Manual para mujeres de la limpieza

por Lucia Berlin

7 minutos

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Lavandería Ángel

 

 

 

 

Un indio viejo y alto con unos Levi’s descoloridos y un bonito cinturón zuni. Su pelo blanco y largo, anudado en la nuca con un cordón morado. Lo raro fue que durante un año más o menos siempre estábamos en la Lavandería Ángel a la misma hora. Aunque no a las mismas horas. Quiero decir que algunos días yo iba a las siete un lunes, o a las seis y media un viernes por la tarde, y me lo encontraba allí.

Con la señora Armitage había sido diferente, aunque ella también era vieja. Eso fue en Nueva York, en la Lavandería San Juan de la calle 15. Portorriqueños. El suelo siempre encharcado de espuma. Entonces yo tenía críos pequeños y solía ir a lavar los pañales el jueves por la mañana. Ella vivía en el piso de arriba, el 4-C. Una mañana en la lavandería me dio una llave y yo la cogí. Me dijo que si algún jueves no la veía por allí, hiciera el favor de entrar en su casa, porque querría decir que estaba muerta. Era terrible pedirle a alguien una cosa así, y además me obligaba a hacer la colada los jueves.

La señora Armitage murió un lunes, y nunca más volví a la Lavandería San Juan. El portero la encontró. No sé cómo.

Durante meses, en la Lavandería Ángel, el indio y yo no nos dirigimos la palabra, pero nos sentábamos uno al lado del otro en las sillas amarillas de plástico, unidas en hilera como las de los aeropuertos. Rechinaban en el linóleo rasgado y el ruido daba dentera.

El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ LA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos.

Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS.

En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos.

Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos.

La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?».

El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda.

Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca.

Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado.

—Hermano, créeme, sé lo que es... He estado ahí, en la cloaca, donde estás tú. Sé exactamente cómo te sientes.

Tony no abrió los ojos. Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso.

La Lavandería Ángel está en Albuquerque, Nuevo México. Calle 4. Comercios destartalados y chatarrerías, locales donde venden cosas de segunda mano: catres del ejército, cajas de calcetines sueltos, ediciones de Higiene femenina de 1940. Almacenes de cereales y legumbres, pensiones para parejas y borrachos y ancianas teñidas con henna que hacen la colada en la lavandería de Ángel. Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen «Jueves». Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. «Tina», «Corky», «Junior».

La gente de paso va a la lavandería de Ángel. Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados, y estrujan con la mano las latas vacías de cerveza Hamm’s.

Pero sobre todo son indios los que van a la lavandería de Ángel. Indios pueblo de San Felipe, Laguna o Sandía. Tony fue el único apache que conocí, en la lavandería o en cualquier otro sitio. Me gusta mirar las secadoras llenas de ropas indias y seguir los brillantes remolinos de púrpuras, naranjas, rojos y rosas hasta quedarme bizca.

Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está la del campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., y Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS.

Vi que la colcha no se ponía de un color morado oscuro, aunque sí quedó de un verde más parduzco, pero quise volver de todos modos. Me gustaban los indios y su colada. La máquina de Coca-Cola rota y el suelo encharcado me recordaban a Nueva York. Portorriqueños pasando la fregona a todas horas. Allí la cabina telefónica estaba fuera de servicio, igual que la de Ángel. ¿Habría encontrado muerta a la señora Armitage si hubiera sido un jueves?

—Soy el jefe de mi tribu —dijo el indio. Llevaba un rato allí sentado, bebiendo oporto, mirándome fijamente las manos.

Me contó que su mujer trabajaba limpiando casas. Habían tenido cuatro hijos. El más joven se había suicidado, el mayor había muerto en Vietnam. Los otros dos eran conductores de autobuses escolares.

—¿Sabes por qué me gustas? —me preguntó.

—No, ¿por qué?

—Porque eres una piel roja —señaló mi cara en el espejo. Tengo la piel roja, es verdad, y no, nunca he visto a un indio de piel roja.

Le gustaba mi nombre, y lo pronunciaba a la italiana. Lu-chí-a. Había estado en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Cómo no, entre sus bellos collares de plata y turquesa llevaba colgada una placa. Tenía una gran muesca en el borde.

—¿Una bala?

No, solía morderla cuando estaba asustado o caliente.

Una vez me propuso que fuéramos a echarnos en su furgoneta y descansáramos juntos un rato.

—Los esquimales lo llaman «reír juntos» —señalé el cartel verde lima, NO DEJEN NUNCA LAS MÁQUINAS SIN SUPERVISIÓN.

Nos echamos a reír, uno al lado del otro en nuestras sillas de plástico unidas. Luego nos quedamos en silencio. No se oía nada salvo el agua en movimiento, rítmica como las olas del océano. Su mano de buda estrechó la mía.

Pasó un tren. Me dio un codazo.

—¡Gran caballo de hierro! —y nos echamos a reír otra vez.

