Maratón

por Jorge Cuevas

7 minutos

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El elixir

La medalla del Maratón de Roma es mi favorita,1 es color bronce y tiene figuras de atletas de la antigua Roma que cobran vida y corren con una loba. Me la pusieron al terminar la carrera, pero yo tenía que seguir corriendo.

Vi a un gladiador en el suelo, un maratonista deshidratado después de la batalla, los paramédicos lo estaban reviviendo. Atrás de mí quedaba el Foro Romano, enfrente tenía el Coliseo. Estaba corriendo ya mi kilómetro 43.

Seguí trotando por la via del Capo de África, donde vi a otros gladiadores en la banqueta, riendo y recuperándose con cerveza, yo salivaba por echarme una, pero no me detuve, si me paraba se me escaparía el elixir.

Continué por la via Claudia, donde estaban dos corredoras romanas bañándose en ropa interior con cubetas de agua, dudé si eran reales, por estarlas viendo casi me atropellan.

Llevaba 47 kilómetros cuando percibí un olor a naranja que venía de una pintoresca tienda de frutas. En mi mente me exprimía un gajo en la boca y me revolcaba en un charco de agua para quitarme el calor, pero no me paré, porque traía la idea fresca en la cabeza y tenía que capturarla, sólo faltaba el último tramo, era la subida final.

Me detuve en el edificio con el número 202 de la via Gallia.

La puerta era de madera, y cuando la empujé tuve que usar todo el cuerpo porque parecía de roca. El viejo elevador no servía, así que subí por la escalera apoyándome en el barandal. La llave era grande y antigua, la puerta rechinó. Vi las lámparas, los muebles desgastados, la cocina, la cafetera y mi cuaderno abajo de una taza vacía que todavía olía a café.

Tomé una pluma, me tiré al piso, empecé a escribir la respuesta que había salido a encontrar esa mañana en que corrí tres mil años de historia y 48 kilómetros.

En una hoja atrapé la idea, luego la leí en voz alta, era como si me estuviera diciendo algo que ignoraba de mí, pero que siempre había estado ahí.

Otra vez volví a leer y supe que sin duda ése era el elixir.

Descubrí que el elixir no sólo era un respuesta para mi vida, también era la idea que aclaraba por qué 28 semanas antes del Maratón de Roma había decidido hacer este libro. Era la idea que me revelaba el sentido, el concepto central, me daba claridad y ponía cada pieza en su lugar.

Lo más fácil de hacer un libro es escribir, redactar es como maquilar, lo difícil es encontrar lo que realmente quieres decir.

El elixir no era un texto extenso ni detallado, era la respuesta, el corazón del mensaje, la guía.

Ya no tenía prisa. Decidí bañarme antes de comenzar.

Me quité la camisa, sentí las axilas rosadas, de mis pezones goteaba un poco de sangre. Al quitarme el short percibí la carne viva en ingles y nalgas, y al contacto con el agua todo me ardió más, pero el dolor me valió madre, sólo realzaba el momento.

Levanté la cabeza, abrí la boca y celebré tomando toda el agua de regadera que pude. Celebré por haber resistido hasta atrapar en mi cuaderno el elixir. ¿Cuántas veces había tenido una idea y me había dicho “luego la escribo”?, pero todas esas veces se me había olvidado lo que quería decir.

Bajé muy lento, porque cuando corres esas distancias, lo más difícil no es subir, sino bajar escaleras. Fui a la cafetería que estaba a dos puertas del edificio y me senté en la terraza, sintiendo el sol de un domingo de abril en Roma.

—Prego —un señor de pelo cano me atendió.

—Un’acqua frizzante, un espresso e un pasticcioto, per favore, signore.

Le di un trago al agua mineral para sentir el gas helado en la garganta. Entre sorbos de expreso y pequeñas mordidas de pan llegaron las primeras líneas, y a partir de ahí escribí como desesperado, en cafés, en el departamento, en el metro, en el baño, en el avión y en la calle, no paré hasta hoy, cuando le puse punto final al libro en el que te cuento 28 semanas de mi historia o quizá, de la historia de todos, de esa batalla que vivimos en nuestra mente cuando queremos ir más allá de nuestros límites.

Éste no es un libro sólo para corredores, porque nadando, escribiendo, cocinando, emprendiendo, amando o corriendo a todos nos llega nuestro maratón, el reto que nos hará desafiarnos y convertirnos en los héroes de nuestra historia.


1 Los organizadores del Maratón apuestan por una competencia entre artistas; en esa ocasión ganó Diletta Maria Buschi.

El arco de salida

28 semanas antes de Roma

 

El protagonista de cada historia es el héroe de un viaje, aun cuando la senda únicamente transite por su mente.
CRISTOPHER VOGLER

Todo empezó con Harvey.

Un huracán estaba arrasando Houston, había miles de damnificados, la población civil se movía para apoyar y hasta la NASA tenía que parar actividades por 11 días.

