El diablo me obligó

por F. G. Haghenbeck

7 minutos

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1

El señor Nice Suit

Nosotros somos nuestro propio demonio, y nosotros hacemos de este mundo nuestro infierno.

OSCAR WILDE

Hoy

Las calles ofrecían el espectáculo deprimente de la humanidad cagándose en el planeta. Grandes avenidas de asfalto simulaban arterias gangrenadas. Casas sin ninguna aspiración se arremolinaban a los lados, cortadas a trechos por solares baldíos que esperaban inocentes para ser devorados por las empresas constructoras. Los espots en español anunciaban la mejor cadena para oír música —«¡Caliente!»— o cómo contratar a Nickie López Chávez —«¡Abogado especialista en litigios laborales! ¡Gana hasta 10.000 dollars cash!»—. Si la ciudad de Los Ángeles es lo más alejado del cielo de Dios, entonces el East Side es el mismo culo del Diablo. Al menos, una de sus almorranas.

Nadie creería que fuera la medianoche. El barrio seguía despierto por derecho propio. Había que tener los ojos bien abiertos para evitar una bala, regalo de una pandilla. La lluvia había cubierto el vecindario con un manto de grasa, imitando el cabello de un chulo. Ante el sofocante clima, los habitantes del barrio salían a tomar el fresco bajo las telarañas de las escaleras de emergencia o en los pórticos de las casas. Eran refugiados de la pesadilla del hambre en su país. Sobrevivían al calor y a la migra, abanicándose mientras workeaban limpiando lavabos en un McDonald’s. Había mujeres en camisones, coronadas con una orgía de tubos; hombres en calzones y con una gran panza, a los que se les asomaba un testículo que buscaba refrescarse. Ante esa imagen, el hombre del traje negro siguió conduciendo. Observaba a las familias que intercambiaban chismes desde sus patios llenos de bicicletas inservibles y botellas que nunca volverían a usarse. Su auto resaltaba como un diamante en un plato de frijoles. Husmeó en su plano de la ciudad. La mitad de las calles de esa zona no aparecía en su mapa. La dirección que buscaba, sí. La tenía marcada con un círculo.

Giró para dejar la avenida e internarse en un callejón oscuro como boca de lagarto, mientras se oía cantar tex-mex en la radio a Los Lobos. Un grupo de jóvenes alrededor de un barril en llamas lo siguió con la vista. Bebían de una botella envuelta en papel de estraza y fumaban una gran pipa amarillo limón. Él bajó el cristal de su ventana, pero no apagó el aire acondicionado. No haría concesiones esa noche. Sólo deseaba demostrarles que no estaba perdido. Les clavó una mirada telescópica al pasar. Uno de ellos le hizo gestos ofensivos.

Continuó hasta el final de la calle, donde una casa de madera pintada de color indescifrable, entre el rojo y verde, lo esperaba con la puerta abierta, las luces encendidas, basura tirada y un hombre sentado en un Chevy 74 rojo metálico. El auto estaba finamente reconstruido como Hot Rod: achaparrado, arreglado para montarlo en una guerra postapocalíptica. Una figura de plástico de la caricatura de Cantinflas, vestido de diablo, escoltaba la capota. Debajo de éste, en letras góticas, se leía EL DIABLO ME OBLIGÓ.

El que lo esperaba no era viejo, aunque tiempo atrás había dejado su juventud en alguna prisión. Traía el pelo engominado, hacia atrás, sin llevarlo demasiado largo para recogerlo en una coleta, pero tampoco tan corto para pedir trabajo. Vestía una camiseta sin mangas, con la leyenda BUSH IS MIERDA. Los amplios pantalones estaban metidos en un par de botas del ejército norteamericano. Para no dejar dudas, un par de tabletas de identificación militar colgaban de su cuello y peleaban por sobresalir con una cruz de granate rojo en plata. Un delicado bigotito, ridículo, de fiesta de quince años, adornaba su cara. Traía un cigarrillo en los labios. Sin encender.