Tengo muchos prejuicios infundados sobre la gente, como que a todos los negros por fuerza les ha de gustar Charlie Parker. Los alemanes son antipáticos, los indios tienen un sentido del humor raro. Parecido al de mi madre: uno de sus chistes favoritos es el del tipo que se agacha a atarse el cordón del zapato, y viene otro, le da una paliza y dice: «¡Siempre estás atándote los cordones!». El otro es el de un camarero que está sirviendo y le echa la sopa encima al cliente, y dice: «Oiga, está hecho una sopa». Tony solía repetirme chistes de esos los días lentos en la lavandería.

Una vez estaba muy borracho, borracho violento, y se metió en una pelea con unos vagabundos en el aparcamiento. Le rompieron la botella de Jim Beam. Ángel dijo que le compraría una petaca si iba con él al cuarto de la plancha y le escuchaba. Saqué mi colada de la lavadora y la metí en la secadora mientras Ángel le hablaba de los doce pasos.

Cuando salió, Tony me puso unas monedas en la mano. Metí su ropa en una secadora mientras él se debatía con el tapón de la botella de Jim Beam. Antes de que me diera tiempo a sentarme, empezó a hablar a gritos.

—¡Soy un jefe! ¡Soy un jefe de la tribu apache! ¡Mierda!

—Tú sí que estás hecho mierda —se quedó sentado, bebiendo, mirándome las manos en el espejo—. Por eso te toca hacer la colada, ¿eh, jefe apache?

No sé por qué lo dije. Fue un comentario de muy mal gusto. A lo mejor pensé que se reiría. Y se rio, de hecho.

—¿De qué tribu eres tú, piel roja? —me dijo, observándome las manos mientras sacaba un cigarrillo.

—¿Sabes que mi primer cigarrillo me lo encendió un príncipe? ¿Te lo puedes creer?

—Claro que me lo creo. ¿Quieres fuego? —me encendió el cigarrillo y nos sonreímos. Estábamos muy cerca uno del otro, y de pronto se desplomó hacia un lado y me quedé sola en el espejo.

Había una chica joven, no en el espejo sino sentada junto a la ventana. Los rizos de su pelo en la bruma parecían pintados por Botticelli. Leí todos los carteles. DIOS, DAME FUERZAS. CUNA NUEVA A ESTRENAR (POR MUERTE DE BEBÉ).

La chica metió su ropa en un cesto turquesa y se fue. Llevé mi colada a la mesa, revisé la de Tony y puse otra moneda de diez centavos. Solo estábamos él y yo. Miré mis manos y mis ojos en el espejo. Unos bonitos ojos azules.

Una vez estuve a bordo de un yate en Viña del Mar. Acepté el primer cigarrillo de mi vida y le pedí fuego al príncipe Alí Khan. «Enchanté», me dijo. La verdad es que no tenía cerillas.

Doblé la ropa y cuando llegó Ángel me fui a casa.

No recuerdo en qué momento caí en la cuenta de que nunca volví a ver a aquel viejo indio.

Doctor H. A. Moynihan

 

 

 

 

Odiaba el colegio St. Joseph. Aterrorizada por las monjas, sofocada por el calor de Texas, un día empujé a sor Cecilia y me expulsaron. Como castigo tuve que trabajar todas las vacaciones de verano en el consultorio de mi abuelo, que era dentista. Sabía que en realidad querían evitar que jugara con los niños del vecindario. Mexicanos y sirios. No había negros, pero solo era cuestión de tiempo, decía mi madre.

Estoy segura de que también querían evitarme la agonía de Mamie, mi abuela, que se estaba muriendo: sus lamentos, los rezos de sus amigas, el hedor y las moscas. Por la noche Mamie dormitaba, con la ayuda de la morfina, y mi madre y mi abuelo se quedaban bebiendo a solas, en habitaciones distintas. Desde mi cama, en el porche de atrás, los oía tomar bourbon, cada uno por su lado.

El abuelo apenas me dirigió la palabra en todo el verano. Yo esterilizaba el instrumental, les colocaba a los pacientes una toalla alrededor del cuello, sostenía el vaso de colutorio bucal y les pedía que escupieran. Cuando no había ningún paciente, mi abuelo se encerraba en el taller a hacer dentaduras o en su despacho a pegar recortes. No me permitía entrar a ninguno de los dos sitios. Recortaba artículos de Ernie Pyle y Franklin D. Roosevelt; la guerra japonesa y la alemana estaban en álbumes distintos. También tenía álbumes de Crímenes, Texas y Accidentes Rocambolescos: hombre encolerizado lanza una sandía por la ventana de un segundo piso. La sandía golpea a su mujer en la cabeza y la mata, rebota, golpea al bebé en el cochecito, lo mata también, y ni siquiera se rompe.

Todo el mundo odiaba al abuelo salvo Mamie, y yo, supongo. Por las noches se emborrachaba y tenía muy mal genio. Era cruel, intolerante y despótico. Le había sacado un ojo de un tiro a mi tío John durante una pelea, y a mi madre la había avergonzado y humillado toda la vida. Ella no le dirigía la palabra, procuraba no tenerlo cerca porque le repugnaba, se le caía la comida y escupía, dejaba cigarrillos babosos por todas partes. Iba manchado del yeso con que hacía los moldes de las dentaduras, como un pintor o una estatua.