Yo estaba a 1 500 kilómetros, pero le escribí a mi tía Lupe para preguntarle por mis primos que viven en Houston; estaban bien. Mientras la escuchaba se me olvidó el dolor ajeno y empecé a pensar en los efectos colaterales de esas tormentas.

Muchas veces estos fenómenos climáticos impactan directo en un lugar, pero provocan lluvias a miles de kilómetros de distancia, por eso en México amenazaba tormenta.

Yo intentaba dormir en un hotel cercano a la Alameda Central, a dos kilómetros del arco de salida, en la víspera del Maratón de la Ciudad de México.

La aplicación del tiempo decía que había 70% de probabilidad de lluvia intensa toda la noche y que seguiría así durante las primeras horas de la competencia.

—Hace tres años pasó lo mismo, llovió muchísimo —me dijo Dany, con quien compartía habitación—. Una hora antes de que empezara la carrera, cayó una tormenta durísima, no te imaginas lo que fue, olía a mierda y yo me preguntaba de dónde venía el hedor, hasta que me di cuenta, pasando por Presidente Masaryk, de que las alcantarillas estaban desbordándose. Todos corríamos sobre el agua negra y por el olor sabíamos que eran desechos humanos. El Bosque de Chapultepec de plano estaba inundado, todos saltábamos sobre enormes charcos que hacían que nos salpicáramos unos a otros con agua del drenaje. Recuerdo que se me empaparon los tenis, y luego, cuando dejó de llover, se me secaron con el sol y me ampollé. Los últimos 10 kilómetros traía los pies casi con llagas, llegué tan jodido a la meta que publiqué en mi muro que jamás volvería a correr este pinche maratón, ni ningún otro, pero ya ves cómo es esto… unos días después se me olvidó todo y aquí estoy de nuevo. Una vez el ginecólogo de mi esposa me dijo que hacer un maratón era como cuando una mujer va a parir a un hijo, al terminar dice “nunca más”, pero cuando se le olvida el sufrimiento, se vuelve a embarazar, igualitos somos los corredores.

A pesar de las historias de terror, ampollas, partos y alcantarillas desbordadas, pude dormir. Por primera vez en la víspera de una carrera de 42 kilómetros logré descansar una noche antes. He estado endeudado, mi empresa ha quebrado, me he enfrentado a públicos muy exigentes en distintos lugares del mundo, pero lo único que me ha quitado el sueño en la vida es correr un maratón. No sé por qué me pasa, a fin de cuentas no es mi trabajo, si lo ves con objetividad no pierdo nada concreto si no logro hacer el maratón, o si no alcanzo las marcas que busco, porque no soy un atleta profesional, soy más bien, como dice la rola de Molotov, un amateur-amateur, y a los corredores como yo no sólo no nos pagan, sino que además nos cobran por correr, pero quizá es por eso que las emociones me desbordan, porque siento que no hay nada mejor que amar algo que te duele, te conecta, te excita y que no lo haces por ningún interés económico.

A las 5:30 de la mañana ya desayunaba un expreso y un pan con mermelada.

—¿Ya viste el pronóstico del tiempo, George? —me preguntó Dany—. Cambió drásticamente: no hay ninguna tormenta, sólo nubes y frío.

Eran las condiciones perfectas para correr, parecía un milagro. Lo era. Harvey se había quedado a hacer sus maldades en Houston.

El enemigo se iba solito, el diluvio estaba descartado, la tormenta no vendría, por lo menos no de Houston, pero en el maratón, igual que en la vida, invertimos mucho tiempo preocupados por cosas que nunca pasaron y las que realmente pasaron jamás las vimos venir.

Para calentar, el Dany y yo nos fuimos trotando del hotel a los corrales. Si no has hecho una carrera como ésta, con 44 mil enfermos de adrenalina, te explico que a los espacios cercados con vallas, donde nos encierran a los corredores antes del arco de salida, se les llama corrales; no suena nada elegante, ¿verdad?, pero así se les llama, en inglés y en español: ¡corrales! Ahí, los corredores nos convertimos en caballos de carreras y relinchamos ansiosos porque nos abran las compuertas con el disparo de salida.

Unas semanas antes, Enrique Loyola, un amigo peruano, me había dicho que los mexicanos éramos demasiado nacionalistas. Yo le dije que eso no era cierto, que estaba loco, que por lo menos yo no, pero cuando estaba en los corrales, a las 6:50 de la mañana en la avenida 20 de Noviembre, se me erizó la piel al escuchar el himno nacional.

¡Mexicanos al grito de guerra!

Cantaba como si estuviera en el estadio, en el mundial, esperando que la selección por fin pasara a la siguiente etapa, pero esta vez no era un espectador, yo era el jugador que saltaría a la pista.

¡Mas si osare un extraño enemigo!

Pero esa mañana ni Maxi Rodriguez, ni Klistman, ni Stoicov, ni Donovan ni un pinche penal de Robben, ni ningún extraño enemigo de la nación debía osar cruzarse en mi carrera.

