El beso más pequeño

por Mathias Malzieu

5 minutos

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LA CHICA QUE DESAPARECE AL BESARLA

El beso más pequeño nunca visto. Una milésima de segundo, pulpa y plumón incluidos. Apenas un roce, un ejercicio de papiroflexia. Un esbozo de cortocircuito. De un grado de humedad increíblemente próximo a cero, cercano al polvo de sombra. El beso más pequeño nunca visto.

No nos miramos de verdad. No nos tocamos de verdad, apenas nos dijimos nada. Sus ojos demasiado grandes en la piel de porcelana, y esa manera extraña de pedir perdón por sonreír. Sus labios, que revoloteaban como un copo de nieve perdido en una playa estival, y yo, que trataba de cazarlo con mi nevera demasiado grande. Un cataclismo disfrazado de beso en miniatura. Más poderoso que un ejército de rayos. El beso más pequeño nunca visto. Impacto de luz y luego ya nada.

Desaparecida.

En un visto y no visto pasó de la aparición a la desaparición. Como si su boca fuese un interruptor corporal mágico, capaz de volatilizarla. No quedó más que la melodía asmática en re menor que habían silbado sus pequeños pulmones.

Luego oí cómo se alejaban sus pasos, y después el silencio. Pero no había desaparecido, ¡se había vuelto invisible! Nos habíamos dado el beso más pequeño nunca visto y de repente se volvió invisible, tajante como un apagón.

Tenía que encontrarla. Aunque solo fuese para completar mi colección, que hasta el momento se limitaba a un solo ejemplar de beso más pequeño nunca visto.

GASPAR NIEVE

–Las mujeres invisibles son muy difíciles de encontrar, incluso cuando huelen demasiado bien –me explicó el detective retirado que me recomendó Luisa, mi farmacéutica.

Me dijo que parecía un oso polar con gafas, con unas pequeñas nubes de algodón en lugar de cabellos y barba. «¡Es un especialista de lo extraordinario porque él mismo es extraordinario!» Tenía razón.

–Con las técnicas de investigación clásicas nunca dará con ella. Habrá que inventarse algo para atraerla. Una especie de trampa mágica.

–Ella se peina como quien monta claras a punto de nieve –precisé.

–Necesitará usted la paciencia de un pescador de sirenas –dijo, sumido de repente en sus pensamientos–. Y si por ventura reapareciese, absténgase de besarla, de lo contrario podría desaparecer de nuevo –concluyó.

Acariciando el cúmulo nevoso que le servía de barba, el viejo detective me acompañó al umbral de la puerta.

–El recuerdo de ese beso sigue tan vívido que es como si lo estuviese viviendo ahora mismo. Como si se regenerase a cada segundo.

–Porque piensa en él todo el tiempo, es usted quien lo mantiene vivo.

–Peor que eso. ¡Todo me recuerda a ese recuerdo! El ruido de un interruptor, el viento que se levanta… Todo. ¡Absolutamente todo!

–Usted cree en esa historia de la chica que desaparece al besarla, ¿no es cierto?

–Creer… Sí. No es muy difícil de creer. Basta con convencerse. Lo que me gustaría hacerle entender es que siento algo intenso. Una vibración especial, como una música.

–Comprendo… ¿Y a qué se parece ella?

–Apenas la he visto, pero pude sentir que era muy guapa.

–¿Muy guapa de verdad?

–Tan absolutamente guapa como que el reloj marca las horas.

Un cuarto de vuelta sobre sus talones más tarde, la cara del detective había cambiado de expresión. Las palabras «muy» y «guapa» habían encendido un no-sé-qué de luz en sus ojos.

–Ya veo… y creo que tengo exactamente lo que usted necesita. Acompáñeme.

Lo seguí hasta un pasillo estrecho como una chimenea. Abrió la puerta de lo que parecía ser su antiguo gabinete. Las paredes de la habitación estaban cubiertas con fotos de las actrices más deliciosas de los años cincuenta. Rita Hayworth, Natalie Wood, Grace Kelly, Claudia Cardinale, Brigitte Bardot, Liz Taylor. No faltaba ninguna. Todas aparecían acompañadas por el mismo hombre elegante con tupé, pelo canoso y un loro en el hombro.

–¿Es usted el de las fotos?

–Hace bastante tiempo, en una galaxia muy lejana… Pero sí, soy yo.

Junto a la única ventana, detrás de una gramola de madera lacada en rojo, reinaba una reproducción de Elvis Presley de tamaño natural. Parecía una versión torpe del Rey, con una mirada cuando menos recalcitrante. El tiempo parecía haberse detenido en aquella habitación, el corredor que llevaba a ella constituía un pasaje entre el presente y el pasado. Desprendía un ambiente de museo extraño, nostalgia mágica teñida de melancolía. En el escritorio, el retrato de una niña con aspecto de muñeca preocupada y un loro azul posado sobre una pila de libros antiguos.

