Doble intención

por Ethel Krauze - Beatriz Rivas

10 minutos

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Confesión

Quien busca refugio en la sinceridad teme algo, teme que un día se llene de cosas que no pueda revelar, de verdaderos secretos inconfesables.

SÁNDOR MÁRAI

Querida Ethel:

Amanecí con esta carta dándome vueltas. Murmurando, discreta, pero de manera firme, las palabras que ahora lees. A veces escribo dormida, sin darme cuenta, por eso en cuanto abro los ojos, mis dedos están ansiosos de tomar el dictado que les llega de todas partes. Me atrapa una necesidad de escribir tan grande, que anula cualquier otro deseo. Nuestra reciente comida en Las Mañanitas fue todo un placer. Placer que me llevó a una intimidad que no imaginas: la de mis motivos y secretos. Aquellos negados, desconocidos. Tus comentarios e inquietudes, a mis casi cincuenta años, me obligaron a preguntarme sobre mi condición de mujer. Parafraseando irresponsablemente a Heidegger, uno de los personajes de mi Hora sin diosas: mi condición de Ser-Mujer-en-el-Mundo.

Hace algunos años –tenía treinta y tres–, me hicieron un psicodiagnóstico como requisito obligatorio para entrar a una maestría. Los resultados jamás los platiqué con nadie y los archivé, literalmente, en el fondo de un cajón. Tal vez porque no me gustaron. Tus observaciones sobre mi novela, agudas y cariñosas, me obligaron a desempolvar las páginas y a enfrentarme a mi manera de ver y concebir la feminidad.

Las frases que más odié, en su momento, dicen: «… Beatriz presenta dificultades para la aceptación de su feminidad (…) Dificultad para aceptar su rol femenino y las vicisitudes que el ser mujer impone dentro del ámbito social (…) Hay una lucha interna, un conflicto entre la aceptación de su feminidad y la consolidación de su rol de género con la rebeldía frente al sometimiento de su propia genitalidad y de la masculina».

De eso hablamos en nuestra comida cuando me cuestionaste sobre las motivaciones que me llevaron a escribir mi primera novela, hace ya más de diez años. Para La hora sin diosas elegí tres mujeres aparentemente fuertes, independientes, libres. Pero –ahora lo entiendo– también las escogí por los hombres que las rodearon: Nietzsche, Freud, Rilke, Kokoshka, Mahler, Paul Rée, Werfel, Gropius, Andreas, Heidegger…

De pronto, sí, frente a ti, con ese jardín morelense de verdes intensos como escenario, me di cuenta de que siempre he vivido al lado de un hombre (no sé estar sin pareja). Y siempre he tratado –de manera inconsciente–, que sea un hombre extraordinario. En mi lista de novios-amantes-esposos habidos, hay varios nombres conocidos y reconocidos. Actores, periodistas, escritores y músicos, fundamentalmente: creativos. Creadores. Hay dos o tres que no cumplen ese requisito, pero tienen otro que la sociedad valora mucho: un físico muy atractivo. Yo misma he reconocido varias veces que mi condición ideal es estar todo el tiempo enamorada. Mientras, aparentemente he buscado mi propio camino, tratando de ser autosuficiente y lo más libre que se pueda. Intentando ser parte de las mujeres que Lawrence Durrell describe: «Estaba en presencia de alguien que no podía ser juzgada con los mismos cánones aplicados entonces a las mujeres». ¡Cuántas contradicciones!

Me cuesta trabajo aceptarme como mujer, no cabe duda. Mi padre y mi hermano han dicho varias veces que pienso como hombre. Que no soy tan complicada como las demás mujeres. Y esa afirmación me hacía sentirme orgullosa. No me daba cuenta, hasta ahora, que estaba solapando un comentario de Freud que yo misma he criticado cientos de veces: cuando hablaba de Lou Andreas-Salomé decía que era tan inteligente que su mente no podía ser más que masculina.

Ahora, hoy, esta mañana, me hago consciente de lo equivocada que he estado. En mi segunda novela, Viento amargo, la protagonista, Miss Betsy Balcombe, se convierte en un personaje que pasó a la historia únicamente por su amistad con Napoleón Bonaparte. Y en la novela que ahora escribo, elegí a Madame du Châtelet no sólo por su aguda mente científica, sino porque fue amante de Voltaire. ¿De verdad creo que mi éxito y mi camino deben ser siempre al lado de un hombre para que cobren valor? ¿Ves todo lo que has desatado, queridísima Ethel?