—Enrique, ¡tal vez tengas razón! —grité—. ¡Viva México, cabrones!

La selección hasta entonces se había quedado en octavos de la máxima justa del futbol en Estados Unidos 94, Francia 98, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014… ¡Seis veces! Yo llevaba seis maratones quedándome en la orilla también, puta madre, todos los había logrado terminar, algunos mal y otros peor, y aunque era mi orgullo que en ninguno había caminado, ni mucho menos abandonado la carrera, aún me faltaba mucho para lograr la gran marca que buscaba, sentía que podía dar el paso al siguiente nivel, lograr una meta mucho más ambiciosa, tenía con qué, pero siempre me había quedado corto. Excusas no faltaban, el hecho era que aún no lograba la marca para la que estaba seguro que tenía capacidad.

El sonido local explicó que durante varios años ningún mexicano había ganado el maratón de la Ciudad de México, pero que ahí estaba nuestro héroe Juan Luis Barrios para intentarlo, la peruana Gladys Tejeda para revalidar el primer lugar que había ganado en 2013, y los africanos Kebede, Korir y Ondati luchando una vez más por el podio —ellos en esa carrera se podían ganar 550 mil pesos, que equivalen a unos 366 pares de tenis con los que yo correría esa mañana.

En un maratón, los profesionales van por el podio, eso les puede dar los premios económicos y patrocinios de las marcas, pero en la misma carrera, al mismo tiempo y en las mismas calles, los corredores amateur-amateur competiremos contra nosotros mismos.

Imagínate, es como si en la final de un mundial bajaran los aficionados a la cancha del mismo estadio y jugaran su propia copa, o que en un Gran Premio de Fórmula Uno hubiera aficionados compitiendo en sus propios vehículos y al final todos se bañaran con champaña, o como si en Wimbledon los aficionados jugaran un torneo de tenis de forma paralela en las mismas y legendarias canchas de césped… pero en ningún otro deporte sucede así.

En la mayoría de los maratones del mundo, los amateurs-amateurs podemos competir,2 porque éstos son eventos que no sólo sirven para admirar a atletas profesionales, sino también para ser los héroes de nuestra propia historia, en tu maratón eres Nadal, Bekele, Cuauhtémoc, Hugo, Morelos o el héroe que te imagines.

Otros deportes se juegan en estadios, pero el maratón en las calles, donde corredores profesionales y amateurs-amateurs somos héroes que liberamos por unas horas a las ciudades de los vehículos que las han conquistado.

Estaba amaneciendo, faltaban segundos para el disparo de salida del que por cantidad de corredores era el noveno maratón del mundo. Yo no tenía ni idea de que kilómetro a kilómetro, en esa misma carrera, inevitablemente comenzaría este libro, porque lo que sucedió ahí me puso en una búsqueda que no esperaba y porque el maratón es una aventura que te reta a darlo todo, que puedes gozar y sufrir; a veces es subida y a veces bajada; hay infiernos de calor y de frío, paraísos de belleza, momentos en que te sientes fuerte, otros en los que quieres tirar la toalla; hay kilómetros que se van en un instante y otros que duran una eternidad. Si te fijas, es muy parecido a la vida, aunque con sus diferencias; por ejemplo, a la vida uno llega sin pedirlo, o por lo menos eso parece, pero al maratón tú vas y te inscribes solito. Es una locura, ¿verdad? ¿Qué enfermedad padece una persona que decide hacer una prueba como ésta, pudiendo quedarse dormida en su casa un domingo cualquiera?, ¿por qué 44 mil locos en México, 50 mil en París, 20 mil en Houston, 2 mil en Papantla y 14 mil en Roma, entrenamos durante años para someter a nuestro cuerpo por voluntad propia a dolores que ni sabíamos que existían?

Cuando menciono el maratón, no sólo me refiero a los 42 kilómetros de la carrera, el maratón comienza meses y a veces años antes del disparo de salida, desde que recibes el llamado.

Es igual que si presentaras un proyecto de negocio a un inversionista, la presentación no comienza cuando empiezas a hablar sino mucho antes, cuando ensayaste, investigaste, construiste la idea o todavía más atrás.

Los maratones no comienzan en la línea de salida, sino cuando recibes un llamado, lo aceptas y te arrojas a la aventura hasta las últimas consecuencias.

Yo me negaba al llamado del maratón.

No sólo no me interesaba correr, me parecía absurdo. “Bola de pendejos corriendo como borregos sin ningún sentido”, decía.

Mi pasión desde niño había sido jugar futbol, pero un día me di cuenta de que los jugadores más jóvenes me ponían unas trapeadas terribles porque no traía ni la velocidad ni la condición para competir, tan malo era mi estado físico que ya no aguantaba ni un partido completo. Muchos de los amigos de mi edad ya se habían retirado echándole la culpa al traba ...


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