El hombre del traje estacionó el Mercedes al lado del auto carmesí. Se veían tan disparejos como la boda de una mujerzuela con un banquero. Descendió, llevaba consigo un portafolio metálico.

—Puntual as fuck, amigo. Nice suit! ¿Armani? —le gritó el latino enseñando una sonrisa completamente amarilla y dos dientes de oro.

El hombre del traje miró su vestimenta, como si descubriera que venía vestido. Era negra. Camisa blanca. Más neutral que un sello de correos.

—Creo que es Hugo Boss —respondió en español, extendiendo la mano para saludar.

Su acento no era del barrio, era del que se aprende en la universidad mientras se lee a Cervantes, García Márquez y Octavio Paz. El latino recibió la mano con una sonora palmada. Ladraron perros alrededor.

—Ready? Elvis Infante go fuck tonight... —exclamó el hombre, abriendo la puerta de su auto.

El hombre del traje no se movió.

—¡Eh, vamos! Vámonos, señor Nice Suit.

—Te sigo en mi auto —respondió serio. Seguía sin moverse. Parecía un maniquí tieso y aburrido, en traje caro, el tal señor Nice Suit.

—Mira, broder, tu fuckin auto trae el letrero de «Mátenme, soy gringo» —explicó.

De la casa salió un crío un par de años mayor que una década. Traía una enorme escopeta con doble cañón.

—Mi sobrino Lencho te cuida el coche.

El hombre del traje se dio la vuelta para ver al niño. Llevaba un pijama sucio de Spiderman y un bigote de mocos secos debajo de la nariz. Sin soltar el arma, se limpió la nariz con la manga. Si la escopeta no asustaba a un ladrón, la idea de contagiarse de esa gripe lo haría.

El hombre del traje se subió al Chevy, al lado de su guía. Elvis Infante se despidió del muchacho. Arrancó con el escándalo de un Concorde despegando. Los dos permanecieron mirando al frente mientras circulaban por los vecindarios más oscuros. Era como meterse en una aldea infectada por el ébola: tarde o temprano, morías en ese lugar.

—Y tú, señor Nice Suit, ¿ya trabajas para El Cónclave? —preguntó Elvis Infante, al tiempo que ponía un disco de Celso Piña, acordeón arrancado desde Monterrey.

—¿Yo? No, ya me conoces, tengo un nuevo jefe —contestó parcamente, en tono de burócrata al explicar los impuestos.

—Too much lo que quieres pagar, gringo, pero ¿quién es Elvis Infante para decirte algo? ¿Eh, amigo? ¡Tú pagas! —dijo, tomando una avenida con una acera central con césped, adornada con basura añeja e iluminada por altos faroles que atraían polillas.

Había mujeres dispersas, en grupos, solitarias, apoyadas en cacharros que fueron autos hacía siglos, fumando mientras esperaban un cliente. El automóvil rojo disminuyó la velocidad, como un leopardo acechando a su presa. Las mujeres inquietas se movieron como si hubieran golpeado el avispero. Elvis Infante se detuvo frente a una. Bajó el cristal de la ventana. Ella miró a ambos lados, cuidándose de los fantasmas que rondaban en la oscuridad. Se asomó al auto. Era delgada. La carne se aferraba a sus huesos, dejando poco espacio para los senos. Su pelo grasoso se escurría por sus hombros. Unas grandes pestañas, que enmarcaban unos ojos verde hambre, eran lo único que quedaba de su belleza original.

—¿Qué quieres, papito? ¿Lo quieres grande? —preguntó la muchacha.

Elvis la inspeccionó y se giró para ver a su contratante.

—¿Le tienes que pedir permiso a tu amigo gringo?

Elvis tomó el brazo de la muchacha igual que un tiburón a su presa. Lo extendió para mostrárselo al señor Nice Suit.

—¿Cuánto te has inyectado, chica? ¿Traes heroína dentro? —preguntó, señalando los múltiples puntos rojos en el delgado brazo.

La muchacha se retorció cual gusano atrapado.

—Suéltala —ordenó el señor Nice Suit.

El latino la empujó. Ella cayó secamente en el asfalto. Luego se levantó para conectar varias patadas al coche que se retiraba.