Era el mejor dentista del oeste de Texas, quizá de todo Texas. Mucha gente opinaba así, y yo también lo creía. No era verdad que todos sus pacientes fueran viejos borrachos o amigos de la abuela, como decía mi madre. A su consulta venían hombres distinguidos, incluso desde Dallas o Houston, porque hacía unas dentaduras postizas extraordinarias. Sus dentaduras nunca resbalaban ni dejaban que se escapara el aire, y parecían completamente auténticas. Había inventado una fórmula secreta para darles el color adecuado, a veces incluso las hacía melladas o amarillentas, con empastes y coronas.

No permitía que nadie entrara en su taller, salvo los bomberos, aquella vez. Allí dentro no se había limpiado en cuarenta años. Cuando mi abuelo iba al cuarto de baño, yo aprovechaba para colarme. Las ventanas tenían una costra negra de polvo, yeso y cera. La única luz era la llama azulada de dos mecheros Bunsen. Sacos enormes de yeso apilados contra las paredes, que iba cayendo en el suelo junto con los trozos pisoteados de moldes rotos, y tarros donde guardaba dientes de diversa procedencia. Había gruesos pegotes rosados y blancos de cera en las paredes, de los que colgaban telarañas. En las estanterías se amontonaban herramientas oxidadas e hileras de dentaduras postizas, sonrientes, o del revés, ceñudas, como máscaras de teatro. El abuelo canturreaba mientras trabajaba, y los cigarrillos que tiraba a medias a menudo prendían los pegotes de cera o los envoltorios de caramelo. Apagaba esos fuegos con café, tiñendo el yeso poroso del suelo de un marrón oscuro y cavernoso.

El taller daba a un pequeño despacho, con un secreter donde él pegaba los recortes en los álbumes y rellenaba cheques. Después de firmarlos siempre sacudía la pluma, salpicando su nombre de tinta o a veces emborronando el importe, con lo que el banco tendría que llamar para verificarlo.

No había puerta entre la consulta donde atendía a los pacientes y la sala de espera. Mientras trabajaba, se volvía blandiendo la fresa en la mano a hablar con alguno de los que esperaban. Los pacientes de una extracción se recuperaban en una chaise longue; los demás se sentaban en las repisas de las ventanas o en los radiadores. A veces alguien se sentaba en la cabina telefónica, una taquilla de madera con un teléfono público, un ventilador, y un cartel: NUNCA HE CONOCIDO A UN HOMBRE QUE NO ME INSPIRARA SIMPATÍA.

No había revistas. Si alguien traía alguna y la dejaba al marcharse, el abuelo la tiraba a la basura. Según mi madre era solo por llevar la contraria, pero él decía que le sacaba de quicio ver a la gente hojeándolas sin hacer nada.

Cuando no se sentaban, los pacientes daban vueltas por la sala y se entretenían toqueteando las cosas que había encima de las dos cajas fuertes. Budas, calaveras con dientes falsos articuladas para abrirse y cerrarse, serpientes que te mordían si les tirabas de la cola, cúpulas en las que nevaba al darles la vuelta. En el techo había un cartel, ¿QUÉ DEMONIOS HACES MIRANDO AQUÍ ARRIBA? En las cajas fuertes guardaba el oro y la plata para los empastes, fajos de dinero y botellas de Jack Daniel’s.

En todas las ventanas, que daban a la avenida principal de El Paso, se leía en grandes letras doradas DOCTOR H. A. MOYNIHAN. ABSTÉNGANSE NEGROS. Los rótulos se reflejaban en los espejos de las tres paredes restantes, y el mismo lema estaba escrito en la puerta del rellano. Nunca me sentaba de cara a la puerta, porque me daba miedo que entrara algún negro y atisbara por encima del rótulo, aunque a decir verdad nunca vi a ninguno en el edificio Caples, aparte de Jim, el ascensorista.

Cuando llamaba alguien para pedir visita, el abuelo me hacía decirles que la agenda estaba cerrada; así, conforme avanzaba el verano, cada vez había menos que hacer. Al final, justo antes de que Mamie muriera, ya no venían pacientes. El abuelo se pasaba el día encerrado en su taller o en su despacho. A veces yo subía a la azotea, desde donde se veía Juárez y todo el centro de El Paso. Me gustaba elegir a alguien entre la multitud y seguirlo con la mirada hasta que lo perdía de vista. Pero por lo general me sentaba encima del radiador y miraba Yandell Drive desde la ventana. O pasaba las horas descifrando cartas de los Amigos del Club de Fans del Capitán Marvel, a pesar de que me aburría: el código consistía simplemente en A por Z, B por Y, etcétera.

Las noches eran largas y calurosas. Las amigas de Mamie se quedaban incluso mientras ella dormía, leyendo la Biblia, o a veces cantando. El abuelo salía, al Elks, o a Juárez. El taxista del servicio nocturno le ayudaba a subir las escaleras. Mi madre iba a jugar al bridge, o eso decía, pero también llegaba borracha a casa. Los niños mexicanos jugaban en la calle hasta las tantas...


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