Aquí, Borya

por Alberto Lati

7 minutos

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1

La incomodidad de no entender. El entender sin captar palabra.

Algo así debía decirle, de menos a más en la amargura del semblante, torrente de desaprobación y violencia gestual: “Fíjate en la sombra. Abre los ojos. Ese no es el efecto. ¿Adónde vas? A nadie conmueves… tú nunca vas a transmitir algo… contigo he perdido el tiempo… ¿No te enteras? ¿Te parece que esto es Renoir? ¿Quién te dijo que servías para pintar? ¡Déjalo! ¡Haces pura mierda!”.

Algo así, aunque quizá otra cosa. Algo parecido, si no es que interpreté mal, que eso siempre es posible y más cuando se desconoce el idioma. Algo así, desde las instrucciones iniciales que eran recatadas, hasta las últimas tan agresivas.

El aprendiz sostenía el lápiz con su trémula mano derecha y posaba la izquierda bajo la nariz, buscando en el olor algo que lo indultara, en tanto el despiadado maestro —o mentor, o padre— no hacía nada por moderar los vocablos eslavos de reproche, que resaltaban sobre ese barullo inglés del museo que sonaba a oleaje.

El Renoir original se erigía como musa y, a mi criterio, lucía casi idéntico a la versión lograda por el niño copista, aunque a los ojos del mentor algo o todo salió mal. Los gritos me habían sacado de un largo trance, justo cuando tenía en mi campo de visión tanto el cuadro genuino como, dos metros abajo, su quebradiza réplica. Trance a ritmo de pasos mojados sobre un piso de madera que, ahora lo pienso, increíblemente no se ensuciaba. Trance melancólico y depresivo al que me trasladaba la exhibición, pero al que ya me había orillado, por mucho que me resistiera a admitirlo, mi frustrada carrera como novelista.

Era la penúltima sala de la National Gallery. Se exponía la colección de Paul Durand-Ruel, el hombre que, según clamaba la publicidad en la fachada sobre Trafalgar Square, vendió mil Monets y puso al impresionismo en el mapa. Eran larguísimas las filas para recoger los boletos forzosamente comprados de antemano y resultaba necesario formarse unos minutos para dejar paraguas y gabardinas en el sitio correspondiente. El museo, con sus techos no muy altos y arqueados, estaba tan húmedo como atestado, limitando a los visitantes a un máximo de veinte o treinta segundos ante cada cuadro (exactamente lo que duraba la explicación de la mayoría de las obras en las multilingües audio guías, sin dar pauta a mi vieja manía de escuchar los comentarios en dos idiomas y comparar sus palabras).

Estaba en Londres, en uno de esos viajes de cuatro días que esporádicamente organizaba para dotar de ideas a mi literatura, al tiempo que buscaba temáticas atractivas para vender textos a alguna revista (lo segundo sucedía mucho más que lo primero, cosa que, muy por las malas, estaba a unas horas de admitir). Procuraba ir en los períodos más lluviosos del año, poniendo mis intentos de renglones en manos de la tormenta, de su sonido, de su olor, de su encharcado eco, de su alborotado río. Para modelar un fracaso, todo cliché es bueno: soledad, lluvia y letras. Y para soledad y lluvia, ningún cliché como Londres.

A la última sala de la exposición se accedía por un ángulo muy forzado, justo después de ver una recreación de cómo fue la casa parisina de Ruel, plagada de impresionismo, y tras superar un embudo de personas brotando desde tres direcciones hacia un espacio demasiado apretado; para colmo, con tapicería en color fucsia y con un imperceptible banco al centro que ya acumulaba una buena colección de rodillas moreteadas.

Degas, Pissarro, Sisley, Manet: sin duda este visionario había delineado el rumbo de la pintura o, como clamaba el The Guardian que hojeé esa mañana tomando un café a un par de kilómetros en Aldwych, había inventado la industria del arte moderno. Delinear el futuro de la pintura, reinventar su industria, anticipar su tendencia y destino, decidir lo que tendrá valor, imponer el nuevo canon: sueño de románticos y mercenarios, de aficionados y profesionales, de expertos y oportunistas. Eso debatía en mi mente justo cuando volví a encontrarme con el niño y su mentor.

A quienes nos apocamos o estremecemos con cualquier mirada de un extraño, los personajes a quienes tiene sin cuidado armar un numerito en lugar público nos generan escalofríos. Así era precisamente el maestro de pintura, cuyas reprimendas continuaban, elevando su violencia. Los visitantes, sorprendidos y espantados, perdían la tentación de observar los cuadros cercanos a ese griterío, incluido un paisaje de Pissarro con el Charing Cross Bridge, tan próximo a esa National Gallery, cubierto de bruma más de un siglo atrás.

Sacados de foco por los bramidos, casi todos pasaban de largo. Yo, sin embargo, intenté quedarme junto al niño copista, aunque segundos más tarde (los veinte o treinta de rigor) tuve que continuar a carambolas y trompicones hacia la salida de la pinacoteca.