—No sirve. Estas chicas se pican todo el día. Seguro están enfermas. No durarían una montada —murmuró enfadado. Se volvió para verla por el retrovisor. Un dedo apareció en éste, invitándolo a que se lo metiera en el culo—. No tenía acento, as fuck. Cruzó de mojada hace meses. La tipa loca va a terminar en una tumba en Juárez. Fuck!

El señor Nice Suit señaló a alguien. No parecía haber oído su monólogo lacrimógeno. No le pagaba para eso. Elvis sonrió al ver a la elegida de su contratante. Acercó el auto. Antes de llegar a ella, brillaron sus dientes de oro.

—Es la Curlys. La conozco. Me hizo un trabajito hace años. No se mete shit.

—¿Podrá hacerlo? —preguntó el señor Nice Suit.

Elvis levantó los hombros y escupió en la acera. La mujer caminó balanceándose hasta ellos. Tenía carnes, se ganaría un apodo hiriente en una escuela. Su pelo rubio estaba teñido. La cara regordeta, sazonada con humorísticas pecas en las mejillas, la hacía parecer una colegiala traviesa a la que le cayó encima una cubeta con treinta y tantos años. El pantalón corto no le ayudaba, pues unos pequeños michelines buscaban espacio para mostrarse.

—¡Ese Elvis! ¿Dónde te metiste? —preguntó sonriendo la mujer.

Infante le guiñó el ojo. Se levantó la camisa, dejando al descubierto una cicatriz que le atravesaba el tórax.

—Por ahí, Curlys. En el General Hospital. Dos días en coma —explicó.

El señor Nice Suit observaba la complicidad. La mujer a su vez se levantó la falda, tenía puesto un calzón con dibujos de Hello Kitty y lucía una cicatriz en el abdomen. Elvis silbó al verla. Era espectacular, le ganaba a la suya.

—¿Te rajaron, ricitos?

—¡Nah! Cesárea. Una girl de cuatro kilos —explicó, volviéndose a bajar el vestido.

Infante soltó dos carcajadas. Le tomó la mano y le murmuró al oído:

—¿Te interesa un trabajito, Curlys? Aquí el Hugo Boss quiere uno. Paga bien.

El señor Nice Suit estiró la mano para saludarla amablemente. Cuando ella se la tomó, una sonrisa iluminó el rostro del hombre. Ella logró un orgasmo al verlo.

—Sólo hago trabajos con Lifesavers —dijo seriamente. Nice Suit hizo un gesto de aprobación. Elvis también.

El cuarto del motel al que entraron lo habían limpiado por última vez en la guerra civil norteamericana. Olía a vómitos, orines y crack. Las cortinas tenían lunares negros por las quemaduras. La alfombra era una mutación de tela afelpada con un chicloso color rosa. Al caminar, los zapatos se pegaban ligeramente al suelo, soltando un ¡plaf! de chicle reventado.

Elvis abrió una Miller light de botella. La entregó al señor Nice Suit, que esperaba sentado en una silla enmohecida. Curlys fumaba afuera del cuarto. Había concierto de sirenas y tiros lejanos. De vez en cuando eran superados por los helicópteros que cazaban en el vecindario con sus focos. El señor Nice Suit bebió un trago de su botella. La cerveza estaba tibia y sabía quemada. Se la pasó a Curlys. Ella agradeció el gesto, sin aceptarla.

—No bebo —explicó. Se quedó en el umbral mirando al hombre del traje, con el cigarro en la comisura de los labios. Después de un rato le preguntó—: ¿Es Armani?

—Boss —respondió él secamente y bebió el resto de la cerveza.

Elvis estaba en el suelo completando un círculo con polvo blanco alrededor de la cama. Había pintado con tiza algunas palabras en signos ancestrales, de complicados diseños, y colocado unas lámparas alrededor. Elvis terminó de extender el polvo. Se limpió las manos. Tomó el resto de su cerveza. Su eructo se oyó como un rugido de Godzilla.

—¡A la cama, ricitos! —gritó.