–Le presento al más despiadado sabueso del reino animal, mi fiel cómplice… ¡Elvis! –anunció, señalando al pájaro peinado como un jefe indio–. Este loro es más eficaz que un pastor alemán adiestrado para seguir la pista de los malhechores, salvo que está especializado en chicas «un poco demasiado guapas». Me ha permitido resolver un gran número de enigmas. Especialmente historias de adulterio, pues reproduce de forma escrupulosa el sonido de los orgasmos. Elvis también puede escuchar detrás de la puerta, e incluso detrás de una ventana de doble acristalamiento. Además, su vigilancia desde el aire resulta muy eficaz. Hace algunos años que no trabaja, pero…

El viejo detective se puso a hablar en voz baja, como si me estuviese confesando un secreto muy bien guardado.

–Este loro vale su peso en oro. ¡Gracias a él he seducido a mujeres excepcionales! Y más difíciles de besar, por cierto, que una chica invisible –exclamó, con la mirada tan chispeante como una copa de Moët & Chandon–. Escuche bien.

Hizo chasquear los dedos tres veces y cuchicheó a la oreja del loro:

–¿Elvis?

–¿Rrrlllouu?

–¡Claudia Cardinale!

Y el ave empezó a dar un concierto de pequeños gritos deliciosamente in crescendo.

–Liz… Hazme a Liz –dijo enseguida.

El pájaro se detuvo en seco para retomar su recital, esta vez en una modulación ronca.

–Ya está, es suficiente. Cuando lo escucho demasiado tiempo empiezo a sentirme melancólico.

–Eso quiere decir que usted se ha…

–Ya lo creo, ¡y no solo una vez, querido amigo! Les hacía llegar las palabras más dulces por loro interpuesto, odas a sus cuerpos sublimes que yo llamaba «pequeños poemas de culo». Cuando conseguía atraerlas hasta aquí, Elvis las registraba sin que se diesen cuenta.

–¡Genial!

–Si utiliza este loro correctamente, puede conferirle poderes casi mágicos –apuntó, con el orgullo del pescador de sirenas que pretendía ser.

–¿Cómo funciona?

–Chasquee tres veces los dedos para poner en marcha el modo «lectura». Una vez para indicar «stop». El resto del tiempo, se pone automáticamente en modo «grabación». Pero, como todos los loros, cuando le apetece hablar, silbar o cantar, no hay modo de apagarlo.

–Ya veo.

–¿Tiene usted algún objeto que haya pertenecido a su chica invisible?

–No, nada en absoluto.

–¿Sabría reconocer su perfume?

–Estoy casi seguro de que no usa ninguno, o si lo hace es tan discreto que parece su olor natural.

–Hum… Porque a Elvis le resulta más sencillo encontrar a una chica cuando ha olido su perfume.

–No tengo más que ese ligero silbido de pulmones, como de asma pero en re menor, y esa sensación de fruta roja eléctrica cuando besa.

–Ya veo… Vamos a reflexionar sobre todo esto y a poner en marcha una estrategia. Y dígame, ¿qué hace usted en la vida?, ¿tiene alguna especialidad?

–Soy inventor-depresivo.

–¿Es decir…?

–Invento cosas, pero si no funcionan tiendo a deprimirme. Así que, si sacamos la media, puede decirse que soy inventor-depresivo.

–Hay que inventar más para deprimirse menos, querido amigo…

–Si pudiera, inventaría todo el tiempo.

Antes de la aventura con la chica invisible, yo había perdido la guerra mundial del amor. Nunca entendí ni tampoco acepté lo que me había sucedido. Después, ese pasado descompuesto me bloqueó el presente, y los fantasmas empezaron a ocupar más sitio entre mis sábanas y mis brazos que cualquier ser vivo.

–¿Puedo saber cuál es su último invento? –preguntó.

–Una pistola de ranas.

–¿Perdón?

–¡Sí, sí! En el tambor caben seis ranitas. El visor es el de una cámara de fotos de plástico porque la precisión del tiro no es el objetivo principal de la operación.

–¿Cuál es el objetivo principal de la operación?

–La sorpresa.

–¿Y funciona?

–¡Un disparo tras otro!

–¿Se da usted cuenta? No debería deprimirse…

–No le falta razón.

–En cualquier caso, va a tener que enfrentarse a un reto de inventiva amorosa si espera encontrar a la chica invisible.

–¿Cómo?

Entonces me apuntó con el índice como si se dispusiese a enunciar los diez mandamientos del pescador de sirenas.

–Primero, encuentre una solución para…


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