Incluso me hiciste reflexionar cuando te comenté que, según mis investigaciones, las tres mujeres de mi novela (y también debo incluir a la francesa que ahora uso como personaje) lograron lo que lograron, en gran parte, gracias a sus padres. Las cuatro tenían madres comunes y corrientes, y una relación tensa y distante con ellas. Lou Andreas-Salomé, incluso, deseó verla ahogarse en un lago. Pero tenían papás que las impulsaron a no ser mujeres de su época. Les abrieron sus bibliotecas, les contrataron maestros privados, las estimularon, en fin, les dieron las armas para estudiar en momentos en que la sociedad sólo les permitía dedicarse a la casa y a los hijos.

Como lo propusiste, y he aplaudido tu idea, habría que buscar otras diosas. Verdaderas diosas contemporáneas que no necesiten de una figura masculina –llámese padre, amante, marido, hijo–, para sobresalir, para ser reconocidas, para encontrar su proyecto de vida.

Y esto no lo propusiste de manera franca, sin embargo, me has «obligado» a volverme a plantear muchos conceptos que asumí, quién sabe cuándo ni dirigida por qué circunstancias, y que en esta etapa de mi vida siento erróneos. Por ejemplo, mi idea de lo que es ser mujer, aquí y ahora. Y esa loca incongruencia entre crear mi propio camino, pero, eso sí, bajo o con la presencia «vital» de una figura masculina que me avale y proteja.

En fin, querida Ethel, nuestras muchas coincidencias (mexicanas, mujeres, escritoras, dos matrimonios, una sola hija que concebimos a una edad relativamente tardía… de las que también hablamos en la comida), nos han hecho emprender esta comunicación electrónica que, espero, nos lleve a veredas literarias lúdicas y productivas. Un enorme abrazo.

BR

Ciudad de México, 14 de febrero de 2013

Bioficción:. Lanzar al cielo tu vida y cuando llegue más allá de las estrellas, esperar a que baje, surcada de rayos, nubes, tormentas de soles y de lunas, mariposas, murciélagos y vientos de todos los mares; lo que llegue al papel en forma de palabras, es eso.

EK

Hombres:.. No los defino. A algunos los amo. A otros, les temo. Muchos me exasperan. A muchos los compadezco. Confieso que me gustan y que los necesito a mi lado; claro, los que yo elija.

EK

........Dios:.. Si te encontraras a Dios, ¿qué te gustaría que te dijera?, me preguntaron un día en alguna entrevista. Respondí pronto y preciso: Me gustaría que me dijera «No existo».

BR

Plegaria

Querida Beatriz:

–¡No! ¡No hagas eso, no otra vez, por favor!

La voz era una forma de mandato, con un temblor de súplica. Los ojos, como girando en una interrogación, cuya respuesta se tenía por imposible. ¿En qué me había metido? ¿Por qué no podía aprender la lección?

Mi marido no quiso que volviera a caer en la misma espiral: un proyecto de mujeres. Primero, el entusiasmo, la amistad firmada con sangre hasta la eternidad; la pasión echada por delante, sin límites, entregando horas de trabajo, de negociaciones, de acuerdos, de promesas. Más pronto que tarde, las nubes en el horizonte, las primeras recriminaciones porque una no entendió a la otra, no adivinó las necesidades de la otra, no se sensibilizó con la situación de la otra. Luego de las reiteradas disculpas, nuevas acusaciones. Finalmente, un rosario de malos entendidos, colgadas de teléfono, mensajes electrónicos dignos de una novela de espantos, y la amargura de reconocer que la sororidad, ese hermoso término que reivindica la relación fructífera, solidaria y permanente, entre mujeres en madurez de conciencia, se ha quedado todavía en un ideal. Al contrario, parecería que las mujeres, mientras más cultivadas, mejor afilado el bisturí para perdernos en los vericuetos de las argumentaciones con las que justificamos por qué la conducta de la otra, la frase de la otra, el ademán de la otra nos ha parecido ofensivo e intolerable.

Ya lo había vivido, no una, sino incontables veces. Para mi infortunio, para mi vergüenza. Esta vez, Beatriz querida, le dije, sonriendo, al hombre que podría dar una conferencia especializada en este tema, sólo porque lo conoce a fondo, como testigo y como víctima colateral:

–Sí, te entiendo perfectamente. Yo ya pensé en que puede pasar lo peor. Sí. La diferencia es que ahora no me importa. No lo digo despectivamente, lo que quiero expresar es que no tengo otra opción que seguir probando, me gusta trabajar con mujeres, mientras dure. Tenemos que seguir intentándolo…

Y, querida amiga, no sólo es que me «guste», sino que lo necesito. Ese otro «yo» que eres tú. Y viceversa. Ese diálogo entre espejos. Porque, ¿con quién, si no, vamos a conversar? (¿Con los especialistas que te hicieron ese «psicodiagnóstico» en el cual tú tienes dificultades para la aceptación de tu feminidad? ¿Existe alguna mujer que no tenga dificultades para aceptar una condición de alteridad dependiente que no ha sido definida siquiera por ella misma?)