Me emboscaban por los cuatro flancos. Primero unos estudiantes italianos, urgidos de palomear en su guía los cuadros faltantes (supongo que si se perdieron el puente de Pissarro, decidieron no perderse más obras por mi inmovilidad). Después me pisaron dos jóvenes de barbas desordenadas, en su búsqueda de ángulo para la mejor autofoto. El colofón que me hizo terminar de salir fue un veterano vigilante, suspicaz de mi caminar con el rostro hacia atrás (ahora que lo recuerdo, ese fue el último día en que logré girar la cabeza sin dolor en el cuello o sin tener que mover la espalda).

Como sea, pese a tener que alejarme, no podía despegar ojo del afligido copista, de la fragilidad de sus facciones, de su pequeñez y dolorosa palidez; sus copias, que me atraparon en un principio, perdían toda relevancia: la obra eran él y su frustración, él y su castigo, él y su humillación. Un pintor que quizá ya no sería, y yo, rodeado de tantísimas obras cumbre, testigo involuntario del desplome. Puede ser que antes el muchacho me haya dirigido una mueca de súplica, que descubriera en mí a un posible apoyo, una fuente de compasión; puede ser que eso me lo quiera figurar ahora.

El asunto es que los crecientes murmullos de indignación le eran indiferentes al mentor: empapado en una mezcla de sudor y lluvia, inmerso en su agudo berrinche, incrementaba decibeles y, con los dedos apuntados al frente, parecía enlistar: “mal el contraste, mal el trazo, mal la proporción, mal la ejecución, mal día para pintar, mal tino para elegirte”. Su boca estaba trabada en una rara trompa (horas después me descubriría intentando imitarla), el grasoso cabello le rebotaba en la frente y su abrigo despedía un olor a vieja mezcla de alcohol y tabaco. No le importaba traspasar la línea que indicaba en el piso el límite desde el cual podía ver el cuadro (busqué al vigilante que me había reconvenido cuando caminaba con el rostro girado y que, sin embargo, dejaba hacer al tirano, limitándose a arquear las cejas).

El aprendiz, consciente de que ya ningún trazo triunfaría, se disculpaba y agradecía… o eso me pareció desde mi perspectiva, a unos ocho metros, dos escalones arriba, recargado sobre la puerta de vidrio de la tienda de suvenires.

Quizá me lo imaginé, quizá me lo he inventado, tampoco es que haya sucedido ayer, pero junto con algunas mansas reverencias lo escuché dar las gracias al tirano. ¿Spasiva, dakuyem, hvala, dziekuje? El idioma era lo de menos, si es que el presunto eslavo no era falso eslavo y todo se desarrollaba en otra lengua, qué más da. Lo relevante es que el copista parecía jugárselo todo, como Ruel en otra época, y que lo hacía en el peor de los escenarios, en un museo atiborrado porque la exposición pronto sería retirada.

Sin que el opresivo mentor lo notara, Rodión (con ese nombre pudo ser que se refiriera al acongojado niño) juntaba las manos tras la espalda y apretaba índice y pulgar derechos. Un segundo, dos, tres, cuatro segundos, hasta modificar el color de la cutícula, aliviar el daño, mitigar la huella de la batalla, mientras se desplazaba sometido a otra humillante perorata, golpeteándole la frente los dedos del mentor, que disfrutaba del choque de sus yemas con el cráneo y del hueco sonido generado.

Sin saber qué hacer o cómo ayudar, junté los dedos índice y medio como el mentor, incluso los reboté sonoramente contra mi papada; relacioné ese movimiento con uno acaso de Robert De Niro en alguna película, aunque más bien parecía propio de un pediatra o de un curandero.

En la cara de Rodión vi la incertidumbre del que no sabe lo que es no saber; incertidumbre común sólo en quien siempre ha creído, en quien la vida aún no ha acostumbrado a que algo no es posible, en quien ve desmoronarse el único sendero que jamás delineó. La infancia termina muchas veces, pero esa puede ser la última: ¿el fin de la inocencia es el inicio de la culpabilidad?, me pregunté pensando si podía utilizar esa reflexión para la novela en la que había estado trabajando la madrugada anterior, mientras que me sorprendía apretándome pulgar e índice y percibiendo un inesperado alivio en la cutícula.

Con su espiral a medio salir, ahí estaba un cuaderno de copias amplio pero insatisfactorio, una carrera joven y tan pronto truncada, puro camino sin destino, precoz para el inicio y más para el retiro.

Rodión entró concentrado al cuadro final, sin siquiera reparar en que los barbados obstruían el camino eligiendo filtros y retoques para sus fotos; mucho más atento a las miradas de lástima de cuantos deambulaban a su alrededor: peor que la humillación, sólo la vergüenza.

Monet tendría el veredicto. Con ceño fruncido, lengua repasando el labio inferior, ojos entrecerrados, alguna lágrima fugitiva y el dedo descarapelado, atacó el papel.

