perdió su fuerza, y los visillos y los tapices y las dos muchachas descendieron lentamente hasta el suelo.

A la más joven no la conocía. Estaba echada en su lado del sofá, completamente inmóvil y con la barbilla un poco alzada, como si mantuviera algo en un equilibrio muy inestable. Si me vio con el rabillo del ojo no lo demostró en absoluto; de hecho, casi llegué a murmurar una disculpa por haberla molestado entrando en la habitación.

La otra muchacha, Daisy, hizo intención de levantarse —se inclinó ligeramente hacia adelante con expresión decidida—, pero enseguida se echó a reír, con una absurda risita llena de encanto; yo también reí y avancé hacia ella.

—La alegría me ha dejado sin fu-fuerzas.

Rió de nuevo, como si hubiera dicho algo muy ingenioso, retuvo mi mano unos momentos, me miró a los ojos y aseguró que no había nadie en el mundo a quien tuviera tantas ganas de ver. Era una manera muy suya de hacer las cosas. Me indicó con un murmullo que el apellido de la equilibrista era Baker. (He oído decir que los murmullos de Daisy no tenían otro objeto que lograr que la gente se inclinara hacia ella; una crítica improcedente que no disminuía en lo más mínimo su encanto.)

De todas formas, los labios de la señorita Baker se agitaron, me hizo una inclinación de cabeza casi imperceptible, y enseguida volvió a su posición primitiva: el objeto que mantenía en equilibrio se había tambaleado un poco sin duda alguna, dándole un susto. De nuevo subió hasta mis labios una disculpa. Lo cierto es que casi cualquier demostración de autosuficiencia provoca en mí un tributo de asombro.

Miré de nuevo a mi prima, que empezó a hacerme preguntas con su voz grave, que tenía un no sé qué de conmovedor. Era el tipo de voz que el oído va siguiendo mientras sube y baja, como si cada frase fuera un conjunto de notas que no volverá nunca a interpretarse. Su rostro era triste y encantador, con rasgos llamativos —ojos llenos de luz y boca apasionada—, pero había una emoción en su voz que los hombres que se habían enamorado de ella no lograban olvidar: una necesidad como de hablar cantando, un «Escucha» susurrado, el convencimiento de que había hecho cosas alegres y estimulantes hacía muy poco y que otras igualmente alegres y estimulantes estaban listas para la próxima hora.

Le dije que había pasado un día en Chicago mientras venía hacia el Este y que una docena de personas me habían dado recuerdos para ella.

—¿Me echan de menos? —exclamó extasiada.

—La ciudad entera está desolada. Todos los automóviles llevan la rueda trasera izquierda pintada de negro en señal de luto, y de noche se oyen gemidos inacabables por toda la orilla del lago.

—¡Qué maravilla! ¡Volvámonos, Tom! ¡Mañana mismo! —luego añadió sin venir a cuento—: Tienes que ver a la niña.

—Me encantaría.

—Ahora duerme. Tiene tres años. ¿No la has visto nunca?

—No.

—Bueno, debes verla. Es...

Tom Buchanan, que había estado paseando inquieto por la habitación, se detuvo y me puso una mano en el hombro.

—¿A qué te dedicas, Nick?

—Estoy en el negocio de los bonos.

—¿Con quiénes?

Se lo dije.

—No he oído nunca hablar de ellos —replicó terminantemente.

Aquello me molestó.

—Oirás —le contesté con brusquedad—, si es que te quedas en el Este.

—Por eso no te preocupes; me quedaré en el Este —exclamó, mirando a Daisy y luego otra vez a mí, como si esperase que dijéramos algo más—. Sería un cretino integral si viviera en otro sitio.

En aquel momento intervino la señorita Baker con un «¡Claro que sí!» tan repentino que me sobresalté: eran sus primeras palabras desde mi llegada. Sin duda se quedó tan sorprendida como yo, porque bostezó, y con una serie de hábiles y rápidos movimientos se puso en pie.

—Se me ha dormido todo el cuerpo —se quejó—; no sé el tiempo que llevo tumbada en ese sofá.

—No me mires a mí —replicó Daisy—. Llevo toda la tarde intentando que te vengas conmigo a Nueva York.

—No, gracias —dijo la señorita Baker en dirección a los cuatro cócteles que acababan de traer, procedentes del office—; estoy entrenándome muy en serio.

—¡Entrenándote! —Tom apuró el cóctel de un trago como si tan solo fuera una gota en el fondo de la copa—. Nunca entenderé cómo consigues hacer las cosas que haces.

Me quedé mirando a la señorita Baker preguntándome qué era lo que «conseguía hacer». Resultaba agradable contemplarla. Era una muchacha delgada, de pechos pequeños, que caminaba muy erguida, y acentuaba además esa postura echando los hombros hacia atrás como un alumno de academia militar. Sus ojos grises, algo entornados, para evitar el reflejo del sol, me miraron con curiosidad cortés, reflejo exacto de la mía, desde un rostro lánguido, encantador, descontento. En aquel momento se me ocurrió que la había visto antes en algún sitio, a ella o una fotografía suya.

—Usted vive en West Egg —hizo notar despreciativamente—. Conozco a alguien allí.

—Pues yo no conozco a una sola...

—Tiene que conocer a Gatsby.

—¿Gatsby? —preguntó Daisy—. ¿Qué Gatsby?

Antes de que pudiera explicarle que era mi vecino, se nos anunció que la cena estaba servida; Tom Buchanan me cogió del brazo con fuerza y me sacó de la habitación como si estuviera moviendo una ficha sobre un tablero de damas.

Esbeltas, lánguidas, con las manos suavemente apoyadas en las caderas, las dos muchachas salieron delante de nosotros a una galería de color rosa, que se abría hacia la puesta de sol, y en la que un viento casi apaciguado hacía temblar la llama de las cuatro velas colocadas sobre la mesa.

—¿Qué necesidad tenemos de velas? —protestó Daisy frunciendo el ceño. Inmediatamente las apagó con los dedos—. Dentro de dos semanas será el día más largo del año. —Nos miró a todos con expresión radiante—. ¿No esperáis siempre a que llegue el día más largo y luego se os pasa sin daros cuenta? A mí me sucede todos los años.

—Tendríamos que planear algo —bostezó la señorita Baker sentándose a la mesa como si se estuviera acostando.

—De acuerdo —dijo Daisy—. ¿Qué podemos planear? —Se volvió hacia mí con aire desvalido—. ¿Qué suele planear la gente?

Antes de que pudiera contestarle clavó la vista en su dedo meñique con expresión de asombro.

—¡Mirad! —se quejó—; me he hecho daño.

Todos miramos: tenía el nudillo amoratado.

—Has sido tú, Tom —dijo Daisy con tono acusador—. Sé que no lo has hecho a propósito, pero has sido tú. Eso me pasa por haberme casado con un bruto, con un gigantón que...

—Me molesta la palabra gigantón —protestó Tom, malhumorado—, hasta en broma.

—Gigantón —insistió Daisy.

A veces la señorita Baker y ella, sin darle importancia, hablaban al mismo tiempo con una burlona falta de hilación que nunca llegaba a ser del todo simple parloteo, pero que resultaba tan fría como sus vestidos blancos y sus ojos impersonales, de los que el deseo estaba por completo ausente. Las dos estaban allí y aceptaban la presencia de Tom y la mía haciendo tan solo un cortés esfuerzo muy ...


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