Tú y yo, como las demás escritoras, y como la mayoría de las mujeres, nos educamos, nos formamos, nos alimentamos con los libros escritos por los hombres: filósofos, místicos, poetas, científicos, historiadores, humanistas. Los admiramos y los seguimos. Discutimos sus doctrinas y nos identificamos con su manera de presentarnos el mundo, que es la única expresa, estructurada y contenida que tenemos a la mano. Pero… ¿y lo otro?, ¿lo demás?, ¿lo nuestro? Pregunto, ¿dónde están los testimonios de mujeres, sus voces, sus conocimientos, sus experiencias, para que, siguiéndolas, nos sintamos en casa?

No sé si lo he confesado tan contundentemente: yo nunca me he sentido «en casa» en este mundo. Siempre he tenido que abrirme paso, como a escondidas, como a machetazos, como a rajatabla, corriendo descalza entre la maleza, sintiendo la rasgadura de las heridas en el rostro, los pies sangrantes. Mi resuello no cesa. La rabia, el miedo, no me dejan caer. Si hay otra mano a mi lado, si podemos correr juntas, ensanchando el surco, ¿puedo negarme, por temor al fracaso? ¡Disfrutemos el trecho que nos sea dado recorrer!

Voto porque rompamos las cadenas del pudor y la decencia que han atado a generaciones de mujeres que nos anteceden. Nos han legado escondrijos, señales de humo, sótanos llenos de peligros, escaleras de caracol que no dan a ninguna parte. ¿No te parece espeluznante, por lo que significa, que Marguerite Yourcenar, una escritora capaz de haber logrado una obra maestra en Memorias de Adriano, mande encerrar en una caja fuerte sus manuscritos, hasta cincuenta años después de su muerte? ¡Qué mensaje es ése, Dios mío! (¿Diosa mía?: ¿qué vemos cuando hablamos de Dios en femenino?) ¡Me retuerzo pensando en que no viviré para conocer la lucidez profunda de esta escritora!

Mi madre, una filósofa que se pasó la vida entre libros, escribió, casi en la ancianidad, escenas de su vida con un talento sobresaliente, fresco, inusitado. Antes de que fueran publicadas, se dedicó a destruir todas aquellas páginas que pusieran en duda su… ¿qué?, ¿reputación?, ¿imagen frente a los hijos, las nietas? Le supliqué, la amenacé. No me dejó leerlas, ni apelando a mi condición de escritora. Me cuesta trabajo perdonarle esta caída en el agujero de la tartamudez femenina por la que viajan en picada y en racimos las mujeres.

Voto porque cumplamos la palabra de tomar por verdadero todo lo que aquí escribamos, a pesar de que hayamos pactado por la libertad de la ficción.

Voto por este experimento: una obra literaria que inaugure el género de bioficción. Ni autobiografía pura ni novela propiamente de ficción. Una fusión femenina que juega a la verdad de las mentiras, y a las mentiras de verdad para que nuestros hombres no se sientan picoteados con miradas pícaras, ni nuestras hijas se atraganten leyendo nuestras páginas.

Sólo tú sabrás qué pertenece a tu biografía y qué ha brotado de tu imaginación. Sólo yo sabré lo mío.

¿Acaso, en realidad, lo sabremos? ¿No acabaremos confundiéndolo? ¡Sería maravilloso! ¿No crees? Sería como ir creando, con palabras, una suerte de diosa, la cual, algún día, llegaría a merecer una mayúscula.

Ésta es una plegaria, y una moneda al aire, Beatriz.

EK

Cuernavaca, 25 de febrero de 2013


Traición:.. Uno de los pecados que he cometido. Quisiera sólo sentirme responsable, pero me siento culpable. Ese tipo de culpa católica (aunque no soy religiosa) que no me deja estar tranquila. No he sabido perdonarme.

BR

Esa moneda que ya
está en el aire

Querida Ethel:

Hace unos días fuiste testigo de una escena que, en parte, te conté en mi primera carta. Parecía que lo hubiera planeado todo. Ahí estábamos: mesa para quince, en el restaurante Danubio, familiares y algunos de mis amigos más queridos. También el editor que afortunadamente compartimos. Cuando llegaste, un poco tarde, unos langostinos al mojo de ajo ocupaban tu lugar en la mesa pues los compartía con una de mis mejores amigas. Casualmente (¿caben las casualidades en nuestras vidas?) ni tú ni yo íbamos acompañadas por nuestros maridos. Ordenaste carne, en un lugar de mariscos, y bebimos una botella de vino blanco, demasiado dulce para nuestro gusto, pero el escritor y músico que ocupaba mi lado izquierdo no pidió ninguna otra opinión. En realidad, lo que lo llevó a ordenar un vino Diamante fue la memoria de Germán Dehesa. Siempre le decía que el día que fuera al Danubio, eso debía pedir para acompañar los famosos langostinos. Pero me estoy desviando; mi mente acostumbra caminar sola, sin mi permiso, por lugares a los que no necesariamente quiero llegar.