La mujer soltó el cigarro. Lo aplastó con su zapato de tacón rojo. Pero no se movió.

—Estoy esperando a mi Lifesaver —exclamó sin prisas.

Como si lo hubiera invocado, una camioneta Chevrolet con llantas de monster truck llegó a estacionarse frente a ellos en el cuarto del motel. La música llegaba a todo volumen. Era una canción premezclada de Manu Chao.

Descendió de la pick up un hombre rapado. Sólo traía chaleco de cuero, sin camisa. Llevaba unas bermudas floreadas y botas vaqueras color azul. Parecía un turista disfrazado de tejano.

—¿Éste es tu Lifesaver? ¿El Tecate? —preguntó molesto Elvis.

El calvo le gruñó. Curlys caminó hasta la cama, se tendió en ella. Elvis se dio la vuelta para verla:

—¡Es un fukinjijodeputa!

—Déjate de cosas... Hazlo, no tenemos toda la noche —lo apuró la mujer.

Elvis escupió de nuevo, salpicando las botas azules. El calvo no le dijo nada. Regresó a su camioneta. Tomó una Biblia, una estola, un tupperware con hostias, un frasco de agua, y entró. Cerró la puerta. Ahí se dio cuenta de la presencia del señor Nice Suit. Lo saludó con una inclinación de cabeza. El del traje negro se la devolvió. Todos trataron de aparentar ser civilizados.

Elvis apagó las luces. Sacó un viejo cuaderno de notas sin pasta que traía doblado en sus pantalones. Todo estaba escrito con letra apretada, apenas cediendo espacio para los dibujos de varios símbolos. Comenzó a recitar las frases arcaicas. Sonaban viejas y con telarañas. Su voz era profunda, cavernosa, como si sacudiera las tripas de la tierra. Con cada estrofa la oscuridad ganaba paso. Cada verso subía la temperatura. Curlys gimió, revolcándose excitada. Elvis permanecía adentro del círculo. A sólo unos pasos de él, el Tecate esperaba con la Biblia, cual bombero cuidando los fuegos artificiales. Cuando éstos llegaron, fueron espectaculares. Mejor que Disneylandia. La cama se agitó. Los focos de las lámparas laterales estallaron. Las sábanas empezaron a derramar sangre y los quejidos de Curlys se volvieron voces en arameo. Oscuras y distantes.

—¿Traes el Vade retro Satana? —preguntó al Tecate el señor Nice Suit.

Éste afirmó con la cabeza. Su voz era tan natural, como si se tratara de una charla espontánea en una cantina. Mientras, el cuerpo de Curlys se elevó entre convulsiones. Giró por el cuarto como si colgara de un cable invisible. Su boca comenzó a sacar burbujas. Devolvió la cena: un burrito.

Con una gran sacudida, el cuerpo flácido que levitaba comenzó a moverse. Hizo varios movimientos imposibles para un humano. La piel de los brazos empezó a abrirse, brotaron heridas que no dejaban escapar sangre. Un murmullo inundó la habitación. Era el sonido del aleteo de una mosca. Subió hasta ahogar a los presentes. De la boca de Curlys salieron moscas y tentáculos. Elvis dio un paso hacia atrás. Reconoció al que en ella se manifestaba. La mano derecha tembló. La sensación de hielo que corría por adentro de su espalda lo hizo gemir. Había llamado a la puerta y le había abierto un conocido que había esperado nunca volver a ver. Un impulso opresor aderezado de odio lo calmó. Elvis se volvió hacia el hombre del traje.

—Será mejor soltarlo, man... Es él.

—Continúa.

—Éste no es uno de los normales. Lo sé, me ha buscado toda mi vida.

Míster Nice Suit sólo abrió un poco sus ojos.

—Termina el trabajo —ordenó. Fue preciso. Mejor que un maestro de escuela ordenando un examen sorpresa.

—Esta vez te voy atrapar los huevos, jijodelachingada... ¿Lo quieres empaquetado? —preguntó Elvis acercándose a una caja con motivos en metal que tenía a sus pies.


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