En mi ignorancia, lo vi hacerlo espléndidamente o eso quise concluir, como si el niño Mozart pudiera joder su partitura y el mundo no fuera a permitirlo. Trazaba y volaba, se regodeaba en la hoja, elevaba una melodía con el lápiz como violín. Su Monet iba perfecto, mejor que el Renoir que le antecedió, hasta que su mirada chocó con la del despótico juez y empezó a perder fluidez, firmeza, seguridad. Un grupo de japoneses se aproximó y efectuó una serie de exclamaciones en perfecta coordinación: aaaaah, oooooh, mmmmmh, como en un partido de tenis en el que está prohibido hacer ruido a medio punto, pero no es posible controlar las emociones.

El semblante de Rodión se contorsionó, la mano izquierda regresó a la nariz, ya sin hallar efluvios de salvación, la barbilla le tembló a sabiendas de que ya no había remedio. El niño prodigio probaba no ser tal y la grada le hería primero con unos bisbiseos y luego con un aplauso —incluso creo que una señora japonesa, con tapabocas, se inclinó ceremonialmente ante él.

Su hoja, evidencia de la transgresión, moría apretada en el puño del mentor. Acaso me equivoco, que soy de memoria selectiva y tampoco recuerdo haberlo visto, pero estoy en condiciones de asegurar que el maestro rio; triunfal y sardónicamente, rio.

No soy Rodión, pero pude serlo.

No soy Rodión y ni siquiera sé si él lo era.

No soy Rodión, pero acaso lo seré.

2

Un mensaje en el teléfono. Mescolanza de idiomas. Se equivocó al pensar que la voz estaba entrecortada por mera distorsión o mala recepción; desgarradora y lenta, de tan suplicante violenta, de origen era así:

Tengo el dinero listo. Atiende. A veces… últimamente, o desde hace… quiero llorar por todo. Yo… Yo no lo sé… … … … Quizá si te pagara. ¿Lo entiendes? Es igual. Todo. Todo igual. Tú… A cobrar tu argenta. Aquí, Faisal.

3

Peor que la humillación, sólo la vergüenza, que es humillación dos veces, ataque a trescientos sesenta grados, degradación a ida y vuelta: primero por lo que se nos ha hecho pasar, sufrir, experimentar; segundo, por asumirnos vistos bajo tal condición. Nunca sabremos qué es lo que dolió: la caída o los ojos que nos contemplaron cayendo. A mirada más compasiva y comprensiva, mayor dolor; a mirada más despiadada, también: lástima y sadismo pueden ser armas igual de filosas, aunque no tan lacerantes como esa tercera vía que es la apatía. Igual, todo duele y dolerá. Igual, nadie nos salva ni salvará.

El asunto es que observados, supuramos más. Quizá por eso desde tiempos inmemoriales hemos llenado coliseos, anfiteatros, estadios, y con sus multitudes buscado ángulos al dolor ajeno, que la nota siempre está con el perdedor, que los invictos aburren, que miente quien dijo que acudía para ser testigo de la gloria; esa, sólo la deseamos para nosotros mismos y sólo la compartimos o cedemos en nuestra peor pesadilla.

A lo que voy es a que puestos a elegir, la soledad garantiza un sufrimiento más llevadero, ausencia de testigos, sensación de que nadie más contempló el desierto (o la jungla, o el lodazal, o el vacío) que se nos hizo atravesar, a donde por buenas o malas nos metimos y atascamos.

Otra cosa distinta, y perdón que me desvíe, es que la soledad también impide esa variante de la humillación que es la interrupción. Interrumpe quien está convencido de que lo suyo vale más que lo nuestro. Evitarla significa mucho en tiempos en los que no hilamos cuatro palabras en la cabeza.

Difícil ordenar pensamientos, imposible convertirlos en enunciados, cuando la interrupción es una norma. Y entre interrupciones vivimos, y a las interrupciones culpamos, y por las interrupciones perdimos, y en esas interrupciones nos extraviamos. Y una vez solos, cuando todo parece resuelto, la auto interrupción resulta más venenosa. Pobres ermitaños: ir tan lejos para enterarse de que Sartre se quedó corto, de que el infierno no son los otros; que el infierno comienza y termina aquí en la cabeza, que el infierno vive en cada uno.

Tampoco resulta fácil reflexionar cuando eres a la vez perseguido por desconocidos y perseguidor de lo desconocido, pero lo que quiero decir es que si un libro se termina de escribir cuando algún ajeno lo lee, la madre de las interrupciones emergió cuando alguien rechazó por primera vez cierta lectura, cuando se atrevió a dejar el texto inacabado, cuando no quiso hacer su parte y complementar la obra, cuando dinamitó ese puente: fue más fácil esbozar ojos de compasión que de lector; a veces la caída y quien nos empuja a ella, son lo mismo, son el mismo.

Peor que la humillación, sólo la vergüenza.

¿Qué persigo? De la antología y de los libros vírgenes ya hablaré, si no ...

 


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