Te recuerdo, entonces, la escena que nos atañe: mi hermano, dirigiéndose precisamente a quien había ordenado el vino, uno de los fundadores de Botellita de Jerez, le dijo, como si estuviera recomendándome para ser contratada, que yo no era una mujer normal, que nunca la armaba de «tos», que era muy fácil tratar conmigo… que hasta parecía hombre. Y ese comentario hizo que se encendiera la luz roja: es decir, las características positivas de una mujer la hacen parecerse a los miembros del sexo masculino. ¿Así se lee?

Todos los hombres es el título de tu novela más reciente. La leí dos veces: el día que me la obsequiaste y hace poco, para poder presentarla, como tú mereces, en la Feria del Libro de Minería. Pues he de decirte, querida Ethel, que he aprendido mucho de ella. Más de lo que imaginas. Al menos ya me obligo a sacar las antenas cuando escucho frases como la que dijo mi hermano, hace algunos días. Tu novela me ha hecho, al igual que tu personaje, «recoger todos mis trozos sobre la cama (…) y disponerme a armar el rompecabezas de mi persona». Específicamente, el rompecabezas de ser mujer. ¿Las sirenas maduran también?, te preguntas en alguna de las páginas. No lo sé, pero las escritoras debemos hacerlo y tal vez esto que estamos escribiendo ahora, sin un género específico, pero literatura al fin, me dé la madurez que necesito para seguir existiendo, adaptándome y evolucionando durante mi tercer cuarto de vida (si deseas hacer la cuenta, pienso vivir alrededor de ochenta años. Unos más, en caso de seguir lúcida).

Dices que nunca te has sentido «en casa» en este mundo. Confieso que yo sí me he sentido bienvenida, halagada y hasta consentida. Aunque es probable que sea porque me equivoqué de casa y he vivido, de arrimada, en aquella que construyeron los hombres con su filosofía, su historia, sus novelas, su ciencia, su religión, su forma de hacer política. Así que estas letras, que ahora escribimos, tal vez me ayuden a reconstruirme. A comenzar a ver el mundo de otra manera. Por lo menos, quisiera ganar la seguridad para no necesitar a un hombre a mi lado. Siempre he precisado de una presencia masculina muy cerca: novio, amigo, amante, esposo. Requiero verme desde sus ojos. ¡Qué terrible dependencia! Sería delicioso llegar al estado que describes en Todos los hombres: «Sabía que no importaba si este hombre habría de desaparecer, si nuevos hombres surgirían en el horizonte o si ninguno volvería a asomarse…»

Mis novelas me exorcizan. Al menos lo hicieron, de una manera contundente: Todas mis vidas posibles, La hora sin diosas y, de otra forma, Amores adúlteros. Me han curado de culpas, de desamores, de malos entendidos. Así que aplaudo tus votos, a pesar del riesgo de terminar con nuestra amistad, situación que, intuyo, ya has vivido. Yo, tengo que decirlo, he salido bastante bien librada en los proyectos que he emprendido con otras mujeres: talleres, libros de cuentos, organizaciones femeninas… hasta escritorios y amantes compartidos.

Hoy leo, en la revista Emeequis (¡Cuántas coincidencias, encuentros y desencuentros en mi pasado!), una columna sobre un libro llamado El fin de los hombres y el auge de las mujeres, de una periodista estadunidense. Lo esencial del mensaje de Hanna Rosin, es que las mujeres se están adaptando mejor a los nuevos tiempos, los hombres se están quedando atrás. No han sabido aceptar y cambiar de acuerdo al nuevo papel de la mujer. «La sociedad aún se siente incómoda con el poder de las mujeres». Así que, si este proyecto me ayuda a reconfigurarme y además apoya, aunque sea en un grado mínimo, a que se terminen los desequilibrios generados por la falta de evolución en la manera de ver las cosas de muchos miembros de nuestra sociedad, me doy por bien servida.

¡Bienvenidas, entonces, nuestras letras, tu plegaria y esa moneda que ya está en el aire!

BR

6 de marzo de 2013

Abuela:..... Son dos que he decidido recordar como una. A veces tiene ojos azules y una mirada dulcísima. Otras, ojos oscuros y una determinación a prueba de casi todo. Están tan adentro, que cuando me distraigo las confundo conmigo misma. Una decidió quitarse la vida: murió de un infarto, intentándolo. La otra duró tantos años que logró darse cuenta de mi olvido De mi ausencia.

BR

Abuela:..... Enigma, suspiro, devoción.

EK

Siroco

Querida Beatriz:

Recuerdo la fascinación por esta palabra, la había encontrado acá y allá en algunas páginas de mi niñez. Siempre he sido voraz con los libros…


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